
Marcela Serrano: mil maneras de ser mujer
Incómoda dentro de la llamada literatura femenina, dice sin embargo que ellas deben escribir desde un lenguaje propio. Con nueva novela en mano, la autora chilena se anima a hablar de los mandatos que pesan sobre las mujeres, de lo que hoy se espera del segundo sexo y de la solidaridad entre quienes viven al margen del poder
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SANTIAGO, Chile.– En su casa del barrio santiaguino de Providencia, en Chile, entre anaqueles colmados de libros, y donde parece haber un lugar preferente para las novelas negras de Batya Gur, Patricia Highsmith, Raymond Chan- dler y Dashiell Hammet, con su colección de tallas de animales fantásticos traídas de Guatemala siempre a la vista, estimulada por un café bien espeso y el humo del cigarrillo, la novelista Marcela Serrano (Santiago, Chile, 1951) habla de mujeres, lecturas y soledades.
Lo hace con un discurso jovial y vehemente; con la autoridad que imprime el simple hecho de haber vivido en carne propia las cosas de las que se habla; con un acento que, si no fuese porque el cronista la sabe chilena, confundiría con la tonada de consonantes aspiradas de las "mujeronas" andaluzas, y con sus maneras. Mujeres francas y campechanas. Mujeres de armas tomar.
El pretexto que propicia esta conversación es la publicación, en los primeros días de septiembre, de la última novela de Serrano, Hasta siempre, mujercitas (más allá del guiño literario, una "visitación" del clásico de la norteamericana Louise M. Alcott, dice Serrano). Aunque tampoco harían falta pretextos.
–¿Por qué esa vuelta a Mujercitas?
–Fue el primer libro que leí en mi vida, y eso no deja de ser una cosa importante. Desde hace muchas generaciones ha habido entre las mujeres un elemento de identificación importante con esa novela. E influye también el que yo formara parte de un grupo de cinco hermanas… La novela nos marcó, no sólo como una ficción, sino que además jugábamos a elegir entre estos personajes.
–Igual que las cuatro primas protagonistas de su libro, que jugaban a las novelas…
–Exacto. Empecé a escribir novelas como a los diez años, unas novelas cortas y ridículas. Y todas eran una copia de Louise M. Alcott.
–¿Se siente cómoda dentro de la denominada literatura femenina?
–No, y además me carga el concepto… Seamos honestos: hasta hace quince o veinte años, al menos en la literatura hispana, la voz fuerte era la masculina. De repente irrumpieron masivamente algunas voces femeninas: Isabel Allende, Angeles Mastretta, Laura Esquivel… Y fue tal el desconcierto de la literatura establecida que no supieron qué hacer con este fenómeno. Y ocurrió además que no les gustaban ni las historias que se contaban ni el lenguaje...
–¿A quiénes te refieres?
–Al mundo literario masculino, que no supo cómo enfrentar esto de que las lectoras fuesen más numerosas que los lectores… y tampoco que nosotras empezáramos a ser leídas de una forma masiva. Lo de literatura femenina fue un reduccionismo feroz… ¿Qué cresta quiere decir? ¿Quiere decir que son mujeres que están escribiendo? ¿Que son mujeres que están leyendo? ¿Que son temas para mujeres…? Yo me conozco de memoria el alma masculina… Lo único que han hecho los hombres ha sido contarme su historia; y nunca he tildado por eso a la literatura de masculina.
–Le parece entonces que, como señala la novelista española Rosa Montero, ser una mujer es tan sólo una especificidad entre muchas; que puede influir como influye la biografía o una cultura determinada…
–A ver… No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje…
–Y otra mirada, quizás…
–Absolutamente… A propósito de Rosa Montero: hay una diferencia entre nosotras, y que hemos peleado largo. Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista.
–¿Y qué definiría ese punto de vista femenino?
–Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder.
–Desde el margen…
–Es una mezcla. Alguien me podría decir: ¿me hablas de margen con todos los libros que vendes? A ver: yo no soy una persona marginal ni pretendo serlo. Pero hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad...
–Pero el lugar desde el que escriben hoy las mujeres es más central que aquel que ocuparon sus antecesoras: Jane Austen o las hermanas Brontë…
–Lo que ha pasado no ha sido en vano. Hay algo que ha cambiado: las mujeres, al independizarse y ser parte de la fuerza laboral, compran libros y eligen lo que leen. Y creo que han demostrado este cansancio que yo tengo como lectora, eso de saber de memoria el alma masculina y haber encontrado tan poco del universo femenino.
–Hablando de cambios: una de las protagonistas de su novela se ufana de que, mientras que antes las mujeres debían asumir incondicionalmente lo que se esperaba de ellas, ahora al menos pueden decidir si aceptan los dictados...
–Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida.
–¿Dónde se ve que los mandatos son los mismos que hace cincuenta años?
–Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo.
–Volvamos a su novela. Llama la atención que las protagonistas, siendo tan diferentes entre sí, y a pesar de sus rencillas, muestren una solidaridad muy fuerte.
–Eso pasa en cualquier tipo de hermandad: entre las amigas, las compañeras de colegio, las colegas… La capacidad nuestra de construir redes y de dejarnos mecer es de una enorme sagacidad, porque sin redes estamos perdidas... Toda relación tiene su grado de ambigüedad, y es obvio que las mujercitas no pueden tener relaciones impecables entre ellas. Pero siempre va a haber solidaridad…
–¿Cree que la solidaridad define mejor las relaciones entre las mujeres que las que se establecen entre los hombres?
–De alguna forma sí, por el tema de la especificidad. Las mujeres nos encontramos exactamente con los mismos problemas. Nacemos en un mundo que no está hecho para nosotras. Esa especificidad provoca un tipo de solidaridad que no se da entre los hombres… Si un grupo de soldados está en la guerra, obviamente que van a ser solidarios…
–Visto así, no es que los hombres seamos menos solidarios; simplemente pasa que son menos las veces que sentimos la necesidad de poner el hombro.
–Sí... Son muchas más las instancias en que las mujeres se encuentran con esta cosa grande que ellas no abarcan. Y por lo tanto se protegen entre ellas.
–También es propio de sus personajes la necesidad de preguntarse en qué consiste ser mujer. En cambio, no veo a los hombres haciéndose la pregunta equivalente.
–Está directamente relacionado con el ser parte o no de lo oficial y de la norma. Volviendo al tema del poder: si los hombres han sido los dueños de la historia, ¿por qué irían a plantearse algo? Siempre estamos en el mismo cuento: es imposible no plantearse las cosas desde la marginalidad... Porque, al final, yo todavía tengo mil opciones de cómo ser mujer y un hombre no… Nace en un lugar determinado, donde se esperan equis cosas de él, pero también su vida está pensada para proveerle esas cosas…
–O sea que las mujeres se preguntan por su papel por sentirse relegadas...
–Obvio… Hoy en día hay mil maneras de ser mujer: se puede serlo a la manera como lo fueron nuestras abuelas, pero también se puede optar por no tener hijos, por no tener pareja… Y dentro de una pareja, se pueden elegir cosas que antes eran impensables. ¿Cuál es la identidad femenina? Es complicado. Yo llevo siete novelas preguntándome eso.
–¿Cómo se favorece la igualdad entre hombres y mujeres?
–Hace falta que los hombres se feminicen y las mujeres se masculinicen. Nosotras hemos estado obligadas a masculinizarnos, pero los hombres a la inversa no. De hecho, si cualquier mujer de hoy hace un recuento, puede decir que más de un 50 por ciento de las cosas que hace son las mismas que hace un hombre. En cambio, si el análisis lo hace un hombre, todavía no puede decir que la mitad de las cosas que hace tiene que ver con la vida de las mujeres…
–¿En qué consiste ese doble proceso?
–Así como nosotras hemos aprendido a tomar decisiones o a arriesgarnos, que eran cosas relacionadas con valores masculinos, los hombres tendrían que aprender del afecto y de la crianza de los hijos. Aprender, aunque a estas alturas parezca nimio, a compartir la vida doméstica. Empezar a lidiar con el aparato psíquico, porque hay muy pocos hombres que lidian con su interioridad. Hacen como si eso fuera una tarea nuestra: la mujer lidia con su interioridad y la de sus parejas…
–¿Nos queda algo en el tintero...?
–Un detalle: los hombres leían a Emilio Salgari y a Julio Verne… Por eso Mujercitas quedó ahí como una novela de tono menor. Porque los hombres no la leyeron.
Por Sergio Sotelo (Enviado especial)
Para saber más
www.editorialplaneta.com.ar
www.escritoras.com
VIDA Y OBRA
Marcela Serrano nació en Santiago, Chile, en 1951. Estudió Bellas Artes en la Universidad Católica de ese país y trabajó largamente en el ámbito académico y artístico. En 1991 publicó su primera novela, Nosotras que nos queremos tanto, por la que más tarde recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, entregado por la Feria del Libro de Guadalajara, México. En 1993 publicó Para que no me olvides, Premio Municipal de Novela, el más importante del género en Chile. Luego siguieron Antigua vida mía (1995), El albergue de las mujeres tristes (1997) y Nuestra Señora de la Soledad (1999), obras constantemente reeditadas en toda América latina. En el año 2000 publicó Un mundo raro, un breve libro de relatos.






