
Martín Prieto: Un cruzado de Greenpeace
El director de la filial local de la entidad ajusta sus hábitos de vida a los preceptos del medio ambiente sano, y explica cómo se puede ser, al mismo tiempo, pacifista y confrontativo
1 minuto de lectura'
Martín Prieto es el director ejecutivo de Greenpeace Argentina desde 1996. Tiene 38 años, es abogado especializado en derecho ambiental y docente universitario en esa materia, en la UBA. Es casado, tiene dos hijas de 10 y 6 años que no le perdonan nada y esperan de él "un desempeño ambiental de absoluta excelencia".
Por eso, en su vida privada y en su propia oficina (una vieja casona de la calle Mansilla, en el Barrio Norte, de Buenos Aires) Prieto vive con lo que predica cotidianamente: criterio de austeridad ecologista, apelando a lamparitas de bajo consumo y evitando los aparatos de aire acondicionado. Durante la entrevista, los dueños de casa sirvieron agua en tazas de café.
-¿Desde cuándo existe Greenpeace en la Argentina?
-Desde hace 12 años. Hasta un momento dado todo el trabajo local de Greenpeace se pagaba con lo que se recaudaba en los países centrales. Más o menos para 1996 se decidió que todas las oficinas regionales debían comenzar a sostenerse con recursos propios. Prácticamente no teníamos ningún socio y en cuatro años nos convertimos en la primera oficina de Greenpeace en países periféricos del mundo que se autofinancia. De diciembre de 1995 a diciembre de 1998 pasamos de 500 socios a 7559. A pesar de la recesión hemos crecido continuamente en número de socios, que ahora llegan casi a los 13.000.
-En este tiempo, no sé si algún partido político habrá tenido una afiliación semejante...
-Si no somos la organización no gubernamental con mayor número de soporte argentino, por ahí andamos. Debemos ser, seguro, una de las tres primeras.
-¿A qué atribuís ese crecimiento?
-Hubo un crecimiento en el interés de los temas vinculados con el ambientalismo, un espacio, no bien trabajado por los medios y por los políticos.
-El otro día se observaba por televisión de qué manera, casi heroica y tan desigual, Greenpeace se enfrentaba en alta mar con balleneros japoneses. Hablando de la Argentina, ¿qué otras cosas se llevan o depredan los países centrales?
-El caso de la merluza es prototípico para un país como el nuestro, con fabulosos recursos pesqueros. Desde que se permitió el ingreso irresponsable de la flota de la Unión Europea -básicamente española-, el principal recurso pesquero está al borde del colapso. En la Argentina hubo otros proyectos ambientales desastrosos, como el de construir un basurero nuclear en Gastre, Chubut. ¡La Argentina convertida en importadora de residuos de lo que otros países se desprendían! La oposición de la gente frenó esa instalación.
-¿Cuál es la historia de Greenpeace?
-En 1971, y en plena campaña de oposición a los ensayos nucleares que Estados Unidos hacía cerca de la costa de Alaska, un grupo de activistas de los Estados Unidos y Canadá alquiló un viejo barco y salió al mar con el fin de impedir una explosión que el gobierno norteamericano estaba por hacer en la isla de Amchitka. Generaron un revuelo tal que eso bastó para llamar la atención en todo el mundo. No pudieron impedir la detonación nuclear, pero fue el paso previo a la creación de Greenpeace, como organización pacifista antinuclear. Ese fue el origen.
-¿Quién inventó la ecología? ¿Quién impulsó el concepto de lo verde?
-Ese concepto nace en los años 60, como asociado al pacifismo, y en sus 28 años de vida Greenpeace mantiene una política de clara asociación con la cuestión ecológica, un trabajo constante en contra del armamentismo nuclear. Pero detrás del nacimiento de la ecología hay muchas personas y no un solo padre. En cambio, el canadiense David McTaggart fue durante los primeros años la cabeza de Greenpeace, el que le dio impulso como organización internacional que hoy tiene tres millones de socios en todo el mundo, lo que la hace la más grande organización preocupada en temas ambientales.
-Entre la ideología verde y la ideología de Greenpeace, ¿hay afinidades?
-Es difícil decirlo. Los temas en los que trabajamos no permiten soportar diez años de negociación. En la Argentina trabajamos durante dos años para impedir la venta de juguetes fabricados con un plástico llamado PVC que los chicos llevaban a la boca. Habíamos comprobado en laboratorio que los pstalatos del PVC eran altamente tóxicos. Ese trabajo originó que en 1998 se prohibiese en Europa su comercialización y el 10 de diciembre de ese año, en la Argentina, el ministro de Salud prohibiera su venta.
-¿Cuáles son los temas clave de Greenpeace?
-El cambio climático, la desaparición de los bosques, la pesca en escala industrial, la cuestión de los tóxicos, que van migrando, como que se han encontrado vestigios en osos polares en el Artico, y los cultivos genéticamente modificados. En la Argentina, entre el 80 y 90 por ciento de las plantaciones son transgénicas.
-¿Cómo se sostiene Green-peace?
