
Luis Ortega, con fama propia
A los 19 años, filmó Caja Negra , una película que acaba de estrenarse y que habla de la incomunicación entre las personas. El quinto hijo de Palito Ortega ya se perfila como una promesa del cine local. Pasen y vean
1 minuto de lectura'
Tiene un aire a Mick Jagger, antes de que Jagger se dejara llevar por los excesos de la vida Stone. La boca ancha y mullida dominando los rasgos de la cara, el corte de pelo estilo recién me levanto de dormir la siesta, una delgadez en el límite de la salud y la actitud de alguien dispuesto a llevarse el mundo por delante. Pero Luis Ortega escapa a todas las clasificaciones posibles. En especial, a cualquiera que intente colocarlo entre los típicos emergentes de una típica familia de famosos. Nada de eso hay en este chico de hablar pausado, que ha desarrollado una extraordinaria capacidad para referirse a los suyos con la cintura de un político. Durante el último Festival de Cine de Mar del Plata, cuando todo indicaba que el prejuicio haría pedazos su talento, él dio muestras de su notable individualidad. Caja Negra , su opera prima que filmó hace dos años y que fue recientemente estrenada en las salas de Buenos Aires, resultó una bocanada de aire fresco, otro hallazgo en el océano de la cinematografía local, cuyos protagonistas más jóvenes siguen dando que hablar en el mundo.
Bastó un premio y que la crítica especializada comenzara a mimarlo para dejar en claro que el apellido no siempre es un estigma o, en su caso, que sería un error imperdonable usar la misma vara para medir a todos los integrantes del nutrido clan del que le ha tocado formar parte. Desde entonces, el quinto hijo de Palito Ortega y la ex Jacinta Pichimahuida (Evangelina Salazar), está tratando de digerir su propia fama. Tarea difícil para alguien que, esencialmente, está en contra de los rótulos.
Nacido hace 21 años –poco antes de que sus progenitores, fundidos y sin trabajo, se radicaran por una larga temporada en Miami–, tenía 19 cuando decidió estudiar la carrera de Dirección en la Universidad de Cine. Estaba seguro de que su vocación no era una cuestión de herencia, sino una necesidad muy profunda de expresar algunas de las impresiones que había recogido en esa especie de rally que fue su vida hasta entrada la adolescencia: Buenos Aires-Miami- Tucumán-Buenos Aires, con estadas más o menos breves en cada sitio. Con la madre de copiloto, los hermanos en el asiento de atrás y, en la última etapa, el padre al volante de la empobrecida provincia de Tucumán.
Se aburría soberanamente en la Facultad. Cuando empezó a experimentar con la cámara y a resolver sus primeros cortometrajes, descubrió que las cuestiones técnicas eran bastante más sencillas y que en realidad la clave era tener una historia interesante para contar. Se escapaba de las clases y pasaba tardes enteras en la plaza de San Telmo, filmando el paisaje con una cámara VHS que le había prestado un cuñado. Así encontró a Eduardo Couget, un hombre de unos 50 años que entonces vivía en el hogar del Ejército de Salvación, y cuya única actividad era pasar el día arrumbado en un banco, con la mirada perdida, sin hacer nada. Trabaron amistad, y esa amistad acabó por darle forma a un guión que ya estaba dando vueltas en su cabeza. Couget –un ex empleado bancario expulsado del sistema, padre de mellizas y con un hogar formado– era la pieza que le faltaba para a escribir el guión, que tiene mucho de biográfico. El cinismo de la sociedad moderna lo exaspera y de eso se trata, en cierto modo, Caja Negra . Dejó la Universidad y, con mil pesos, financió la primera etapa del rodaje.
“La columna vertebral de la película era, primero, saber si se podía sostener una relación entre dos personas sin hablar demasiado. Pensé, en la puta vida alguien va a querer ver una película donde la gente no habla, quién va a soportar el silencio –explica sentado en el living de su casa en San Telmo, una casona fría y reciclada que hasta hace poco compartió con Dolores Fonzi–. Pero como no estaba pensando en el público, porque nunca creí que íbamos a llegar a un estreno, ni siquiera a mostrarla en video, tampoco teníamos ninguna especulación comercial porque no había productores poniendo plata, nos pusimos todos a disposición del relato. A mí me cuesta mucho hablar, y comunicarme. Pienso que la mayor parte del tiempo la gente dice cosas al pedo, para llenar espacios. Pero no son momentos de real comunicación, es puro palabrerío. Por eso, hay un punto donde estamos todos desconectados, actuamos de un modo personal y egoísta, y terminamos odiando a gente que es igual a uno. Tampoco quería empezar por contar la historia anterior de los personajes, su pasado. Si lo hacía, el espectador iba a justificar su incapacidad para comunicarse, el hecho de que Couget viviera en la calle, es decir, justificar su soledad por todo lo que le había tocado vivir. Mi idea era simplemente abordar las sensaciones humanas, la imposibilidad de romper con las barreras. Creo que lo que más se nota en la película es esa voluntad de no contar la historia, de presentar –sin apelar al realismo– lo contradictoria, mágica y explosiva que puede ser la vida cotidiana.”
