Nacho Iraola:"Soy como el psicólogo de los escritores"

Empezó como cadete a los 18 y hoy es director del Grupo Editorial Planeta; a días de la Feria del Libro, comparte su experiencia como editor
Violeta Gorodischer
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19 de abril de 2014  

Tal vez por su altura, sus rulos despeinados, cierta postura desgarbada y ese aire roquero que tiene al moverse, hubo una época -no tan lejana- en que a Nacho Iraola, actual director editorial del Grupo Planeta para el Cono Sur, solían confundirlo con Andrés Calamaro. "Una vez un tipo me paró en la Costanera Sur para que le firme un autógrafo a la hija. Le dije loco, si fuera Calamaro no estaría acá comiéndome un chori", cuenta entre risas. Impecable con su camisa roja y el saco color arena, apoya sobre la mesa el bolsito negro que trae de yoga y admite que es su cable a tierra en plenos preparativos para la Feria del Libro, el momento más demandante del año para el editor de un mega grupo editorial.

Su derrotero es lo más parecido al "sueño del pibe" en clave cultural: empezó como cadete del director cuando era un estudiante de periodismo de 18 años, y a los 21 ya era jefe de prensa. De ahí pasó a gerente de marketing, luego a director editorial y finalmente al puesto que hoy, a sus 42, ocupa con soltura, aunque implique lidiar con una casilla siempre colapsada de mails, llamadas de escritores a las dos de la mañana, reuniones eternas y un nivel de demanda que no siempre es tan fácil de manejar.

-Ésta será tu Feria número 21. ¿Cómo viene la previa?

-A nivel personal pega fuerte siempre porque es un desgaste. Las presentaciones implican ir a comer y acostarte muy tarde todos los días, es mucho desgaste físico, en paralelo al desgaste mental de lidiar con determinados egos: para los autores, la culpa de todo lo malo siempre es del editor.

-¿Podés manejar eso?

-Yo no puedo poner nunca mi ego por sobre el ego de un autor, porque lo tengo que bajar, calmarlo. Es muy endeble la psiquis de un escritor: una crítica negativa lo puede poner mal, la sobreexpectativa de venta, si no se ajusta a la realidad, también. O sea, soy como el psicólogo de los escritores [risas]. Pero estoy todo el tiempo corriendo de atrás, eh; nunca vas a poder satisfacer plenamente a un autor, están demandando constantemente con un aliado horrible que es el mail.

-¿Cuántos recibís por día?

-Me levanto y tengo la casilla en rojo, todos los días de mi vida. Trato de responder lo que puedo, pero en un punto te rendís. Sobre todo con esos profesionales del mail que te mandan un attach con la novela y al día siguiente te preguntan si la leíste. Es un poco demandante?Por eso no estoy en redes sociales, no tengo ni mail personal. La relación entre editor y autor genera una sensación de cercanía, de confianza, incluso de amistad. Entonces te mandan un mensaje a las diez de la noche, te llaman un domingo. ¡Tengo autores que me llaman a las dos de la mañana porque son insomnes!

-Entraste a Planeta a los 18, como cadete. ¿Te costó relacionarte con los escritores?

-El que me puso como asistente de prensa fue Juan Forn, que era editor. Y vía Forn pasaban por la editorial Rodrigo Fresán, Guille Saccomanno, Marcelo Figueras. Teníamos almuerzos y ellos me iban formateando las lecturas, lo mismo que Paula Pérez Alonso, Pula Pico Estrada . Todo me servía para desacralizar a la literatura. Me enseñaron a tratarlos de igual a igual, con respeto. Con Viñas me pasó algo gracioso: él tenía fama de peleador y yo no lo tuteaba. Y un día se despidió, me miró muy mal y me preguntó: ¿nosotros cómo quedamos?No sé David, seguimos trabajando, le dije. No, no, no: ¿nos tuteamos o no?, me dijo [risas]. Otro que me ayudó fue Fernando Pérez Morales, librero de San Isidro, quien con las charlas y asados en La boutique del libro descontracturaba todo. Después empecé a laburar con Alberto Díaz, y él me dio acceso a Saer, Gelman, Benedetti.

-¿Los habías leído a todos?

-Yo era chico, escuchaba que hablaban de un libro, decía que lo había leído y salía corriendo a comprarlo. Siempre con esa cosa de rioba, de sí, sí, sé todo, y después a la noche leyéndote el libro para comentarlo al otro día. Así fui desacartonando. Saer para mí era La Pléyade y en realidad era un atorrantón simpático que no hablaba de libros sino de asados, de mujeres, de dónde ir a comer, a chupar, a comer quesos.

-¿Hoy se lee menos literatura?

- No, creo que tiene mayor peso visual lo que no es literatura: ensayos, libros de denuncia o mediáticos. Pero hay muchas editoriales que están laburando lo literario, incluso nosotros, desde Emecé y Seix Bairral. Sí es cierto que venden los grandes tanques globales, Grey, o Don Brown, pero aún así se publica literatura, y buena.

-¿Y cuál fue el best seller que más te sorprendió?

-Lo de Grey no lo puedo entender. Es una novela que tiene que ver con el sexo y no hay sexo hasta la página 100. Esas 100 páginas, ¿cómo las fue llevando? De los bombazos que me divierten, en cambio, me parece increíble lo que pasó con Rolón: de haberle publicado el primer libro a haberle publicado cinco, me parece alucinante. Es el escritor más vendido de Argentina, 700.000 libros.

-¿Cómo reaccionás frente a quienes critican que haya libros en el supermercado?

-La realidad es que Planeta es una empresa. El mercado editorial tiene algo bueno y algo malo: lo malo es que no crece, lo bueno es que no se achica. Nosotros queremos hacerlo crecer. Todo lugar donde puedas poner libros que lleguen a lectores que no estaban contemplados, como un supermercado o un quiosco, está perfecto. Se acabó la editorial para filántropos. En una época me afectaba el prejuicio ajeno, pero ahora no. Es bastante snob pensar que el libro es para pocos. El libro tiene que estar en todos lados para que esté en una casa: desacralizar los libros es bueno.

-Si pudieras elegir, ¿qué libros te hubiera gustado publicar?

-Mis dos libros preferidos: A sangre fría, de Truman Capote y La conjura de los necios, de Toole. No sé si hubiera querido ser amigote de los autores, ¡me hubiera dado miedo lo que podrían decir de mí! El único contacto que tuve con un autor del que soy fan fue en Francfort, donde conocí a Bret Easton Ellis. Tomé una copa con él diez minutos. Pero la verdad es que te paraliza conocer esos figurones que admirás. Debe ser difícil conocer a tu ídolo porque podés quedar como un tarado.

-¿Qué opinás del e-book?

-Estuvo sobrevalorado, no va a ser el fin del libro. Hay que estar preparados para ese formato, pero donde más creció, en los Estados Unidos, tomó el 20% del mercado y se quedó parado desde hace dos años. Igual insisto: no importa cómo, lo importante es que la gente lea.

El trago para una noche corta

Ahora, mientras desayuna en el coqueto Tea Connection de Federico Lacroze, Nacho elige un jugo y un café con leche bien cargado. Para la noche, en cambio, tiene un criterio del que no suele moverse: "Si es una noche corta tomo Negroni, que es mi trago favorito, pero pasados los cuatro no te deja caminar. Si es una noche larga, tomo Fernet, que te va acompañando de una manera más tranquila".

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