
Los toros ya no son los que solían ser
Les liman los cuernos, los dopan. Para algunos, esto resta violencia al toreo. Para otros, le agrega crueldad, porque el animal tiene menos formas de defenderse. En España, la polémica crece, pero nadie cree que se ponga fin al primitivo espectáculo
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MADRID.- Los argumentos de fanáticos y detractores chocan y chocan y no parece que puedan llegar a un acuerdo. Unos defienden el espectáculo del toreo por su enorme carga de tradición y de belleza, y otros lo denuestan por su enorme carga de barbarie. Pero ni los más optimistas opositores creen que el toreo, esa supuesta fiesta que es parte constitutiva de la realidad española, pueda acabar algún día, a pesar de que los jóvenes van perdiendo la pasión.
Hay dos protagonistas básicos en el toreo. Uno es el torero que, con su traje de luces y con su capa de colores llamativos, intenta hacer arte de su enfrentamiento con el animal. El otro es el toro que, acicateado por los movimientos y los colores, y luego por las banderillas y las lanzas que se le clavan, es una masa de furia de entre 500 y 600 kilos que se lanza en busca del torero, del caballo del picador o de los ayudantes del presunto artista. Fatalmente, alguien debe morir, y casi siempre, pero no siempre, es el toro.
Para el que asiste por primera vez a una corrida resulta difícil no solidarizarse con el toro que, salvo excepciones, sale del ruedo hecho cadáver, atado con sogas y arreado por un caballo, dejando tras de sí una estela de sangre sobre la arena. Unos minutos después, ya lejos de la mirada del público, será desollado y su carne será alimento de uso humano.
Más difícil resulta solidarizarse con el torero. Se ha preparado durante años en algunas de las diversas escuelas taurinas y sale a la arena para matar, morir o quedar herido. Es su elección y él sabe lo que pone en juego. Si despliega arte, si mata con belleza, será una estrella que ganará mucho dinero; tendrá mujeres y hasta podrá ser inmortalizado en algún monumento. Si no es bueno, seguramente recibirá muchas cornadas y tendrá una vida lejos de la opulencia y de los favores femeninos.
Tanto es lo que se juega el torero que es muy común, durante la noche previa a una corrida, que tenga problemas de sueño, que camine por la habitación de su hotel pensando en la mole negra que, desde el fondo de la tradición española, vendrá a toda carrera con ímpetu de tanque. Tanto es el miedo y el respeto que, se sabe, varios sufren incontinencias indeseables que, antes de la faena, pueden manchar su traje de luces.
Los aficionados españoles parecen conscientes del sesgo poco humanista que tiene la lidia. Hoy, por ejemplo, hay corrida en Las Ventas, la plaza de arquitectura árabe que constituye el lugar de consagración o de oprobio para los toreros españoles. Lola García y Gloria Sáenz Gil pasan los 60 y ven toreo desde siempre. Son jocosas y cachonderas. Siempre van juntas a Las Ventas.
-Yo sufro por el toro -dice Gloria-. Me dan pena. Pobrecillos. Aunque también me da pena el torero cuando recibe una cornada.
-Yo sufro por el torero -dice Lola-. Es un ser humano. Aunque también sufro por el toro.
Es un espectáculo más interesante que el de las corridas el que despliegan estas señoras que ahora discuten, una en defensa del toro y otra en defensa del torero.
Estas posiciones opuestas conviven en muchos de los aficionados. Una misma persona dice sufrir por el toro y por el torero. Pero, la verdad, por quien más se sufre es por el torero. El argumento es que estos animales (los toros) son criados epecialmente para morir en la lidia, igual que los pollos o los cerdos se crían para terminar al plato, entre panes o como se guste. Lo curioso es que el aficionado culto, quizá progresista, y también el más primitivo o llano suelen aceptar, con los debidos matices, las contradicciones del show taurino. Claro que no es la misma posición la que puedan tener el tosco hombre de campo que asiste a Las Ventas que la que sostiene Javier Villán, poeta, dramaturgo, ensayista y, además, crítico de toreo en el diario madrileño El Mundo.
"Tanto los que apoyan la fiesta de los toros como los que la rechazan tienen sus razones -afirma Villán-. Pero no se puede negar que los toros emocionan y que forman parte de la historia de España. Es cierto que hay aspectos morales, culturales y éticos que en uno se rebelan ante las corridas. Yo pienso tanto en el sufrimiento del toro como en el del torero. Pero he llegado a la conclusión de que el riesgo de muerte existe en muchas actividades humanas, desde la minería hasta el automovilismo; por lo tanto, no rechazo el toreo. La fiesta de los toros se asienta en contradicciones. Y yo las asumo."
