
Nadine de Rothschild: la baronesa de la sonrisa
En Francia y buena parte de Europa, su nombre es sinónimo de aristocracia. En los últimos 22 años publicó 14 novelas y ahora, junto a su hijo Benjamín, creó una bodega en Mendoza
1 minuto de lectura'
PARIS.– Nadine de Rothschild se define como la public relation del vino, pero está claro que eso es sólo una faceta de sus actividades dentro de la familia Rothschild. Además de ocuparse del Chalet du Mont d’Arbois, en Megève (Alpes) y de las obras de caridad de la familia, organiza una universidad del savoir vivre en Ginebra y escribe novelas. Su primera obra, la autobiografía La baronesa llega a las 5 (1984), fue un éxito editorial rotundo y desde entonces lleva publicadas 14 novelas.
Es que no le faltan cosas para contar: nacida en una familia humilde, Nadine Lhopitalier era actriz cuando conoció al barón Edmond, con quien compartió 40 años de matrimonio.
A principios de marzo, visitó la Argentina, para la inauguración de la bodega Flechas de los Andes, que su hijo Benjamín creó en Vistaflores, Mendoza, al pie de los Andes, asociado con el industrial francés Laurent Dassault. Se trata de un proyecto que aplica los conocimientos y la tecnología acumulados durante siglos de tradición vitivinícola en Francia para producir vinos de gran calidad en este país.
Con una sonrisa radiante bajo un turbante, ¿quién no conoce en Francia a "Madame la Baronne"?
–¿Cuál es su papel en Flecha de los Andes?
–Soy la identidad que está detrás del producto. Hoy hay muchas compañías de seguros que compran propiedades y cada dos o tres años cambian de director; no queda nadie, no hay identidad. Lo mismo sucede con las casas de alta costura: estaban Mlle. Chanel, Mme. Schiaparelli, Elisabeth Arden o Estée Lauder, que eran imágenes representando un producto. Ya no hay más que modelos. En las viñas pasa un poco lo mismo. Muchos son industriales, pero no existe la figura legendaria que representa lo que se vende. Tanto para Château Clarke como para todos los otros vinos (salvo Château Laffite, porque de ése es Eric de Rothschild quien se ocupa) soy la identidad que respalda. Por eso viajo a todos lados para hacer la promoción de mis vinos. Esta vez lo hago en la Argentina.
–¿Cuál fue la última vez que estuvo allí?
–En 1954. Me llevó el amor: estaba enamorada de un banquero. Dimos una vuelta al mundo y paramos en Buenos Aires, porque mi novio tenía un banco allí.
–De modo que siempre soñó con los banqueros...
–Son ellos los que lo hacían con mi personalidad, lo que representaba. Nunca una mujer elige a un hombre rico, pues él es el que tiene todo a su alcance.
–¿Por qué decidió invertir en la Argentina?
–Porque pienso que es el lugar donde hay que estar hoy. Aunque los que siguen la moda dirían "Sudáfrica o Kenya". Si puede invertirse, considero –mi hijo lo hizo junto con Laurent Dassault– que hay que hacerlo en la Argentina.
–¿Qué sabe de la Argentina?
–Viví con muchas amigas argentinas. Han tenido presencia en mi vida y una trayectoria en la vida social internacional. De 1954 a 1975, junto con las brasileñas eran las más elegantes del mundo. Había un refinamiento, un savoir vivre, y una alegría también en su manera de vestirse. Todas vestían en Givenchy. Representaban la femineidad.
–¿La llaman habitualmente "señora baronesa"?
–No, me llaman señora. "Señora baronesa" me llama el personal. O me presentan como baronesa Edmond Rothschild o señora Nadine…
–¿A qué dedica su tiempo ahora?
–Entré en un dominio popular: la escritura. En 1982, a pedido de mi marido, tuve la suerte de escribir La baronesa vuelve a las 5. Alcanzó un gran éxito porque contaba la vida de una joven mujer, de un medio modesto, que llegaba al súmmum casándose con un Rothschild. Hizo que millones de mujeres soñaran que podían acceder a algo que anhelaban. Y tuve la suerte de seguir escribiendo: publico un libro cada año o año y medio.
–¿Fue a pedido de su marido?
–Sí, porque había entrado en la Editorial Hachette como administrador y Daniel Filipachi le dijo: "Tu mujer tiene una vida extraordinaria, ¿por qué no la cuenta?". Y arranqué con esa historia. Escribí también el best seller Le savoir vivre, que se convertirá en una escuela. Ahora abro una en Ginebra sobre la mujer y la elegancia, y lo que debe saberse para acceder a ciertos círculos.
–¿Qué cree que tiene para transmitir?
–Primero, ese savoir vivre, porque lo aprendí, no nací con eso. Mucha gente hizo buenos negocios, pero no tiene la educación indispensable para acceder a ciertos salones.
–Usted, ¿cómo aprendió?
–Es lo más difícil, porque es sin parar; se lleva adentro. Hay dos cosas que entendí: una, que no estaba en el ámbito donde quería y, otra, cómo funcionaban los hombres. Luego me dije: "¿Por qué no? Voy a hacer de mi vida una consagración al hombre que elija, porque lo habré estudiado y sabré qué le complace, le disgusta y espera de mí".
–¿No es un razonamiento al estilo de una geisha?
–Completamente, y lo reivindico. Siempre le dije que "sí" a mi marido, pero hice lo que quería (risas).
–Cuenta que el día antes de su boda él llegó a las 4 de la mañana.
