Mi sueño es ser campeón mundial

El futsal argentino atrapó la gloria hace unos meses. Sin embargo, los clubes sobreviven con un presupuesto mínimo y un día a día todo a pulmón
Emilse Pizarro
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20 de noviembre de 2016  

Son las once de la noche de un domingo. Tal es el silencio en las veredas de Villa Ballester que se escucha el zumbido de la lámpara del alumbrado público. Sobre la calle Libertad, la planta alta de un edificio bajo y ancho está completamente iluminada, la luz de tubo blanca se cuela por el vidrio repartido de aberturas oxidadas. Parece un estacionamiento, pero adentro del club Las Heras todo es histeria y vértigo: el arquero de UAI Urquiza acaba de fusilar con el pie al de Kimberley y empató el partido. Están 2 a 2 y ahora la pelota la tiene el ocho de Kimberley. Sobre la cancha de parquet, sus compañeros alternan posiciones frenéticamente y se gritan al tiempo que los músculos de las piernas se inflan y desinflan en cada pique frustrado. Los de UAI hacen lo mismo. Son hombres en alerta que defienden y atacan en un mismo gesto, al ritmo de un coro de grillos disfónicos: el rechinar de todas las zapatillas juntas. Al cabo de dos minutos de esa coreografía extenuante, el ocho convierte y pone en ventaja a su equipo.

Tan sólo veinte días antes, en Colombia, ganaba un Mundial por primera vez en la historia del futsal argentino: el 8 de Kimberley, Santiago Basile, es el 8 de la Argentina.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

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El futsal es más parecido al básquet que al fútbol de once. Este fútbol, de cuatro jugadores de campo y un arquero, en una canchita de 38 x 19 metros (similar a una de handbal), requiere un cuerpo entrenado en fuerza, velocidad, coordinación, precisión y sutileza; requiere de búfalos etéreos con pies de princesa. Requiere ganar en el cuerpo a cuerpo, tomar decenas de decisiones estratégicas en segundos y, literamente, resolver jugadas en una baldosa. Los partidos se juegan a dos tiempos netos de veinte minutos cada uno y, por la intensidad, los cambios son ilimitados: sin descanso de por medio un jugador no resiste en la cancha más de cinco minutos.

Crédito: Pablo Dondero

En la Argentina, el futsal nació en 1986. Después de diez años, en los que sólo jugaban los equipos afiliados a la AFA (Asociación del Fútbol Argentino), la liga se abrió a los clubes de barrio. Kimberley es uno de ellos. Casi al mismo tiempo, luego del Mundial de España de 1996, que ofició como vidriera, comenzó un éxodo de jugadores nacionales a las ligas de Italia y España. Esa fue la génesis de lo que es la base de la selección hoy campeona del mundo: como piezas de un rompecabezas, los jugadores argentinos se perfeccionaron en sus clubes europeos. Hasta el histórico título de este año –sólo Brasil y España habían ganado mundiales, cinco y dos respectivamente–, la mejor actuación de la selección nacional en un Mundial fue en 2004, cuando logró el cuarto puesto en China. Aunque la cantidad de clubes del torneo nacional jamás dejó de crecer (en 2013 se creó una tercera categoría; hoy hay 65 equipos y un torneo femenino con 14 clubes), la proliferación de equipos no es medida. Se entrenan a la noche, son muy pocos los que cobran un viático y la liga no es federal: los clubes que participan del torneo de la AFA son de Capital Federal y Gran Buenos Aires.

