
Mosuo: cómo es un pueblo cuando manda la mujer
Veinticinco mil personas viven en la aldea de los mosuo, al sudoeste de China. Allí las mujeres tienen el poder, pero los hombres no se quejan: cargan con pocas responsabilidades y trabajan menos que ellas. Como en otras comunidades matriarcales, no hay violencia; son comunes el buen trato y la hospitalidad
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Nan Tsi se detiene por un instante en la mitad del patio. Lleva dos bolsas pesadas y mantiene una postura erguida. Guarda silencio. Viste falda blanca y casaca violeta. A pocos pasos, dos de sus hermanos trabajan con madera intentando darle forma a un mueble. En la cocina, su hija está preparando un frasco con pimientos.
Cada noche, cuando se reúnen a cenar, son más de veinte. Por eso cuando su hermana menor ordene el atado de leña que acaba de descargar de sus espaldas, deberá regresar por otro más.
Nan Tsi está parada en la mitad del patio y todos la miran. Esperan que diga algo y Nan Tsi dice algo. Se lo dice a cada uno de ellos. Apura al que está retrasado, aprueba el trabajo que le muestran e indica cómo sigue la tarea. Ella está a cargo, es la jefa indiscutida de la familia.
Yunann es una provincia del sudoeste de China, cercana a Birmania y al Tíbet. Allí se concentran la mayor cantidad de minorías étnicas y buena parte de las diversas culturas del país; chinos musulmanes (en un número mayor que el de los habitantes de Arabia Saudita), tibetanos, naxi, yi y, en la aldea de Loshui, los mosuo, un verdadero matriarcado. ¿Qué es lo que eso significa? En esta comunidad de unos veinticinco mil miembros, el poder está en manos de las mujeres. Son ellas las únicas propietarias. La herencia se transmite de madre a hija, lo que implica que en la región no existen hombres con casa propia. El apellido de la mujer identifica los lazos de sangre. En cada una de las familias hay una matriarca y es la figura de más alto nivel en el clan. En este sitio se puede decir, con propiedad, que todos los días son el Día de la Madre.
Ellas ordenan, administran y deciden el destino de sus seres cercanos. Es impensable, en cualquier aldea mosuo, escuchar a una dama denunciando que no le reconocen sus derechos. Más aún: no les conviene pedir equipararse a los hombres. Eso representaría un descenso de categoría social.
Para llegar hasta allí, hay que cubrir diez horas de camino de montaña desde Lijiang, una ciudad pequeña, de las pocas que guardan la estructura de lo que fue Oriente en la Edad Media. En sus calles, surcadas por canales por los que corre el agua de los deshielos, es común observar a grupos étnicos diferentes, con atuendos y sombreros que los distinguen. Es un escenario ideal y muy utilizado para filmar melodramas antiguos o películas de artes marciales ambientadas en la época de los mandarines.
En la arquitectura y en la fisonomía de sus habitantes se nota la influencia mongol producto del paso de Kublai Khan y de sus jinetes en el año 1200 d.C.
Bordeando la orilla de un inmenso lago de montaña, el Lugu, se ubican las villas mosuo.
Luego de hacer un viaje de cinco días y llegar a esta aldea a tres mil metros de altura, surge la pregunta: ¿qué queda en común entre esta sociedad y las otras?
Acostumbrados a repetir que los hombres somos de una determinada manera y que las mujeres son de otra, es interesante saber que existe un lugar en el planeta donde no todo ocurre de forma tan lineal.
Allá lejos y hace tiempo, una de las características de nuestra civilización consistía en que las familias, en su inmensa mayoría, estaban compuestas por un hombre, una mujer y los hijos que tuvieran. Aunque en la actualidad esto no ha logrado mantenerse con tanto entusiasmo, la mayoría de los jóvenes al casarse sigue buscando ese destino y los padres acompañan este proyecto más allá de sus éxitos o fracasos personales. Es algo incorporado a nuestra cultura. Diferentes son las cosas entre los mosuo, en particular porque no existe el matrimonio tal como estamos acostumbrados a entenderlo.
El grupo familiar está formado por una mujer, sus hijos, su madre, sus hermanos, sus hermanas y los hijos de esas mismas hermanas. No existen los maridos. Muchos de los habitantes de la aldea sólo conocen a su madre y poco les importa saber quién es su padre.
No por desinterés, sino como producto de un rasgo cultural. La única figura masculina en la familia que puede ocupar algún lugar relevante es el hermano de la madre.
