
Montreal: la París canadiense
Es la mayor comunidad francófona después de la capital francesa. Si bien nació como un punto de intercambio comercial, hoy en sus calles el visitante descubre algo más: como muchas otras grandes ciudades, ha llegado a ser un espacio en el que conviven múltiples culturas, con una encantadora y característica idiosincrasia de la mezcolanza
1 minuto de lectura'
Mmontreal.– Junto a las aguas del canal de Lachine, en la parte más septentrional de la isla de Montreal, hay un viejo edificio remozado que tiene el pomposo nombre de Sitio Nacional del Comercio de Pieles. Ni la discreta arquitectura del museo ni lo escuálido del fondo de reproducciones y maquetas que albergan sus paredes de piedra hacen justicia a la importancia que durante los dos siglos anteriores tuvo este paraje bañado por el río San Lorenzo. Está escrito con moroso detalle en los libros: Montreal nunca habría llegado a ser la ciudad bullente que es en la actualidad –con los 3,5 millones de habitantes de su área metropolitana constituye la mayor capital francófona fuera de Francia– de no haber sido por el pujante comercio de mercancías que propició la privilegiada situación geográfica de Lachine.
Un flashback de cinco siglos induce al viajero a ponerse en antecedentes. Era la época en que las potencias europeas daban los primeros pasos para la constitución de lo que, con el correr del tiempo, daría lugar a vastos imperios coloniales; y en esa misma empresa remota de abrir una punta de lanza para la exploración del norte del continente americano andaban distintas avanzadas de colonos y misioneros franceses. De entonces, de un poco más tarde en realidad, y con Montreal ya en manos inglesas, data el protagonismo de Lachine: la construcción del canal homónimo permitió a los barcos salvar las innavegables cataratas situadas más al sur de la isla, y a partir de entonces Montreal se convirtió en un punto para el transporte masivo de mercancías.
Hace ya tiempo que los reyes europeos abandonaron sus capas de armiño y la burguesía sus abrigos de visón, y por eso el comercio de pieles ha dejado de ser un negocio estratégico en la vida de Montreal. Por el contrario, lo que afortunadamente sigue invariable en la principal ciudad de la provincia de Québec es su marcado carácter de punto de intercambio y lo que cabría llamar su idiosincrasia de la mezcolanza. Una doble condición de la que hablan la pujante economía de Montreal –un puerto de exportación de cereales, petróleo, maquinaria y bienes de consumo, y a la vez un poderoso centro de negocios–, y, de manera más atractiva, el tráfago de modas y culturas que el visitante puede contemplar en sus calles. Y es que en realidad no habría que darle muchas vueltas al asunto: esa imagen que retrata a la sociedad canadiense como un crisol de culturas, el famoso melting pot, según la expresión inglesa, tiene uno de sus ejemplos más claros en el paisaje de Montreal.
Con alma francesa
Nadie va a negar a estas alturas el alma francófila de esta urbe cuya biografía incluye, entre otros hitos, el haber organizado las Olimpíadas de 1976 y la Exposición Universal de 1967. Montreal es francesa en el habla de sus vecinos (la población € de Québec es francófona en un 83%) y es también francesa bajo el tamiz de algún otro de los de los sentidos. A la vista, si a lo que se dedica el paseante es a inventariar la generosa proporción de cafés con terraza y los vistosos jardines que ofrecen algunos de sus barrios. Y, por descontado, es francesa al gusto, para convencerse de lo cual quizá no haya prueba más convincente que sentarse a la mesa de alguno de los restaurantes del barrio de Outremond; o si el crédito no alcanza, simplemente acercarse a sus supermercados para admirar cómo de colmadas están sus secciones de delicatessen y sus panaderías.
De China a New York
Montreal es francesa, sí; claro que, más allá del placer que supone el certificarlo, otro de los encantos que brinda la ciudad consiste en descubrir cómo tras esa filiación hay una identidad más rica. Echando mano de una metáfora bastante oportuna en esta ciudad de gustos sibaritas: lo francés, exuberante en el corazón del casco viejo, sería en Montreal la salsa que liga el resto de elementos: lo británico de su arquitectura con el toque oriental que le da a la urbe su animadísimo barrio de Chinatown; el aire latino que han dejado en algunas de sus calles la inmigración italiana y griega, con un estilo de vida que en otras ocasiones se diría calcado del de las grandes ciudades norteamericanas; la bohemia respirable en zonas como el distrito de Le Plateau, con el aire hermético que irradian las comunidades judía y musulmana...
