
Muralismo contemporáneo
Einstein de colores. Einstein de colores en una bici. Einstein de colores en una bici en Rua Oscar Freire. Einstein de colores en una bici en Rua Oscar Freire develando la fórmula del amor.
Estoy en San Pablo, en una de sus calles más fashionistas, parada frente a los 15 metros de altura del último mural de Kobra.
Cuando recibí los #muylomás de esta ciudad de 11 millones de habitantes, este artista y el circuito de graffitis Beco do Batman, que colorea toda Vila Madalena, aparecía en el top 5.
Kobra es uno de los artistas latinos con mayor cantidad de murales en el mundo. Su sello híper realista, lleno de color y geometría, lo hace reconocible en cualquier muro del mundo. "Siempre intento contar algo importante, el mural es para todos", dice Kobra en una entrevista después de los seis días que le llevo terminarlo.
Pensar el muro como soporte del relato social me lleva –sin escalas– a mis clases de muralismo mexicano, este movimiento artístico que surgiera en los años 20 con el fin de educar a la población sobre la revolución y la identidad mexicana.
La visión del arte que profesaba Diego Rivera no se extinguió, se transformó. Muralistas que recorren el mundo pintando convocados por gobiernos y festivales que sponsorean el arte efímero que llena de contenido los muros de la ciudad. Galerías y recorridos turísticos especializados en artistas urbanos, identidades estéticas que trascienden el tiempo y el espacio multiplicándose digitalmente.
Un código artístico que hoy es atravesado por la globalización, el diseño gráfico, el hip hop y el comic en su estética y contenido. Bansky, Escif, Gualicho, Etam Cru, BluBlu, El Marian y Aryz son algunos de los paladines talentosos que han logrado correr el eje de la mera transgresión e ilegalidad del graffiti y recuperar la expresión inclusiva y colectiva que define al muralismo contemporáneo.
El arte los necesita, sin ellos no podría cumplir con su vocación.





