
MAITENA BIEN PINTADA
Lleva casi 20 años haciendo chistes e historietas, y hace pocos meses recaló en la última Página de LA NACION. Ave extraña, usa sus obsesiones sobre el cuerpo, los años y el alma como material humorístico
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Las neuróticas obsesivas tienen baños como el de Maitena. En la claustrofobia del toilette de servicio, una repisa sostiene los vicios de una mujer rara. Allí no hay jaboncitos multicolores ni popurrís con olor a jazmín seco. Hay, simplemente, una colección de micros londinenses. Todos rojos, divinos, en triple hilera. Ella dice que le encantan, y los agarra, y muestra sus preferidos (como el del hombrecito parado en el estribo), y se llena de una ternura que da miedo.
Y las agendas. ¡Las agendas! Las guarda todas, toditas, desde 1984. Parecen biblioratos de oficina pública, porque están gordas de papeles buenos para nada. Jura ella, sin embargo, que le son muy útiles. Que las entradas de cine, los boletos, las postales, las invitaciones, las estampillas, las románticas -y aplastadas- flores de un día de campo y los números de teléfono viejos sirven como base de datos.
En la era de la fibra óptica, el data base de Maitena Burundarena está hecho de papel y tinta. Sus dibujos también. "Cuando empecé, los hacía con lápiz y después pasaba la tinta con pluma. Nunca me llevé bien con las Rotrings. La pluma, en cambio, permite que un mismo ojo lo empieces finito y lo termines grueso. Y ahora, con las computadoras y todo eso, me cuesta mucho cambiar mis materiales de laburo. Prefiero poner un disco, prender un cigarrillo, colocar los colorcitos y pintar." Hacer, en definitiva, lo que mejor le sale. A los 17, caminaba por las editoriales con una carpeta bajo un brazo y una hija bajo el otro. Desde entonces pasó el pincel por infinitos espacios: señaladores de colectivo, quince años en Tiempo Argentino con su historieta Fló, ilustraciones de manuales de grado, historietas en la revista Mujer, siete años en Humor, una Constitución para niños, campañas publicitarias, chistes en Para Ti -donde está desde hace cinco años, y cuyas recopilaciones figuran en los libros Mujeres alteradas I, II y III- y un espacio reciente en la última Página, de La Nación .
Sí, en ese cuadradito que antes ocupaba Trudy.
-Me llamaron del diario para ofrecerme este espacio, pero algunos sienten que soy la usurpadora de un lugar tradicionalmente ocupado por otro. Deben pensar que tengo a Trudy secuestrada en mi casa.
{p04fid.jpg|Dice que las obsesiones que refleja en sus tiras no son inventadas. Muchas de ellas -la celulitis, por ejemplo- son fantasmas personales de la autora|}
La casa, sin embargo, no parece un aguantadero escondedor de Trudies. Sobre la avenida Callao, el departamento reciclado tiene lenguas de luz cortando las ventanas y una cúpula de iglesia con vista al living. "Adoro sentarme en la ventana y fumarme una cervecita. Me siento como en Roma."
Los romanos tal vez hayan visto algún trabajo de Maitena. O, al menos, hasta allí llegaron -al igual que a Francia y España- las historietas eróticas que había empezado a hacer en Fierro y Sex Humor y que luego presentó en el festival francés de Angouleme. "Me fue muy bien, y conseguí tener un agente de cómics en Europa, que me tomó a su cargo. Pero el problema es que trabajaba para un público que no conocía ni veía. Creo que la frase que lo define es pinta tu aldea. Uno tiene que hablar de lo que conoce. Entonces me llamaron de Para Ti y tuve la oportunidad de volver al humor.
-De Fierro a Para Ti.
-Venía de hacer unos laburitos bastante hard, y al principio me dije: ¿Qué voy a hacer en Para Ti? Y fue interesante lo que pasó, porque salió algo que para la revista estaba muy bien, pero sobre todo estaba muy bien para mí. Me di cuenta de que era una persona mucho más parecida al resto de las personas.
Una mujer que le pone a su hija Amaya no es muy parecida a nadie. El nombre suena lindo y el apócope es delicioso: Ama. Lástima que, traducción mediante, una se entere de que significa el fin.
-¡Sí! ¡El fin de la joda!
Se ríe, ancha de dientes perfectos.
-La tuve a los 17 y ahí empecé con el tema de la maternidad y el trabajo. A los 19 tuve a Juan Pablo... Se acabó el Carnaval. En realidad, se postergó hasta ocho años después. A los 24 me separé y seguí con mi vida de adulto... Pero también me dediqué a pasarla bien. Dije: ahora, un poquito de dunga dunga.