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En Villa Devoto, barrio de cruces de trenes y sol de domingo toda la semana, el club Kimberley es tan pequeño que casi puede recorrérselo entero con un golpe de vista desde la calle. Tan pequeño es que las medidas de su cancha no cumplen con el mínimo requerido por reglamento, y por eso la primera división alquila otra cancha para jugar como local. Como una casa chorizo, un corredor divide los ambientes del club: sobre el lado izquierdo el restaurante con su patio anterior, a la derecha hay otro patio, en el que se practica arco y flecha. Detrás y hasta el fondo de la construcción, se extiende la cancha techada de fútbol. Sobre el mismo corredor, está la tribuna, a la que se sube en sólo dos pasos. Por el pasillo, y al fondo, se llega al buffet, que es la antesala de los vestuarios. Todo está pintado de celeste y blanco.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

Es domingo al mediodía, y en el vestuario local suena Vente pa’ ca, de Ricky Martin. Frente a un espejo del tamaño del de un botiquín, las jugadoras se turnan para peinarse y mitigan el sopor abanicándose con los conos fosforescentes que usaron minutos atrás en la entrada en calor. Micaela Schneider ajusta el segundo par de medias; dice que eso le hace sentir la pierna más segura. Luego confesará que es para evitar que la transpiración llegue a las canilleras. A su lado, Camila Gómez Ares –figura del equipo junto a Micaela, que juega desde los cuatro años–, acerca la suya y ríe. Huele a cebolla podrida en un cajón. La escena se interrumpe cuando, pizarra imantada en mano, el DT, Mauro Riente, ingresa en el vestuario para la charla técnica. En unos minutos se enfrentarán con un club grande: San Lorenzo.

A las 11.30 los equipos están listos en la cancha. En las gradas, visitantes y locales arengan en un idioma ininteligible; sólo se adivinan las vocales. Entre ellos, un caniche toy blanco arrastra a lengüetazos un cuenco metálico con agua. El árbitro pita, no pasa siquiera un minuto y la jugada que discutieron en el vestuario casi les da el primer gol.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

–Qué buena es Mica –dice sentado en el escalón más alto de la tribuna un señor.

Desde el peldaño más abajo, una mujer le responde sin dejar de mirar la cancha.

–Sí, es una genia.

Sólo girará la cabeza una vez durante todo el partido y será para gritar:

–¡Se quema el pan!– mirando hacia el buffet.

Es evidente el olor a tostado quemado, pero nadie presta atención: Kimberley está a diez segundos de lograr un triunfo importante. San Lorenzo se desespera y juega la ficha de oro: saca a la arquera y pone una quinta jugadora de campo a hacer doble función, jugar y atajar. Pero ni así lo logra.

Kimberley ganó 5 a 4 y las chicas saltan abrazadas en el centro de la canchita.

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–¿Qué se siente que te conozca el mundo?

–¿El mundo? ¿Estás loco?

El que pregunta tiene diez años y el que responde es Santiago Basile, su ídolo. Para él y sus amigos de la escuelita de baby fútbol, Basile es ídolo, y más que Messi. Es un campeón del mundo que se entrena sobre baldosa, que les comenta en Instagram – ¡Goleador!, le escribió a Toto en la foto de su cumpleaños–, un crack que va al buffet, ese lugar en el que toda la gente parece buena.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

Tiene 28 años y desde hace diez juega en la Selección. Aunque acaba de salir campeón del mundo, lo tiene claro: “Mi generación no va a disfrutarlo tanto como quizás sí ellos [mira hacia la cancha, donde pelotean pibitos de diez años], que podrían vivir el deporte y encontrar otra alternativa a cancha de once. La oportunidad es ahora”.

El futsal podría ensanchar el cuello de botella que es el fútbol grande, en el que miles de chicos se prueban y sólo un puñado alcanza a jugar en primera. Pero para eso precisa profesionalizarse. También en un buffet, pero en El Plata Tenis Club, en Martínez, Diego Giustozzi, el director técnico de la selección, dice: “Los chicos no miran sólo si Messi tira un caño: miran que firma autógrafos, que sale campeón y que viaja. Hoy Argentina es campeón, pero tiene una liga que no está siquiera entre las quince más competitivas del mundo, a pesar de tener más materia prima que potencias como Italia, España, Rusia y Portugal. El futsal se tiene y puede autogestionarse, y la liga de Buenos Aires debe hacerse federal. Cuanta más gente haya, más levantará la vara. Lo que hay que cambiar es la mentalidad: para cualquier rol uno tiene que formarse y rodearse de los mejores. El gran cambio esta en la cabeza”.