Por razones comerciales, y no humanitarias, el toreo actual es menos peligroso. En los últimos años, los ganaderos que crían estas bestias han ido aminorando, mediante cruzas, la bravura de los animales. A veces, son tan mansos como una ameba. Con lo cual se potencia el desequilibrio entre los contendientes y se asegura un espectáculo con menos drama (para el torero) y con la suerte casi definida para el toro. Igual que un jugador de fútbol menos expuesto a las lesiones, los toreros podrán salir más veces al ruedo y generarán un mejor negocio para los organizadores.
Las sospechas, casi certezas, de los aficionados sobre la mansedad de los toros se verifican cuando se ven a esos animales, teóricamente pura potencia, tropezarse con la arena, con una curiosa falta de coordinación en sus movimientos, como títeres mal manejados. Las acusaciones de dopaje -al parecer, les dan Valium 3000- proliferan por todos lados y es todo un tema en el mundillo vinculado con esta actividad.
De lo que sí no hay la más mínima duda es acerca del limado de las astas de los toros. De esa manera, hacen desaparecer las rugosidades propias de esos cuernos y evitan parte del problema que genera recibir una cornada: que el asta no sólo ingrese, sino también que desgarre y que deje entrar oxígeno en la carne aterrorizada.
Sin embargo, el espectáculo no mejora. Ana María Herrero Riaoo y Julián Sánchez Chaparro son aficionados a los toros y, cuando pueden pagar la entrada, asisten a Las Ventas; no ocurre muchas veces; eso se debe, por un lado, a que las entradas en buenas ubicaciones no son baratas; por el otro, a que en las corridas protagonizadas por toreros estrella se cubren las 24.000 localidades con los que tienen sus abonos anuales. Si no van a Las Ventas, miran las faenas por TV, pues son emitidas en vivo por Televisión Española, la cadena estatal.
-Muy de vez en cuando se ve una buena corrida -dice él-. Es como en el fútbol. ¿Cuántos partidos buenos hay?
En muy pocas ocasiones los toros salen caminando de las corridas. Siempre mueren, a menos que algún ejemplar demuestre una bravura fuera de catálogo y, entonces, se lo indulta. Se simula la estocada, se simula el corte de orejas -los toreros de faena exitosa se llevan como premio una o dos- y se lo retira para ser atendido por el veterinario, que le curará las heridas. Ese toro suertudo y bravo irá al campo en carácter de gran semental.
Como contrapartida, los toreros pocas veces salen muertos o en camilla de las corridas. Villán, en casi cuarenta años de asistir a estos espectáculos en todo el país, sólo vio tres muertes: dos banderilleros -son los encargados de clavarle al toro las banderillas, pequeñas lanzas, para que suelte toda su bravura- y un torero. "El porcentaje de muertes no es tan alto como pudiera pensarse, pero sí son frecuentes las cornadas", explica.
En un mes de la Feria de San Isidro, la temporada taurina de Las Ventas más prestigiosa, hubo cinco cornadas más o menos graves. La última tuvo como víctima al torero Miguel Abellán; el cuerno le destrozó el colon y otras partes sensibles. Sobrevivió, pero su futuro no parece muy venturoso.
Las cornadas y los topetazos, y las consiguientes caídas de los toreros son bastante comunes. En una sola corrida, los cronistas vieron tres de estos accidentes, pero en todos los casos el torero salió indemne y siguió con su trabajo.
A pesar de lo arraigado de la tradición, el toreo genera oposiciones en España. A principios del verano se reunieron frente a Las Ventas unos 150 militantes verdes. Llevaban carteles en los que la emprendían contra la matanza de los toros en la arena. Ahí se vieron las caras, policías de por medio, aficionados, toreros y ganaderos, por un lado, y exaltados detractores de la tauromaquia, por el otro.
Los que defienden el show contestan con una lista de groserías a los verdes, que cantan consignas, quizá carentes de fuerza, contra toreros, ganaderos y aficionados. "Vete a fregar", "Bien que después te comes unas chuletas", "A ver tu tapado de armiño", son algunas de las contestaciones más suaves que sueltan los involucrados en la supuesta fiesta del toreo.
