
Mujer y fuego: semejantes en belleza, tiempos, jadeos y chasquidos
"Mis dedos apenas tocaban su espalda en licencias de espera.”
Desnuda. Hay diferentes formas de encender fuego. La más bella: al aire libre, usando lo que nos ofrece el bosque. Los árboles, como nosotros, crecen y mueren; por añosos, por viento, por rayo o peso de nieve, dejando leña seca. En la cordillera, las lengas son de raíces extendidas y de poca profundidad. Al ser volteadas por el viento, arrancan un pan de tierra que queda adherido a sus raíces. El suelo, por el régimen de lluvias, esta siempre húmedo, da poca resistencia, y facilita su caída.
“Tenía los ojos cerrados, los labios levemente entreabiertos, los roce con mis dedos.”
Salí con mis esquíes de fondo y mochila a realizar uno de mis recorridos clásicos. Nevaba. Comencé bordeando un arroyo hacia la cordillera por las turberas, se van conectando, separadas por bosques de ñires; pequeños y achaparrados, comienzan a crecer en las alturas.
En mi mochila: la cacerola mediana con tapa, abollada y con tizne de fuegos, una buena cantidad de jengibre fresco, una taza de miel de alfalfa y limones. Salí de la amplia extensión de la turbera cargada de nieve y entré en el bosque de lengas buscando leña seca para mi fuego.
“Mi mano bajó escasamente rozando su espalda entera, sus nalgas, hasta la planta del pie.”
Vi una lenga muy grande caída. Al derrumbarse había quedado apoyada sobre otro árbol robusto. Estaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, es la mejor posición para secarse. Son los árboles que no tocan el piso los que se orean bien. Tendría muchos años de caído, estaba gris, ideal para mis astillas de fuego. Con mi hacha de mano, muy afilada, comencé a limpiar la corteza de la parte inferior, muy protegida, tenia un techo para lluvia y nieve. El tronco estaba seco, sano y muy duro.
“Hurgué en delicias de esperas sus intersticios, llevaba horas de halagos táctiles y caricias.”
Siguiendo sus vetas verticales haché planchuelas anchas y no gruesas. Las guardé dentro de mi campera para que no se mojen con los copos de nieve.
Busqué un apoyo para hachar y hacer astillas. Saqué de mi mochila bolsas de nylon con cierre, de diferentes tamaños, donde guardaría mis tesoros de fuego. Así, fui hachando mis tablas meticulosamente, buscando seis diferentes grosores, separándolas por tamaño. Desde las más finas como agujas, hasta las más gruesas como un lápiz de carpintero. Elegí un lugar de reparo, hice un lecho de ramas gruesas mojadas para sostener el fuego sobre la nieve.
“Sus labios comenzaron a nutrir suaves un íntimo jadeo.”
Junté ramas aéreas de árboles secos en pie para alimentarlo una vez encendido. Había viento y decidí hacer un pozo en la nieve para usar un solo fósforo, protegiéndolo de la corriente. Apoyé en el fondo del hoyo una de las tablas secas y construí sobre ella con cuidado de cirujano mis astillitas, de las más finas a las más gruesas, dejando aire y espacio entre ellas. Cuando arrodillado dentro de él encendí el fósforo y di lumbre a mis astillas, éstas ardieron de una vez, con chasquidos de leñas secas.
“Finalmente mi boca llego a la suya, dulce, empapada, ávida de antojos.”
Una vez las llamas tuvieron fuerza para soportar el viento, agregué palitos y lo retiré sobre la tabla, al lecho de ramas. En mis manos parecía la antorcha de mi ilusión. Así, calenté agua del arroyo e hice un té. El jengibre, en finas rodajas, con miel y limón. Hacer fuego y amor. Es lo mismo, se empieza despacio y se crece con el resuello.
“Supe que su fragilidad igualaba la ternura que mi único fósforo dio a las astillas.”
Mujer y fuego, semejantes en belleza, tiempos, jadeos y chasquidos.
Sí, mi amor, sí.
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