Giustozzi fue uno de los que emigraron en la década del noventa. Asumió la dirección técnica de la selección en 2013 con quince años de futsal europeo encima. No es sólo lo que hizo, es cómo lo dice: cuando habla de futsal es un adolescente en la puerta de la librería el día del lanzamiento del nuevo libro de Harry Potter.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

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KingBerry S.A. dice la puerta de la oficina. Hasta aquí, hasta Scalabrini Ortiz y Cabello, llega todos los días en el colectivo 110 desde Floresta Gonzalo Farach, empleado de esta exportadora de arándanos y ala ofensivo de Kimberley. Por suerte ya son las cinco de la tarde y el trabajo está un poco más tranquilo: en Europa ya terminó el horario de oficina. Aunque es temporada fuerte de comercialización de esta fruta, por lo que Gonzalo estará hipnotizado un rato largo por un Excel de órdenes de empaque.

Horas después, ese mismo día, el presidente de Vélez, Raúl Gámez, era noticia por insultarse con el vicepresidente de la Comisión Normalizadora de la AFA; no coincidían en el monto que adeuda Vélez. Si no acordaba un plan de pagos, no recibiría nada de los 350 millones de pesos que la AFA distribuiría en diciembre por los derechos de televisión.

El 70 por ciento del plantel de Kimberley trabaja de otra cosa. Aunque cobran premios por partido ganado –y ganaron bastante: son los campeones de 2015 y jugaron Copa Libertadores– y se entrenan cuatro veces por semana entre las 20 y las 23, los viáticos de la mayoría de los jugadores no superan los 2500 pesos. Hay algunos casos de 7000 y sólo uno de 15.000.

La placenta de la que se nutren los clubes de primera división del fútbol es la misma que le daría el empujón hacia la profesionalización al futsal: la tele. La entrada de sponsors acercaría el dinero que hoy no tiene. Entonces mejoraría el calendario deportivo (no más partidos a las once de la noche, ayudaría a lograr una división del país en zonas de competición, que jueguen play off y fomentar así la federalización de la liga de la AFA) y, sobre todas las cosas, que los jugadores se dediquen sólo a jugar.

A Giustozzi, cuenta él, el teléfono no le para de sonar desde que volvió de Colombia. Son empresas que quieren invertir, “pero para eso hay que tener un producto vendible”. “El futsal argentino está muy mal vendido televisivamente: no hay partidos en directo y se pasan algunos tres meses después de que se jugaron. Juegan el primero contra el segundo de la división A y no lo pasan, pero sí transmiten el del quinto equipo de la C contra el noveno: se televisan partidos por intereses personales.”

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

Actualmente la televisación del futsal de la AFA está en manos de la productora del programa A dos toques TV, que se emite por la señal de cable FOX Sports. El contrato, vigente hasta 2018 y con ampliación automática hasta 2023, estipula un pago anual de 60 mil pesos por los derechos. Un club afiliado a la AFA debe pagar 35 mil pesos para jugar al futsal. Si el club es invitado (club de barrio), la suma asciende a 50 mil. Y si es debutante, debe pagar 70 mil.

–¿Por qué alguien debería mirar Futsal?

–Por lo mismo que se mira vóley y básquet. La única diferencia es que tienen ochenta años de historia más que nosotros. Es un deporte apasionante, indoor, fácil de practicar y vistoso, con reglas que favorecen el espectáculo, como el arquero-jugador. Pero tenemos una historia de 30 años. ¡¿Sabés lo que va a ser este deporte dentro de ochenta años?!

***

Recostada sobre el palo izquierdo de su arco, Ema intenta lo imposible: peinarse con guantes de arquero puestos. Tiene siete años, el cabello rubio atado en una cola de caballo y viste la 10 de Messi de la Argentina. Desiste cuando el peligro se traslada del arco rival al propio: una grandota –¿ocho años?– le pega al arco. Ema adivina la trayectoria y se tira al piso, hacia su derecha, atrapa la pelota con ambas manos y la aferra contra su panza. Un segundo después completa la caída apoyando la cabeza en el piso. El gesto técnico en maduración; Ema ya es arquera.

