
Naufragio en el río: el recuerdo de dos sobrevivientes, 10 años después
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La cucharita se zafó de su mano y se escurrió entre los listones del muelle. La cucharita, la alemana. No lo podía creer. La cucharita alemana, su cucharita alemana, se le escapó en un descuido. De ahí al agua y de ahí al fondo del Río de La Plata. Este día no puede ser peor, pensó. No puede ser peor.
El estómago de Laura no andaba muy amigable. Más bien todo lo contrario: venía raro desde la mañana. Por eso, el plan se llenó de dudas. La idea era una escapada a Colonia del Sacramento desde La Plata, en una línea recta por el río: unos 42 kilómetros cruzando las rutas de navegación permanente que unen Buenos Aires con Montevideo.
Pero el tema ahora era la panza, la bendita panza que venía a arruinar el viaje con Luis en la Bermuda Linx de él, esa lancha en la que ya habían navegado esa misma ruta unas cuantas veces. Era 24 de marzo de 2009, martes, feriado. El equipaje sería liviano, al fin y al cabo iban a pasar solo un día allá. Es un rato nomás, habrá pensado Laura. La sensación de mareo y los vómitos la acompañaban, pero vamos, era cuestión de bancársela un poco y llegar.

Llegaron temprano a Punta Lara, la zona costera pegada al partido de La Plata donde guardaban la lancha. Se encontraron con uno de sus amigos –el Gordo– y prepararon algunas cosas. Laura caminó hasta el galpón donde se amontonaban los artefactos para el agua. La imagen está todavía en su cabeza: el chaleco que agarró era el tercero de la fila, un poco más arriba una cinta amarilla y más allá otra roja. El piso crujía de hojas secas en los primeros días del otoño.
Era 24 de marzo de 2009, martes, feriado. El equipaje sería liviano, al fin y al cabo iban a pasar solo un día allá. Es un rato nomás, habrá pensado Laura. La sensación de mareo y los vómitos la acompañaban, pero vamos, era cuestión de bancársela un poco y llegar.
–Llevate un chaleco más, Laura –le dijo Luis.
Laura no entendió demasiado la sugerencia –nunca llevaban más de un salvavidas para cada uno, lo usual y natural–, pero agarró uno más. Lo agarró y, como nunca, se lo probó sobre el que ya tenía puesto. Como nunca: nadie se pone dos pilotos, o una campera arriba de otra.
–¡Me entra, buenísimo! –dijo en ese momento.
–Una cosa rarísima. No me preguntes por qué lo hice –dice ahora.

Laura Di Battista –maestra jardinera, luego trabajadora de la floricultura, después paisajista– y Luis Crespo –piloto civil, ligado al mundo de la construcción, aficionado a la navegación– se habían conocido un año antes. Los dos venían con sus historias, separaciones, hijos. El 24 de marzo de 2009 ella tenía 37 años. Él, 45.
El rol de despacho es un papelito de la Prefectura Naval que se completa cada vez que una embarcación deja la costa local con rumbo a otro país. Una rutina dentro de la burocracia de las migraciones. Esta vez lo completó Laura con uno de los agentes, un pibe jovencito llamado Francisco. Nombre de la embarcación, nombre del capitán, eslora, manga, puntal, calado, datos del viaje. Francisco bromeó, y Laura compró. Algo en él le cayó bien, y su nombre le quedó dando vueltas.
Después de terminar el trámite, Laura y Luis saltaron a la lancha. Ella llevaba dos teléfonos celulares en su cartera semiabierta, esa con el cierre roto. En el salto desde el deck se le escapó su cucharita alemana. Un recuerdo, un souvenir afectivo. La cucharita se escurrió, y Laura puteó. Era la panza, y era la cucharita.
Apenas después, el termo para el mate se golpeó y estalló en pedazos.
–Bueno, ahora sí: el día no puede ser peor –confirmó.
