
Mujeres exploradoras
Aunque la cultura las quisiera encerradas, desde el siglo III después de Cristo hay documentos de las damas trotamundos
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Ni los mares ni la tierra habían sido del todo cartografiados cuando un puñado de mujeres se lanzó a descubrirlos por su cuenta. Según la novelista Jane Robinson, en su libro Warway women, fueron alrededor de cuatrocientas las primeras viajeras que dejaron testimonio de sus fabulosas travesías en una serie de ensayos y relatos que, más tarde, les abrieron camino a varias generaciones de científicos y trotamundos. Sin embargo, hasta avanzado el siglo XVIII nadie había ido al rescate de esos valiosos documentos, que llegaron sanos a nuestros días y han cobrado una rozagante vitalidad gracias a que el género todavía ocupa un lugar de privilegio en la literatura. En esa corriente se inscribe la flamante aparición de Viajeras, intrépidas y aventureras, editado por Plaza y Janés, y escrito por la periodista española Cristina Morató que, según reza en su extenso currículum, ha vivido largas temporadas en Guinea Ecuatorial, Senegal y el Zaire, además de conocer al dedillo otros cuarenta países. El libro no pecará de pretencioso, ni excederá lo simpático pero, sin duda, el mérito mayor reside en el profundo trabajo de archivo que a la autora le tomó casi dos años y, que en su conjunto, aporta algo más acerca de la visión femenina del mundo y las cosas en épocas en las que salirse de los moldes suponía ingresar directamente en la categoría de bruja o prostituta.
Por esa razón las hazañas de muchas viajeras permanecieron años en el anonimato. Aunque a la hora de emprender la gesta las movilizaran causas muy diversas, a todas las unió ese deseo de volcar sus talentos y, de paso, escapar a ese destino de segunda que entonces le aguardaba al grueso del género, y tómese por segunda al matrimonio arreglado con un señor que las doblaba en edad o a una existencia sin otro divertimiento que cazar mariposas. Las que pudieron tomar las riendas de su vida llevaron al límite el instinto explorador, o sea, su condición de seres libres, porque -aunque no existía el repelente para mosquitos ni las zapatillas de trekking-, se las ingeniaron para andar solas por geografías feroces, a riesgo de pescar todo tipo de pestes (aún no existían vacunas) o, peor, de terminar violadas y asesinadas en sitios a donde nadie iría por sus huesos. Ni siquiera les temieron a las distancias, que entonces se cubrían a lomo de burro o a pie. Las pioneras, por ejemplo, se lanzaron sin mapa por los cuatro puntos cardinales, siguiendo a tientas una vasta red de caminos que, hasta la caída del Imperio Romano, a finales del siglo IV, comprendían unos 80.000 kilómetros atravesando desde Escocia hasta la Mesopotamia, del Atlántico al Mar Rojo, de los Alpes a los Balcanes y del Danubio al Sahara, pasando por Tierra Santa, el sitio predilecto de las más devotas.
La primera en llegar hasta allí fue Egeira, una abadesa gallega, culta y buena moza, que partió de España en el año 381 y arribó, seguramente exhausta, en 384. Las cartas en latín que durante el trayecto les envió a sus compañeras de orden conformaron luego -traducidas- el primer libro de viaje escrito en lengua española. Tras sus pasos partieron centenares de religiosas y fanáticas. Eso acabó en la Edad Media cuando los clérigos decidieron que las damas debían viajar acompañadas por un séquito de servidores y encerradas en literas cubiertas por cortinas, cosa de no extraviar la decencia en el trayecto. Claro que hubo excepciones a la regla. El caso más extravagante fue el de la inglesa Maguery Kempe, un ama de casa robusta y analfabeta que en 1413 dejó marido y trece hijos para embarcarse sola hacia los parajes bíblicos. Nada le fue sencillo a esta pobre señora que, a pesar de su ignorancia, escribió la primera autobiografía de viajes en inglés: ya antes de subir, el capitán le había advertido que en caso de tempestad la tiraría por la borda, junto con toda la carga, para aliviar el peso de la nave.
Los hombres encuentran América, y unas 20.000 mujeres se embarcan para acompañarlos, o simplemente cambiar de aires. Es cuando los mares se pueblan de piratas, y de piratas con pollera. Cuenta la leyenda que el terror de los océanos orientales fue una china malísima llamada Ching, viuda y capitana de una flota de sesenta navíos con los que montó una red de espionaje para atacar barcos comerciales. Era tan brava que, en 1809, destruyó la flota imperial encargada de perseguirla, e incluso provocó el suicidio del almirante. Al final se rindió, y se supo que terminó dirigiendo una importante empresa de contrabando de opio.
