
Mariana Arias se entrena para la vida
Desfiló por primera vez a los diecisiete años, cuando ser modelo era, dice ella, "un laburito artesanal". En los ochenta conquistó las pasarelas de Buenos Aires y después voló a Nueva York, París y Milán para trabajar con los grandes: Chloé, Oscar de la Renta y Angelo Tarlazzi.No cree en las casualidades y detesta las clasificaciones. Como, por ejemplo, cargar toda la vida con el rótulo de top model. Para Mariana Arias son días de entrenamiento. Luego del debut cinematográfico con Eliseo Subiela y del paso fugaz por un teatro del off Corrientes está lista para seguir la carrera.
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El primer escenario fue una pasarela cuando tenía diecisiete años. La chica de Colegiales, que cursaba cuarto año en Las Esclavas de Luis María Campos y Maure, debutó en un desfile porteño sin otros antecedentes que la recomendación de una amiga de la Alianza Francesa que le dijo: "Vos tener que ser modelo".
Era como un mandato. Desfiló para la camargue de Adriana Canil y un mes después la llamó Susy Chebar para La Clocharde y Graciela Vaccari. "Era lo más", acota para quienes no pesquen los códigos del mundo fashion.
La idea de desfilar le gustó, aunque todo lo que venía después le resultaba desconocido.
"Ser modelo era una cosa muy distinta de lo que es ahora. No existía tanta promoción ni tanta exposición. Ahora tenés que salir en todas las revistas y estar en todas las fotos para que te contraten. En mi época era distinto; ser modelo era un laburito más artesanal", dice Mariana con tono cómplice.
Está sentada, larga y flaca como es, en un sillón de lienzo blanco, rodeada de muebles de campo y de cuadros que pintó su padre.
Es una casa de barrio sin pretensiones, con varios reciclajes a cuestas, de paredes color carne de melón. Hay plantas, fotos, olor a jazmín y una perra labrador que Paloma, su hija, hace entrar sistemáticamente en escena.
Con Paloma, Mariana practica el papel que mejor conoce: el de madre. Se divierten, se miman y posan para las fotos como dos amigas.
¿Una historia repetida? Mariana es hija única. Durante un año, el primero de su carrera de modelo, su madre la acompañó a todas partes hasta que juntas descifraron los códigos de un circuito en el que la categoría top model no existía. Se hablaba de modelos y punto.
"En esa época no había managers, ni maquilladores top, ni productoras top, ni peluqueros top, ni nada de ese gigantesco negocio que se montó después. Entonces cada una se maquillaba y llegaba con su valijita de cosméticos", aclara y se ríe con todo el ancho de su boca generosa.
La fama, los desfiles y las fotos de las revistas, que multiplicaron por miles sus rasgos exóticos, no han cambiado la vida de la chica que estudiaba en Las Esclavas, que se peinaba con trenzas y tenía una cara rara, distinta.
Tampoco ha cambiado de barrio ni de hábitos. Su casa está en Colegiales, a pocas cuadras del lugar donde nació.
Le gusta tomar mate y hace pequeñas pausas para explicar lo que piensa y lo que siente de un mundo en el que "hay demasiados jueces y muy poca justicia.
Todos opinan sobre todos y se sienten con derecho a decidir por vos", arremete.
Cuando dice esto se pone seria, porque parece molestarle "esa manía de los argentinos por clasificar, etiquetar o encasillar. Como cuando me preguntan si seguiré siendo modelo o si seré actriz. Esa necesidad de las definiciones que imponen los medios me parece una maldad. Es como si uno fuera un producto que hay que vender de una forma u otra, y para eso te ponen la etiqueta".
Sin maquillaje, con jeans de tiro cortísimo y una musculosa blanca, Mariana se siente a sus anchas.
Tiene 31 años, un proyecto y un trabajo al que le queda poco del laburito artesanal de los primeros tiempos.
En los últimos catorce años ha recorrido el camino que casi todas las modelos sueñan. Hizo pasarela, gráfica y en el circuito internacional pasó por el eje Milán-París-Nueva York.
Desfiló para Tarlazzi, Anne Marie Beretta, Oscar de la Renta y Chloé. Le gustó, pero volvió.
Mariana es una morocha de acá. Jamás de teñiría de rubia y reconoce, cuando se pone seria, que le costó ganarse un lugar en el mundillo fashion de Buenos Aires.
"Al principio no era fácil que me metieran en las notas de las revistas; después no pararon de llamarme. Lo más rentable es la publicidad, pero desfilar es lo más . Sobre todo afuera; hay más competencia, pero también más profesionalismo.
"Una vez en París nos presentamos a un casting con Mónica Labari. Delante nuestro había unas cincuenta chicas con su book bajo el brazo y sólo tomaban a dos. Si te eligen, te das cuenta de que el mundo, que casi siempre es ancho y ajeno, por unos cuantos minutos puede ser tuyo."
El debut de Mariana coincidió con un gran momento de la moda en la Argentina, cuando Gino Bogani y Elsa Serrano abrían y cerraban, larguísimas temporadas de desfiles.
Era el tiempo de una fuerte industria nacional de prêt-à-porter y alta costura que exigían modelos de pasarela con gran estilo, como fueron Kouka, Silvia Albizu, Cristina González.
"Cuando yo empecé, las grandes eran Mora Furtado, Tini de Bucourt, Evelyn Scheidl, Monona y Ana María Soria. Con Andrea Frigerio y Ethel Brero empezamos juntas.
