
Luis Ortega: "Siempre prefiero fallar a reiterarme"
El cineasta de 33 años habla sobre la búsqueda de un lenguaje propio, la pereza de su generación y la falsedad de Internet
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Quedamos en una esquina de Chacarita. Llega puntual. Caminamos un par de cuadras y sugiere un bar para sentarse a charlar. En pleno epicentro estético de base palermitana elige, sin embargo, un viejo boliche porteño medio derruido.
Luis, de 33 años, cineasta, quinto exponente del polifacético clan Ortega, revuelve el café mientras lee el dorso del sobre de azúcar: "Somos todos valientes hasta que vuela la cucaracha". Una frase extraña que la empresa de azúcar extrajo de Twitter (en reemplazo de los clásicos poemas existenciales). Encaja perfecto como metáfora de alguien que ha visto volar muchas cucarachas sobre su cabeza sin asustarse.
Desde su irrupción en el mundo del cine con su ópera prima Caja negra, a los 19 años, hasta 2013 cuando presentó su última producción Dromómanos (ganadora del premio Bafici 2013 al mejor director), Ortega está inmerso sin concesiones en la búsqueda de un capital simbólico que él define como "su lenguaje". Esto quiere decir: cine no convencional, con ambiciones de cambiar vidas; historias no lineales, personajes marginales y mucho riesgo al margen del éxito comercial.
Quiere hablar de su trabajo. O sea: el tema de la familia, los Ortega, el mundo de los famosos (al cual pertenece sin querer) y los minúsculos escandaletes que lo tuvieron como protagonista están vedados. No es fácil conseguir una entrevista con él y todo indicaría que lo mejor sería no echarlo a perder. Empecemos bien, pienso, mientras se escucha un partido de fútbol en la TV del bar.
–¿De dónde surge tu inspiración? ¿Qué es lo que te conmueve?
–Me gustan las personas. El misterio de las personas. Nadie sabe bien quiénes son, qué hacen, pero a la vez están en un devenir casi automático, casi del destino, pero desde una inocencia camuflada.
–¿Te importa, entonces, dónde se esconden?
–O todo lo que hacen para esconderse. Los malabares que construyen para existir de una forma, en un momento, en un contestar y en un mirar. Es un misterio sobre las personas lo que me moviliza.
–¿Esa curiosidad siempre estuvo presente y activada?
–De los 20 años para adelante hacés lo que podés, ya es difícil cambiar y sentirte igual. Aunque algunas elecciones no hayan sido del todo sensatas es como que ya te forman. Por eso creo que, hasta los 20 o 25, es el momento en el que hay que estar alerta, bien alerta. Después podés hacer un montón de cosas para desarmar manías o limitar prejuicios, pero básicamente es una lucha mucho más difícil. El primer asombro es el que nutre. Creo que yo no podría haber hecho otra Caja negra. Siempre prefiero fallar a reiterarme.
–¿Preferís eso?
–No. Prefiero nada. Prefiero no haber hecho nada. Caja negra, sí: ése es el primer asombro con la vida, con la muerte, con las personas; después todos esos conceptos se van como enfriando. Curiosamente se hacen más reales, pero se van enfriando. Yo hice películas que no me dejan dormir porque me arrepiento de haberlas hecho [Monoblok y Santos sucios]. No me reconozco en esas películas. Si duraran cinco minutos tal vez sí, pero duran 80. Siento que hay que recuperar la virginidad. Estoy en eso, pero con la experiencia a favor. El tema es que la experiencia no opaque la sorpresa y, a veces, ya te acostumbraste a vivir...
–Suena como a una búsqueda más poética.
–Creo en la sorpresa con el orden natural de las cosas. Por lo menos a mí, en particular, no me interesan las películas sobre una persona que va a trabajar, llega a su casa, tiene problemas económicos y se pelea con su pareja. Me da fiaca todo eso. Esa cosa de la "soledad contemporánea" o "los seres humanos en el plano de sus limitaciones", en el cine ya está todo contado en ese sentido. Prefiero alguien que me apueste o proponga un salto mortal. A los que nos gustan las tormentas y los chaparrones vamos a buscar lo mismo: tipos que dejen la vida haciendo películas, música...