Al cabo de cada jugada, exitosa o no, con la mirada busca a dos personas: a Trinidad D’Andrea, la arquera de primera, que es su entrenadora, y a su papá, Alan Johansen. Los Johansen son daneses, llegaron a la Argentina hace dos años y medio –la mamá de Ema es argentina y de Villa Devoto– y hace uno que Ema pidió ir al arco.

A la escuelita de fútbol de Kimberley, entre el femenino y masculino, asisten cerca de 240 chicos. Cuando culmine el turno de Ema, en el que hay 17 nenas más de entre cinco y ocho años, les tocará a otros tantos varones. En la espera, varios de ellos pelotean en el patio trasero. Desde ahí viene el grito: colgaron la pelota en el techo y le piden a Tomás, el encargado del buffet, que la baje. Pero no hay nadie detrás del mostrador. Uno de los chicos grita su nombre y llega hasta el pasillo. Ahí está Tomás, atajando penales en un arco improvisado que es la mismísima puerta del buffet.

–¿Querés seguir jugando, Nico? Bancá que les bajo la pelota y vuelvo.

***

La entrada para ver Kimberley-UAI Urquiza cuesta cincuenta pesos. El partido ya empezó y en las gradas del club Las Heras, donde Kimberley hace las veces de local, no hay más de setenta espectadores. Silvia Daria vende una entrada más y guarda el dinero en una pequeña caja fuerte de color azul. Ceba un mate y vuelve a meterse en el partido: en términos económicos, la noche está perdida. Ella calcula que para cubrir los gastos básicos debería vender 130 tickets. Debe pagarle 1200 pesos al médico, 830 al “cronos” (referí-cronómetro) y 2500 por la seguridad, además de los 4500 de alquiler de cancha. “¡¿Y qué querés?! ¡Es domingo y 11 de la noche! El baby mueve bastante más: vienen tía, abuela, madrina. Pero a fin de mes ya va sólo el padre o la madre; es un presupuesto: entrada, algo para comer y la bebida”.

Héctor, el policía que custodia los partidos de Kimberley desde hace diez años, se acerca a Silvia.

–¿Qué porquería tenés ahí? –pregunta él.

–Tutucas.

–¡¿No son bizcochitos?!

–Comé, gordo; no seas hinchaquinotos. Mirá, gol de Santi.

***

Hace tres días que no para de llover en Buenos Aires y hace frío. Es noche de miércoles y en el gimnasio techado de futsal del Parque Sarmiento, el preparador físico reparte pecheras naranjas a los jugadores. Tendrán diez minutos de fútbol libre hasta que empiece el entrenamiento. A un costado de la cancha, sentado en la única silla que hay, Noé Pérez Leiva tose y el tinglado amplifica el ruido. Tiene gripe, pero como ya se siente mejor, vino. Por detrás de uno de los arcos y desde el techo, cae una red protectora a lo ancho de toda la cancha. A salvo de los pelotazos, un grupo de cuatro gimnastas hace su rutina de piso.

A la cancha de Kimberley le faltan cuatro metros de largo y otros tantos de ancho. Por, eso de los cuatro días semanales de entrenamiento, tres lo hace en el Parque Sarmiento. Allí jugó de local hasta mayo, cuando se rompió la caldera.

Durante una hora todos los ejercicios girarán alrededor de un solo objetivo: ser letales y precisos. Los cuatro de pechera salen de la cancha y se sientan sobre unas colchonetas. Extenuados, con las nucas brillantes de sudor, se alcanzan entre ellos el bidón de agua de seis litros.

En la avenida Ricardo Balbín, a cuarenta metros del tinglado, el tránsito ya tiene velocidad de medianoche de semana. Adentro, comienza un nuevo ejercicio.

Fuente: LA NACION - Crédito: Pablo Dondero

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