Las olas del río estaban tranquilas, era cerca del mediodía. El tercer día de otoño había llegado con algo de frío, pero pegaba un sol tibio. Cada uno acomodó su chaleco, Luis instaló el GPS y Laura se quedó en la parte de atrás. La comunicación por radio con la costa pidió confirmación de partida. La encargada de responder también fue Laura.
–Confirmo. Rol de despacho firmado por Francisco Minetti –dijo.

Luis puso proa por esa ruta conocida, mientras Laura hacía lo que podía para olvidarse de la panza, la cucharita y el termo. El paso de los minutos no ayudó: el estado de Laura empeoraba a cada milla y la lancha se metía río adentro. La costa empezó a quedar atrás. Donde se pusieran los ojos, el horizonte pasaba del marrón del agua al azul del cielo.
Laura vomitaba. Tenía diarrea. El mareo inicial era ya una catástrofe. La costa uruguaya empezó a aparecer, pero ella no aguantó más. Volvamos. Volvamos ahora, no estoy bien, no voy a poder estar allá. Luis pegó el manotazo y dieron la vuelta. Era mejor desandar el camino –aun estando cerca del destino– y hacer atender a Laura, que ya comenzaba a temblar, débil. Luis miraba hacia delante.
Avanzaron de regreso a la costa argentina. Pasaron sobre el canal principal socavado en el río.
–Luiso –en boca de Laura, Luis es y será siempre Luiso–, creo que estoy viendo agua.
Él giró la cabeza y pegó un grito. Le pidió a Laura que se estirara hasta la bomba de achique para chupar el agua dentro del casco. Le gritaba que fuera a la derecha, y Laura se tiraba a la izquierda. No daba más, no entendía nada. Luiso sí: si el piso de la lancha tenía agua, abajo, el casco –lo sabía– ya estaba todo inundado.
De eso, a lo otro, fueron segundos.
El piso de la lancha, en un punto exacto a babor y del lado de estribor, crujió en un estruendo seco.
–Hizo crack y se abrió así, entre mis piernas –dice Laura y separa las palmas de las manos. Hace un silencio largo. Es uno de los pocos momentos en que se permite un silencio largo.
Y de eso a lo otro fueron apenas algunos segundos más.
Él giró la cabeza y pegó un grito. Le pidió a Laura que se estirara hasta la bomba de achique para chupar el agua dentro del casco. Le gritaba que fuera a la derecha, y Laura se tiraba a la izquierda. No daba más, no entendía nada
El río se abrió debajo de las dos mitades en que la Bermuda Linx se había convertido. Después la lancha se enderezó, se hizo hacia atrás como un potro rampante, exhaló un resoplido y desapareció. El río se tragó todo en un pestañeo. Cartera, documentos, plata, teléfono, ropa. Asientos, timón, motor, quilla, amuras, sentina. Todo en segundos. El remolino en el que los trozos de plástico, metal y vidrio se perdían rápidamente quedó atrás y el agua terminó planchada como al comienzo. Solo algunos pedazos más livianos quedaron flotando, junto con uno de los asientos que resistía todavía en la superficie.
Eran las dos de la tarde, siete kilómetros río adentro.

Casi 10 años pasaron de ese día. El local que acaba de abrir Laura es pura luz, dominado por una mesa de mármol heredada de la casa paterna. Laura tiene la voz aguda e imparable. Muestra fotos en su teléfono, saca de un cajón los retratos de sus padres. Es pura energía. En todo, ahora ve un porqué. Antes de lo del río también era más o menos así, pero después de lo del río, todo cambió.
"Lo del río". Así le dice Laura.
Los dos pataleaban en el agua profunda: debajo, nada. El material pesado de la lancha ya descansaba en el fondo y solo quedaba escupir agua marrón y preguntarse qué estaba pasando. Laura estaba envuelta en uno de los chalecos, y con la mano derecha apretaba el otro: ese que había agarrado antes de subirse a la lancha. Se aferró al asiento que todavía flotaba. Me siento acá y listo, pensó. Esa idea no duró nada: el asientito de espuma se hinchó y desapareció. Y otra vez los pies bailando sin fondo.
