
Luis Moreno Ocampo: el fiscal
Lleva tres años como primer fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, el tribunal que juzga los crímenes más atroces contra la humanidad. Desde La Haya, cuenta cómo es ejercer esa responsabilidad
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LA HAYA.– "Tengo el trabajo más lindo del mundo." A Luis Moreno Ocampo, que desde el 16 de junio de 2003 es el primer fiscal jefe de la Corte Penal Internacional (CPI), no le pesa el cargo importantísimo que ocupa. Su oficina está en el duodécimo piso del hipermoderno edificio donde funciona la CPI; allí cuenta con inmensos ventanales desde los que tiene una espectacular vista de "toda Holanda", como bromea el prosecutor, y le brillan los ojos cuando cuenta lo que está haciendo.
Más allá de los gigantescos desafíos que tiene por delante por estar al frente del primer tribunal internacional permanente de la historia, cuyo principal objetivo es terminar con la impunidad de quienes cometen los delitos más atroces, Moreno Ocampo no se siente apabullado. Todo lo contrario.
Habla con un entusiasmo de lo que ha hecho hasta ahora –su mandato en la CPI dura nueve años–, y con gran ilusión del futuro de "su" corte, que para él puede realmente ayudar a miles de personas y hacer algo para detener los crímenes masivos que aún ensangrientan al mundo. Es raro encontrar semejante entusiasmo en el seno de un organismo internacional, donde es normal toparse con funcionarios escépticos, desbordados por objetivos demasiado grandes y por una burocracia aún mayor.
No es el caso de Moreno Ocampo, un hombre de 53 años que saltó a la fama a partir de su participación en el juicio a las juntas militares, que no oculta que está "fascinado" con su tarea y que se mueve como pez en el agua en el blindadísimo edificio de la CPI. The prosecutor –como le dicen–, charla y saluda sonriente a todos a quienes cruza cuando acompaña a la Revista a recorrer la sala de audiencias, que parece un verdadero búnker. Al ser el primer tribunal internacional permanente de la historia, la CPI está sometida a fuertes medidas de seguridad. Su sede, una construcción novísima a la que se accede luego de sortear detectores de metales y controles varios, tiene tantas rejas que casi parece una prisión.
Moreno Ocampo trabaja dentro de esta fortaleza infranqueable casi todo el día, e incluso los fines de semana. Su familia, en efecto –su mujer, Elvira, y sus hijos, Tomás (13) y Joaquín (7)–, sigue viviendo en Buenos Aires, donde el fiscal viaja una vez por mes. "La parte más complicada de mi trabajo es cómo mantener a mi familia bien", afirma este abogado, que habita en la típica y soñada casita holandesa de tres pisos, de madera, frente a un canal en el corazón de La Haya. "Me gusta ver el agua", dice el fiscal. Aunque lo usa poco, se compró un bote para recorrer por vía acuática Holanda, un país del cual la Argentina –"donde hay muchos triunfos individuales, pero un fracaso colectivo"–, según él, debería aprender a trabajar en equipo.
Moreno Ocampo, que hace unas semanas fue, junto al drama de Darfur, nota de tapa de la revista de The New York Times, lamenta también que en nuestro país se hable poco de lo que sucede en Africa, el continente donde la CPI ha puesto la lupa.
–¿Cómo es ser el primer fiscal jefe de la CPI?
–Es superinteresante, y un desafío. Acá soy un manager, y tuve que organizar una oficina: yo llegué y tenía seis pisos vacíos de un edificio. Ahora somos 160 provenientes de 48 países. Reclutar gente fue una parte de mi tarea. Después tuve que organizarla. Tengo cuatro abogados que son los que llevan los casos ante los jueces, con experiencia en eso. Tengo una división que son investigadores, formada por gente que estuvo en la policía francesa, otros provenientes de organizaciones no gubernamentales y algunos con experiencia periodística, y tenemos un team para cada caso. Y después organicé otra área con expertos en relaciones internacionales, porque esta corte se basa en la cooperación, ya que yo no dispongo de policías. Acá yo tengo jurisdicción en por lo menos cien países, y puedo tener en todo el mundo; sin embargo, no tengo ningún policía. Entonces debo conseguir cooperación de la policía, de las fuerzas armadas, de diferentes grupos de todo el mundo. Y después cuento con un área de servicios. Esa es mi tarea como manager: trabajar con toda esta gente.