-Está construida sobre el principio de la independencia económica. No recibe dinero de empresas, de partidos políticos ni de gobiernos. Solamente admite donaciones de personas, de gente común. Pero aun si una persona individual quisiera realizar una determinada donación que supere un tope -digamos, 500 dólares- cada oficina regional evaluará la naturaleza del donativo. Y si no le conforma el origen, procederá a devolverlo. Esto se hace para evitar que sobre la base de una presión económica se influya sobre la capacidad de decisión y sobre la independencia. Un modo gratuito de seguir nuestros trabajos es a través de Internet. ( http://www.greenpeace.org.ar)
-El otro día, la acción de los voluntarios en el mar Antártico, poniendo su cuerpo para evitar la caza de ballenas, no parecía completamente pacífica...
-Lo nuestro es pacífico. Son medidas, en todo caso, de resistencia civil con todas las letras. Nuestra regla es: No hay tiempo que perder. Pero de ninguna manera diría que no somos pacíficos. En todo caso usaría la expresión confrontativos. Aludiendo a esa capacidad de confrontación que en un momento pierden los gobiernos con respecto a las empresas en el tema de mejoras, protecciones y controles ambientales.
-De todas las acciones confrontativas que emprendieron, ¿cuál fue aquella con la que llegaron más lejos?
-Podría mencionar dos. Una reeditó en 1995 la experiencia del barco alquilado en 1971, para tratar de evitar los ensayos nucleares franceses en el atolón de Mururoa, en la Polinesia. Aquí se envió un barco y se colocó en el exacto lugar en que debía darse la explosión: si explotaba, también moría la tripulación. Esto provocó algún escándalo, porque de entonces a hoy Francia no volvió a hacer explosiones en el Pacífico. El otro ejemplo tiene que ver con una plataforma que la empresa Shell quería desmantelar y hundir en el Mar del Norte, en 1994. Greenpeace denunció que si ese hundimiento se producía los residuos de petróleo que tenía adentro contaminarían la zona. Para evitarlo, lo que se hizo fue transportar gente con un helicóptero y ubicarla sobre la plataforma. Eso generó una batalla tripartita entre las fuerzas de seguridad inglesas, la empresa y Greenpeace, porque desalojaban a la gente y llegaban otros, los sacaban y volvían más. Y así muchas veces. La lucha tuvo resultados positivos, porque cambió la política sobre plataformas petroleras en el Mar del Norte y porque esa plataforma en particular fue retirada de allí a tierra y sólo después desmantelada.
-¿Es la ecología una preocupación válida en un país angustiado por la pobreza?
-No te respondo yo, te responde una encuesta de la empresa Mori, de 1999. La preocupación personal del argentino sobre el ambiente alcanza al 91 por ciento de los consultados. Cuando se les da la opción entre crecimiento económico y protección ambiental, un 51% elige la protección ambiental. En la Argentina, un 56% de los consultados respondió que estaría de acuerdo en pagar hasta un diez por ciento más por un tipo de nafta que no contamine. Y es un 70% el que elige productos de limpieza ambientalmente correctos. En la Argentina existe un segmento muy importante, interesado y preocupado por estas cuestiones que, saben, afectan su calidad de vida. Entienden primero su vida, antes que defender las ballenas.
-Juntaste ballenas y salud. ¿Qué es más sencillo? ¿Defender las ballenas u ocuparse de los chicos enfermos?
-Lamentablemente, resulta más fácil comunicar el conflicto de la matanza de ballenas en alta mar que el efecto que la contaminación industrial tiene sobre la salud de los chicos. Pero creemos que es una cuestión de tiempo. Por eso también nos ocupamos; desde hace tres años trabajamos sobre contaminación industrial del agua y sus efectos sobre la salud. Estamos haciendo una fuerte inversión porque lo consideramos un tema ambiental clave en el que hay que producir un cambio político inmediato.
-Insisto: ¿qué decirles a aquellos que pueden alegar que ustedes se preocupan más por las ballenas que por los chicos con hambre?
-Les responderíamos que es una cuestión de especificidad de la organización: la nuestra atiende cuestiones ambientales y preservación de la paz en el mundo. Nuestro objetivo no es proteger a los chicos de la falta de alimentos.
-¿Cómo llaman a los sostenedores de Greenpeace? ¿Adherentes, militantes, voluntarios?
-Simplemente, socios. Son los que pagan contribuciones periódicas, a partir de un piso de cinco pesos por mes. Así los llamamos. Desde la página que tenemos en Internet se invita a enviar e-mail a ministros y ministerios, empresas y empresarios, con la protesta ecológica del momento. Hoy mismo estamos enviando e-mail al ministro de Relaciones Exteriores, Adalberto Rodríguez Giavarini, para que condene la matanza que está realizando Japón en el santuario ballenero austral. Este es un modo de participación. Y si no son e-mail también proponemos mandar cartas, fax o llamar por teléfono para protestar. Es notable el resultado. En ocasiones colapsamos el e-mail de alguna empresa. En una ocasión encabezamos una campaña contra el gasoducto norandino que se iba a hacer en la selva de yungas, en el noroeste argentino, entre Salta y Jujuy. El gasoducto iba a cortar la selva por el medio hasta convertirla en dos islas, se extinguiría el cordón biológico de la zona, afectaría la presencia de los yaguaretés y desplazaría por el trazado a una comunidad colla. Expusimos los argumentos y habilitamos dos fax para que nos enviaran sus adhesiones en contra del gasoducto. Durante 20 días los fax funcionaron a pleno y había que cambiarles los rollos de papel continuamente. Hay también voluntarios que participan en tareas diversas: desde la oficina o como escaladores o buzos tácticos. La mayoría de la gente que integra el staff de Greenpeace empezó como voluntario y terminó integrándose de un modo profesional.