Más tarde, la literatura avivó los misterios de Africa y Asia Menor, que calaron hondo en la imaginación de la Inglaterra victoriana, gobernada entonces por la inefable reina Victoria, cuya estricta moral, claro, no alcanzó a todas sus congéneres. Por el contrario, es en su órbita que aparecen las trotamundos más despabiladas y valientes. Estas viajeras ya no salían sin una organización previa. Al contrario, pasaban meses investigando en las bibliotecas y, a la hora de acampar en la selva, no les faltaba ni una vitualla. De regreso eran el centro de atracción de los salones literarios, y las sociedades científicas les otorgaban un lugar de privilegio en sus reuniones, donde ofrecían conferencias con mapas y colecciones de insectos, plantas o pinturas descriptivas de los sitios que descubrían. Como el transporte se había sofisticado bastante y a ellas les sobraba el tiempo, algunas se dieron el lujo de trasladarse con la bañera de zinc y el servicio completo para el té, y llegaron, en todo sentido, más lejos que sus antecesoras. Valga mencionar a Ida Pfeiffer, una austríaca de pésima salud y muy mal carácter, que decidió abandonar la seguridad hogareña a los 45 y no volver hasta haber dado dos veces la vuelta al mundo en solitario. Sus libros y relatos causaron estupor entre los naturalistas contemporáneos, y hasta fue elegida miembro honorario de la Sociedad Geográfica de París, cargo hasta entonces proscripto para el sexo femenino. Pero ella se lo merecía: llegó a Tierra Santa, Turquía y Egipto. Luego partió al Polo Norte, visitando Islandia y Escandinavia. De ahí al Cabo de Hornos, pasando por China, India y Ceilán, donde se apeó un año para reponer energías. En 1848 puso proa rumbo a Persia y Mesopotamia. El rey de Francia le dio una medalla de oro y el gobierno de Austria, una suma de dinero bastante abultada que Pfeiffer invirtió en el segundo viaje. Esta vez zarpó directo al Cabo de Buena Esperanza, Singapur, Borneo y Sumatra, sitios que desde siempre deseaba conocer. Y nadie sabe todavía cómo lo logró, pero convivió seis meses con las tribus de los dayaks, en Borneo, cuyo principal entretenimiento consistía en cortarles la cabeza a los desconocidos. También hizo una breve incursión a los bataks, unos antropófagos ortodoxos que poco antes de su visita se habían almorzado a dos misioneros y cuatro enviados del gobierno. Según escribió en su diario, los desnudos no la espantaban tanto como la mala educación de los nativos, y lo único por lo que admite haber sido intimidada es por los piojos, los mosquitos y el paludismo, que la obligó a permanecer un mes en cama. Era de esperar que una mujer así volviera exultante a su patria. Sus colecciones engrosaron el patrimonio de los museos vieneses y por su abnegada labor el gobierno le otorgó una pensión vitalicia que gastó en viajar hasta el final de sus días.
Pero tal vez la más simpática e interesante de todas estas mujeres que Morató describe en su libro, fue la inglesa Mary Kingsley. Nació en 1862 y era hija de un médico y naturalista dueño de una biblioteca cargada de atlas, ensayos científicos y relatos de viejos exploradores, que influyeron decisivamente en su educación. Cuando quedó huérfana (a los 30 años) sabía latín, física, química y alemán, además de conocer de memoria los mapas y las etnias del continente negro, cosa que la decidió a continuar con los estudios de religiones tribales y la historia de los trópicos que su padre había iniciado.
Dos veces se internó en Africa. La primera, en 1873, fue con la intención de recolectar peces y escarabajos para el Museo Británico. Durante la travesía soportó con humor las dificultades de la selva, y se atuvo con naturalidad a las costumbres del pueblo anfitrión: dormía al aire libre, comía carne de mono, orugas y hormigas, andaba cargada de frasquitos llenos de bichos raros y, salvo la almohada y el té, todo le resultaba prescindible.
Sus faldas vaporosas (se resistió a usar pantalones, lo que está bien para Londres lo estará para los nativos, dictaminó) le amortiguaron la caída en un foso profundo. También estuvo a un tris de que un cocodrilo le masticara la pierna mientras atrapaba un pez en un pantano; y en medio de una navegación, cuando un tremendo hipopótamo apareció bajo su bote, sacó la sombrilla y se puso a rascarle detrás las orejas: ¡No te abandonaremos, gordito!, lo tranquilizó.
En Londres fue recibida como una gran etnóloga. Había escrito artículos periódicos y publicado uno de los libros más leídos de su tiempo: Travels in West Africa fue editado cuatro veces, hecho que le valió la amistad de Rudyard Kipling. En su honor, el Museo Británico bautizó un pez con el nombre de Alestes kingsleyae, cosa que la llenó de alegría antes de morir, a los 39 años y en Sudáfrica, donde se había convertido en una ferviente defensora de la cultura negra. La misma actitud tomaron otras tantas mujeres vinculadas con el viaje y la investigación científica, como Amelia Edwards en Egipto, Gertrude Bell en Irak o lady Anne Blunt en la Península Arábiga, sin olvidar las antropólogas del siglo pasado, y las que hoy trabajan desde el anonimato, con la misma pasión.