–¿En cuanto a la parte legal?
–Yo soy fiscal y debo seleccionar los casos en función de un criterio que, básicamente, es el de gravedad: opto por los casos más graves. Por eso elegimos Congo y Uganda, que son los países donde hay masacres de miles de personas, violaciones masivas y desplazamientos de poblaciones enteras, y después elegimos Darfur, que es en Sudán, un caso más grave todavía.
–En el artículo de la revista del NYT usted destacó que le sirvió mucho su experiencia en el juicio a las juntas militares de la Argentina...
–Sí, me fue útil mi experiencia en el juicio a las juntas, porque yo tenía que investigar lo que habían hecho el Ejército y la Policía, y no podía recurrir a la policía para que investigara. Nosotros tenemos que meternos en lugares imposibles, donde no hay policía, o donde la policía y el ejército cometen los crímenes. Por eso mi experiencia en el juicio a las juntas me sirvió mucho.
–También su experiencia como fiscal anticorrupción le debe de haber aportado...
–Sí, porque lo que aprendí trabajando como fiscal y abogado en la Argentina es que los grandes crímenes no son nacionales. Los crímenes graves son transnacionales. También los crímenes de las juntas estuvieron influidos por conexiones externas: obviamente, era un conflicto entre el mundo comunista y el mundo de la economía de mercado; había países que entrenaban a las Fuerzas Armadas; había países que entrenaban a los guerrilleros. Entonces, no era solamente un problema argentino, y justamente el Plan Cóndor muestra eso. Y cualquier caso grave de corrupción muestra siempre que la plata va hacia otro lado, que hay cabezas de compañías que están afuera... Y entonces los grandes crímenes importantes del mundo de hoy, como el terrorismo o la droga, son internacionales.
–¿Por qué Africa es el continente olvidado?
–En Europa, Africa no es ignorada, ni mucho menos. Y Darfur es un tema de tapa en los diarios de Estados Unidos. En Darfur, la CPI intervino porque el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas nos lo pidió. Cuando Kofi Annan me adjudicó el caso, salieron fotos en todo el mundo de él dándome el sobre, pero en la Argentina ni salió, porque ignoramos eso. Africa es un continente postergado.
–¿Cuáles fueron sus logros en estos primeros tres años al frente de la CPI?
–Nuestro logro es que en tres años una idea la convertimos en realidad. Cuando tomé la fiscalía había gente que decía que nunca íbamos a poder iniciar un caso, o gente que temía que hiciéramos casos "frívolos" o que nos metiéramos en Irak, en contra de Estados Unidos, o cosas así. Nosotros no podemos tener injerencia en Irak porque Irak no es Estado parte; no tengo jurisdicción. El logro fue despejarse de esos miedos, mostrar que podíamos armar una fiscalía que funcionara con calidad. Empezamos con los tres casos más graves que podíamos encarar: Congo, norte de Uganda y Darfur. Mostramos eficacia, ya que en lugares imposibles de investigar logramos juntar evidencia, y logramos que los jueces iniciaran los arrestos, y, por si fuera poco, logramos traer un prisionero del Congo a La Haya el mes pasado. Por cada logro tenemos cinco nuevos desafíos, pero justamente por eso es fascinante este trabajo.
–¿Qué se siente?
