Nariz operada

Ana María Shua
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8 de febrero de 2009  

Esta historia que voy a contar no la pedí prestada, no la inventé, no la robé. Es la historia de lo que me pasó a mí, la autora de este libro, cuando en el año 1968 decidí ope­rarme la nariz.

Yo tenía dieciséis años, un novio que me venía durando desde los trece y una nariz grande, ganchuda y jorobada. Novio y nariz eran parte de un mismo malestar.

Me sentía muy fea. Hay que tener intensamen­te trece, catorce, quince años para saber lo que signi­fica sentirse muy fea. Es una sensación que no volverá nunca, ni siquie­ra con la auténtica fealdad de la vejez. Una vieja se compa­ra con las otras viejas. Una jovencita se compara con las otras jovencitas y sabe que todas, absoluta­mente todas, incluso las que no lo saben, son más lindas que ella.

Fea y desahuciada.

Vivía en esa época en la esquina de Riglos y Rosario. El viaje entre mi casa y el colegio lo hacía en el subte A. Eran vagones antiguos, con muchos espejos, en los que me miraba de reojo.

Quien se mira siempre de reojo, se ve siempre de perfil.

A veces, en el viaje, conversaba con alguno de mis compa­ñeros, y de pronto, sin quererlo, me veía a mí misma en uno de los espejos. A quién le puede inte­resar lo que decís con esa cara, pensaba, desolada. Por qué no te callás, mejor, con esa cara. Y me calla­ba.

Quiero decir, con esa nariz, con esa cara, ¿para qué peinarme? ¿Para qué ponerme la minifalda o los primeros zapa­tos de taco alto? Con esa nariz, con esa cara ¿para qué vivir?

Salía con Sergio desde hacía dos años. Me quería, y eso lo volvía despreciable. Sólo un hombre que no tenía éxito con las muje­res podía confor­marse con una novia tan fea.

Sergio era mi última oportu­nidad. Nadie quiere a su última oportunidad. Uno se limita a aga­rrarla fuerte y tratar de que no se le escape. Los adul­tos te dicen, cuando tenés esa edad, que tenés toda la vida por delante. Pero no es cierto.

Mi novio estaba en contra de la operación, pero mamá estaba a favor. Qué espantosa debía ser mi cara, pensaba yo entonces, para que no le gustara ni a mi propia madre.

Los adolescentes arrastran todavía parte de la inocen­cia sin piedad de la infancia: mis compa­ñeros del secundario me decían "Pingüino".

El gran defensor de mi nariz, además de Sergio, era mi padre, que insistía en alabar mi cara de turca. Pero era una causa perdida.

Para operarse de la nariz, conviene asegurarse de que dejó de crecer. Eso sucede alrededor de los diecisiete años. Yo contaba los días, las horas, los minutos.

Dos meses antes de cumplir los diecisiete hicimos la primera consulta con un cirujano famoso. Era un hombre de cierta edad, con el pelo entre­ca­no y un bigote de los que trans­miten seguridad y tradición. Nos dio una mano enérgica, confiable. Habló con nosotras durante cinco minu­tos.

-¡Qué preciosa carita! -dijo mirándome- ¡Qué ojos! Lástima la nariz, por supuesto. Mire esto.

El médico hablaba con mi madre sin dirigirse a mí en ningún momento. Con un dedo índice de cada mano formó un ángulo que, superpuesto a mi nariz, tapaba la joroba y el gancho y la devolvía a proporciones dignas de una tapa de revista. Se convi­no en que la operación sería con anestesia total, en su con­sultorio. No hacía falta internación. Des­pués nos dio hora para la semana si­guiente y eso fue todo.

En diez minutos se había decidido, casi sin hablar conmi­go, mi cara, mi vida, mi destino.

Una repentina necesidad de ser honesta me hizo romper mi relación con Sergio antes de la cirugía. Dolió. Llora­mos, nos despedimos, y nos separamos lasti­mados.

El día señalado papá me acompañó también, a pesar de que no estaba de acuerdo con mi decisión. En la sala de espera conversamos con una chica peruana cuya herma­na estaba en el quirófano en ese mismo momento. Me hicie­ron pasar a una salita con dos camillas. Detrás de un biombo me esperaba una bata verde.

-Para que no te manches la ropa con sangre -me explicó la enferme­ra.

Mamá estuvo conmigo hasta la inyección de anestesia. A las dos nos llamó la atención que la peruana no hubiera salido todavía de la sala de operaciones cuando vinieron a buscarme a mí.

Me acosté en la camilla. Mamá me tenía de la mano. El anestesista preparó la inyección.

-Cuando te empiece a pasar la anestesia, contá hasta diez en voz alta -me dijo.

Me clavó la aguja en la vena. Yo dije uno, dije dos y sentí que una oleada de oscuridad subía rápidamente, como una inundación, desde los pies hacia arriba. El negro abso­luto llegó a mi cabeza antes de que alcanzara a decir tres.