–¿De qué se trata la próxima película?
–Tiene un título provisorio que es Lulez. Es una película de a dos, tipo Bonnie & Clyde. Un dúo en el que trabaja Ailín [Salas]. Tiene armas. Es una historia de amor con tiros, bebés y caballos...
Abramos un paréntesis. Ortega cultiva un aire auténtico a pesar de lo que uno podría imaginarse de un ambiente atropellado por el tren de las influencias y el esnobismo. Habla concentrado, intenta no meter la pata, contenerse, no provocar polémicas y eso se nota a lo largo de casi las dos horas que dura la entrevista. La lectura es otro de los aljibes donde suele zambullirse para salir con algo entre las manos. Fiodor Dostoievski es hoy su "planeta". Más precisamente el libro Los hermanos Karamazov. "Ahí está todo: no creo que nadie haya escrito sobre la emoción, la duda y la fe como él. De ahí chorearon todos", dice. También cuenta sobre su amistad con referentes más grandes ("las copias originales"), como Alejandro Urdapilleta, Fernando Noy y el músico Daniel Melingo. "Melingo es el mejor músico que hay en la Argentina. Lo que pasa es que se tiene que ir a trabajar a Europa porque acá la gente mira otra cosa... No hay nada más porteño y más amoroso que Melingo. Para mí, es un ángel. Un amigo...", agrega. El músico está produciendo el segundo disco que lleva la firma de Luis Ortega y de su mujer, la actriz Ailín Salas.
–¿Por qué decidiste grabar y editar un disco que no suena como uno imaginaría?
–El cantante de una banda de San Telmo, el Exilio Universal, vino a vivir a mi casa después de que lo desalojaron de un conventillo. Y le dije quedate, pero enseñame a tocar la guitarra. Necesitaba aprender algo nuevo. Aprendí de grande. Y empecé a practicar. Después mi viejo [Palito Ortega] me enseñó otros acordes al pasar. El disco está hecho así. No es que pensé voy a sacar un disco solista y dedicarme a eso como carrera.
–¿Escuchás mucha música?
–No escucho música. Ailín sí y vivimos juntos. Hay una banda Connan Mockasin que escuchamos mucho. De chico me gustaba Lou Reed y Miguel Abuelo.
–Si tuvieras una crítica a tu generación, ¿cuál sería?
–Creo que todo lo que te da odio es lo que tampoco te gusta de vos. Y creo que hay como una pereza por intentar ser mejor, ser más valiente. Sobre todo ahora con Internet. Con la ilusión de que sucede algo, tapamos el hecho de que no pasa nada en realidad. La gente está conectada todo el día: amigos, no amigos, boludos, inteligentes, muy inteligentes. Es una droga, una ilusión, un paraíso artificial, donde está pasando algo que no está pasando...
–¿Te interesan las redes sociales?
–No. Pienso que siempre es más fácil no hacer nada que hacer algo y las redes sociales son una manera de no hacer nada. Mi mujer no tiene Twitter ni nada de eso. No sería algo con lo que podría convivir. No lo entiendo... Esa cosa de: "Acabo de terminar el rodaje, quedé exhausto, chicos, todo divino..." Quieren aparentar que están vivos, que están en una, "estoy en una", porque no están en ninguna.
–Eso de criticar lo que no se entiende puede sonar...
–Es que no lo critico. Vos querés que yo lo critique.
–¿Cuál es tu afinidad con personajes que podrían definirse como marginales?
–Me reconozco igual de marginal que vos u otra persona que tiene cosas en la cabeza. Para mí, no es un insulto porque tiene que ver con el esfuerzo que cada uno hace por ocultar quién es. Y se hace lo que se puede. Por ahí mucha gente que circula en mis películas es mucho menos marginal, pero como vive en la calle... El que tiene dinero o es admirado y que le encantan las prostitutas y la cocaína es mucho más marginal y alienado que el tipo que está en la calle accesible y abierto con los otros. Hay una idea de la marginalidad muy caricaturesca y superficial.
–¿Qué opina tu familia sobre tu cine [aprieto los dientes esperando lo peor]?
–Es una curiosidad que no me interesa satisfacer. Una pérdida de tiempo. Próxima pregunta.