–Sobre todo, lo que se siente es que realmente nosotros podemos lograr alguna mejora en Uganda, ayudar en el Congo, y ver cómo colaboramos en Darfur. Lo que tenemos son millones de personas involucradas en conflictos a las que podemos ayudar. Como abogado, no puedo tener tarea más importante que ésta. Porque además de encontrar la forma de ayudar a gente que está en conflicto, esta corte tiene jurisdicción en todo el mundo, y los paramilitares de Colombia siguen lo que pasa en Uganda porque nosotros nos podríamos meter con ellos. Entonces Colombia está utilizando la amenaza de la CPI con los paramilitares para desmovilizarlos. Justamente no sólo por lo que hagamos nosotros, una pequeña pieza, sino por lo que podemos lograr que hagan los demás. Otro ejemplo: la Cruz Roja me invitó a hablar en Madrid para generales de cuarenta países, y uno de ellos me dijo: "Yo manejo la parte legal del ejército y desde que ustedes están en la oficina el comandante en jefe me dio instrucciones de controlar que nuestros planes tácticos no tuvieran ninguna posibilidad de ser considerados en la esfera de los crímenes y que nuestros hombres pudieran ser investigados por ustedes".
–¿Un general de qué país?
–No le puedo decir... Pero para mí fue fantástico, porque ése puede llegar a ser el impacto que tenga la corte en el futuro: evitar que se cometan nuevos crímenes. El tema es cómo, con algunos pocos casos que haga la corte, generamos un cambio en las reglas de juego del mundo; por lo menos en lo concerniente a crímenes atroces.
–¿El hecho de que la corte sea rechazada por la única superpotencia del mundo, Estados Unidos, no debilita la CPI?
–Depende. El mundo es complicado. En una conferencia, un profesor universitario me dijo: "Usted tiene que lograr que Bush nunca firme (el Estatuto de Roma, que creó la CPI), porque si Bush firma, ¿quién va a creer que ustedes son imparciales?". Yo creo que dentro de treinta años la corte va a ser universal. En este momento hay cien países que son Estados parte, pero todavía faltan otros cien que aún no lo son. No obstante, si nosotros demostramos que somos útiles, que realmente aportamos un componente de justicia para detener estos crímenes masivos, eso va a funcionar, porque en el mundo hay consenso de que no puede haber atrocidades.
–¿Es cierto que en el caso de Darfur uno de los imputados puede llegar a ser el presidente de Sudán?
–Sí, la corte tiene facultades para investigar a cualquier persona, incluido un jefe de Estado, pero depende de los hechos, depende de los crímenes y de la evidencia que haya.
–¿Es un optimismo excesivo el de la revista del NYT, que sugirió que la CPI iba a poder resolver en Darfur lo que varios otros organismos no pudieron?
–Esta corte es muy chiquita, pero lo que tiene es una agenda muy clara, que es investigar y castigar crímenes para evitar futuros. Entonces, como la agenda es tan clara, una vez que nos involucramos con un país yo creo que podemos, no cambiar el país, pero sí generar una sensación diferente, y creo que se puede lograr que muchos actores se sumen al esfuerzo de parar los crímenes, incluso el Estado en el que se cometen los crímenes. Podemos disparar una acción colectiva distinta. Si hubiera existido la corte en el ’76, se habría ocupado de la Argentina en el ’77 y en el ’78... No hay que olvidar que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA fue el elemento clave para detener los crímenes en los años 80 en la Argentina. Es decir, los centros de detención se cerraron cuando vino la comisión, y para mí es un ejemplo de cómo una oficina internacional puede ayudar en estos contextos.
–¿Cómo es vivir en Holanda?
–Holanda es un país muy interesante: tiene el tamaño de Tucumán, y 18 millones de habitantes. Sin embargo, creo que sus exportaciones agrícolas son más importantes que las de la Argentina. Yo vivo frente a un canal y me compré un botecito, por lo que recorro Holanda con eso. Es fascinante, porque veo las vacas debajo de mí; crucé la autopista con mi bote; es decir, Holanda es un país que en parte está construido por la gente, que sabe trabajar en equipo...
–¿Cómo que ve la vaca desde el bote?