Vive a una distancia prudencial del Centro, y de la familia, con la que se ve lo necesario como para llevarse bien. Escribe de noche, duerme de día, pero está alerta a cuanto ocurre a su alrededor. Gracias a ese estado de curiosidad permanente conoció a Eugenia Bassi, la centenaria coprotagonista de su película, que murió al término de la filmación y cuyas cenizas desparramaron en el mar, meses antes del Festival de Cine de Mar del Plata.
“Ibamos caminando con el Chino Fernández (uno de los productores del film) buscando un lugar para filmar, y de repente escuchamos a una señora que nos llamaba desde un balcón: Vengan chicos, vengan. Tocamos el timbre, y nos atendió un hombre con barba, que es el hijo de Eugenia. Le dijimos: Mire, vinimos porque la señora nos llamó. Subimos, y ahí estaba ella, sentadita: Los llamé porque pensé que los podía ayudar, dijo, y eso fue un flash para mí. Tenía 100 años cumplidos, y ahí me di cuenta de que había encontrado a la que haría de abuela de Dolores en la historia que estábamos por contar. Creo que el arte es en cierto modo así, un despertador. Caja Negra se pudo hacer porque creo que las historias lo encuentran a uno, se presentan solas. Todo depende de cuán alerta estés. Después, vos elegís cómo contarlas, cómo poner la cámara, el estilo del relato. Pero, si lo hubiéramos dejado pasar, si hubiéramos dicho: Ah, mirá esa vieja loca, simplemente habríamos perdido la oportunidad de hacer esta película."
A Caja Negra la esperan festivales europeos; y a Ortega, una agenda con proyectos que comienzan en diciembre con la filmación de Monoblock, sobre un guión de Carolina Fal, y protagonizado por Graciela Borges y Rita Cortese. De todo eso, lo que más le interesa es la posibilidad de aprender, y vivir a full: “Por ahora, estoy aprendiendo a escribir, no sé qué pasará más adelante. Pero que ya me digan director de cine, sólo por haber filmado una vez... me parece exagerado. Eso ya te encasilla, y de algún modo te entierra porque el día de mañana puedo interesarme por el teatro o cualquier otra cosa. En mi caso, lo único que me interesa es seguir comunicándome, es mi forma de aguantar. De estar menos solo”.
El boom de la ópera prima
A finales de 2001, una precaria copia en video de Caja Negra circulaba entre críticos y programadores. La sorpresa fue tal que, inmediatamente, se desató entre los responsables de los festivales de Mar del Plata y de Buenos Aires una dura puja por conseguir la opera prima de Luis Ortega. Algo similar ocurre todos los meses en el exterior con otras primeras películas de jóvenes argentinos. A Tan de repente, film de Diego Lerman, que fue la gran revelación del último festival porteño, se la disputaron varias de las principales muestras hasta que finalmente fue Locarno la que se quedó con la preciada joya. Cannes, por su parte, eligió a este director de apenas 26 años para su programa de becas, que reúne durante cuatro meses a seis realizadores considerados grandes promesas del cine mundial. Después del éxito internacional de las opera prima como Pizza, birra, faso, de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro; Rapado, de Martín Rejman; Mundo grúa, de Pablo Trapero; o Picado fino, de Esteban Sapir, que a fines de los años 90 marcaron el surgimiento de lo que se conoce como nuevo cine argentino, otra camada se sumó en los últimos tiempos a esos veteranos. La ciénaga, de Lucrecia Martel (premiada en Berlín); La libertad, de Lisandro Alonso (que llegó a Cannes); Sólo por hoy, de Ariel Rotter; Taxi, un encuentro, de Gabriela David; Un día de suerte, de Sandra Gugliotta; El descanso, del trío Moreno-Tambornino-Rosell; Vagón fumador, de Verónica Chen, y Herencia, de Paula Hernández, sedujeron a festivales que se ufanaban de haber descubierto a un nuevo talento antes que las muestras competidoras. Dos casos extremos son los de Nueve Reinas, debut en la dirección de Fabián Bielinsky, y Sábado, primer largometraje del crítico Juan Villegas. Nueve Reinas, un policial filmado por un cineasta de una generación mayor, se constituyó en un gran éxito comercial con más de 10 millones de dólares recaudados sólo en las salas de la Argentina, los Estados Unidos y España. La pequeña comedia de Villegas se estrena en estos días luego de haber recorrido durante un año y medio 24 festivales de todo el mundo cosechando premios y elogios. El fenómeno de las opera prima argentinas no se detiene y tiene alcance mundial.
Diego Batlle
1
2Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”
3Llamó a su esposa y le propuso hacer un viaje que cambió sus vidas para siempre: “Nos vamos a Alaska tres o cuatro meses”
4Efemérides del 20 de febrero: ¿qué pasó un día como hoy?



