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Pudo haber sido el Mundial de Lionel Messi, que cumplió 23 años durante la competencia y venía de ganar su primer Balón de Oro en 2009. Pero fue el Mundial de Maradona, que se había dejado crecer una barba entrecana que, combinada con un set de trajes color plata oscuro, le daba un aspecto distinguido de narco caribeño. Fue el Mundial de Maradona porque una enorme cantidad de argentinos queríamos verlo ganar otra Copa.
Era la restauración imposible de un orden perdido, una fantasía irresistible que brotó después del fracaso del Coco Basile en el cargo y de que Martín Palermo (¡Martín Palermo!) nos asegurase la clasificación con un gol agónico contra Perú, cuyo festejo bajo la lluvia fue el mejor aviso de Quilmes jamás filmado. Sudáfrica era la vuelta a esa tierra prometida, conquistada y finalmente arrebatada en la larga epopeya del Diez: el hábitat mundialista.
Una breve digresión autobiográfica. El primer Mundial del que tengo memoria es México 86. La película que más veces vi en mi vida fue Héroes, un VHS que ponía una y otra vez al volver de la escuela. Sin embargo, el Mundial que viví más apasionadamente fue Italia 90, a mis 12 años.
Poco después de la final perdida contra Alemania, llevé dos fotos de Maradona a una sucursal de Taller 4 y me hice estampar una remera: en el frente hay una foto de Diego a comienzos de los ochenta, gritando un gol para la selección con su salto característico, y en la espalda está el momento clásico en que toca la pelota con la zurda –lengua afuera, contorsión de ballet– para poner el 1 a 1 contra Italia en la primera ronda de México (ya no uso esa remera, pero sobrevive a las purgas en la parte alta del placard).
Nunca pude ser objetivo con Maradona. No soy fan de sus latiguillos ni de sus devaneos políticos, pero lloré en la primera entrega de La noche del 10, y creo que con eso lo digo todo.
Desde un punto de vista lógico, no había dudas de que su ciclo iba a terminar mal. Si tu entrenador sale gritando que se la chupen después de alcanzar un objetivo básico (la clasificación al Mundial) y luego lo repite en la conferencia de prensa con la serenidad de quien refuerza un concepto ("que la sigan chupando"), sabés que estás en manos de la suerte.
Cuando empezó el Mundial, sin embargo, opté por acallar mi racionalidad futbolera. Estaba claro que la fórmula Maradona-Mancuso, con un vencido Bilardo en la mediasombra y un Ruggeri en el rol de consigliere díscolo, era un esquema desgraciado. Pero lo veía a Diego al borde de la línea de cal y se me ocurría que era la mejor forma de perder un Mundial que de todas maneras perderíamos; ganarlo de la mano de Maradona, en cambio, habría convertido el triunfo deportivo en algo más grande, en un momento de felicidad real. Por mucho que disfrute ver jugar a Messi, a Agüero o a Carlitos Tevez, ninguno de ellos representa algo sustancial en mi vida.
Maradona encarna algo que tiene que ver con la infancia, pero también con la emoción estética y el poder innegable del mito. No es casual que el gol argentino más gritado del Mundial de Sudáfrica haya sido el de Palermo contra Grecia, en un partido que no definía nada, porque era un gol hecho a medias con Maradona, que había decidido llevar a un tipo que apenas podía correr. Por esos días, Diego fue otra vez el genio del fútbol mundial. En el diario inglés The Guardian, el columnista Richard Williams hablaba del "manejo humano inteligente" que podía llevar a la Selección Argentina a ganar su tercera Copa FIFA.
Estoy seguro de que, a un nivel consciente, hizo lo que pudo para que Messi brillara. En ese partido contra Grecia, toma la decisión de sacar al 10 para preservarlo. Messi, afianzado en la conducción pero con el arco cerrado (adivinen cuándo fue la última vez que el rosarino estuvo cinco partidos seguidos sin convertir), le dice "no me saques" (¿se lo ordena?) y Maradona acata con un gesto de calma similar al que le hizo a Caniggia antes de habilitarlo para el gol contra Nigeria en el 94.Sin embargo, en un lugar más profundo, había algo de la energía maradoniana que neutralizaba la de Messi. Eran dos fuerzas demasiado grandes y parejas, de algún modo incompatibles. Después de la primera ronda, los problemas tácticos quedaron al descubierto: le ganamos 3 a 1 a México jugando mal y fuimos aplastados por los alemanes en cuartos, con un equipo que prácticamente negaba la idea de mediocampo, con Mascherano como único contenedor (el infame eslogan "Mascherano + 10" tuvo aquí su profecía autocumplida) y un Messi impotente. Fue triste como toda eliminación, pero fue un poco más triste porque sabíamos que era la última vez de Diego en los mundiales, al menos trabajando para nosotros.










