
Madre hay una sola, pero no es eterna
Hace unos días falleció mi madre. Y de golpe, descubro que yo creía que eso nunca iba a ocurrir, imaginaba que mi madre iba a estar siempre cerca de mí.
Probablemente a muchos de nosotros se nos quedó grabada la idea infantil de padres todopoderosos que saben todo, ayudan y están presentes, y esa idea nos sigue dando seguridad en el vivir diario.
Mi padre había fallecido unos años antes, lo que podría haberme preparado. Pero no, fue de nuevo la misma desgarradora sorpresa? ¿cómo, mi mamá no era inmortal?, ¿el tiempo de tenerla cerca, de estar con ella, de acompañarla, ayudarla o pedirle ayuda, no era eterno?
Pero lo cierto es que pasa el tiempo y descubro que ella está. Sigue dentro de mí, en el recuerdo de cada charla que tuvimos, en las comidas que me enseñó a preparar, en los chistes que nos hacíamos, en los rituales cotidianos que aprendí en su casa y hoy repito en la mía. Me quedan también sus innumerables libros, sus anécdotas, objetos, ideas... Tengo más conciencia de la "madre internalizada" (así llamamos los psicólogos a esa huella que las madres van dejando en sus hijos). Pero me sigue faltando su "Mar" (sólo ella me llamaba así), y los tés de los domingos, y sobre todo sus encargos: ya no puedo imprimir fotos de los bisnietos para llevárselas.
Una parte de mí se fue con ella: ese particular reflejo que hacía de mi persona y me devolvía era único, ya no está y voy a tener que aprender a vivir sin él. Quizás (¡ojalá!) un día descubra que ese reflejo también está dentro de mí a partir de todas esas veces en que ella me lo ofreció, pero, por ahora, lo extraño.
Mi madre no era perfecta, tampoco muy mala madre, igual que muchas otras. Probablemente la persona que soy hoy y el hecho de que trabaje con padres y escriba libros sobre paternidad/maternidad tenga que ver en parte con sus aciertos? y también con sus errores. Con este argumento he intentado consolarme cuando meto la pata como madre, lo que me sigue ocurriendo.
En una sincronicidad asombrosa (causal y no casual), en estos días me invitaron a participar en la presentación de una máquina que graba los latidos del corazón de las madres de modo que sus hijos puedan escucharlos. Con una prueba comprobaron que escuchar esos latidos bajaba el estrés, no sólo de los chicos sino también de los adultos. Es que esos latidos que escuchamos en su panza durante la gestación son parte de los inicios de la internalización: en los primeros meses de vida, el bebe en brazos de su madre percibe que está de nuevo en su "base segura" y se calma o se duerme. Los latidos que hoy podemos grabar y guardar, entonces, de alguna forma representan y evocan esa presencia permanente y confiable.
Más allá de eso, ¡qué lindo poder estar cerca! Llamarla para pedirle ayuda o un mimo, o una receta, hacerle una consulta, o pasar a tomar un café sólo por el hecho de verla. Esa mamá cuya mano calmaba nuestra tos, cuya palabra aliviaba nuestros miedos, cuyos brazos nos consolaban en nuestras tristezas, nos atajaba para que no hiciéramos macanas cuando estábamos enojados, nos resolvía y nos enseñaba a resolver las dificultades de la vida diaria.
Por la suma de todos esos recuerdos, hoy internalizados, es que escuchar los latidos del corazón de nuestra madre podría bajar el estrés, porque nos conecta nuevamente con esa base segura de la primera infancia, lo que podría ocurrir concretamente al escucharlos, o simbólicamente al representar esos latidos nuestro intento de reconexión con la madre internalizada.
En todo caso, qué buena la idea de parar un momento, detener nuestro alocado vivir para buscar dentro de nosotros hasta poder evocar esa mano, ese beso, esa caricia, esas palabras, que tanto nos sostenían en la infancia.
La autora es psicóloga y psicoterapeuta







