
Los que viven de la nieve
En medio del cerro Catedral, en Bariloche, con frío, lluvia y hielo, muchos trabajan para que la temporada de invierno sea exitosa. Patrulleros, instructores, pisapistas: quiénes son, cuáles son sus historias
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Son las piezas clave en el mundo de la nieve turística, un recurso que en la Argentina mueve unos 150 millones de pesos al año. Viven vidas bajo cero, sin horario de oficina, sobre paisajes más blancos que un manto de novia. Durante los tres meses que dura la temporada de esquí trabajan sin descanso, con viento, lluvia y frío. Felices. Ellos son los que pisan las pistas, los que fabrican nieve, los que manejan los medios de elevación, los patrulleros, los que prueban botas y equipos de esquí, los instructores, los que atienden los refugios de montaña, los auxiliares de máquina, de pistas, de ventas, de cocina, de todo.
Muchos de ellos trabajan en la montaña argentina desde junio hasta fines de septiembre y luego emigran a Italia, Andorra, Suiza, Estados Unidos, donde se quedan hasta fines de marzo. Cuando están de vacaciones, la cosa cambia. Ahí, sí: el Caribe, Ibiza, Brasil. Siempre con playa. Pero para eso falta. Aquí la temporada apenas comienza y, según las proyecciones de las autoridades nacionales, éste será el mejor de los diez últimos años.
Específicamente en Bariloche, sólo un 15% de turistas llegará por el esquí. El 85% restante elige el producto nieve, que incluye visitas al cerro como peatón, excursiones, caminatas en la nieve y quizás un día de esquí.
Doble invierno
El típico esquiador llega al cerro Catedral a eso de las 10.30, después de tomarse un desayuno energético y listo para rayar la montaña sobre una o dos tablas. Antes, mucho antes, esa misma mañana, Eduard García Jordana, jefe de los patrulleros o pisteros de Catedral Alta Patagonia, estudió la calidad de la nieve, la fuerza del viento, la humedad, y redactó el parte diario sobre la temperatura y las condiciones para esquiar. Todavía era de noche y la temperatura andaba por los 8ºC bajo cero.
También se reunió con su equipo de 13 patrulleros y juntos diseñaron el plan del día: señalar algún obstáculo de la pista, una piedra, por ejemplo, y ver quién la rodea con cañas colihue y quién se encarga de tensar esa red que delimita un precipicio y está medio floja. Los demás, a recorrer las pistas, a identificar peligros, a socorrer.
Eduard tiene 33 años, manos grandes y acento español, aunque nació en Andorra. Hace 13 años que practica la doble temporada, entre la Argentina y su país, ese principado del tamaño de un alfiler y sin superficies planas. Su ambiente es la montaña. Con la misma naturalidad que un porteño pasa por las cuatro estaciones, él vive en invierno. No le es extraño usar guantes y pantalones impermeables diez meses al año. En ese ir y venir conoció a su mujer -argentina, instructora de esquí-, con quien tuvo a Laia, de 2 años, que ya anda por la casa con los esquíes puestos.
Es común que se formen parejas entre ellos. Dos instructores que viven aquí y allí; un patrullero y una instructora; un operario de medios y una cocinera de refugio. Comparten mucho. El clima, los viajes, el desarraigo. No se hacen problema por dejar todo de lado y seguir a la nieve.
-El 98% de mi equipo trabaja afuera y eso es bueno. Vienen con los últimos cursos y una temporada más encima, que significa experiencia -dice Eduard, que pide disculpas y le grita con autoridad a Ceferino, otro patrullero: "¡Que dingu marxi!" (en catalán, que nadie se marche). Son más de las 18 y ya terminó el horario de trabajo, pero a Eduard no le importa. Las colchonetas verdes que cubren los postes de los medios de elevación deben quedar puestas hoy porque mañana habrá mucho que hacer.
Ceferino, de rasgos mapuches, los labios gruesos, los ojos negros, le contesta también en catalán. Eduard sonríe. Dice que como la mayoría de los patrulleros hace la temporada en Andorra, entienden y hablan catalán. Por eso, a veces, lo usa. Por ejemplo, delante de un accidentado. Para que no entienda si hay que inmovilizarlo, operarlo. Sólo en Alta Patagonia, cada temporada se accidentan cerca de trescientas personas. El traumatismo de rodilla es típico. Eduard recomienda a los esquiadores que usen gafas, que transiten las pistas de su nivel, que cuiden la velocidad, que no se peleen en las colas de los medios y que no quieran comerse la montaña en un día.
-Curiosamente, los que más se accidentan son los que mejor esquían -cuenta el alto y morocho de Eduard, que gruñó cuando le tocó posar para las fotos, pero lo hizo mejor que un modelo.