A continuación me desperté, mamá seguía teniéndome de la mano y todo parecía igual, sólo que tenía una sensa­ción rara en la cara y respiraba por la boca. Me hicieron sentar despacio. Antes de mirarme al espejo me toqué la cara venda­da, que estaba empezando a hincharse.

En la otra camilla había una chica con un yeso en la nariz, un vendaje que lo sostenía y los ojos más hinchados que los míos. Seguía dormi­da. La enfermera trató de desper­tarla sacudién­dola y gol­peándola en los brazos. En ese momento entró el aneste­sista.

-Que duerma un rato más la peruanita. Le tuve que dar bastan­te -le dijo a la enfermera-.Una chica tan linda. Por suerte para nosotros las mujeres nunca están contentas con su cara.

Media hora después, la chica peruana todavía no se había despertado y se percibía cierta alarma en el aire. La herma­na había entrado y la llamaba por su nombre, mien­tras el anestesista y la enfermera hacían distintas manio­bras para volverla en sí, como moverle suavemente la cabeza de un lado al otro, golpearle los brazos o tratar de incorporarla.

Su cara, ahora, se había hinchado monstruosamente. Los ojos desaparecían debajo de los párpados llenos de sangre. La miré un poco impresionada: así iba a estar yo misma muy pronto.

En cuanto se aseguró de que su hija estaba bien, mamá se acercó a la otra camilla y se puso a conversar con la herma­na de la peruanita operada, que parecía estar entrando en pánico.

Así nos enteramos de su historia. Alelí (el nombre es ridículo pero verdadero) tenía diecinueve años y estaba a punto de casarse. Había venido de Lima a Buenos Aires con su hermana Mariela para comprar su traje de novia y su ajuar. Una vez acá, había tomado la decisión de hacerse una estéti­ca de nariz.

La historia parecía disparatada, pero no lo era. Este cirujano plástico argentino se había puesto de moda en cierto círculo de la alta sociedad peruana. En esa época, en ese grupo social, venir desde Lima a com­prarse ropa a Buenos Aires era relati­vamente común. La decisión no había sido tan precipitada y espontánea como nos contaron al principio. Alelí había pla­neado su operación rigu­rosamente y en secreto porque sus padres y su novio se opo­nían.

En Buenos Aires, el cirujano las había conven­cido de que la cirugía estética era una intervención sencillísima: no habría internación, volverían ese mismo día a la habita­ción del hotel, podrían tomar el avión de vuelta a Lima una semana después sin ningún problema.

No les había dicho, en cambio, que se le iba a hinchar la cara, que tendría durante mucho tiempo enormes moretones debajo de los ojos... y que la anestesia gene­ral siempre puede incluir algún efecto imprevisible.

En ese momento, las dos personas que se ocupaban de Alelí habían conseguido incorporarla y hacerle abrir los ojos. La chica alcanzó a decir el nombre de su hermana Mariela, se puso increíblemente pálida y volvió a caer en la camilla, desma­yada.

Mariela nos miró con desesperación. Tenía veintidós años y era azafata de cabotaje en Perú, pero nunca se había visto en una situación así. Mamá me consultó. Yo me sentía incómo­da, un poco mareada y con malestar, pero dije que sí, por supuesto, cómo íbamos a dejarlas allí. Ya prácticamente las esta­ban echando del consultorio, tratando de convencer a Mariela de que llamara a un taxi por teléfono y de que en el hotel su hermana se iba a sentir mucho mejor.

En resumen, las trajimos a casa. Alelí y yo empezamos a reponernos juntas. El posoperatorio de la cirugía plástica no es doloroso, pero sí desagradable. Hay que soportar durante varios días unos tapones de algodón que llegan hasta el fondo de la nariz. Hay que dormir sentada, respirando por la boca. Sobre todo, hay que mirar a ese monstruo deforme que trata de sonreírnos en el espejo, haciéndonos la ilusión de que algún día (lejano) se convertirá en cisne o en prin­cesa.

Yo estaba muy deprimida. Nada más triste que llorar con tapones en la nariz y los párpados tan hin­chados que sólo es posible ver a través de una minúscula grieta flanqueada por las pesta­ñas. Extraña­ba a Sergio y tenía que conte­nerme para no llamarlo.

Alelí estaba peor. Los prime­ros días se desmayaba cada vez que trataba de levantar­se. Vomitaba con dolor. Cuando se sentía mejor, llo­raba abra­zada a su hermana Mariela, buscan­do una manera de expli­car a sus padres y a su novio que iban a tener que poster­gar (hasta que su cara estuviese en condi­cio­nes) la gran fiesta de bodas que esta­ban prepa­rando desde hacía un año.

-Tu nariz, ¿cómo era? -le pregunté un día.

-Chata, ancha, sin relieve -me contestó con desprecio.

Me sorprendió. Yo había odiado mi nariz, pero no la despreciaba.

