
Mucha transgresión, poca revolución
Cuando la desobediencia no es un valor
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Los actos de transgresión suelen ser ejercicios de suprema estupidez. No está demás detenerse en esta interesante idea del exquisito escritor italiano Claudio Magris (autor de Danubio, Alfabetos o El infinito viajar, entre otras obras que estimulan el deseo de leer, de pensar y de andar por el mundo). Y no está de más, especialmente en tiempos como los presentes, en que los transgresores suelen despertar simpatías por el solo hecho de serlo, o de declararse como tales, aunque sus transgresiones sean a menudo travesuras anacrónicas para su edad, actitudes irresponsables o meras posturas para la foto. Es que sin leyes, normas y reglas el transgresor no puede existir. Las necesita para llevar adelante sus desafíos, tras los cuales acostumbra a desaparecer y esconderse sin hacerse cargo de las consecuencias. Los transgresores suelen crecer como yuyos en todos los ámbitos: política, cultura, deporte, farándula, moda y, desde ya, en la vida y los vínculos cotidianos, como son la familia, la calle, el trabajo, la escuela y demás.
Hay diferencias entre un transgresor y un rebelde, y mucho más entre él (o ella) y un revolucionario. Mientras el transgresor no se opone al orden (o sistema) existente, sino que simplemente juguetea dentro de él, el rebelde está contra tal orden. Quizá no tiene propuestas claras más allá de sus acciones de indocilidad, no ve una alternativa a desarrollar, pero puede decir contra qué se alza y por qué. Tiene causa, pero no opciones superadoras. El revolucionario, por su parte, trae el anuncio de un amanecer en el que, de acuerdo con su visión, nacerá un nuevo mundo. Esto no significa que vaya a ser mejor (aunque él siempre lo pregona así) ni que los medios por los cuales aspira a lograr ese fin sean eficaces o, por qué no, morales. Así como el transgresor huye cuando se anuncia la sanción y sólo es audaz si no hay riesgos (al menos para él, porque a menudo afecta a otros), el rebelde y el revolucionario afrontan las circunstancias, corren con los costos de sus actitudes e incluso redoblan las apuestas.
Una vez establecidas las distinciones entre estas tres categorías, acaso resulte sencillo advertir que hoy se nos ofrece una abundancia de transgresores y escasa cantidad y calidad de rebeldes y revolucionarios a los que valga la pena prestar atención. Y para colmo de males, muchos transgresores se creen rebeldes o revolucionarios, y si bien el truco se descubre rápido no por ello dejan de cosechar seguidores. Estos admiradores, a su vez, cambian de transgresor como de camisa, debido a que, como la mentira, la transgresión tiene patas y recorridos cortos. Cuando la transgresión logra cierta perduración se convierte definitivamente en estupidez. Es que, como señala el historiador y economista Carlo Cipolla (1922-2000) en su imperdible ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, un estúpido se reconoce, entre otras características, porque además de dañar a otros, y al conjunto al que pertenece y en el que vive, termina perjudicándose a sí mismo.
Hay algo que es común a transgresores, rebeldes y revolucionarios, y es la desobediencia. Ésta no siempre es un atributo negativo, como bien lo advertía Erich Fromm (1900-1980). En Sobre la desobediencia, apunta que la historia humana nace a partir de esta condición. Desde la desobediencia de Adán y Eva hasta la de Prometeo (que robó el fuego a los dioses y lo entregó a los hombres, por lo que fue atado a una piedra en la que un águila le comía una y otra vez el hígado), abundan ejemplos míticos y de la vida real sobre desobedientes que abrieron nuevos rumbos. Sólo que, dice Fromm, la desobediencia no es un valor si al ejercerla se traicionan principios esenciales de la existencia humana.






