
Los secretos de Darín, más allá de sus ojos
os de Ricardo Darín deben ser los ojos masculinos más fotografiados en la historia de las revistas argentinas. Sus palabras probablemente ocupen cada año más centímetros en los medios que las de cualquier otro actor. Sus comentarios de cualquier tema –sobre política, actuación o sobre sí mismo– generan una repercusión que sólo los de muy pocas celebridades pueden alcanzar, quizá sólo comparables con los de Maradona (que los hace tan frecuentemente) o los de Messi (que no los hace casi nunca).
Pese a esto, desde que la nacion revista se renovó completamente hace casi dos años y comenzó a destacar semanalmente en sus tapas a los personajes más relevantes e influyentes de la época, Ricardo Darín nunca había estado presente. ¿El motivo de tan ruidosa ausencia? Precisamente lo mencionado en el párrafo anterior: hay momentos en que Darín parece volverse omnipresente y su condición de actor más popular y taquillero lo lleva a estar en todos los medios al mismo tiempo.
De modo que un gran desafío se nos planteó cuando, a propósito del estreno de su último film, Kóblic, decidimos que era hora de que Darín llegara a nuestra portada. La excusa estaba, pero faltaba decidir lo más importante: ¿cómo lograr algo distinto al entrevistar a uno de los personajes más entrevistados del país?
Para resolver este dilema convocamos a Víctor Hugo Ghitta, uno de los mejores entrevistadores de la nacion, y a Fernando Gutiérrez, su jefe de fotografía. Ellos quizá podrían, cada uno en su materia, obtener de Darín lo que otros no habían obtenido. Se discutieron enfoques, se analizaron abordajes y Darín hizo el resto: el resultado es la imperdible entrevista que publicamos hoy, en la que el actor –sin dejar de lado ese humor eterno que lo lleva a él mismo a nunca tomarse demasiado en serio– habla de su pasado, de una infancia diferente rodeado de cámaras, de sus padres tan distintos y de Florencia, su gran amor que, confiesa, lo salvó. Pero también habla de sus temores, del paso del tiempo y de la "gran crisis" que, anticipa, no podrá sortear cuando en poco tiempo alcance los 60 años, aunque su rostro aniñado y de galancito siga presente sin que la barba y las canas logren disimular del todo.
Este Darín diferente, maduro y reflexivo, feliz por una vida plena y una carrera llena de reconocimientos, pero a la vez inquieto ante los eternos conflictos del hombre común, se refleja con brillo en el texto de Ghitta y las imágenes de Gutiérrez.
La entrevista tiene, además, otro mérito en estos tiempos: Darín no habla en ella de "la grieta". Pues, como él mismo dijo hace unos días, interrogado sin tregua sobre el tema, hay que dejar de hablar de ella si queremos que se cierre.
Si antes de leer todo esto alguien aún se preguntaba por qué en tapa decidimos mostrarlo con sus ojos cerrados, sus tan famosos ojos celestes, seguramente habrá encontrado aquí la respuesta.
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