A los dos días el médico nos sacó los tapones. Respirar normalmente alivió el males­tar y la tristeza. Nos poníamos compresas de té de malva, bien frías, en los ojos. Nos sentábamos a comer una en­frente de la otra, casi sin levan­tar la vista para no vernos. Tomábamos sopa con fideítos chicos. Tragar daba trabajo.

A los cinco días la hincha­zón nos había bajado de los ojos (que seguían violetas) a las mejillas y la boca. Alelí se había recuperado casi por completo y Mariela estaba un poco harta de vivir bajo las órdenes de mamá, que siempre fue tan generosa como exigente.

Muy agrade­cidas, pero felices de recuperar su liber­tad, las dos herma­nas se fueron al hotel. Nunca las volvimos a ver, aunque mientras estuvieron en Buenos Aires nos habla­mos por teléfono y después, durante un tiempo, intercambia­mos car­tas.

Nos sacaron el yeso el mismo día, pero yo fui al con­sultorio a la mañana y Alelí a la tarde.

Me gustaría saber qué le pasó a ella en ese momento.

Para mí, ver de golpe mi nueva nariz fue una experiencia aterradora.

En el espejo del consultorio había otra cara. Una cara que no era la mía. No me vi a mí misma más linda: vi a otra persona.

Una hora después, en un bar, mis padres seguían tra­tando de calmarme. Yo tenía delante mío un cortado con mucha leche y lloraba y lloraba desesperada, sin parar, mirán­dome en todos los espejos posibles: en la super­ficie de una cucharita, en una jarra de vidrio, en un espejo de mano, en la fórmica nacarada de la mesa, en el aluminio de la pared del bar.

La nariz, tal como me lo había advertido el médico, se había hinchado ahora, sobre todo arriba, entre los ojos, que parecían más chicos. Toda­vía tenía defor­mada la parte infe­rior de la cara, alrededor de la boca.

Las manchas violetas de las ojeras me duraron casi un año, pero en unos seis meses el resto de la cara se fue acomodando a su forma definitiva.

No sólo para mí el cambio era importante. Mucha gente no me reconocía. A mis parien­tes y amigos les costó acostum­brarse. Mis compañeros del colegio desapro­baron el cambio. Sin embargo, yo notaba que producía otro efecto en la gente nueva. Una vez que me acos­tumbré a esta cara, me sentí decididamente más linda. Los hombres me miraban de otro modo.

La cara nueva me cambió la vida. ¿O fueron los dieci­siete años, el fin del secundario, el comienzo de otra etapa? Quién puede saberlo. Sólo puedo asegurar que sentirse linda es mejor que sentirse fea. Sin la operación quizá me hubiera pasado exactamente lo mismo. O quizá no.

Me operaron en marzo de 1968. En el mundo y en el país se estaban produciendo sucesos que cambiarían la histo­ria. Era hora de mirar más allá de mi nariz. Y como se había vuelto mucho más chica, me resultaba más fácil hacerlo.

En el mes de junio recibimos una carta de Mariela y Alelí con una detallada descripción de la fiesta de bodas. Incluía una foto de Alelí en primer plano. Era primera vez que la veíamos sin el yeso y el vendaje.

Cuando saqué la foto del sobre, mi hermana, que estaba conmigo, dio un grito y la foto se me cayó de las manos. La cara de nuestra amiga tenía un aspecto horriblemente fami­liar y muy diferente del que conocíamos. Alelí estaba usando mi nariz, la mía, la de antes. La misma con la que yo había entrado por prime­ra vez al consul­torio de ese cirujano famoso por sus resultados tan naturales. La nariz que tanto me había dolido en los espe­jos. Mi vieja y odiada nariz.

Estoy escribiendo esta historia muchos años después. Estoy casada desde hace más de veinte. Mis tres hijas heredaron mi nariz: la nueva, la que me puso el cirujano. Me pregunto, a veces, quién habrá sido su dueña original y si toda­vía sería capaz de reconocerla.

Quién es Ana María Shua

Nació en Buenos Aires en 1951. Por su primer libro -de poemas-, El sol y yo , publicado cuando tenía dieciséis años, recibió dos premios. Desde entonces ha publicado diecisiete libros. En 1976 decidió radicarse por algún tiempo en Francia con su esposo. De vuelta en la Argentina, su primera novela, Soy paciente , recibió el Primer Premio del Concurso Internacional de Narrativa de Editorial Losada. En 1988 escribió una nueva colección de historias cortas ( Viajando se conoce gente ), y comenzó su carrera en la literatura infantil con los libros La batalla entre los elefantes y los cocodrilos y Expedición al Amazonas , a los que seguirían otros como La fábrica del terror (1990) y La puerta para salir del mundo (1992). En 1993 recibió la beca Guggenheim para trabajar en su novela El libro de los recuerdos . Ana María Shua es casada y tiene tres hijas.

Nariz operada forma parte de un libro de relatos llamado Que tengas una vida interesante , que Ana María Shua publicará en Emecé, en marzo próximo.

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