“Me aplaudieron de pie”. Contactó a la mafia rusa para secuestrar al asesino de su hija y llevarlo ante la Justicia
Kalinka murió a los 14 años en Alemania; en Francia condenaron a su padrastro alemán en ausencia, pero no lo pudieron encarcelar; André Bamberski, el papá de la joven, organizó su secuestro para que se haga justicia
10 minutos de lectura'
“¿Hola, policía? ¿Podrían enviar una ambulancia a la calle Du Tilleul? Acabamos de encontrar a un individuo maniatado, con cinta adhesiva en la cara y contusiones severas en la cabeza. Por ahora está consciente, pero se encuentra muy mal. Dice que lo secuestraron en Alemania. Está requerido por homicidio intencional desde hace tiempo”.
La noche del 18 de octubre de 2009, un hombre de 74 años apareció amordazado en un callejón de Mulhouse, una ciudad del este francés que limita con Suiza y Alemania. La sangre le cubría parte de la frente y un ojo.

El que avisó a la policía fue André Bamberski, que había esperado ese momento por casi 30 años. Ahora ya estaba hecho: Dieter Krombach, un cardiólogo alemán con orden de captura en Francia, estaba en el país. Lo que sucediera después no le importaba, solo que finalmente se hiciera justicia por la muerte Kalinka, su hija de 14 años.
Algo no cerraba
El 9 de julio de 1982 fue un día caluroso en la ciudad alemana de Lindau. Eran las vacaciones de verano, y la familia ensamblada de Danièle Gonnin (exesposa de Bamberski) y Krombach lo habían disfrutado al aire libre. A la mañana siguiente, Kalinka, una chica sana y atlética, murió. La encontraron en su cama con rigor mortis.

Bamberski, el padre, vivía en Toulouse, Francia. Lo telefonearon para avisarle. Aseguraban que la joven había sufrido un shock término por la prolongada exposición al sol. La enfermera que fue a la casa contó, en el documental de Netlix El asesino de mi hija, que el cuerpo todavía tenía una cánula colgando del brazo. Krombach la había intentado reanimar inyectándole calcio para combatir el supuesto golpe de calor. Bamberski sentía que “algo no cerraba”.
Los rumores no tardaron en circular. Los vecinos hablaban de que la chica había muerto después de que el padrastro le suministrara una droga para broncearse. Mientras tanto, el papá esperaba los resultados de la autopsia, que tardaron más de dos semanas en llegar. Las sospechas aumentaban.

En octubre, casi tres meses después, recibió el informe. Decía que Kalinka había muerto por regurgitación de la comida que ingresó a los pulmones por la tráquea. “Incluso para mí, que no sabía nada de medicina ni de autopsias —dijo en el documental—, con solo leerlo resultaba evidente de que Kalinka no había muerto de insolación. Pero los médicos forenses se negaron a precisar la causa de muerte por escrito”. En el papel solo escribieron: “En vistas de los resultados de esta autopsia, no podemos pronunciarnos por una causa definitiva de muerte”.
Y más irregularidades: una herida en el labio derecho de la vulva. “Estaba seguro de que había algo raro”, insistió Bamberski. A Krombach lo llamaron a declarar, pero aceptaron que presentara solo un escrito. Él era un médico respetado. La Justicia alemana no lo investigó.
Un asesino vive en Lindau
Según el informe de la autopsia, el médico había estado presente durante el procedimiento, aunque sus abogados insistían en que solo había ido a reconocer el cuerpo. Sin embargo, según ABC, el documento cita sus observaciones médicas y revela hematomas en brazos, piernas y garganta.

El punto de inflexión fue cuando se descubrió que los forenses no habían reinsertado los genitales, los riñones y el recto tras su extirpación para los análisis. Nadie sabía, nadie sabe hoy, qué pasó con estos. De todas formas, el caso se archivó: “Nadie quiso saber cómo ni por qué había muerto”, remarcó Bamberski.
Casi un año después, el fiscal le dijo a Bamberski que, dada la supuesta muerte natural de la joven, no iban a realizar investigaciones complementarias.
Pero Bamberski no se iba a quedar de brazos cruzados. Estaba seguro de los hechos: Krombach había violado y asesinado a su hija.