Ellos, los patrulleros, los que manejan los medios, los que trabajan para los esquiadores, tienen una debilidad común: la montaña. Se los podría pensar como buzos, pilotos, marinos, pero sería imposible meter a esta gente en una oficina. A veces trabajan diez o doce horas. Terminan agotados, pero disfrutan cada jornada. Están esquiando. En el cerro se sienten libres. A Eduard, por ejemplo, bien temprano, cuando los medios todavía no abrieron, la montaña le pertenece. "En la nieve, el silencio es absoluto", explica.
No se aburren del blanco. Dicen que el paisaje cambia. Están más cerca de la mirada de un esquimal, que distingue más de diez tipos de blanco, que de la de un simple ser urbano. Para ellos el blanco puede ser gris, brillante, helado, sucio, luminoso.
Pingüi, el más buscado
Un personaje imprescindible del Catedral es Pingüi, responsable de las pistas. En su DNI está escrito Marcelo Vera, pero aquí nadie sabe quién es ése. En cambio, el pequeño Pingüi es uno de los más buscados por radio, por teléfono, a grito pelado. Su trabajo es coordinar el pisado de pistas con máquinas que cuestan cerca de doscientos mil dólares.
Habitualmente, los pisapistas trabajan desde que cierra el centro, a las 17, hasta las 2. Pero si se sabe que esa noche va a nevar, las máquinas se pasan de madrugada, tipo 4 o 5, hasta que abren las pistas. Pisan la nieve, la peinan y dejan las pistas lisitas como un green de golf blanco.
Pingüi, 37 años, evangélico, habla poco y usa guantes de gamuza. Tiene los ojos inquietos, la nariz mínima. Empezó a trabajar en 1984, un año en el que se necesitaron patrulleros.
-Me tiré de corajudo, nomás. Había hecho un curso de primeros auxilios, pero esquiaba mal.
Al final se quedó, pero en el taller, soldando, que era lo que sabía hacer. Con el tiempo aprendió a esquiar, a pisar, a patrullar. Fue el comodín del Catedral hasta que encontró su lugar: las pistas durante la noche. Hoy no se queda tan tarde, pero coordina cuándo y por dónde se pisa la nieve.
Cuenta Pingüi que el mejor momento de su día es cuando cierran los medios y la montaña queda sola. En silencio. Blanquísima. Ahí aprovecha, se va unos minutos al Filo, una pista con vista al infinito y a las nubes, y se queda diez minutos sentado en una roca. Pensando. La mayoría de ellos, los que trabajan en los centros de esquí, prefiere los momentos de silencio. Algunos, los más sinceros, se reconocen solitarios. Aunque para muchos sólo parezcan fríos. Aquí sus historias, para desmentirlo.
Roberto Asenjo
Instructor
El Negro es un histórico del cerro. Pocos saben su nombre, pero por cómo se tiñe su piel por estos meses es fácil reconocerlo, y obvio su apodo. Está a punto de cumplir los 79 años y todavía toma el desayuno con huevos fritos y panceta, se calza los pantalones violetas, el sombrero negro de cowboy y a las 9 en punto está en la base. Así como lo ven, con el pelo blanco y tantos inviernos encima, es un instructor independiente muy solicitado. El Negro llegó al cerro cuando no había medios de elevación y mucho menos turistas. Trabajó como cadete para la empresa que construyó el cablecarril, desmontando la base del Catedral, en 1939. Por aquella época forraba sus esquíes con piel de foca para poder caminar sin deslizarse. A partir de 1944 empezó a ganar medallas y no paró hasta hace un año, cuando salió segundo en el torneo Senior, donde los competidores, salvo él, andaban por los 50.
En los años 70 empezó a dar clases. No cobraba, pero venían apellidos ilustres del país con algún presente bajo el brazo. Desde esa época es fiel a su teoría de que en el esquí no hay protocolo.
-Ni ministro, ni doctor ni julano de tal. Pedro a secas -afirma, y mira a la pared del comedor de su casa, que se viene abajo de fotos, medallas y trofeos.
En el cerro lo llaman maestro y tiene un pase vitalicio. Su hija Dorita dice que eso del esquí lo lleva en el alma.
Cómo hace, le preguntan por ahí. Responde que camina mucho, que juega a las cartas y que al médico lo invita a tomar un whisky.
Clemente Arko
Promotor del esquí nórdico.
Es un auténtico oso de las nieves. Este esloveno anda por los dos metros de estatura y calza 45. Riéndose de su propio chiste, dice que eso del pie grande es porque nació en la Patagonia.