–Claro, el canal está más alto que las vacas, porque gran parte de Holanda es el delta del Rin. Imagínese que en el delta del Tigre hubieran hecho canales para manejar el agua. Entonces parte de la tierra está debajo del canal. El canal tiene paredes que lo sostienen, pero la tierra está por debajo del nivel del canal; entonces, uno va con el bote y ve las vacas desde arriba, y cruza la autopista. Para mí, este dato significa que los holandeses por cinco o seis siglos trabajaron muchísimo, y todos juntos, para construir el país. ¿Por qué los romanos no pudieron conquistar Holanda? Por el delta: los holandeses usaron el agua para defenderse. Por eso es un país chiquito que se mantuvo independiente casi siempre, pese a que se peleó con países grandes. Holanda es un país muy interesante, muy particular.
–Un país que lo desespera si lo compara con la Argentina...
–Sin duda. La diferencia es que los argentinos tuvimos la pampa, donde las vacas pastaban solas y donde no teníamos que hacer nada para conseguir algo, mientras que acá todo había que construirlo. Pero es uno de los países más superpoblados del mundo, y se ve verde en todas las ciudades saben manejar muy bien sus problemas y son muy exigentes. El príncipe, el marido de Máxima, es un experto en aguas, por ejemplo. El manejo de aguas para ellos es todo un tema.
–¿Le gustaría quedarse en Holanda?
–¡No! –dice terminante–. Tengo mi familia, mi mujer y mis chicos viviendo en Buenos Aires, donde viajo cada dos o tres semanas. Si estuvieran acá, en Holanda, estarían demasiado tiempo solos porque, por trabajo, por lo menos una o dos semanas por mes estoy viajando por otros países. Por eso decidimos que los chicos y mi mujer se quedaran allá, y yo viajo, o ella viene a veces. Desde hace tres años estamos intentando una vida distinta. Cómo mantener mi familia bien es la parte más complicada de mi trabajo.
–Volviendo al trabajo en equipo de los holandeses, debe de ser preocupante comparar eso con la Argentina...
–Cuando estoy acá siempre pienso que en la Argentina es muy complicado trabajar en grupo. Parecería que hubiera muchas fuerzas que dividen; tenemos una especie de intolerancia. Acá, en Holanda, es puro trabajo en equipo, y en la corte lo estamos armando así. Eso es lo que habría que cambiar en la Argentina: cómo trabajar en equipo. Pasan cosas buenas en la Argentina, pero son muchos triunfos individuales y un fracaso colectivo, y es tiempo de empezar a cambiar eso. Al mismo tiempo, la Argentina produce gente. Por ejemplo, mi cargo acá tuvo que ver con el juicio a las juntas, y como un reconocimiento a lo que se hizo ahí. A mí me conocían por eso. Pero hay muchos otros argentinos en altos cargos de organismos internacionales. La Argentina tiene un talento que hay que aprender a desarrollar. Lo que hicimos en materia de derechos humanos es muy importante.
–En nuestro país se cuestiona, sin embargo, que hay muchos criminales que siguen sueltos...
–Cuando hay crímenes masivos, es imposible juzgar a todo el mundo. No es que esté mal juzgado, sino que para las víctimas nunca es suficiente. Yo me acuerdo de que estaba obsesionado, después del juicio a las juntas, acerca de cuál era el criterio de selección, y entonces me encontré en 1986 en Nueva York con Benjamin Ferencz, que había sido uno de los fiscales de Nuremberg. Le pregunté si ellos tenían muchas pruebas en contra de los nazis. Y él me explicó que los alemanes eran gente muy organizada, que habían coleccionado toda la evidencia: tenían miles de biblioratos y millones de documentos contra miles de personas. ¿Y cómo hacían? "Bueno, elegíamos a 22 personas para cada caso", me contestó. ¿Y con qué criterio legal? "Bueno, eran 22 porque teníamos 22 sillas en la sala de audiencias." Entonces, básicamente, cuando haya crímenes masivos se puede juzgar a un grupo, y por supuesto va a haber mucha impunidad. Por eso el tema es si los juicios permiten ir hacia adelante, entender lo que pasó, hacer justicia dentro lo que se pueda, y también procurar que eso no pase nunca más. El rol básico de la Justicia no es sólo castigar por lo que sucedió, sino evitar que suceda de nuevo.