Imprimió 5000 folletos y fue a repartirlos a Lindau el Día de la Cerveza. Había cerca de 50.000 personas en las calles festejando. “Les informo que un asesino vive en Lindau: el doctor Krombach. Él mató a mi maravillosa hija Kalinka. Además, pese a que los informes médicos sugieren un acto sexual, este asunto no se trató. Exijo públicamente que se haga justicia”, decía.

Contactó al abogado François Gibault. Como Kalinka era ciudadana francesa, decidieron acudir a la Justicia de París para llevar adelante el caso. Había un problema: por la falta de los órganos sexuales en el cuerpo, Krombach no podía ser acusado de violación, aunque había indicios. Lo juzgaron en ausencia por asesinato.
El 9 de marzo de 1995 el tribunal lo condenaron a 15 años de prisión por actos de violencia con resultado en muerte no intencional. “Pensé que habíamos llegado al final de todo”, recordó Bamberski. Pero todo recién empezaba. A los pocos meses se enteró de que el Ministerio de Justicia solicitó que no se ejecutara la condena. Alemania, además, se negó a extraditarlo. “A partir de ese momento, con lo que viví en los procesos judiciales, empecé a sentir que no podía confiar en nadie”.
“Me dio la impresión de que estaba de acuerdo”
En 1997, mientras el padre luchaba contra la impunidad, Krombach atravesaba otra causa en su país. Lo procesaron por violar a una de sus pacientes en el consultorio, una adolescente de 16 años a la que había sedado previamente.
Esto se confirmó tras el análisis de ADN del esperma. Aunque también declararon en ese entonces otras cinco chicas, esos testimonios fueron desestimados “por falta de pruebas”. Solo recibió una sentencia suspendida de dos años y le revocaron la licencia médica.
En el documental, la periodista Barbara Vökel, del programa Frontal, recordó una entrevista, la única que el médico brindó. En las imágenes, Krombach se ríe, se burla de la víctima. “No dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Cuando la besé, me devolvió el beso”, decía.
“Para mí fue muy interesante. Le dije ‘te amo’ mientras hacíamos el amor. No digo que ella estuviera contentísima, pero sí me dio la impresión de que estaba de acuerdo”.
La presentadora retrucó y le remarcó que la chica estaba drogada al momento del abuso, ¿cómo iba a negarse? La respuesta: “Como decían en la antigua Roma: el que calla otorga”.

Que se haga justicia
Bamberski decidió seguirlo, no quería perderle el rastro. Viajaba a Alemania tres o cuatro veces al año. Incluso contactó a un detective. Aunque tras el juicio por violación le revocaron la mátricula, Krombach seguía ejerciendo con documentos falsos en distintas clínicas y hospitales.
Se movía por todo el país, hasta que en 2006, cuando fue a trabajar a Rödental, en Baviera, una paciente buscó su nombre en internet, luego de que le asignaran un turno con él, y leyó sobre el juicio. También sobre Kalinka. Informó a las autoridades, a los periódicos, al colegio de médicos y a Bamberski, que para entonces tenía una página web (Justice pour Kalinka) en donde reconstruía la cronología de los hechos.

La policía lo encontró a punto de abandonar el país. En la valija llevaba mucha plata en efectivo y una bomba de vacío (un dispositivo para tratar la disfunción eréctil). Bamberski creyó que ese era el momento que había esperado, que el médico iría preso. Se sumaron de nuevo casos de mujeres que habían sido violadas en su consultorio con el mismo modus operandi: las drogaba y sedaba, pero a ellas les decía que les iba a inyectar calcio o hierro. La condena: 28 meses de prisión. Pero lo liberaron antes, en junio de 2008.
“Me sentía frustrado porque no lograba cumplir mi objetivo, es decir, que se hiciera justicia por la muerte de Kalinka”, recordó Bamberski. Cuando una vez más Krombach quedó libre, todo parecía terminar en un callejón sin salida. La única solución posible se le ocurrió: secuestrarlo, llevarlo a Francia, donde tenía una orden de captura, a la fuerza.