Él intentó agarrarla del chaleco, pero ella solo daba vueltas. Laura era todavía parte de otro viaje. El de su estómago, la debilidad, el malestar, el mareo. La incredulidad.
–Laura, tenés que nadar. Tenés que nadar porque acá se nos va la vida. Se va el sol y se nos va la vida.
Ese fue el momento en que tomaron la decisión de separarse.
Luis le dijo: "¿Ves la costa? ¿Ves que hay unos arbolitos y después un espacio y después otros arbolitos? Mirá siempre ahí".
–¡Vos andá tranquilo! ¡Yo te espero acá! Hago como cuando fuimos de vacaciones a Colón. Me quedo tirada al sol.
Los dos pataleaban en el agua profunda: debajo, nada. El material pesado de la lancha ya descansaba en el fondo y solo quedaba escupir agua marrón y preguntarse qué estaba pasando. Laura estaba envuelta en uno de los chalecos, y con la mano derecha apretaba el otro
Laura estaba definitivamente en otra cosa. Pensó que serían un par de horas, máximo. La costa se veía, los arbolitos que señaló Luis estaban ahí. Con el chaleco era cuestión de flotar y no moverse. Sobre todo no-moverse-de-ahí, como le había pedido él.
Así sucedió. Él se fue, y ella se quedó.

"Si nos quedábamos, nos moríamos. Salir los dos, imposible. Lo que quedaba era intentarlo yo. Era muy difícil tener la suerte de poder salir. Porque una cosa es todo lo que se pueda decir de la experiencia, o del estado físico, pero todo lo demás es suerte".
Dice Luis en un café del centro de La Plata. Son las tres de la tarde. La misma hora a la que 10 años antes empezaban a irse a pique. Y repetirá –siempre– que la suerte fue un factor fundamental.
–Yo lo consideraba casi imposible. Pero tenía que intentarlo.
Dio unas 20 brazadas y cuando miró para atrás ya no la vio. Un impulso lo hizo parar. Quiso volver a estar cerca de ella. Pero siguió. Cada minuto que pasaba era un doble pinchazo: pensar en cómo estaría Laura, y dudar sobre el rumbo. Intentó salir nadando hacia el oeste, pero la corriente lo iba sacando de curso. No había punto de referencia claro y las distancias son engañosas.
Después de un rato se le empezaron a acalambrar los brazos, después las piernas y los hombros le empezaron a arder. En ese momento cada brazada era una proeza en sí misma. La cabeza entraba y salía del agua y los ojos le ardían. Esos ojos que veían: en el agua, nada. Nada en toda la tarde. Solo un velero, transformado en un punto mínimo, en solo un momento y a lo lejos. Nada más. El único movimiento estaba en el cielo: Luis veía pasar la estela blanca de los aviones comerciales.
–Si supieran que acá abajo se está muriendo gente –pensó.
Un rato nadando de frente, otro de espaldas, con la cara al sol que empezaba a caer hacia el oeste. Hacia donde él intentaba avanzar. Otro rato nadando con un brazo, después cambiando, buscando no lesionarse para poder llegar.
Si Luis hubiese estado sin chaleco, a los 2000 metros se hubiese ido al fondo. Está seguro de eso.

Estoy tranquila. Estoy flotando.
Laura quedó sola en el medio del río. Creía estar cerca de la costa. Pero no. Alejaba y traía cerca de su cuerpo el segundo chaleco, ese extra que había agarrado por sugerencia de Luis. Jugaba. Eran las tres, cuatro, cinco de la tarde. Quién sabe.
Después de un rato se le empezaron a acalambrar los brazos, después las piernas y los hombros le empezaron a arder. En ese momento cada brazada era una proeza en sí misma. La cabeza entraba y salía del agua y los ojos le ardían.
