
Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más.

El juego es uno de los mejores estímulos para un niño en la etapa de crecimiento. Es la mejor forma que existe para que el conocimiento sea adaptado a su realidad, mientras la cuota de diversión fortalece el bienestar anímico. En ese marco, diferentes observaciones psicológicas concluyeron que aquellos que lo hacen en la naturaleza tendrán a futuro capacidades específicas que otros no.
Crecer en un entorno natural y estar en contacto con las plantas y los animales influye directamente en ciertos riesgos que pueden asumir. Estos se toman como experiencias que definen rasgos camino a la adultez.

Cathy Jordan, neuropsicóloga pediátrica, dijo en diálogo con Children & Nature Network que todos los niños se benefician del juego arriesgado, aunque puede variar entre la edad y las capacidades que tenga.
“Cuando los niños se enfrentan a un riesgo, tienen la oportunidad de observar la situación, evaluar el riesgo en función de sus capacidades, ejercer su juicio, regular su comportamiento, controlar sus impulsos y poner a prueba su temple. Esto sienta las bases para el desarrollo de la autonomía, la autoestima y la resiliencia, factores que pueden contribuir a la salud mental y el bienestar a lo largo de la vida”, añadió la experta.
De acuerdo a una publicación de la revista de Psicología Clínica Infantil y Familiar de 2021, el juego aventurero, definido como aquel liderado por el niño, donde este experimenta sensaciones subjetivas de emoción, adrenalina y miedo, es una herramienta fundamental para el aprendizaje emocional y el crecimiento psicológico.

El juego en la naturaleza, desde trepar árboles y embarrarse, permite una evolución en la forma que imaginan y estimula la creatividad. Además, adquieren conceptos que son críticos para evitar el desarrollo de la ansiedad, como:
Asimismo, se halló que hay beneficios en el crecimiento y la salud mental, desde la reducción del riesgo de ansiedad hasta el desarrollo de resiliencia que funciona como una influencia protectora que dota al niño de habilidades para navegar futuras situaciones provocadoras de miedo. Genera una competencia social y física asociada al juego de riesgo y un aumento en la actividad física, así como una mejor competencia social.

En tanto, los expertos señalaron que el juego en la naturaleza tiene un efecto “antifóbico”, ya que actúa como una terapia de exposición natural donde los niños se desensibilizan ante estímulos temidos, como las alturas o la separación, reduciendo fobias normales del desarrollo.
Por último, uno de los valores más importantes de crecer en un contacto directo con plantas y animales es la asimilación con la naturaleza y el conocimiento de cuán significativa es para la vida humana. Así, los niños comprenden que hay que protegerla.




