
Los personajes ánonimos del verano: el gusto de los otros
No salen en los programas veraniegos de la TV, pero muchos hacen que las vacaciones sean más placenteras. Ellos son: un surfista,el bisnieto del fundador de Mar del Plata, una instructora de equitación, una guardavidas y un experto en panqueques. La Revista se dio el gusto de viajar a conocerlos y de contar aquí sus historias
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DANIEL GIL / El primer surfista
Daniel Gil tiene 58 años y el abdomen duro como una tabla. Como su tabla de surf, que tantas satisfacciones le da. Lleva un tostado parejo, shorts hawaianos y un sombrero de paja. Director de la Academia Argentina de Surf, se pasa el día en Waikiki, una playa marplatense camino al faro. Allí tiene su academia, el Kikiwai Surf Club.
-El surf me cambió la vida. Cuando lo practicás, no necesitás psicoanálisis -dice.
Se lo reconoce como el que introdujo el surf en el país. El se hace cargo.
-Mi viejo era presidente de Boca Juniors, allá por los años sesenta. Una vez lo acompañé con la delegación a Perú y compré tres tablas para practicar acá. Me acuerdo de que en la Aduana no nos querían dejar pasar porque no sabían qué era eso. Entonces los jugadores, Marzolini y el Tanque Rojas les dijeron a los oficiales que eran unos aparatos nuevos para entrenamiento. Ahí pasamos sin problemas y me vine a Mar del Plata. Con unos amigos fuimos los primeros en salir a surfar.
Era porteño, un chico bien. Según él, un "dandy que devino salvaje". Su padre tenía mucho dinero y a él le tocaba una herencia suficiente como para no trabajar ni un solo día. Pero lo estafaron. De repente se quedó sin su padre. Y sin un peso. Se internó en el bosque virgen de Santiago del Estero durante cuatro años. Trabajó con pico y pala, en la construcción. Después, en Mar del Plata, se entregó al surf. Tiene nueve vástagos, todos surfers empedernidos. Incluso Daniel junior fue el último campeón argentino en categoría Longboard. Hasta el más chiquito, de 6 años, surfea. Surfiel no es un sobrenombre.
-Lo inventé yo, me costó mil dólares y cuatro meses que me dejaran inscribirlo. Va a ser campeón mundial.
WILLIE A. PERALTA RAMOS / El bisnieto del fundador
Willie Arauz Peralta Ramos vive atrincherado en el casco de la estancia La Celina, soñando con una Mar del Plata elegante. Tiene 83 años y se hamaca en una silla del siglo XIX, con look impecable: pantalones de lino blanco, cinturón de cuero y alpargatas de carpincho. Digno bisnieto de Patricio Peralta Ramos, el fundador de Mar del Plata.
Rara vez baja a la ciudad, al menos en verano. Eso sí, cuando hay un acto siempre está.
-Las autoridades me llaman porque me tienen a mano. Soy el único representante de los Peralta Ramos que vive acá. De todas maneras, yo pienso que los que manejan la cosa marplatense tienen falta de imaginación o de orientación. Hay mucho por hacer. La verdad, me gustaría ser un ponderador, pero siento necesidad de ser un crítico. Constructivo, si no sería un mal arquitecto.
Su casa parece un museo. Todo lo que hay a la vista tiene una historia de cientos de años. Mesas de madera, vajilla, adornos y tres carruajes antiguos en el medio del living.
-En aquél anduvo Cantinflas -dice y se levanta a buscar una foto del actor-. ¿Ves?
-¿No pensó en hacer un museo?
-No. Son cosas que he ido juntando. Además, las uso, las vivo, las cambio de lugar. Pero posiblemente el más antiguo sea yo. Estoy inventariado -bromea.
Este descendiente de Peralta Ramos habla de tú y vive con nostalgia de una ciudad que ya no es.
-Mar del Plata tenía una jerarquía que hoy no tiene. Una vida propia e interesante todo el año. Había reuniones fantásticas y la lista de invitados salía en La Nacion.
Mientras añora esos tiempos, divisa desde su refugio la ciudad y el mar.
TANTE PUPPY / La dama de los caballos
En el mundo de Tante Puppy, Gesell se pronuncia Gueséll, fuerte y con acento alemán. La suerte es una herradura mirando hacia arriba y los caballos tienen coronita. Tanto que en su contestador telefónico, antes que su voz, se escucha un relincho.
Elinor Fischer Wendorff, conocida como Tante Puppy, es rubia, rebelde, robusta, una institución en Villa Gesell, donde enseña a montar y organiza cabalgatas turísticas desde hace 38 años. En 2000, la Municipalidad le entregó la Duna de Oro en reconocimiento a su trayectoria.
De descendencia alemana, llegó a Gesell a los 2 años. Entre médanos y calles de arena aprendió a cabalgar, "con un cuerito nomás" y ganas.
-Mi papá quería que yo jugara al tenis, como él. Pero yo me sentía más libre arriba de un caballo.
A los 16, ya les enseñaba a montar a sus primos más pequeños. De esos años, le quedó tante; en alemán, tía.
-¿Y Puppy?
-Bueno... viene de poupée, en francés muñeca, porque antes yo tenía rizos rubios y dicen que parecía una muñequita.
-¿Tenés hijos?