Tanto los hombres como las mujeres cambian de amantes con frecuencia. Por las noches se reúnen alrededor de una fogata y danzan en círculo entonando canciones de su propio folklore. La mujer que esté interesada en alguno de sus compañeros se le acerca y, mientras bailan, le aprieta tres veces seguidas la mano. Esa es la señal para que el candidato sepa que puede llamar a su puerta esa noche.
Pero como la vida amorosa es intensa, en el frente de la habitación hay un gancho de madera para que el visitante pueda colgar el sombrero. Así, la mujer anuncia que está ocupada. Si llega un distraído, entenderá que debe ir a buscar calor en otros brazos.
A las 5, por la calle principal, a orillas del lago, es posible ver cómo los hombres abandonan las casas de sus amantes, apurados por llegar temprano a las de sus madres.
Buscar un rincón para contemplar el lago, pasear en bote o cabalgar entre los arbustos son las actividades preferidas de las parejas.
Cuando se enamoran -y esto es igual en Buenos Aires que en China-, el amor reclama exclusividad. Nunca vivirán juntos, pero establecen el matrimonio andante donde el hombre se encuentra, por las noches, a solas con su amada. No los unen el dinero ni los hijos -que siempre se crían en casa de la madre-, ni siquiera el sentirse parte de la misma familia. Se mantienen enlazados sólo por el afecto, así que cuando éste desaparece nada los liga y se separan.
"Fácil y sin rencores", comenta Pi Ma Lan, una mujer mosuo de 38 años. Sin embargo, estas relaciones suelen durar largo tiempo. Algunas familias les otorgan a sus hijos la posibilidad de alcanzar un nivel superior de estudios en las universidades chinas. De los jóvenes que conocí con esta oportunidad, sólo las mujeres obtuvieron este beneficio.
Ru Geshina es una de ellas. Tiene 20 años y estudia periodismo en Beijing (ex Pekín). "Me siento diferente a mis compañeras -dice-. Unicamente piensan en encontrar un hombre y casarse, algo que no puedo comprender."
Ella disfruta de la vida amorosa, pero dice que no se imagina "viviendo con un extraño, alguien que no sea de mi familia".
De todas formas, la situación de los hombres está lejos de ser desesperante.
Carecen de responsabilidades, trabajan mucho menos que las mujeres y pasan la mayor parte del tiempo reunidos con sus amigos jugando al majong.
Pero si necesitan dinero para lo que fuere, y tengan la edad que tengan, deben pedírselo a sus madres o, en su defecto, a sus hermanas.
Cuando se les pregunta cuál es la razón para que sean ellas las que manejen la economía responden con naturalidad: "Son mucho más capaces y no gastan en cualquier cosa".
En las pocas comunidades matriarcales que aún quedan sobre la Tierra no se registran hechos de violencia y son comunes el buen trato y la hospitalidad. El dinero no se convierte en el eje de sus actividades y aunque aspiran a una finca próspera no les interesa hacer fortuna. "Volverme rica, para qué sirve eso", se pregunta una matriarca.
Cuando las niñas llegan a los 14 años pueden ser iniciadas. En una ceremonia con exclusiva concurrencia femenina, se paran sobre una bolsa de granos, símbolo de prosperidad.
Reciben, de manos de sus tías, el atuendo de la vida adulta. La falda larga y blanca, la casaca roja o de un amarillo brillante, botas y cinturón de cuero.
Sobre el pelo les colocan un tocado -con adornos de flores y perlas- que les abulta la cabellera. Ya están listas para ocupar su propia vivienda, un lugar para la intimidad que sus tíos y hermanos le construyeron con troncos, a la usanza china.
En la manera de dirigirse al otro y la capacidad de mando se nota quién está a cargo. Los hombres no intentan discutir las indicaciones, pero en cada comida se repite la misma escena: ellas preparan el alimento y atienden a los comensales con especial cuidado. Las casas las construyen los hombres, pero el fuego que arde en su interior es mantenido por una mujer.
Cuando danzan en círculos, al ritmo de una flauta, es el momento de jugar el juego de la seducción.
Entonces, los roles se invierten. Los hombres bailan con movimientos bruscos y enérgicos mientras ellas, con pasos suaves y mirando hacia abajo, entonan una canción de amor.
Una joven mosuo de 28 años dice que lo que le gusta de un hombre es "que me cuide y proteja".
-¿Pero no son ustedes las que tienen el poder?
Asombrada, dice:
-Eso poco tiene que ver. Puedes preguntarle lo mismo a cualquiera de mis amigas, y todas te dirán lo mismo.
Mujeres a cargo de su familia, criando solas a sus hijos, transmitiéndoles herencia y apellido. Mujeres responsables del sustento, sin maridos y decidiendo sobre su vida amorosa.
Tal vez no hace falta viajar hasta el otro lado del globo para encontrarlas.
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