-¿Cuál fue la crítica más justa que hayas escuchado sobre Greenpeace?
-Que trabajamos en una cantidad limitada de temas. Es cierto. Nosotros podemos explicarlo: trabajar con una lista corta nos asegura un mayor nivel de profesionalidad. En la Argentina, Greenpeace no trabaja en incendios de bosques, un clásico de los problemas ambientales. Pero por una serie de razones entendemos que estamos impedidos de conseguir cambios importantes en un plazo mediano o corto. Por eso preferimos concentrarnos en otras cuestiones.
-¿Qué relación tuvieron con los secretarios de Medio Ambiente y Recursos Naturales?
-La secretaría, como tal, fue creada por Menem. La primera y única secretaria fue María Julia Alsogaray. Ahora está Oscar Massei, pero no sería muy serio opinar sobre su gestión, tan reciente. María Julia Alsogaray ha sido una funcionaria que tuvo un rendimiento inferior al que la Argentina necesitaba. Pero entiendo que ese desempeño fue fruto de una política presidencial de desinterés.
-¿Cómo calificarías la legislación de protección del medio ambiente en la Argentina?
-Es muy mala. Hubo una curva ascendente de protección ambiental legislativa que se cortó en 1994. En la constitución reformada se incluyó el artículo 41, que dice que todos los habitantes tienen derecho a un ambiente sano. Pero a partir del efecto tequila y los cimbronazos de la recesión se enfrió. Entre crecimiento económico y protección ambiental, la clase política eligió el crecimiento económico. Un error grave, porque esa desprotección implica costos en términos de salud y eso, a mediano y a largo plazo, impacta sobre la economía. Un chico que vive en un área contaminada o toma agua en mal estado tendrá problemas de aprendizaje y con el tiempo será un trabajador de bajos ingresos, que se enfermará y faltará seguido a su trabajo.
-En la Argentina, ¿qué es más fácil? ¿Confrontar con gobiernos o con empresas?
-Por supuesto que con gobiernos.
Heladeras inofensivas
Greenpeace piensa que la gente puede renunciar a los acondicionadores, pero es imposible pasarla sin heladera. Para enfrentar el problema, la organización contrató en Alemania Oriental una fábrica para que desarrollara refrigeradores accionados con gases inocuos para la capa de ozono. Cuando todo estuvo listo, la oficina alemana de Greenpeace (con 600.000 socios, la mayor del mundo) solicitó a sus adherentes la firma de órdenes de compra anticipadas de este tipo de heladeras. El éxito fue absoluto y hoy en Alemania todas las fábricas producen modelos bajo licencia Greenpeace. Después de una campaña de tres años, ya hay una empresa argentina (Whirpool) que fabrica con el sistema greenfreeze. ( N. del R.: el modelo de esa marca tiene un valor de mercado de $ 1030, en tanto que la del modelo más próximo cuesta $ 730.) También Greenpeace desarrolló un motor para el auto Renault Twingo. El modelo se vende con elocuente aceptación en Alemania, Suiza, Francia, Italia y España. A la Argentina todavía no ha llegado. "Todos estos emprendimientos -afirma Prieto- los hemos hecho ante el riesgo de que se nos considerara únicamente una organización de protesta, de oposición y sin propuestas."
Hacer lo que se dice
Sin llegar a imposiciones irracionales y mucho menos a niveles absurdos de ascetismo y ni siquiera de fanatismo, Martín Prieto, sus familiares y sus colaboradores admiten cumplir una serie de pequeñas decisiones de consumos en su vida cotidiana que buscan sintonía con el trabajo que llevan adelante y en el que creen. Apelan a lamparitas de bajo consumo, que demandan menos electricidad que las bombillas comunes. Explica el ciclo: "El consumo de energía quema combustibles fósiles que, por su parte, liberan dióxido de carbono, el gas que recalienta el planeta y que provoca el temible efecto invernadero. Cualquier pronóstico serio dice que para el año 2050 habrá 500 millones de refugiados ambientales. Esto no lo digo yo, lo dice el organismo de las Naciones Unidas que monitorea el clima. Serán 500 millones de personas que deberán irse de sus lugares o por inundaciones debidas al derretimiento de los polos o por el aceleramiento de fenómenos meteorológicos extremos, de huracanes a sequías". En su oficina de Mansilla al 3000, un par de turbos tratan de espantar el calor de la tarde y no lo consiguen. También se resisten al aire acondicionado, porque esos equipos y las heladeras se alimentan de un gas capaz de averiar todavía más la capa de ozono.