–Sí (risas)... porque así son los hombres. Las mujeres lo saben y después se divorcian por la misma razón. Hoy es casi una obligación conocer al hombre con el que se compartirá parte de la vida y que será padre de los hijos. ¿Por qué darse cuenta después del casamiento de que no es lo que se quería? Se tienen hijos y, al divorciarse, se los pasa a otro señor que les dará una educación diferente de la de su padre. Respecto de mi marido, sabía que tenía un soltero de por vida. Dije "sí" al casamiento, así que me correspondía asumirlo a mí, no a él.
–¿Nunca fue a ver a un psicólogo?
–No, gracias, yo le daría las lecciones... Soy vendedora, no compradora (risas).
–Usted tuvo esa necesidad de transmitir.
–Cuando uno escribe, recibe cartas con muchas preguntas. Por eso me decidí a hacer esa escuela. Tras aquel exitoso libro, muchas mujeres abrieron escuelas y me dije que por qué no yo, que era el origen de todo eso.
–¿Cómo será esa escuela?
–No será exactamente una escuela, sino una gran boutique con un salón muy agradable. La mujer podrá ponerse en una situación de recibir, aprenderá a instalar una linda mesa y a hacer una presentación. Si no hay buen ambiente, no puede aportar lo que quiere, ese charme, una habitación con feminidad. Yo lo hice como si fuera mi propia atmósfera; eso transmitiré. También haré cursos de enología e historia del arte. En mi caso, no tenía educación literaria, hasta que alguien me dijo: "Tenés que leer estos 15 libros. También hay 15 obras musicales y grandes pintores que debes conocer". Arranqué con eso. Muchas mujeres no lo saben, y es lo que les quiero aportar.
–¿Usted dará esos cursos?
–Algunos; pero no todos, porque tengo demasiado trabajo.
–¿Recurre a la cirugía estética?
–No digo que no, pero creo que todavía tengo tiempo... Tengo suerte de no tener la cara muy arrugada. Cuando un señor la mira es porque se corresponde con lo que él busca. Para qué hacerse cirugía estética si es, en definitiva, para jugar con algo que no es verdad.
–¿Cuál es su estilo de vida para mantenerse bien y sana?
–No bebo, no fumo. Antes era muy deportista: fui la primera mujer "carabina" en Austria, gran fusil y cazadora. Nado todos los días, cuando puedo. Pero atención: subí de peso, y lo acepté. Tengo una filosofía que me ayuda a no dar tanta relevancia a lo que me molesta cuando no es importante. Me gusta la gente feliz cerca de mí.
–¿Existe una receta para la felicidad?
–No, porque no existe. Hay flashes, momentos. Cuando uno conoce al hombre de su vida, se dice "es maravilloso, es la felicidad", pero llega con problemas, que habrá que resolver entre los dos. Ya no es "la" felicidad. Son flashes, pero hay que saber aprovecharlos. Muchas mujeres tuvieron matrimonios extraordinarios, con hombres poderosos, y no aguantaron más de 5 o 10 años. Yo tuve un casamiento de 40 años. Pienso que hay que tener ciertas cualidades y abnegación frente a muchas cosas. Es parte de la felicidad, pero hay que saber hacerlo.
–¿Qué hace cotidianamente?
–Me despierto siempre a las 4 y media de la mañana. Me gusta trabajar de noche en mis libros y ver el amanecer; me da energía. Cuando estoy en el campo, disfruto caminando por el rocío, a las 5, y después volver a dormir un poco más.
–¿Qué consejo les daría a las chicas jóvenes?
–Sólo que sean femeninas, con charme, y que sonrían. No hay ningún hombre que se resista a una sonrisa. Ellos detestan la agresividad, la mujer que sabe todo. Si quieren halagarlos, háblenles: estarán encantados y luego interesados; tendrán lo que quieran.
–¿Alguna vez su marido la veía sin que estuviera arreglada?
–Cuando estuvo enfermo. Necesitaba muchos cuidados. Pero durante 30 años cenamos cada día él en smoking y yo con vestido largo, incluso si estábamos solos en Africa, en una carpa. Creo que era una costumbre inglesa. Era muy placentero. Aún hoy, si estoy sola, me pongo una djellabah.
–¿Como resolvió el tema de la diferencia de religión entre usted y su marido?
–Desde chica fui educada en el catolicismo, aunque no era practicante. Cuando me casé, mi marido no me lo pidió, pero me di cuenta de que iba a formar parte de la comunidad judía. Entonces, pensé que era importante tener las bases de esa religión. Decidí estudiar dos años con una estudiante de teología y, más tarde, el gran rabino de Francia me convirtió al judaísmo, aunque no podía contarle que cambiaba de religión porque me casaba con un hombre judío y rico. Luego di un examen difícil sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ahora, cuando se habla de una judía en la familia Rothschild se habla de mí.
–¿Es parte de esa comunidad, hace donaciones, va a Israel?
–Tenemos fundaciones en varios lugares. Por ejemplo, pensiones para niños en zonas difíciles cercanas a París. Originariamente eran sólo para judíos, pero ahora hay también musulmanes y católicos. Cuando uno tiene la suerte de llamarse Rothschild, tiene que hacer algo por los demás.
Sabores de lujo
La baronesa Nadine de Rothschild, junto con su hijo Benjamín, en sociedad con Laurent Dassault, abrió en marzo de este año, en Mendoza, la bodega Flechas de los Andes. El emprendimiento forma parte de la empresa Clos de los Siete. Este nombre denomina a siete fincas del departamento de Tunuyán, al sur de la capital mendocina. Por otra parte, los barones de Rothschild son propietarios del Château Laffite Rothschild, una de las bodegas de lujo más importantes del mundo. Es conocido que un vino de la baronesa, en un hotel cinco estrellas de Europa o de los Estados Unidos, cuesta más de US$ 500.






