
Los perros-patos y las piletas en invierno
Limpio piletas y en mi vida de piletero recorro chalecitos y quintas, y casonas y barrios cerrados de zona norte en una camioneta desvencijada en la que cargo mi bomba, mis barrales, mis mangueras, y me meto durante veinte minutos, media hora, en las vidas de todos ustedes para darle forma a las joyas máximas de esos templos de esparcimiento conurbano llamados piletas. Muchos dicen "piscinas", intentan enaltecer la palabra y su propio léxico, y el oficio de piletear. Pero son piletas. Y salvo las de lona, todas las demás, toda fuente y todo jacuzzi al aire libre van a parar a las manos sabias de este adorable servidor.
Hoy, como siempre, hay perspectivas de encontrar la dichosa singularidad que permita justificar la quemante y deshidratante y demoledora experiencia de enfrentar con lo puesto las fuerzas de la naturaleza. Y la singularidad ahora es un perro que nada. Uno arma su equipo de trabajo, se dispone a empezar a limpiar y de golpe el perro salta al agua.
–Es un perro-pato –dice mi Cliente Fumador de Habanos, habano entre los labios. Una vez su mujer me dijo:
–¡Son tan simpáticos los labradores!
Mi Cliente Fumador de Habanos hace salir al perro del agua y me muestra las patas del animal.
–¿Ves? Patas de pato –dice mientras veo esas especies de membranas que el perro tiene entre los dedos. ¡Sorprendente! ¿Todos los perros de gente con pileta serán así o sólo los labradores gozan de genética anfibia? ¿Cuántos de los seres que orillan piletas son transformados por éstas? ¿Qué es primero, el ser o el ser-cerca-de-una-pileta? ¿Los pileteros también estamos sujetos al régimen de transformaciones que las piletas imponen a los cuerpos? ¿Quién más que un piletero para entregarse a esa deriva de la carne que tarde o temprano te va a convertir en agua o te va a ahogar?
Mi Cliente Fumador, además de fumar habanos, practica tiro con armas de fuego, embolsa frutas secas para una empresa familiar que una vez por año queda al borde de la quiebra, tiene una hermosa mujer amante de los perros nadadores y de los hombres que fuman habanos, tres hijos algo despistados y un sofisticado (y muy sencillo) sistema de calentamiento del agua de su pileta que prescinde de caldera, gas y derroche de energía. En esto último, un verdadero cerebro.
Tomen nota: conectó el retorno de su filtro a cien metros de caño negro; el agua, al pasar por ese caño terriblemente calentado al sol, se calienta, y así calienta toda la pileta. Hay que repetirlo: un cerebro. Se merece su habano, su simpático perro nadador, su hermosa mujer y todo lo demás. También se merece a este piletero que le está por dejar su pileta como nadie y que...
–Ojo que ahí te quedaron unos pelos, eh.
–Son del perro, el perro acaba de ensuciar.
–Son de mi mujer.
–¡Del perro!
–De mi mujer.
–¿De tu mujer?
–De ella, sí.
¿Tanto se parece la mujer al perro? ¿Dónde terminan las transformaciones por cercanía y empieza la voluntad de cambio? ¿Mi Cliente Fumador de Habanos se convertirá alguna vez en uno de sus habanos? ¿Quién lo fumará? Encaro los pelos, los chupo con mi bomba, espero que no la tapen. Pregunto:
–¿En invierno calienta algo este sistema?
–No mucho –responde; mira al cielo, pasa un pájaro; debe estar calculando cómo bajarlo si tuviera su arma a mano. Al final dice:
–Pero decime, ¿quién usa la pileta en invierno?