“Entré en pánico, perdí el control”
El cardiólogo vivía, por entonces, cerca de Austria. Bamberski viajó hasta aquel país en busca de alguien que lo ayudara con el traslado, aunque fuera ilegal. Repartió documentos con la foto, los pegó por todas partes. Y un viernes, apareció Anton.
Anton Krasniqi, nacido en Kosovo y criado en Austria, contó: “Como padre, quedé fascinado por la fuerza de ese hombre. Te emociona cuando pensás qué harías vos por tus hijos”. Estaba dispuesto a ayudarlo, lo haría gratis, “por humanidad”.

El hombre tenía contactos con la mafia rusa. Sabía exactamente lo que debía hacer. Mientras tanto, Bamberski volvió a Toulouse, en donde quedó a la espera de noticias. Krasniqi y los rusos fueron una noche en auto a la casa de Krombach. Cuando lo vieron entrar, lo secuestraron. Nunca estuvo en los planes de ninguno de ellos matarlo.
Krasniqi manejó 300 kilómetros hasta que encontró una salida hacia Mulhouse, una ciudad de Francia que contaba con infraestructura judicial y policía. “Entramos al primer callejón, abrimos la puerta y lo dejamos ahí”, narró.

A las 3.20 lo llamaron a Bamberski: “Contactá a la policía de Mulhouse, deciles que Krombach está en la vereda frente a la aduana”. Lo hizo sin imaginarse que iban a detenerlo a él también. Tomó un vuelo a esa ciudad y, cuando llegó al hotel, se encontró con los agentes que lo llevaron a la comisaría para interrogarlo.
Detalló: “En el pasillo me hicieron guardia de honor, estaban todos de pie aplaudiendo”. Fue un consuelo, creía que se acercaba el final. Pero, a la vez, se arriesgaba a una pena de 10 años de prisión por el secuestro del médico. No había previsto las consecuencias.

Hubo dos juicios: primero, por la muerte de Kalinka. La defensa de Krombach intentó extraditarlo a Alemania, pero en 2011, los tribunales franceses de París lo sentenciaron con los mismos cargos que en 1995: abuso sexual seguido de muerte.
“Pienso primero en Kalinka: se ha hecho justicia, y ahora voy a poder hacer mi duelo por ella”, declaraba el padre ante las cámaras en el juzgado.
Krombach fue excarcelado en 2020 por razones médicas y murió a los pocos meses en su país.
Después fue el juicio por el secuestro. Lo sentaron en el banquillo de los acusados, pero él nunca se creyó un delincuente. Lo matizó: dijo haber tomado la decisión de trasladar al Krombach de Alemania a Francia ante la negativa de las autoridades alemanas a extraditarlo. Poco antes, se había enterado de que el médico tenía la intención de escaparse a Ruanda. “Entré en pánico, me sentí abrumado, perdí el control”, admitió. “Di mi consentimiento, pero no organicé nada”.

A Anton le dieron un año de prisión en Austria y a Bamberski, la pena condicional de un año bajo la figura de autor. La Justicia ahora lo beneficiaba a él, un hombre que esperó casi 30 años para que el asesino de su hija pagara por su delito. “Espero que Kalinka esté en el cielo, y sepa todo lo que hice por ella. [...] Yo luché como don Quijote de la Mancha contra los molinos de viento. Obtuve justicia por ella, pero la verdad es que estos son combates extremos”, concluyó.
1Robyn Smith: la joven “jocketa” que enamoró a Fred Astaire y hoy controla con mano de hierro su legado millonario
2El truco efectivo para aromatizar el hogar con clavos de olor y romero
3Una aventura los unió, dos cosas esenciales para el amor los separó y un reencuentro lo cuestiona todo: “¿Hice bien?”
4Qué dice la psicología sobre las personas que todavía usan agenda en papel






