
En El partido, El periodista Andrés Burgo toma el icónico Argentina-Inglaterra del 86 y lo desgrana para ir mucho más allá del fútbol: con pulso narrativo despliega el modo en que construimos y moldea
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Por Nicolás Cassese
Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 86 y Andrés Burgo acaba de publicar el libro que le hace justicia. Se llama El partido y es sobre el partido de nuestra primera adolescencia, que es lo mismo que decir que es sobre el partido de nuestra vida: Argentina 2 Inglaterra 1, cuartos de final del Mundial que terminaríamos ganando en México 86, el mismo en el que Diego Armando Maradona ascendió al cielo en cuerpo y alma.
Aquella tarde fundacional del 22 de junio de 1986 fue el día en que una generación, la que hoy ronda los 40, encontró su Rosebud. Burgo tiene 41 años y sus contemporáneos ya ocupan lugares de relevancia en la vida pública. Son jefes de Gabinete (Marcos Peña tiene 39), técnicos (los mellizos Barros Schelotto tienen 42, Marcelo Gallardo, 40) y hasta candidatos a presidente (Sergio Massa tiene 43). Si hubiese que celebrar el Día del Hombre nacido a mediados de los 70, debería ser el 22 de junio.
Fanático de River y de los libros, Burgo se hizo periodista deportivo porque era una buena manera de ganarse un sueldo, pero con este libro trasciende la categoría para ubicarse cerca de Nick Hornby y del resto de los escritores que encontraron en el fútbol la herramienta para explorar los vericuetos de la sensibilidad masculina, esa tierra incógnita. Porque hay que decirlo, este libro es como Ohlalá!, pero para el otro género, un texto escrito por un varón que les habla a otros de su misma condición.
También es un libro sobre el tiempo, la memoria y la manera en que armamos nuestros recuerdos. Al igual que esas catedrales que se construyeron durante décadas y con arquitectos diversos que van sumando sus recovecos al plan original, el partido de Burgo se aloja en nosotros como algo que se supone congelado, pero que en realidad sigue en proceso de formación. Creemos recordar un hecho, pero en realidad recordamos la última añoranza que tuvimos de ese hecho, y así vamos construyendo una memoria estática, pero acaso intuimos un tanto desenfocada de la realidad.
Para los varones argentinos, los mundiales de fútbol operan como señaladores que nos permiten ordenar nuestras vidas con hitos, marcas de un quiebre que ocurre siempre cada cuatro años. Burgo, nuestro chamán, rescata lo que él llama el primer registro de su vida y, claro, está ligado a un Mundial. No al de México, sino al de Argentina, en 1978. "Tenía 3 años y un delgadísimo hilo de memoria me lleva al festejo por el título que ese año ganó la Argentina. No es un flash del partido sino de la celebración en las calles. Avanzamos por Cabildo hacia la intersección con Juramento, y en el asiento trasero del coche puedo verme –como si fuera el actor de mi propia película– mirando con susto a toda la gente que desfilando junto al Renault 12 de mis padres", escribe.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando leí ese fragmento del libro, en la página 98: el primer recuerdo de mi vida es idéntico: estoy subido al Citroën de mi viejo que avanza lento por Avenida Del Libertador, en San Isidro, para festejar el triunfo en la final del Mundial 78. Con Burgo somos contemporáneos y amigos, pero jamás hablamos de esto. ¿Puede ser que dos personas tengan espejados, y con tantos detalles calcados, lo que creen que es el primer recuerdo de su vida? ¿O somos ambos víctimas de nuestra memoria emotiva, de los engaños de dos mentes que se inventan un pasado? ¿Seremos apenas dos engranajes más de un recuerdo colectivo y compartido por toda nuestra generación? Como sea, el libro de Burgo está repleto de estos momentos empáticos, fragmentos donde leemos lo que alguna vez escribimos con nuestra mente. En un ejercicio simple pero brillante, el autor logra penetrar la Matrix de nuestra generación y nos la revela en sus detalles más íntimos.
Como ese instante donde todo se decide: a los cinco minutos del segundo tiempo Maradona produce lo que Burgo llama "el eclipse de gol", con su cabeza tapa el puño con que acaba de impactar la pelota que entra en el arco inglés. ¡Gol! ¿Gol? Maradona corre a festejar, pero otea al árbitro, que mira al línea. ¿Alguno de los dos vio lo que pasó? ¿Alguno de los dos anulará ese gol inválido? Fueron segundos en los que estuvo en juego la memoria de una generación y Burgo los expande para darles la relevancia que merecen. Maradona, nosotros, todos hubiésemos sido distintos si el línea hubiese levantado la bandera para señalar la falta de Diego. Pero no lo hizo. Eligió correr hacia el centro del campo de juego para poner la piedra fundacional de la gloria de un jugador y la memoria de toda una generación.