Ese paso del tiempo lentamente empezó a hacer su trabajo. No hubo un momento exacto en que la realidad se unió con la ficción, pero la lucidez de Laura se trabó en su lucha con la fantasía. Las dos horas que calculaba para el regreso de Luis ya debían haber pasado. O quizás no. Pero el sol se estaba yendo y Luis no había vuelto. Algo empezaba a andar mal. Aun peor. Laura sentía mucho frío. Decidió ponerse el otro chaleco, el que se había medido y sabía que le quedaba bien sobre el otro.
Junto con la caída lenta del sol en el horizonte, el río ya no era el mismo. Las olas que llegaban en diferentes direcciones, continuas, hundían. Levantaban hasta lo alto, y llevaban a lo profundo. "Lo viví. Y mal", dice Laura. No tenía noción del horario, pero se daba cuenta de que pasaba el tiempo y se ponía cada vez más oscuro, el río cada vez más fuerte y nadie venía a buscarla. Laura hablaba sola. Empezó a atacarla una idea: sería terrible morir, pero también sobrevivir. Sin él.
–Si le pasó a algo a Luiso haceme morir a mí también –pidió, a quien fuera.
Unos días antes, alguien le mencionó a Laura –creyente, de familia creyente– a la madre Cándida, la santa del colegio de sus hijas, que estaba en vías de canonización. Y para eso debía sumar milagros.
–Dame una mano, Cándida. Dame una mano, que yo después te ayudo.

¿Qué piensa una persona mientras nada durante siete, ocho horas, luchando con el agotamiento? ¿O la que flota sin saber siquiera dónde está, mientras cae la noche y se inunda la garganta de agua sucia? De los santos a la familia, del terror a la sensación de ser un muerto viviente. Un puñado de tejidos y órganos y sangre que todavía late, pero que ya está, ya fue, está condenado. Haga lo que haga está condenado.
Y una de las cosas que esa cabeza condenada no piensa se llama hipotermia.
La medicina –descriptiva, fría– dice: "La hipotermia se define como el trastorno de la regulación de la temperatura corporal caracterizado por el descenso de la temperatura central por debajo de los 35 grados. […] un descenso que sobrepasa la capacidad de los mecanismos de autorregulación del organismo". En fases sucesivas: los vasos sanguíneos de manos y pies se contraen, y les empieza a llegar menos sangre. Manos y pies se adormecen. El cuerpo no se coordina. Aparece el sueño. La confusión. Las alucinaciones. Los órganos vitales comienzan a fallar.
Pero en todo eso no se piensa. O, en realidad, se piensa después.
–Nunca me di cuenta de nada –dice Luis–. No pensás en eso. Yo tenía puesta una remera, el chaleco, unos pantalones y unas zapatillas. Eso me mantuvo abrigado. Después de largo rato, me bajé la remera (que la tenía enroscada bajo el chaleco) y sentí calor en los riñones, se había juntado una película de agua y mantuvo un poco la temperatura. Eso me ayudó. Así fui nadando.
Las horas pasaron. Ya no había sol, ya no había ambiente tibio. No se veía nada. Y Laura sintió que moría. "No doy más", pensó. "No doy más, quiero salir, no sé por qué me pasa esto". Pensaba y se replanteaba cosas. Momentos. Pedía perdón. Pensaba en Luis, y le decía que lo amaba. Las gaviotas, enormes, la sobrevolaban y cada tanto se acercaban a ella. Laura imaginó que se agarraba de las patas de una de ellas, y se iban, juntas, por el aire.
–No me podía morir así. Una despedida horrible –dice Laura, que se golpeaba los labios intentando volver a sentirlos, que pensaba en sus hijas Josefina de 14 años y Valentina de 10, y que de a ratos caía en un sueño profundo–. Y dije listo, chau, no doy más. El agua era agotadora. Esas olas. Vomitaba agua. Y decía ¡no me puedo morir! Así, una vez tras otra.

Varios kilómetros al oeste, en ese momento, estaba Luis.
