
LOS POLITICOS Y EL AMOR
La militancia da para todo: para discutir ideas y también para encontrar pareja. Los pasillos del Congreso y los comités y unidades básicas son testigos de amores que comenzaron entre debates y que en muchos casos, estuvieron destinados a durar
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Los políticos también se enamoran. ¿O acaso usted cre- yó que sólo viven para parlotear de lo mismo aunque tengan de oyente al perro, o que no otean el horizonte en esos actos donde recitan el discurso en partitura?
Aunque no parezca, a ellos también se les afloja el pellejo cuando, desde la multitud o la banca, el amor les guiña el ojo y los despista por un rato de ese proyecto aburrido. Ellos ponen en las urnas la expectativa de la primera cita. Palpitan los resultados si salen bendecidos. Y sufren por las elecciones perdidas con la misma intensidad que por una infidelidad. Sueltan lagrimitas saladas si al acto proselitista no va ni el viento y, también, si ni siquiera el objeto de su afecto se traga esas monocordes odas al futuro o al pasado, al empleo y la pobreza.
Pero son sensibles, créalo. Son seres tan vulnerables a las pa-siones como cualquier ciudadano votante. Estas son algunas historias de amor que lo prueban.
Mamá, te apago el celular, ¿sí?", pregunta el senador José Manuel de la Sota a su esposa, Olga Riutort, una dama bajita, de piernas envidiables y miembro de la Comisión Nacional de Comunicaciones. Ella, militante justicialista, era diputada por San Juan cuando lo conoció. Ambos se disputan la palabra, claro, sin la violencia del recinto.
"Los dos sabíamos de nuestras existencias desde los años 70, pero lo vi en persona por primera vez en 1985. Entró a la sesión y un compañero me lo señaló. Aaajá, dije yo...", cuenta con cara de no haber sido profundamente impresionada.
"Después vino el proceso de renovación, se hizo el Congreso de Río Hondo y comenzamos a trabajar juntos. Yo me separé de mi primer matrimonio, pero teníamos sólo una relación de militancia y pasó tiempo hasta que empezamos a salir. Pasábamos el día juntos, ella todavía no se había divorciado. En 1988 descubrimos que no podíamos estar separados y que cuando cada uno volvía a su provincia, contábamos las horas. Yo a la Olga la admiro, nunca conocí una mujer capaz de hacer tantas cosas bien al mismo tiempo. Además, nadie me cuidó así en mi vida."
Olga pide la palabra. "A mí de José me impactó su inteligencia. Después, me resultaba muy gracioso. Los cordobeses tienen mucha chispa, y José cuenta los mejores cuentos. Tanto que cuando se me declaró pensé que estaba haciendo un chiste. Pero era verdad. El es muy afectivo, me he sentido muy contenida pese a la tarea política que ambos teníamos. Tuve que ceder espacio político y eso lo sufrí. Cuando volvimos de Brasil (él había sido embajador) empecé a sentirme mal, no tenía un lugar."
Se casaron en 1989 y juntaron sus hijos en un solo domicilio. "Ella merecería ocupar cargos más importantes como antes de estar casada conmigo, pero cada vez que crece dentro del partido dicen que es porque es mi mujer. Ella fue la única argentina en la historia que ganó la presidencia de un partido por el voto directo de los afiliados, en San Juan."
El sueña con gobernar Córdoba y que su familia lo apoye. Ella reclama. "Solamente quiero agregar que te acuerdes y me des un carguito, porque tengo ganas de hacer cosas. Yo igual te voy a seguir cuidando..."
La diputada Maricarmen Banzas y el senador Leopoldo Moreau se conocieron en 1966, en el departamento del ex presidente Arturo Illia. Leopoldo quiso ponerse de novio enseguida, pero pasó un tiempo hasta que la invitó a salir. No conseguía quórum. La citó el 12 de octubre, en una manifestación de repudio a Onganía. La cosa terminó entre cachiporras. El, en Devoto, sin un zapato; ella buscándolo en la plaza.
"A Leopoldo lo agarraron porque perdió un mocasín -cuenta Maricarmen-. Nunca lo pescaban; como jugaba al rugby estaba muy entrenado. Esa noche fui a la cárcel a llevarle zapatillas. El pobre andaba descalzo. Lo tuve dando vueltas un año y creo que fue importante en nuestra relación, porque empezamos siendo amigos. La proscripción nos hizo dedicarnos a construir la Juventud Radical y la Franja Morada. Recorríamos el país, las facultades, compartíamos cafecitos, no nos daba para más. Así nos fuimos enamorando", recuerda ella.