–¿Planes para el futuro?
–Los próximos seis años me quedo acá. Tengo el trabajo más lindo del mundo. ¿Qué voy a hacer después? Explicar lo que hice acá. Supongo que daré clases en alguna universidad buena de los Estados Unidos, trataré de ver si puedo hacer algo más por mis hijos, y nada más.
–¿Y si le ofrecieran un cargo político?
–Desde el ’85 me vienen ofreciendo cargos políticos, pero desde entonces yo preferí hacer otra cosa. Opté por dar mi contribución desde otro lado. Justamente por haber rechazado cargos políticos me ofrecieron ser fiscal del mundo. Y después de esto, por supuesto no me interesa ningún cargo político en la Argentina, ni internacional. Para mí, este cargo es tan importante que lo que quiero es hacer esto lo mejor que pueda, y después no hacer nada más. Además, soy totalmente independiente: yo soy mi jefe y soy el responsable de lo que decido. Por eso es una posición en la que tengo la sensación de que puedo hacer algo bueno, no sólo para los millones de personas que son víctimas en el Congo, Uganda o Darfur, sino también para esas personas que no son víctimas, pero que quieren un mundo mejor.
Perfil
Una carrera ascendente
- Nació en 1952. Estudió derecho en la UBA. Fue fiscal en el juicio a las juntas militares que gobernaron la Argentina de 1976 a 1983. En 1992 abrió una oficina dedicada a trabajar en casos de corrupción y de violación de los derechos humanos.
- Fue profesor en la UBA y profesor visitante en las universidades de Stanford y Harvard. Lideró la ONG Poder Ciudadano y fue presidente para América del Sur de Transparency International. Desde 2003, es primer fiscal de la Corte Penal Internacional, cargo que obtuvo con el acuerdo de más de 70 países.
Un pragmático con visión
En una nota de abril pasado que se publicó en la revista de The New York Times, la periodista Elizabeth Rubin presenta a Luis Moreno Ocampo como un "veterano abogado" argentino. "Tiene una barba corta y gris y cejas a lo Groucho Marx que casi siempre están en movimiento, excitadas, alarmadas, desilusionadas", lo describe. Afirma que el trabajo del fiscal en la Corte Penal Internacional (CPI) es tanto legal como político, y entiende que su manera de encararlo es "intensamente pragmático".
Luego de señalar que a los 32 años ejerció de fiscal en el juicio a las juntas militares que gobernaron la Argentina durante el último régimen militar, afirma que el desafío del fiscal en Darfur, Sudán –en el que más de 200.000 pobladores de tribus africanas han sido asesinados por milicias árabes apoyadas por el gobierno–, es el mayor que ha tenido hasta ahora.
¿Cómo es el hombre detrás del fiscal que enfrenta semejante tarea? "Lo conocí en 1989, cuando fundó Poder Ciudadano, donde yo fui voluntario –dijo a la Revista Carlos March, ex director de Poder Ciudadano y representante en Buenos Aires de la Fundación Avina–. Siempre tuvo un fuerte compromiso con la sociedad civil, y se desenvuelve con una clara estrategia para crear los espacios en los que siente que puede hacer una transformación social."
Para este antiguo colaborador de Moreno Ocampo existen dos grandes virtudes que destacan al fiscal: su visión para identificar los temas críticos de las sociedades –aun antes de que estén instalados en la opinión pública– y su entereza para no caer en la seducción del éxito.
"Es un hombre de una gran calidad humana. Cuando trabaja en equipo hace que uno se sienta un par. Sus discusiones siempre se mueven en el plano de los argumentos, nunca cierra una reunión diciendo: «Esto se hace porque yo soy el jefe»."
Con respecto a los casos que hoy lo ocupan, March entiende que son muy diferentes de los que llevó adelante en el juicio a las juntas. "En esa oportunidad, él era parte de la sociedad, del país. Ahora, en la mayoría de los casos, hasta la cultura del lugar en cuestión le es desconocida."