Luis, que ahora dice:
–Y en un instante te das cuenta de que no lo vas a lograr.
Estaba oscuro, ya no veía nada. Pedía por favor. Hasta que, también, abandonó. Se entregó. Dos veces abandonó, y dos veces volvió a intentarlo. Ya el cuerpo literalmente no daba más. No sabía cómo estaba Laura, la angustia de pensar por qué estaba pasando todo esto. En la noche cerrada, cada tanto intentaba hacer pie para ver si en algún momento daba con algo sólido. Y nada. Nada. Nada.
Hasta que el suelo apareció. Y fue todavía peor.
El estado de sus piernas –del cuerpo todo– después de tantas horas era terrible. El fondo de la costa a la altura de Boca Cerrada, en Punta Lara, es pantanoso, puro juncos y barro, donde Luis alcanzó a salir, y donde cayó rendido. Habrá estado tirado ahí una media hora. La cabeza a mil y el cuerpo a cero.
–No podía levantarme. No podía.
Después de un buen rato se puso boca abajo, y con las palmas apoyadas en el suelo pegajoso hizo fuerza. Los brazos temblaron y logró separarse del piso. Consiguió arrodillarse. Al rato, pararse. La caminata que vino después fue un martirio, sobre ese piso irregular.
–Era imposible. Estaba agotado. Bancos de arena, hondonadas. Y no me veía ni la palma de la mano.
Laura sintió que moría. "No doy más", pensó. "No doy más, quiero salir, no sé por qué me pasa esto". Pensaba y se replanteaba cosas. Momentos. Pedía perdón. Pensaba en Luis, y le decía que lo amaba.
Todo ese tramo lo hizo mirando hacia el monte, hasta que creyó ver un fuego. Empezó a acercarse, y sí, eran unas brasas medio ahogadas. Y a su lado, un grupo de pibes. Luis apareció mojado, tambaleándose, pidiendo ayuda. Los chicos tenían solo un teléfono con poca batería, así que caminaron los cuatro hasta que las barras de señal del teléfono engordaron: Luis pudo comunicarse. Entre otros, habló con su amigo Willy, que trabajaba en la Prefectura. Luis sabía, más o menos, por donde era la zona en que se habían hundido. Le pidió por favor que activaran una búsqueda. Willy lo llenó de preguntas: ¿Dónde fue? ¿A qué hora? Luis respondió.
–Uh –dijo Willy–. Uh.
Era poco más de la medianoche.

A esa misma hora, en una camioneta de Prefectura que circulaba por Punta Lara iba Francisco Minetti. Veintidós años, oficial de guardia durante todo ese día. Hacía una recorrida cuando la radio sonó: aviso de mujer a la deriva. Con solo ese dato se dio la orden de mover desde la isla Santiago un guardacostas y un semirrígido. Él enfiló hacia la costa, se puso un traje de neoprene, agarró una linterna, un silbato y una radio. Con el agua a la cintura esperó la llegada de las embarcaciones, para salir hacia la zona en la que, según los cálculos, podía estar la víctima.
–Recuerdo todo eso y me emociono –dice Minetti, con la voz quebrada, desde su Entre Ríos natal–. Fue algo que me marcó. En ese momento, mientras esperaba el bote, sentí algo. Sentí que la íbamos a encontrar.
Si algo faltaba, Francisco le da un giro místico: poco tiempo antes del accidente, asegura haber soñado que estaba en medio de una especie de tsunami en el río, y de entre las olas gigantes aparecía una ramita. Y, detrás, una mujer. Y soñó que se tiraba a ese río y nadaba en línea recta, llegaba hasta ella y la subía a un barco.
El guardacostas apuntó directamente hacia la zona donde indicaba el alerta. A Francisco lo levantó el semirrígido y salieron detrás, algo más retrasados.
