Masturbación y sexo virtual: cuando el Estado se mete en tu cama

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25 de abril de 2020  

En Demolition man (Marco Brambilla, 1993), Sylvester Stallone interpreta a John Spartan, un policía del pasado que es descongelado en el 2032 para capturar con métodos antiguos a un criminal de su época en una sociedad feliz, versión libre de la distopía de Aldous Huxley. En el futuro, tener relaciones sexuales con "intercambio de fluidos" es ilegal debido a la propagación de enfermedades: el sexo se practica con un "casco sexual" de realidad aumentada. Es virtual.

Vi Demolition Man cuando estaba en la secundaria y me volví fanática del personaje de Sandra Bullock, una policía del futuro nostálgica de los noventas que coleccionaba entre su memorabilia hasta un póster de Arma Mortal, y de la resistencia que habitaba las cloacas y comía hamburguesas de rata para no someterse a un mundo de corrección forzada en donde lo primero que queda en el camino es la libertad.

Dos momentos de esta semana me hicieron pensar en aquella película que marcó mi adolescencia pero que nunca creí más que una broma distópica. El primero fue ver en vivo al Estado proponer directamente desde un mensaje oficial que los ciudadanos apelemos al sexo virtual o sexting, las videollamadas, las aplicaciones de citas (pero sin concretar) y a la masturbación, ante la imposibilidad de vincularnos con nuevas parejas, besarnos o tener relaciones de la manera tradicional con personas con las que no convivimos. Era el Estado indicando la prohibición de "intercambiar fluidos" y, de paso, recomendando lavarse las manos con jabón y limpiar con alcohol en gel y lavandina diluida los juguetes sexuales.

Además de los riesgos que enseguida pusieron de manifiesto a repetición y con mayor o menor grado de sonrojo los distintos cronistas de radio y tv (no es cuestión de estar desatentos y que encima el cybersexo termine en cyberacoso o sextorsión, ¡hay que pensar en todo, y seguir teniendo ganas!) uno imagina que el ciudadano promedio ya habría tenido en cuenta esas soluciones antes de que el gobierno pusiera al aire una voz autorizada para dar recomendaciones. ¿Hace falta que el Estado que por default prohíbe los encuentros también se ocupe de contarnos lo que podemos imaginar por nuestra cuenta y robarnos entonces hasta ese último recurso, el de la fantasía? ¿De verdad alguien necesita clases de un Estado paternalista que le explique cómo imaginar que tiene sexo?

Es el mismo nivel de paternalismo que quedó expuesto con las marchas y contramarchas de la medida de aislamiento agravado para los mayores de setenta años en la Ciudad, el otro momento digno de Demolition man que vivimos esta semana. Una cosa es que el distanciamiento social sea necesario y que debamos acatarlo. Pero decirle a una persona mayor, que ya tiene su movilidad restringida por la cuarentena –y que además es de riesgo– que tiene que comunicarse con el gobierno antes de salir al supermercado o la farmacia, es igual que decirle a un ciudadano al que se le restringe el derecho a disfrutar libremente de su sexualidad que puede limpiar sus juguetes con alcohol: es el Estado jugando a ser un padre que se ríe en la cara de sus hijos. Y eso es inaceptable.

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