Inspirado en Anatomía de un instante, la genial obra de Javier Cercas que Burgo leyó con atención, el relato se concentra en esa acción para mirarla una y otra vez y desde múltiples perspectivas. Shilton, Maradona, el resto de los jugadores argentinos e ingleses, el árbitro, el juez de línea y hasta un hincha con la camiseta de Inglaterra que en la filmación de Héroes –la película que inmortalizó aquel Mundial soñado– aparece levantando la mano para marcar la infracción.

La misma atención se concentra en lo que ocurrió cuatro minutos después cuando en "una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos" Diego se disfrazó de barrilete cósmico y puso el 2 a 0. "No es un gol, es una alquimia de fútbol, y es –también– como si un relámpago de eternidad cayera sobre el Azteca. El tiempo se acelera y, a la vez, se detiene: se vuelve mármol, se sella en bronce, se graba en la memoria de millones de personas alrededor del mundo y en ese instante empieza a ser, ya para siempre un instante eterno", escribe Burgo. En el mismísimo segundo en que Maradona comenzó a eludir ingleses como si fuesen conos de entrenamiento, desde la cabina de transmisión Víctor Hugo Morales arrancó a tejer su propia gloria, su panteón en la eternidad, con ese párrafo memorable que terminó con el relator llorando luego de haber disparado poesía urgente desde una cabina de transmisión. Las palabras de Víctor Hugo conforman, junto con Héroes y el segundo gol de Diego, la santa trilogía de todo lo que estuvo bien en México.
1986 fue un año hermoso. Ganamos el Mundial, estaba por salir la ley de divorcio y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (promulgada el 24 de diciembre de ese año) aún no habían opacado la gesta del Juicio a las Juntas. Con su libro, Burgo le rinde homenaje al mejor invierno de nuestra generación.
EL DÍA DESPUÉS
Fragmento de El partido, Tusquets
(...) "Cuando Maradona entra en hibernación y Argentina se queda sin su lazarillo de ataque, la clase trabajadora se carga el partido sobre los hombros. Futbolistas samaritanos y menospreciados, parias sobre los que pesará una eterna sospecha («Si Maradona hubiese jugado para Canadá, Canadá habría sido campeón del mundo»), casi como si fueran parásitos del prestidigitador. Ruggeri, Enrique y Pumpido: campeones de América y del mundo con River en los últimos meses de 1986. Batista: campeón Copa Libertadores 1985 con Argentinos. Burruchaga y Giusti: campeones Copa Intercontinental 1984 con Independiente. Valdano: campeón Copa UEFA 1986 con el Real Madrid. Jóvenes menores de 29 años que no son hijos de un talento sobrenatural, pero sí del esfuerzo, y también –como Maradona– de biografías agitadas.
–Para jugar el Mundial hice barbaridades –recuerda Brown–. Antes del Mundial, de la rodilla me sacaban jeringas llenas de sangre. El médico me decía que a los 50 años no podría caminar, que estaba loco, pero yo lo obligaba a pincharme. Ahora tengo 59 y no puedo jugar al fútbol con mis amigos, pero no me arrepiento. ¡Soy campeón del mundo!
–Dos años antes del Mundial, en River no me asentaba. Venía de Lanús, de la B, y me costaba la adaptación. River me quiso dar a préstamo a Chacarita, y se negaron –recuerda Enrique–. Ni Chacarita me quería.
–En Saladillo vivíamos en una casa humilde, con piso de tierra. Cuando llovía, llovía más adentro que afuera –recuerda Olarticoechea.
Después del partido contra Inglaterra (y del domingo siguiente, cuando levantarían la Copa del Mundo), los cortesanos de Maradona volverían a cargar con las derrotas que nos atraviesan a todos, también a los deportistas de alto rendimiento. Pumpido perdería una parte del anular izquierdo cuando el anillo de casamiento se le trabara con un gancho del travesaño durante un entrenamiento –por pudor o estética, aún hoy se protege con una venda ese dedo–; Burruchaga tendría que operarse dos veces las rodillas y sería suspendido 18 meses en Francia por un caso de soborno –aunque más tarde comprobaría su inocencia ante la Justicia–; Valdano no podría superar una hepatitis B aguda y jugaría su último partido apenas 15 meses después del Argentina-Inglaterra, y Enrique debería retirarse a los 32 años con las articulaciones arruinadas. El dolor también los cruzaría fuera de las canchas: las esposas de Giusti y Burruchaga morirían jóvenes; Batista caería en las drogas y elegiría continuar su carrera en Japón para alejarse de las malas compañías y dejar de tomar –y lo consiguió–, y un accidente trágico se llevaría a Cuciuffo demasiado pronto: durante una jornada de caza en el sur de la provincia de Buenos Aires, en 2004, el defensor manejaba una camioneta, no esquivó un pozo y el movimiento del vehículo hizo que la carabina, que estaba apoyada entre los asientos delanteros, con el caño hacia arriba, se disparara: la bala le dio en el abdomen y Cuciuffo murió desangrado antes de llegar al hospital.
La parte invicta de estos futbolistas, su pasaporte a la inmortalidad deportiva, está en juego el 22 de junio de 1986. Y no lo dejarán pasar." (...)
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