Uno de ellos, muy enojado, hace precisiones a los cronistas: "Están en contra de los toros, pero después se comen sus buenos corderos -dice una señora mayor, gordita, de anteojos, que escupe cuando habla-. Esta gente quiere más a los animales que a la gente. Esto es una tradición. ¿O el fútbol no es violento, acaso?" Lo más duro que gritan los verdes dice: "¡Toreros, cabrones, tocadme los cojones!" Uno de los de este bando, Ana Segura, explica a la Revista: "Estamos por los derechos de los animales, para que no sirvan como diversión ni para desarrollar las perversiones. Los taurinos son unos bárbaros".
Ya más calma, la militante verde continúa: "Estamos por el fin de las corridas. Sabemos que es algo muy difícil que ocurra, por no decir imposible. Pero, al menos, queremos que esta actividad bárbara no se financie con fondos públicos. Aquí hay mafias, muchos intereses creados. Sabemos que hay fondos de la Unión Europea que son desviados para fomentar la cría de ganado taurino y para el sostenimiento de las escuelas de tauromaquia".
Una señora que pasa los 70 años dice que siempre va a las manifestaciones. "He sufrido mucho en la vida y no quiero que sufran ni animales ni personas -explica-. Aquí falta cultura; la cultura, en este lugar, es beber y matar animales. La gente se embrutece. Es un signo de retraso para Europa."
A pesar de las oposiciones, a pesar de los reflujos de rechazo que aparecen cíclicamente, la tauromaquia no habrá de desaparecer, al menos en las próximas décadas. El filósofo español Antonio Escohotado, popular en la Argentina por la defensa que ha hecho de las drogas, es un enemigo de las corridas; como buen intelectual progresista, desprecia las efusiones de sangre y los actos bárbaros. Pero tiene una posición curiosa; él dice que, si existiera la intención, desde el poder de acabar con este espectáculo, él mismo se encargaría de asistir a la plaza de toros para hacer fuerza por su continuidad.
"Iría porque hay gente que disfruta de las corridas. Y nadie puede quitar, con un decreto o con una ley, algo que la gente quiere y necesita."
La tradición es muy fuerte. A fines del siglo pasado hubo un movimiento de intelectuales que se opuso al toreo pues consideraba que se trataba de una actividad que perpetuaba el atraso de España. Sin embargo, poco más de una década después, otros intelectuales redactaron un manifiesto para glorificar a Juan Belmonte, un torero que, según se dice, fue pura belleza. Allí dictaminaron que el toreo era una de las bellas artes. Pero algunos historiadores se encargan de poner las cosas en su sitio. En la raíz del toreo está la barbarie. Si bien es una práctica muy antigua, con varios siglos de existencia, algunos investigadores afirman que se tornó una fiesta pública en reemplazo de la otra fiesta pública que había generado la Inquisición: la quema, ante la gente que se relamía, de brujas, sodomitas y adúlteros.
La tradición no desaparecerá en lo inmediato. Pero hay señales que obligan a abrir bien los ojos. Porque, así como no se puede prohibir por decreto algo que la gente ama y necesita, tampoco se puede mantener por decreto algo que la gente olvida o deja de lado. Manuel Utrera Aguilera es un ex torero muy mediocre que ahora pasa hambre. Dice que no llegó a triunfar por no tener buenos representantes, a los que llama padrinos. Y acepta que los jóvenes ya no se interesan por la tradición.
"Antes, cuando yo era un niño, con mis amigos jugábamos al toreo. Teníamos nuestras capas de juguete y salíamos a la calle, y uno hacía de toro y otro de torero. Los chicos de ahora sólo juegan al fútbol", se queja.
De Granada y Castilla
El toreo ha ido cambiando con el tiempo, igual que el fútbol o que otros espectáculos. Pero la utilización de toros, sin las reglas actuales, existía ya en los circos romanos, donde se lanzaba a estas bestias a la arena para que compitieran con otras especies animales. Cuando el concepto de circo romano fue trasladado a España, también se trasladó el uso de toros en estos espectáculos. Pero los diferentes dominadores de la península ibérica -godos, visigodos, vándalos- cortaron esa tradición, que fue retomada por los árabes, que invadieron el territorio en el 711 después de Cristo. En el siglo XV, cuando mandaba en Granada el rey moro Boabdil, había lidias en las que el toro se enfrentaba con el hombre. Al parecer, la nobleza de Castilla también copió ese divertimento quizá como una manera de decir: nosotros también somos bravos y valientes, y no tenemos nada que envidiarles a los moros.






