
Mentiras gordas
El que esto escribe no es una excepción y olvida cosas que no debería olvidar. En realidad, no son estrictamente olvidos, sino confusiones y poca noción del tiempo; esa procesadora no muy aceitada con la cual nuestro cerebro licua y disuelve fechas y contextos produciendo un cóctel catastrófico que se parece más a un puré ideológico sin sabor que a un lindo trago largo.
Haciendo revisiones cinematográficas para el programa de televisión dedicado al cine argentino que he tenido el gusto de realizar, volví a ver trozos de semidocumentales del director Fernando Birri. Uno es Tire dié, el desgarrador pedido de pibes de no más de cinco o seis años que, poniendo en serio peligro su vida, reclamaban, corriendo a la par de veloces trenes, a pasajeros que desde las ventanillas miraban azorados ese cuadro de miseria, habitual en la India, por ejemplo, pero absolutamente injustificable en una Argentina próspera, según se decía desde los gobiernos y se palpaba desde la realidad cotidiana. El film, realizado a finales de los años cincuenta, no era una mera ficción; los niños que corrían no eran actores ni mucho menos prodigios tipo Toscanito y la barra de la inolvidable Pelota de trapo. No, eran auténticos mendigos infantiles de las afueras de Santa Fe, provincia rica y de buena reputación social. Sin embargo, ahí estaban, abandonados, sucios y arriesgando su vida por diez centavos. El mismo realizador dirigió, a comienzos de la década del sesenta Los inundados, y allí estaban no sólo los niños sino familias enteras soportando las inundaciones, no accidentales e imprevistas, sino eternas rutinas, quejándose de la imprevisión gubernamental de turno y, sobre todo, de la falta de adecuada protección a niveles increíbles de subdesarrollo. En la Argentina rica, la pobreza vergonzosa, en 1958 o 1960 (vistos en perspectiva y comparándolos con la actualidad, parecen años fabulosos y seguros, confortables y sin violencia), la miseria documentada nos mostraba la otra cara de la realidad, y se sabía que Chaco, Formosa, Santiago del Estero o Jujuy presentaban cuadros parecidos. Claro, eran minoritarios, pero no por eso menos vergonzosos para un país con recursos más que suficientes para resolver esos "bolsones de pobreza" con cierta celeridad. Buscando y seleccionando materiales cinematográficos se vuelve a comprobar el malísimo estado de las copias existentes, y mientras Estados Unidos, Francia, España, Alemania, México y Rusia han reciclado y remasterizado todo su pasado visual, resguardando desde el cine comercial más pedestre hasta joyas de la experimentación, clásicos de todas las épocas y con los contenidos ideológicos más variados, nosotros hemos dejado morir y marchitar la mayoría de nuestra memoria histórica visual. A pesar de los denodados esfuerzos de cinematecas, particulares, coleccionistas y mecenas, nuestro pasado cinematográfico está (cuando está) muy mal conservado. Y siempre se dice lo mismo, a lo largo de todos los gobiernos que este vejete ha soportado: "No hay plata", "primero hay que atender los acuciantes problemas sociales que nuestro país ha heredado de las administraciones anteriores (siempre son las anteriores, aunque muchos de los que están en las actuales habían estado también en las anteriores)", "los maestros, los jubilados, los hambrientos y los chicos de la calle son nuestra principal preocupación; no podemos destinar fondos para preservar películas"... Así han pasado sesenta años, y mientras Birri documentaba la miseria, su material se iba deteriorando, la miseria siguió aumentando y ni los maestros, ni los jubilados, ni los hambrientos ni los chicos de la calle fueron asistidos, sino abandonados a su mala suerte por años, mientras gobiernos militares y civiles de todo signo ideológico relegaron la preservación de nuestro pasado y de esos irreemplazables documentos de vida a un olvido digno de mejor causa. O sea, los pobres siguen pobres (cada vez más); los viejos y niños, sin protección, y la cultura, como último orejón del tarro. Lo que México hace con las películas de charros y cantantes populares, vampiresas indígenas, culebrones fabulosos y clásicos del Indio Fernández, Luis Buñuel y otros genios, nosotros no lo podemos hacer por falta de dinero, mientras gobernantes de todas las épocas incrementan sus patrimonios en forma escandalosa. Son mentiras muy gordas. ¿Qué habrá que hacer? ¿Correr tras sus limusinas y gritarles "tire dié"? Vergüenza es poco decir.
El autor es actor y escritor