"Sí, y uno se casa con lo que conoce", acota él. El noviazgo duró siete años. Leopoldo, con tal de verla, iba de Belgrano a Barrio Norte caminando. Cuando salía de la escuela nocturna donde cursaba la secundaria, se reunían en un banco torcido de la plaza Francia y ella le llevaba sandwichitos de milanesa. "Si digo que me atrajo de ella la inteligencia, me mata. Así que digo: primero, su apariencia física. En el Congreso, el chiste que nos hacemos es que tenemos una bicameral en la cama."
Dicen que en casa las discrepancias políticas nunca les arruinaron la cena ni postergaron sus proyectos pese a los cinco hijos que tuvieron. Al contrario, ambos cambiaron pañales y cargaron con alguno durante las giras proselitistas.
Mercurio, el gato siamés de Pimpi Colombo, tiene la mala costumbre de meterse en la cama del lado donde duerme Pablo Fondevila, su marido. Eso a él le enferma, además de la musculosa de algodón con que Pimpi le tapizó el respaldo del sillón.
No son diferencias fundamentales si se tiene en cuenta que ella es legisladora de Nueva Dirigencia, el partido de Gustavo Beliz, y él mano derecha de Palito Ortega. Pero desde hace un tiempo acordaron que para preservar 24 años de amor, ciertos temas no se hablan en casa.
Justamente ellos, que compartieron toda una vida política en el peronismo tucumano. Se conocieron en el Centro de Estudiantes de la secundaria, y en 1966 ambos cursaban en la Facultad de Ciencias Exactas cuando empezaron a noviar. Se casaron el día que murió Perón.
"Compartíamos todos los puntos de vista, trabajamos en hechos importantes, como la vuelta de Perón al país. El después me apoyó cuando con un pequeño grupo de mujeres armamos el Sindicato de Amas de Casa en Tucumán, donde siempre trabajé."
La política los trajo a Buenos Aires luego de idas y vueltas a Tucumán, en las que Pimpi pensó que Pablo la quería perder por el camino. El sucedió a Beliz en la Secretaría de la Función Pública y ella terminó ocupando un cargo en el Consejo de la Mujer. El destino los separó de partido, pero no de principios, los mismos de la primera hora.
"Con la Pimpi aprendimos a convivir con la política -explica Pablo-. El único problema... Bueno, ahora no discutimos ideas como antes, cuidamos más el ámbito familiar. Acá no puedo mandarla a lavar los platos, porque se me viene el Sindicato de Amas de Casa encima".
Retoma el hilo: dice que el problema mayor se presentará el día en que Ortega y Beliz se disputen la presidencia de la Nación. Pero se alegran, saben que para eso puede faltar bastante.
Yo me creía un galán con mi traje azul y mis zapatos combinados. Estaba haciendo la conscripción. Ella tenía un vestidito blanco, y la saqué a bailar un tango. Le puse la mano en la cintura. Me dije: Papita pa´ loro . Aquí estamos: cinco años de novios, 48 de casados, y en primeras náuseas."
Desde aquella fiesta de casamiento donde se enamoraron, el diputado Alfredo Bravo y Marta Becerini, presidenta de la Agrupación Renovación Docente del Comité Capital de la UCR, comparten además el amor por las azaleas rosadas, por su nieta Daniela y por la música de los Chalchaleros. Y por la política, que les marcó a fuego la vida.
Olga Riutort y José Manuel de la Sota
Ella, toda frágil, es una dama de roble que se afilió al radicalismo a los 18 años, cuando las mujeres ni osaban poner un pie en un partido. El lo vio con buenos ojos, porque militaba en el socialismo, al lado de Alicia Moreau de Justo. "Nos ha unido hablar de la libertad, de los derechos civiles y humanos, de todo lo que fuera progresista -dice él, mientras le sirve un cafecito-. Cuando él era gremialista, me las tuve que arreglar sola con los chicos y mi trabajo. Era docente también.