El fin, ahora, estudia fotografía y está mirando negativos en el estudio de su madre. Además de rollos, sobre el escritorio hay un espejito ovalado en el que Maitena suele mirarse y hacer gestos, para aplicarlos luego a sus personajes. A esos dibujos deformes que ella hace, llenos de mujeres dientudas (una lectora de La Nacion se quejó por la pésima ortodoncia de las protagonistas) y desesperadas por conseguir hombres, bajar kilos, matar arrugas y ser perfectas.
-Suelo hablar del mundo interior de las mujeres. Nuestras angustias y torturas personales, la vida en pareja, los hijos, la familia, el cuerpo, el trabajo y todas las otras alteraciones. Siempre me sentí diferente a las demás, pero cuando empecé a hacer lo de Para Ti, a contar las cosas que sentía y me pasaban, todas las minas empezaron a verse reflejadas. Y encontré más puntos de contacto de los que yo pensaba. Mucha de la desesperación de la que yo me río, la tengo. El cuerpo, por ejemplo, es un tema al que le doy duro, y que tiene mucho que ver conmigo, pero soy incapaz de ir a un gimnasio. Además, fumo, tomo alcohol, duermo poco. No hago nada, hago chistes. Y de repente me compro cremas, pero después no me las pongo porque quedo toda grasosa. Y una vez me quedó un olor a banana horrible. ¿Quién te da un beso en el cuello con olor a banana? Un hijo, nada más. Y pequeño.
Juan Pablo, entonces, no le daría el gusto del besito. Tiene 16 años, y cambió la banana pisada por discos de Molotov. A mamá, de 36, le gusta ese grupo, pero todavía prefiere a los clásicos: Bilie Holliday, Charlie Mingus, boleritos, algo de rock, otro poquito de pop. Perfectos para su rutina de trabajo.
El ritual empieza a la mañana y con un cóctel de salud: café espeso, cigarrillos negros y tinta. Este baño de petróleo encuentra a Maitena vestida, acicalada y lista para moverse en su ritual de oficina. La casa, a partir de ese momento, se recorta en un circuito que comprende living, estudio, cocina y baño de servicio (el de los micros). El resto -habitaciones, televisores, áreas de sano esparcimiento- es terreno prohibido. "Jamás paso a ese sector, porque estoy trabajando. Además, elimino todo lo que sea bata y pantuflas. Hay veces que paso tres días enteros sin pisar la calle, y si no me arreglo sería un desquicio. El trabajo está muy metido en mi vida. Si estoy comiendo, o en la cama, y me acuerdo de algo que me sirve, me levanto. Eso de mañana lo escribo no sirve. Igual, ahora tengo un sistema de relación en mi cabeza para buscar en qué estaba pensando cuando se me ocurrió la idea. Algunas veces funciona, pero otras lo pierdo todo."
Toma ferries como si fueran taxis. Del otro lado del río, Uruguay la espera con su marea de siestas y sol cansino. Ahí va Maitena, esperando que algún día, a fuerza de viajes e insistencia, la nacionalidad se le vuelva uruguaya. Como si con el nuevo origen llegara también el sosiego. "Son argentinos unplugged", describió alguna vez Rodrigo Fresán. Y a ella, cada tanto, le dan ganas de cortar la corriente. De armar el bolsito y enterrarse en el silencio largo del departamento de Rocha. Ahí, cuenta, casi sin ganas de que se sepa, tiene una casita. Un secreto. Un rincón de clausura, pero desenchufado a medias: hay computadora y scanner.
Y hay, también, una colección de botellitas de pomelo Salus. Encantadoras. Todas en fila en un estante de la cocina.
-Todo lo que es en serie me provoca cierta neurosis que es incontrolable. Como uso el mismo perfume hace muchísimos años, un día me di cuenta de la cantidad de frascos iguales que tenía, y los empecé a guardar. Ahora tengo como ochenta. Otra persona haría una instalación con eso, y sé que algo voy a hacer algún día. Tengo tantos que me parece notable que sean tantos, y los voy guardando.
Esas obsesiones. Hablar por teléfono con Maitena es una experiencia breve. Las llamadas son atendidas por Daniel, su pareja desde hace unos cinco años, porque ella no soporta hablar a ciegas. "Me neurotiza, me hace mal. Jamás atiendo y si hablo es lo indispensable. Necesito ver la cara, y es por eso que nunca pude hacer diván. Necesito un diván con espejo retrovisor."
-Un lacaniano debe estar desesperado por acostarte.
-Los hombres siempre te quieren acostar, pero yo ya estoy grande.
El psicoanálisis pudo con Maitena. O Perica, como la llamaba su papá en honor al personaje de historieta. Lo que para algunos es casualidad, para otros es Lacan: en el nombre del padre y del inconsciente, tal vez no sea tan errado pensar que Maitena eligió un trabajo relacionado con su apodo.