Su padre, Voyko Arko, fue un fanático de la montaña. Reporteaba lo que hacían los eslovenos en este país y escribió, entre otros libros, la biografía de Otto Mailing. Pero Clemente se identificó más con su padrino, Francisco Jerman, que introdujo el esquí nórdico en el país. En Europa, este tipo de esquí, también llamado de fondo, se practica por necesidad, para trasladarse de un lugar a otro sin depender de los medios de elevación. A diferencia del alpino, éste es para caminar más que para deslizarse. Por eso el pie está parcialmente fijo.
Como su padrino murió joven, Clemente se dedicó a promover el esquí nórdico en Bariloche. Hoy comparte con Adán Barrientos, un cocinero chileno y solitario, la concesión del Refugio Neumeyer, donde los turistas prueban su equilibrio con raquetas de nieve y esquí de fondo.
Reni Ezquerra
Instructora de esquí adaptado
Sandra tiene 33 años y una parálisis cerebral que le impide moverse, hablar, vivir con soltura. Después de esquiar, pide el anotador y escribe: "Todo se puede, todo se inventa, sólo basta voluntad y amor".
Reni y Virginia Debita eran amigas de toda la vida, y cuando Virginia le dijo que estaba trabajando con chicos discapacitados y que necesitaba ayuda, Reni aceptó.
-La gente no entiende cómo nos metimos en esto sin tener hijos ni parientes con discapacidad -cuenta.
-Es que son unas locas -les dice Sandra y se ríe de ellas, mientras se arregla, como puede, su pelo corto.
Reni y Virginia enseñan a esquiar a cien chicos con síndrome de Down de Bariloche. Lo hacen en forma gratuita porque son de bajos recursos. Con ellos participaron en dos Olimpíadas Especiales, en Canadá y Austria, y volvieron llenas de medallas.
-Me acuerdo que las entrenadoras del equipo francés nos miraban como de arriba. "Ah, de l´Argentine", nos decían. Pero cuando empezamos a ganar y veían la garra que tenían nuestros chicos, se acercaron y nos preguntaron el secreto. "Amor, todo es amor", les dijimos.
Hasta ahora sólo tenían un par de sillas, cedidas por Crearte, una ONG de Bariloche donde trabaja Viviana. Pero ahora, luego del acuerdo de Ciudades Hermanas firmado en marzo último entre Bariloche y Aspen, posiblemente la ciudad alpina del oeste de Estados Unidos les ceda el equipo de última generación ya que las temporadas invernales no coinciden. Los turistas con discapacidad (motriz, autistas, ciegos) pueden animarse a practicar esquí y sentir, como dice Sandra, el vértigo, el frío, la libertad. Para ella no se compara con nada. Y en esa silla Fórmula 1 se la veía feliz.
En Alta Patagonia, donde también trabaja Viviana, hay un equipo de seis instructores especializados en esquí adaptado.
-Antes la gente no se quería subir a la silla con ellos. Se corrían. Ahora, cada vez más, los aceptan. Tienen miedo, pero se suben igual.
Silvia Prebisch
Directora de la escuela infantil
Silvia se vino de Buenos Aires hace 13 años. Era profesora de educación física y en Bariloche se enganchó con el esquí. Y con su marido, Alvin, instructor de snowboard y barítono.
A ella también le tocó la doble temporada. Cuando no tenía hijos era más fácil. Después se llevó a su mamá. Pero el año último Alvin se fue solo a Italia y estuvieron separados varios meses, y dicen que no lo harían más. La Escuela Infantil de Alta Patagonia recibe a chicos de 3 a 13 años.
-Vamos derechoooo como las vías del tren. Ahora levantamos las manos como Piñón Fijo -les dice Silvia a sus alumnitos. Los dos con casco y pechera para identificarlos mejor.
Piñón Fijo, las Chicas Superpoderosas, los Rugrats y mucha, muchísima paciencia. Esas son las armas de Silvia, que dice que tiene 37, pero parece menos. Será que el frío los conserva.
Agradecimiento: Secretaría de Turismo de la Nación y Emprotur
- Para saber más
- Secretaría de Turismo de Bariloche (02944) 423022.
E-mail: secturismo@bariloche.com.ar
Las cifras en blanco
- Según las estadísticas de la Secretaría de Turismo de la Nación, en 2002 en los nueve centros de esquí del país se vendió cerca de un millón de pases, lo que supone una avalancha de poco más de doscientos mil esquiadores, que permanecen un promedio de cuatro días en la nieve.
- En el mismo año, el cerro Catedral recibió cerca de cien mil esquiadores y las expectativas para esta temporada son mayores.
- Todos los días los pisapistas deben preparar alrededor de 70 kilómetros de pistas con máquinas que cuestan 200 mil dólares cada una.
- En una temporada, el equipo de 13 patrulleros de Catedral Alta Patagonia socorre a cerca de 300 accidentados.
- En un día full de la temporada, los que prueban botas llegan a poner y sacar cerca de 400 pares.
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