Para comprobar esa naturaleza híbrida de Montreal, que es una ciudad que compensa la inclemencia de sus inviernos con primaveras y veranos explosivos, basta con asomarse a alguna de las calles del centro. En Sainte Catherine y en las arterias confluyentes, espejándose en los escaparates donde se exhibe el último grito en materia de shopping, el paseante puede toparse con un paisanaje tan variado como el que pulula por la Quinta Avenida de Nueva York o por la londinense Oxford Street.
Este mediodía de verano, el grupo de personas arracimadas frente a la puerta de un McDonalds compondría una muestra cabal de las gentes que acostumbran deambular por la zona: hay un sesentón tocado con un turbante que pasea ufano su oronda barriga, una pareja de adolescentes anoréxicamente góticos con los ojos emborronados de kohl, un taxista panameño que le recuerda al man que le lustra las botas los tres dólares de un préstamo, una pandilla de adolescentes afroamericanos con el tiro de sus jeans por las rodillas, una pareja de mujeres invisibles tras el negro de un velo que podría ser un chador...
En realidad, no debería sorprender esa impronta cosmopolita de Montreal. O al menos no le sorprende a Jesús Pérez Magallón, un profesor madrileño que reside en la ciudad canadiense desde hace trece años y que explica vinculándola al biculturalismo quebequés. Cuenta este académico, a la sazón director del Instituto de Estudios € Hispánicos de la Universidad McGill de Montreal, que la misma rutina y las formalidades que obligan a los habitantes de Montreal a convivir en dos lenguas han ido transformándose poco a poco en una especie de aptitud para la mezcla.
"Cuando una sociedad se plantea su vida en dos lenguas diferentes, es mucho más fácil que lo haga en una tercera y una cuarta", dice Pérez Magallón, y se ampara en dos ejemplos que conoce de cerca: la notable producción poética en castellano que existe en algunos círculos literarios de la ciudad y el éxito de público que alcanzan modestos espectáculos hechos en el idioma de Cervantes.
Belleza arquitectónica
Amén de cosmopolita y culturalmente hiperactiva (Montreal tiene algunas citas ineludibles, como son el Festival de Películas del Mundo y el Festival Internacional de Jazz), la ciudad sorprende al visitante por la belleza de sus edificios –un cruce de arquitectura victoriana, belle époque y racionalismo– y por la generosidad de metros cuadros que suman sus más de 600 parques y plazas.
De una y otra cosa da buena cuenta la vista desde el mirador del Museo Arqueológico de la Ciudad. Desde la altura, y perfilada al color de una luz que se pega a los objetos como si fuese una película de miel, la ciudad muestra la mejor de sus panorámicas: en primer término, el Viejo Puerto invadido de paseantes; un poco más a la izquierda, la basílica gótica de Notre Dame y la cúpula plateada del antiguo Mercado de Bonsecours; al fondo, el conjunto del Habitat 67, que semeja a la distancia un montón cajas de hormigón desordenadas por el suelo de una zapatería; y forzando la vista, el puente Jacques Cartier, uno de los dieciséis que comunican la isla de Montreal con el continente...
El belvedere no es evidentemente el único punto para comenzar a desvelar la trama de Montreal. Pero sí resulta un excelente prólogo para iniciarse en la tarea. El resto sólo es cuestión de echarse a callejear. Porque ya lo dijo el cantautor uruguayo Andrés Calo: "Las ciudades son libros que se leen con los pies".
Texto y fotos: Sergio Sotelo (enviado especial)
Para saber más
www.ville.montreal.qc.ca
www.tourism-montreal.org
Datos
Montreal es la segunda ciudad de Canadá, después de Toronto, en cuanto a tamaño. Fue fundada en 1642 por los franceses y debe su nombre al monte Royal, de 200 m de altura, que domina la ciudad. Está ubicada en la isla de Montreal, en la intersección de los ríos San Lorenzo y Ottawa. La isla divide el San Lorenzo entre el canal principal y la Rivière des Prairies. La ciudad incluye también 74 islas vecinas, como la de las Monjas, la Bizard, la Santa Elena y la de Nuestra Señora. Más de 3.511.800 personas viven en su área metropolitana, lo que la convierte en la ciudad francófona más grande del mundo después de París. Montreal es además un importante puerto, aunque se halle a 1600 km del océano. Tiene cuatro universidades, es centro financiero y produce artículos eléctricos, aviones, equipo ferroviario, ropa y químicos. La parte antigua de la ciudad, Vieux Montreal, fue declarada zona histórica.