***
Una camioneta de bomberos recogió a Luis y lo llevó hasta un puesto de peaje, adonde fueron a buscarlos los amigos. Quería subirse a un bote y salir por Laura. Sus amigos le decían que era una locura. Al final, los convenció; salieron iluminando solamente con una linterna en un río que estaba feo desde el atardecer. Ya las olas eran más altas, de un metro treinta, un metro cuarenta, golpeando en la base de la embarcación. Después de un buen rato de avanzar a tientas vieron pasar un helicóptero. Intentaban comunicarse por radio con la Prefectura, pero era imposible. Solo llevaban el teléfono celular de su amigo, con una señal esquiva. El helicóptero pasó, siguió, y regresó. Y volvió a pasar, hasta que comenzó a girar, a dar vueltas en círculo en un solo lugar. Un haz de luz que bajaba en picada hasta un área a unos 2000, 3000 metros de ellos.
Minetti avanzaba en el semirrígido de Prefectura hacia la zona calculada. En un momento, el aviso por radiofrecuencia: en el centro del ardiente círculo de luz del helicóptero había una persona.
–Yo me estaba acercando a todo motor, saltando olas. A unos 50 metros me tiré y nadé. Cuando llegué, ella estaba llorando y pedía por favor. Era todo lo que se escuchaba. Le dije: «Ya está. Listo. Se terminó todo». Todo lo que estaba pasando había terminado.
Mientras tanto, en la embarcación en la que se acercaba Luis, el teléfono de su amigo sonó. Y atendió. Y escuchó, y cortó.
–Luiso, dicen que bajemos. Que encontraron a Laura y está bien.
Luis hace ahora el silencio más largo de toda la charla.
–Y ahí empecé a llorar. Y fui llorando hasta que salimos del agua. Llorando mal.
Eran las dos y media de la mañana.
***
–Yo ya estaba en la lucha entre la vida o no –"Entre la vida o no", dice Laura. No dice otra cosa–. Y en un momento vi un círculo de luz. Y como yo rezaba, pensé que ya estaba, que era la virgen. Intenté acercarme, empecé a nadar con miedo. Y detrás de la luz apareció un barco enorme.
Desde arriba le preguntaron si estaba sola, le hicieron algunas preguntas para saber si estaba consciente. Laura no sentía las piernas ni los brazos. Francisco y el resto del equipo la subieron al semirrígido, y de ahí al guardacostas. Allí le dieron los primeros auxilios y la envolvieron en mantas para calentar su cuerpo.
–Vos sos Francisco Minetti. Vos nos firmaste el rol esta mañana –le dijo Laura. Él no la había reconocido.
Cuando llegaron a la costa Luis estaba ahí. Subió al barco llorando, se agachó y besó a Laura. Después la subieron a la ambulancia y se la llevaron.

Luis Crespo nadó unos 11 kilómetros en el tercer río más contaminado del mundo. El punto costero de Ensenada –donde está Punta Lara– es incluso de los más críticos. Tragó agua durante horas en un río marrón plagado de desperdicios. A Laura le dieron el alta al día siguiente, después de recuperar temperatura y ser atravesada por antibióticos. Dentro de Luis, mientras tanto, las arterias se endurecían invisiblemente por el esfuerzo. La rigidez del cuerpo iba también por dentro.
Dos semanas más tarde, Luis tuvo un infarto.
La historia del héroe romántico –como la contaron los medios de la época– se cruzó con la realidad y, al año, luego de la recuperación de Luis, se separaron. El vínculo, igualmente, nunca se perdió. Laura habla con cariño de él, y él habla con cariño de ella. "Cuando pasan ese tipo de cosas queda un vínculo fortalecido", dice Luis.
–Despedite siempre –sintetiza Laura, que ya no se aferra a cucharitas como fetiche afectivo.
–Las cosas pasan –resume, pragmático, Luis.
–Si los veo a Laura o a Luis hoy, se me caen las lágrimas. Hay algo que nos ató de por vida –cierra Francisco.
Cándida María de Jesús fue canonizada en Roma el 17 de octubre de 2010: un año y unos pocos meses después del naufragio.
Sebastián Benedetti