Cuando lo secuestraron, me movilicé y no paré hasta que apareció en La Plata. Fue duro, pero estaba orgullosa de él, por eso lo acompañé sin condiciones. Empecé a militar cuando los chicos fueron grandes, porque había prometido trabajar por mi partido desde el lugar más chiquito. Seguí toda la campaña de 1983, y en 1984 me encomiendan reunir a todos los docentes de la Capital. Así se creó la agrupación, y siempre fui la presidenta, no me dejaron abandonar. Creo que el radicalismo es capaz de lograr todo, pese a muchos de sus hombres."
La legisladora Gabriela González Gass y el diputado Eduardo Santín son muy populares porque cuando Victoria nació, ellos arrastraban el cochecito a todas los congresos del partido.
La nena tiene cinco años y dicen que es terrible: pocas veces se conforma con los lápices de colores que su madre lleva en la cartera.
En los años 70, Gabriela militaba en Franja Morada de Derecho cuando el partido la mandó como interventora a la Facultad Tecnológica. Ahí se vieron por primera vez. Se hicieron amigos, se encontraban en las reuniones, pero ambos contrajeron matrimonio con otros militantes. Nunca dejaron de verse. Pasaron quince años cuando, en 1987, sus respectivas crisis matrimoniales los acercaron. Muy simple: se pusieron de novios. Al tiempo decidieron vivir juntos, se casaron y, como son muy modernos, viven en sus respectivas residencias, a 35 kilómetros de distancia. Comparten el techo algunos días y los fines de semana mudan a Victoria, Leandro, Matías y al perro Felipe, a su casa de Moreno.
"Durante la dictadura, los lazos entre militantes eran muy fuertes, la mayoría terminaba casado -cuenta él-. No nos dimos bolilla porque éramos muy jóvenes, valorábamos otras cosas." Gabriela apunta: "El amor es una construcción y cuando coincidís en el análisis y en los ideales, una relación de amistad se transforma en una de amor dentro de ese proceso. Yo le respeto su voluntad, la perseverancia, su capacidad de trabajo que a veces se convierte en una adicción, y que yo entonces le critico. Estas situaciones de la vida política se bancan porque hay mucho cariño y acordamos que ninguno abandonaría su casa ni sus movimientos internos. Pero tenemos hijos y la chiquita, que es nuestro cable a tierra, nos pone límites."
Ella es feminista, aclara. Aunque siempre sale a comprar el regalo para algún cumpleaños y organiza las reuniones del jardín. El la lleva al médico. "Somos como cualquier pareja, tenemos problemas, pero no por la política. Bueno, además trabajamos en distintos distritos. El problema llegará el día que los dos querramos ser presidentes", sonríe Santín.
"Que no le salga la pelada", ruega Dévora Kain, la linda esposa del diputado cavallista Guillermo Francos. El se deja llevar: ella ya le cambió la vida hace rato. Se casaron hace 13 años, y desde entonces empezó a cuidarse en las comidas, a fumar menos, tomar un poco de sol y hacer gimnasia.
Se conocieron cuando Dévora ingresó a trabajar como asistente de Tribunales en el estudio jurídico de Guillermo. Ni se veían. El pasaba el día entero en la sede del Partido Federal, donde militaba al lado de Francisco Manrique. Ella le anotaba las llamadas y le ordenaba el permanente caos del escritorio. Un día coincideron a la salida del trabajo, rumbo al partido al que ella también se había afiliado -dice- por decisión propia. Era imposible no reparar en sus ojos color café.
"En esa época, cada uno atravesaba por su divorcio. Dévora no tiene vocación política, sólo participaba en las reuniones, y llegó a ser convencional. Pero cuando nos casamos enseguida tuvimos hijos y se dedicó a ellos."
El dice que Dévora le cuida las espaldas, que es su mejor compañera. Ella por la mañana es personal trainer y a la tarde hace de asistente. "Lo admiro, y por eso lo acompaño en todo. La política es muy dura, nos ha quitado tiempo de familia. Todavía pongo límites, porque los fines de semana dice que apaga el celular, pero resulta que suena todo el día en casa."
Cuando Francos ocupó la Inspección General en la Municipalidad, bajó ocho kilos y ella derramó lágrimas. Sin embargo, durante esos cuatro meses, ella trabajó a la par. Volvía a las seis de la tarde para acostar a sus hijos y regresaba con él a la oficina. Ahora ella sólo le reclama el paseo matinal del perro y que no llamen las radios a cualquier hora.
El se olvida. Las cosas cambian cuando Dévora amenaza con ponerle las valijas en la puerta.
Texto: Marina Gambier
Fotos: Ruben Digilio