Ahora -a tres meses de la muerte de su padre- Perica vuelve al diario. "No llegó a ver mi historieta por días, y me dio lástima, porque era un clásico lector de La Nacion. Hasta último momento no creyó que yo fuera a trabajar realmente para este medio." En realidad, nadie que conozca la infancia de Maitena lo hubiera creído. De chiquita, leía desesperadamente a Corín Tellado. Y cómo lloraba. "No hay tanta diferencia entre eso y lo que hago ahora: son dos caras de una misma moneda. El humor también es una forma de soportar la angustia. Si no, sería un desastre. En mi cabeza soy más bien trágica y dramática, y la manera de poder soportarlo es riéndome." La cabeza de Maitena, además de tragedia, tiene unos pelos albinos masajeados con decolorante. Hasta hace dos años, se teñía de rojo. Pero luego empezó a notarlo: muchas mujeres de 40 se estaban sumando a las filas granates. Y ella, que apenas tiene 36, no quiso saber nada. "Además, les recomiendo a todas las mujeres que alguna vez sean rubias, porque tiene lo suyo ser rubia en la vida. Que te digan: Che, rubia." No deben haberle faltado ojos ni piropos. Maitena -que, en vasco, significa la más querida- tuvo que moverse en un mundo gráfico atestado de hombres. Perla diáfana entre tanto varón, no sufrió discriminaciones ni golpes de machismo. Lo difícil era lo otro: meter sus chistes filosos en el bolsillo de seda de la femineidad naïf. Cortar la tela sin que se notara demasiado. "Me costó encontrar lugares donde poder hacer mi humor. Hay muchas ilustradoras, pero no humoristas. Creo que eso se debe a los mandatos que se nos ha dado a las mujeres, relacionados con la sumisión, la pasividad y la discreción. Y el humor es todo lo contrario: agresivo, indiscreto, zarpado, desmesurado. Y eso no es lo que se le pide a una niña." A las niñas se les pide que sean sumisas, dulces, queribles, cándidas y dúctiles. Maitena también sabe jugar a esas cosas. Escapa de las garras feministas y pone la mesa como una dama cualquiera.
-Soy regeisha. Hay una idea errada sobre mí: tengo una señora que ayuda, pero se va a las 3 de la tarde. Me gusta hacer la cena, levantar la mesa... y tirar todos los platos para que los lave Carmen al día siguiente. Ojo, me gusta mucho la casa, el arreglo, comprar muebles, cuadros, ocuparme de las lamparitas quemadas, los controles remoto...
-A cambio, Daniel atiende el teléfono.
-Daniel hace de todo. Y lo mejor que hace es cómo me quiere. Me acompaña mucho con mi laburo, es fanático número uno de mi trabajo.
Daniel y Maitena se llaman los dos muñecos diminutos que están en el living, sobre un hogar sin leña. Dos personajes de trapo arrancados del cubismo más deforme.
-Somos nosotros. Los compramos en Nueva York. Son de tela impresa.
-Tienen cuernos.
-No, no. Eso es porque tienen una máscara. Me encantan los juguetes, tengo de todo tipo. Adoro todos los objetos lindos. Estoy convencida de que la vida ya tiene bastantes cosas feas para seguir rodeándose de ellas.
Nada más feo que un juicio, por ejemplo. Hace ocho años, un sketch televisivo del programa de Gabriela Acher tuvo la desafortunada idea de parodiar a un juzgado de familia. Para eso, se aludió al juez civil Omar Cancela, cuyo apellido pareció perfecto para la ocasión. Pero Cancela se sintió tan agraviado que inició un juicio con reciente desenlace. Ahora, el Alto Tribunal condenó a Canal 13, a la comediante Gabriela Acher y a Maitena -guionista del ciclo- a indemnizarlo. "Creo que lo va a pagar el canal, pero es un fallo lamentable y vergonzoso para la libertad de expresión. Pero esto es la Argentina. No lo olvidemos."
Para olvidar, siempre está el cóctel ferry & playa on the rocks. Pero sin sol. La señora, que llegó a los 36 con piel de porcelana, que no conoce el fatalismo seco de una arruga, huye de los rayos como si fueran luz mala. "Además, con este color de pelo, imaginate cómo quedaría: negra y decolorada. Un horror. Y quiero aprovechar que tengo buen cutis, cuidarlo para que se mantenga. No me pasa lo mismo con la celulitis. En fin, nadie tiene el invicto: las mujeres tenemos celulitis y los hombres se quedan pelados." Levanta las cejas casi con descuido. ¿Qué hay de malo en rendirse a los talones del destino, de la biología o de todas las formas que la decrepitud pueda adoptar? -Y qué querés que te diga...
Dice. Y se fuma el resto oscuro de una última colilla, y suelta el humo en carcajadas anchas, rasposas, traicioneras. Carcajadas que atacan por la espalda.
-Yo preferiría quedarme pelada.