Visto desde afuera parece que fue fácil, pero para mí no lo fue. Tuve también mi entrenamiento", recuerda.
Mariana Arias creó su primer personaje para la pasarela.
Bogani admite que ella tiene el don de hacer un tránsito natural entre la chica flaca y alta que camina por la calle y "la diosa que hace soñar".
Un papel en el cine, otro en el off Corrientes, ¿se acabó la historia de ser modelo? La pregunta arrastra otra: ¿la carrera de modelo es un medio para otro fin? Porque, a la larga, de la pasarela cruzan a la tele, al periodismo, al cine, ¿al teatro?
"Mirá, éste es un trabajo como cualquier otro, que tiene su parte divertida (otra no tanto), con el que podés ganar algún dinero.
Mucho depende de cómo manejás tu carrera; hay que saber dosificarse y tener una disciplina para, llegado el caso, rechazar algunos trabajos. También es un laburo que tiene su techo. Aunque en Europa hay modelos de pasarela, como Dalma, a las que nadie les pregunta la edad porque son muy buenas, y te aseguro que ya pasaron los cuarenta."
En el escenario local, la carrera profesional de Mariana tiene un custodio bronceado y silencioso que se llama Ricardo Piñeiro. Es su manager.
Piñeiro administra y estudia los contratos.
Sabe encontrar las mejores oportunidades.
Busca la estrategia.
Ex modelo y dueño de la agencia que lleva su nombre, es un tipo discreto. A diferencia de Pancho Dotto, su más cercano competidor, prefiere el perfil bajo. Vive en una chacra en Pilar y sus apariciones públicas son estrictamente las necesarias, las que, a pesar suyo, exige un trabajo con un alto grado de exposición.
Entre sus pocas salidas se incluyen los desfiles de Mariana. Muy cerca de la pasarela, Ricardo se sienta con Paloma, la hija de Mariana y de Marcelo Cepeda.
Cepeda es su segundo marido y el hombre con quien comparte muchos de sus mundos: los desfiles, la moda, la fotografía, el video y la capacidad de soñar un futuro en el que Marcelo podría hacer cine y ella actuar.
Mientras tanto comparten otro sueño más cercano y tangible: un campito en Capilla del Señor, donde pasan los fines de semana en el bucólico dolce far niente que todavía existe a una hora de Buenos Aires.
Paradigmas de un mundo light, las modelos en los noventa se volvieron personajes. A Mariana le divierte poco la idea.
Por las mismas razones que eligieron la chacra lejos del mundanal ruido, los Cepeda se van todos los veranos a Cabo Polonio a cumplir con el rito de playa, amigos y comida a la luz de las velas.
Cabo Polonio es la pausa en un año de trabajo y cambios.
Los cambios comenzaron a gestarse el día en que Eliseo Subiela le ofreció un papel en No te mueras sin decirme a dónde vas .
"Era una gran oportunidad a la que no pude resistirme. Además, llegó en un momento muy especial. Mi padre estaba enfermo, muy enfermo, y sentía que lo de la muerte tenía algo que ver."
El padre de Mariana murió de cáncer de páncreas a los 58 años. La experiencia con Subiela le sirvió por el dolor y por el aprendizaje.
"Me gustó trabajar con todo el equipo, me gustó Subiela, pero cuando me vi en la película me di cuenta de todo lo que me faltaba, de todo lo que tenía que aprender, y en eso estoy."
Los días de entrenamiento incluyen clases semanales de cuatro horas con Julio Chaves, el actor que saltó a la fama con No toquen a la nena , y que con el nombre de Julio Hirsch también pinta.
"Julio es gran tipo y me ayuda. Tengo un trabajo por hacer, pero no me pongo ni fechas ni límites; pediría, si fuera posible, que tampoco me los pongan los demás."
Mientras tanto estudia técnica vocal con Carlos de Martino y acrobacia con Osvaldo Bermúdez. "No se trata de hacer la vertical perfecta ni la media luna (aunque también las práctico) Osvaldo te enseña a moverte en el escenario, el manejo espacial es importante y, sobre todo, te ayuda a mantener el equilibrio entre lo que pasa por tu cabeza y lo que pasa por tu cuerpo. Ante todo, tenés que saber dónde estás parado."
Un encuentro en dos tiempos
Clic. La cámara de Daniel Caldirola activa la transformación. Como las grandes modelos, Mariana conoce su cuerpo, sus recursos, su mejor perfil y la tensión exacta entre su mirada y la cámara. Juega a diosa y se siente diosa. En su casa, con los jeans y la remerita, se toma la vida con calma y las preguntas al pie de la letra.
-¿Te psicoanalizás?
-Sí, desde hace diez años. Me ayuda a vivir.
-¿Te tomás en serio tu trabajo?
-Mucho.
-Una actriz para imitar.
-Tres: Bárbara Mujica, Susú Pecoraro y China Zorrilla.
-Un papel.
-El personaje de Natasha Kinsky en París- Texas.
-Una amiga.
-Dos: Teresa Garbesi y Andrea Frigerio.
-Balance del 96.
-Me gustó el papel de Letra de tango porque me obligó a ir al límite, fue como un masaje expresivo. Me gustó hacerlo en un circuito alternativo; no se puede estar en plan de aprendizaje y aparecer en las marquesinas del circuito comercial creyéndotela. Eso no es serio.
Agradecemos a Paula Cahen d´Anvers, System Basic y Vitamina la realización de esta nota. Peinó: Joaquín Person- Maquilló: Maby Autino.
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