
Niño Rodríguez. "Ya dejé el Candy Crush, el auto y el cigarrillo"
Guionista, dibujante y director, fue la mente detrás del corto Ni una sola palabra de amor, un fenómeno viral sin precedente
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La enumeración parcial obligaría a dejar muchas cosas de lado. Enunciar cada uno de sus trabajos tampoco sería oportuno en esta nota, hasta él se aburriría de leer su propio CV. Aburrirse, precisamente, es algo que el Niño Rodríguez (44) experimenta con frecuencia. Tal vez por eso, en sus casi 30 años de profesión, ha jugado en todos los espacios posibles, hurgando alternativas, formatos, nuevos proyectos. El camino comenzó con el humor gráfico, y sus primeras historietas salieron publicadas en una revista cuando tenía 15 años. Después siguieron la ilustración, los medios, la publicidad, el diseño, la animación y el cine, con la dirección de Ni una sola palabra de amor , su primer corto cinematográfico que, tras haber participado en varios festivales, se convirtió en un suceso viral sin precedente. Ya no hace falta contar la historia de María Teresa y Enrique, la ficción que dirigió Rodríguez a partir de una cinta con mensajes telefónicos encontrada en un mercado de pulgas. Pero gracias a María Teresa y Enrique muchos descubrieron otras facetas del artista rosarino, que presentó hace pocos días Lucha Peluche 2 (Ediciones de La Flor), un libro que reproduce las tiras publicadas originalmente en el diario Crítica, con un humor ácido y corrosivo sobre la contemporaneidad argentina. Quien crea que jamás leyó una de sus historietas tal vez se sorprenda al descubrir que el Niño Rodríguez es también uno de los autores de los chistes (y el horóscopo) de los clásicos chicles Bazooka. Mucho para contar, mostrar y decir. En el universo de Rodríguez, su mirada flexible le permite optar por una opción sin perder todas las demás. "Ningún proyecto está terminado. Todos continúan", dice.
-¿El fenómeno viral del corto qué consecuencias reales tuvo?
-Por lo pronto, estar acá sentado contándotelo, que no es poco. Lo que sucedió con ese corto pasa una sola vez en la vida. Cuando me llegó el material (esa grabación que alguien ya había editado y subido a la Web), me pareció genial, y antes de comenzar a filmar me ocupé de chequear que el audio fuera real. Filmamos el corto en 2011, y después de ganar varios premios en distintos festivales el 1° de agosto pasado lo libero en Internet y lo subo a YouTube. Ahí empieza a crecer, empieza la locura.
-¿La explosión más fuerte llegó después del elogioso tuit de Juan José Campanella?
-Lo de Campanella fue muy fuerte, porque yo a él no lo conocía. El corto le llegó por intermedio de un amigo que trabajó en la producción de Metegol . Fue un gesto muy generoso de su parte que yo le agradecí mucho. La realidad es que se viralizó muy rápido por las redes sociales, y un pico importante vino después de ese tuit, es cierto. Pero también hubo otra oleada impresionante, que fue cuando aparecieron los verdaderos protagonistas de la historia. Aunque quieras planear algo así, seguro que tan bien no sale. Con esto no quiero decir que la pegué, que tuve suerte, que fue el azar. Detrás de ese corto hay mucho camino recorrido, un laburo de muchos años, y un día todo ese trabajo garpa.
-¿Sabés cuánta gente lo vio?
<b>-Yo dejé de contar en dos millones y medio, y eso fue a mediados de septiembre?</b>
- Después del furor del corto, otros humoristas han utilizado tu video para parodiar situaciones de los ámbitos políticos y deportivos, como los que recrearon mensajes entre la Presidenta y Scioli, o los cuestionamientos de María Teresa a Bianchi. ¿Los viste? ¿Qué opinás?
-Me parece buenísimo. Mucha gente empezó a tomar el video y a transformarlo, algunos con más repercusión que otros. No se puede ser celoso de lo que se sube a la Web. Internet democratizó los contenidos, impulsó nuevos códigos y valores.
-¿Cuál es la base de un viral, existen estrategias para conseguirlo?
-Creo que en un mes aprendí de virales lo que no hubiera podido lograr en un posgrado de dos años. Fueron los 30 días más intensos que puedas imaginar. Aprendí cómo funciona la difusión, por qué lo recogen las páginas, cómo se mueve, cómo crece, cómo es la correcta lectura de esos datos. De hecho, ya me han invitado a dar una gran cantidad de charlas sobre el tema en distintos espacios académicos. Pero no existe la fórmula para hacer un viral. Yo hice un corto, nunca quise hacer un viral. De lo que sí estoy seguro es de que a las marcas ya no les alcanza con la publicidad. Las marcas necesitan contenidos, y se recurre cada vez más a Internet para descubrirlos. La Web es un espacio muy democrático, muy transparente. Si algo es visto por muchos significa que eso gusta, y así comienza un proceso de multiplicación. Hoy, las marcas se reposicionan a través de los contenidos, y la Web es un paso clave. Bueno, soy digital ciento por ciento, un nerd total, qué te puedo decir.
-¿Considerás la dependencia tecnológica un mal de esta época en ciertos aspectos?
-No, yo no entiendo la tecnología como algo que te priva de otras cosas, más bien todo lo contrario. Cuando leo esas notas sobre "la adicción a las nuevas tecnologías" me da tristeza por la persona que escribe, por la persona que así lo cree. "Está asustado, pobre, no entiende nada." Eso es lo que pienso. Te pongo un ejemplo. Hoy subís al colectivo y todo el mundo está con su pantalla. Mucha gente se horroriza ante eso. Antes iban todos con cara de sueño mirando por la ventanilla, aburridos, y eso les parece mejor. Ahora, en la mayoría de los casos uno está conectado con alguien, chateando, conversando, jugando al Candy Crush. Después está el que se sienta a la mesa con vos y no deja el celular ni en un segundo. Ese tipo es un guarango, eso se llama mala educación, no adicción a la tecnología.
- ¡Ah, sos adicto al Candy Crush!
[Risas] -Ya no, fui a una granja de adictos y lo abandoné. Ya dejé el Candy Crush, el auto y el cigarrillo. No abandono ningún otro vicio por el momento.
-¿Se puede seguir siendo el Niño Rodríguez con 44 años?
-Cuando empecé a publicar mis primeras historietas en una revista, en Rosario, llegaba a la redacción vestido con el uniforme de colegio, tenía 15. Nadie me llamaba Javier, los que trabajaban en la revista decían: "Ahí viene el niño Rodríguez". Siempre jodían con eso, hasta que un día firmé como el Niño Rodríguez. Lo que sucedió es que cuando ya no daba más para ser el Niño la marca estaba impuesta, y una marca, regla de oro, no se cambia.ß
On the rocks y con amigos
De botella cuadrada y etiqueta negra. El Niño Rodríguez guardaba un Jack Daniels en su bodega hogareña hasta hace pocos días. Lo toma siempre con dos hielos, "ni uno ni tres". Según Javier, como le dicen sus amigos, "con un whisky y una buena charla soy feliz. Además, es una bebida fácil de encontrar, fácil de preparar y de servir". Sencillo, clásico y con vigencia: "Como todo lo que hago".