-No, caballos, que son como hijos -dice, y aclara que le cuesta demostrar afecto a las personas.
Desde mediados de los años setenta hasta fines de los ochenta en el Marbella Club, en Marbella, tenía una sucursal de su centro de equitación. Se sentía cómoda rodeada por el jet set internacional. Entre otros personajes, conoció a la reina Sofía y a Omar Sharif.
Cuando la ven pasar con turistas, los gesellinos sonríen y comentan que ella es el único semáforo móvil de la ciudad. Para parar el tránsito, Tante usa la fusta. A sus caballos, les habla al oído.
CAROLINA GALPARSORO / Del agua al bar
Cualquiera que diga que Carolina Galparsoro tiene doble vida está en lo cierto. Todos los días, de 8 a 14, y desde hace siete años trabaja como guardavidas en Playa Grande, en Mar del Plata. A propósito, la única guardavidas mujer por la zona. Durante la noche, la cosa cambia y ella se cambia. Con mini o pantalón, pero siempre elegante, es maître en el restó bar Tijuana.
-Tenemos que aprovechar bien el verano porque en invierno acá hay poco trabajo.
Ahora es el mediodía y Carolina está sentada en la caseta de madera del balneario, mirando el mar. A un lado tiene el salvavidas naranja o rosca, como le dicen los de su gremio. De su muñeca cuelga el silbato, con el que juega como una niña, moviéndolo hacia uno y otro lado.
Estudia nutrición y le faltan tres finales para recibirse. Tiene 27 años, un franco por semana y un novio que está aquí y le hace compañía.
-Yo soy el guarda de la guardavidas -bromea él.
Desde los 7 hasta los 18, Galparsoro nadó sin parar. Compitió para el Equipo Argentino de Natación, y en 1990 fue campeona argentina.
-Vivía para nadar. Fue tan intenso que me saturé.
Mientras Carolina habla mira el mar, y para ella, mirarlo es leerlo. Está atenta. De repente, sale corriendo por una pasarela que se armaron los guardavidas para tener el acceso despejado. Entra en el mar y nada hasta que alcanza al hombre que se había acalambrado y lo acerca hasta la orilla. Todo ocurre en tres minutos.
-Me gusta la adrenalina de un rescate -dice, mojada y con piel de gallina-. Creo que a los médicos les debe pasar lo mismo cuando salvan una vida.
En el balneario donde trabaja hay tres rescates por día. A paso lento y como una heroína, vuelve a su silla alta. Dice que en algún momento va a parar. Pero todavía falta.
CARLITOS CIUFFARDI / El rey de los panqueques
Es el mejor. Lo dicen todos. Pero no es cualquier Carlitos. Es el Carlitos de la 106 y 3, en Villa Gesell, el original. Ojo con las imitaciones. Eso también lo dicen todos. El rey de los panqueques vive en esa ciudad, y tiene 73 años bien guardados debajo de su gorro rojo. Es ronco y petiso; habla como Marrone y está siempre apurado. Le cuesta parar, dejar el mando del boliche.
-Ayer tuve gente hasta las 8 de la mañana. Me acosté un rato y acá estoy. ¿Qué hora es? Las 12.
Tiene cuatro panqueques en la plancha, abre la heladera en busca del relleno y sigue.
-No paro porque la gente me quiere ver a mí. Los clientes quieren que yo les haga el panqueque.
Habla castellano, pero por los gestos exagerados que usa para enfatizar sus ideas, podría ser italiano tranquilamente. Como su mamma.
-¿Habla italiano?
-No, soy argentino hasta la muerte.
Carlitos Ciuffardi es de Vicente López. Tuvo un restaurante allí y le fue bien. Pero en Villa Gesell, al igual que un actor, se debe a su público, que viene en busca del panqueque de sus sueños y, también, de las hamburguesas caseras. En su local, se puede elegir panqueques entre mil variantes. No cien, mil.
-A mí me gusta crear. Me la paso inventando. Yo soy así.
Los más pedidos se los sabe de memoria. Para él, cada número es un panqueque distinto. El 83 es jamón, queso, tomate y huevo; el 66, jamón crudo, queso, tomate y palmitos; el 73, queso, ananá y jamón crudo.
Además, la mayoría de los panqueques tiene dueño, o dedicatoria. Por ejemplo: el Lula da Silva lleva huevo y perejil; el de los Redonditos de Ricota, dulce de leche y ricota. El de palta, roquefort y corazón de alcauciles es el Doctor René Favaloro. Hay panqueques dedicados a la paz, a los maestros, a los turistas, a los mozos de la cantina Don Ramón. A los políticos, no, "porque no se lo merecen". Hay para las Madres de Plaza de Mayo, Gustavo Cerati, Mimi Maura, Irineo Leguisamo, los albañiles, los gomeros, Charly, Sandro, Julio Bocca.
Pasaron muchos famosos por su boliche. Músicos y actores. Maradona todavía no, aunque él lo sigue esperando. Hay una visita que recuerda especialmente, la del maestro Osvaldo Pugliese.
-Fue hace mucho, él había venido a tocar a Gesell. Una mañana me vienen a despertar los empleados. Vení que está Pugliese abajo y te quiere saludar. Bajé corriendo. El estaba en el auto, y me dijo con esa voz que tenía: "Carlitos, sos el Gardel de los panqueques".






