“No vas a tener de qué vivir”. Su madre no quiso que estudiara medicina, pero la desafió y una serie de sucesos afortunados le dieron la razón
Era el año 1974 y la respuesta materna sería apenas uno de los desafíos que iba a tener que superar si estaba dispuesta a seguir el camino elegido. Laura cursaba el quinto año de la escuela secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires, en una época de militancia y represión.
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“Nunca gané un sorteo, pero siempre tuve suerte para las cosas importantes”, dice Laura Maffei, médica endocrinóloga y directora del centro médico que lleva su apellido, cuando recuerda que el día en que le anunció a sus padres que iba a estudiar la carrera de medicina, su madre se puso a llorar desconsoladamente.
“Es que esa carrera no es para vos. ¿Quién se va a atender con una doctora? Los médicos son todos hombres, yo jamás me atendería con una mujer”, le dijo mientras derramaba incesantes lágrimas que reflejaban su auténtica preocupación. Entonces, la abrazó y le dijo: “No te preocupes, yo voy a poder”.
Final abrupto del secundario y mudanza a Brasil
Era el año 1974 y la respuesta materna sería apenas uno de los desafíos que iba a tener que superar si estaba dispuesta a seguir el camino elegido. Laura cursaba el quinto año de la escuela secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires, la emblemática institución universitaria que aseguraba el ingreso directo a la Universidad de Buenos Aires al egresar del sexto año. Como todos los alumnos del colegio ansiaba graduarse y dar la tradicional vuelta olímpica por el edificio de la calle Bolívar entre Alsina y Moreno. Pero un día de finales de noviembre, de un año que había sido crítico para la historia del país -y que en el Nacional Buenos Aires se vivió con militancia, alumnos asesinados por la Triple A y tomas estudiantiles-, llegó a la escuela y el portero les avisó a ella y a su compañeros que la escuela había cerrado y que ellos ya estaban graduados.

Así es como la endocrinóloga recuerda que a sus 17 años se enteraba que iba a terminar el colegio un año antes de lo establecido sin vuelta olímpica pero con el diploma de graduada. Pero esa no sería el único cambio abrupto que le tocaría vivir. Sus padres decidieron emigrar a Brasil. En San Pablo había surgido una tentadora oportunidad laboral para el ingeniero y, para alejarse del convulsionado clima político y social de la Argentina, durante los años del tercer gobierno peronista, no le dieron vueltas al asunto y aceptaron.
“A los 17 años, me dijeron que no iba a ir más al colegio y ese momento, mezclado con el hecho de la mudanza a Brasil, luego del primer shock, lo pude ver como una oportunidad para empezar una aventura propia.”, recuerda la doctora Maffei, quien desarrolló un programa de tratamiento focalizado en el manejo del estrés y sus efectos como estrés crónico, ansiedad, bruxismo, cefaleas, insomnio , dolor crónico y déficit de atención.
“Pude superar el shock viendo la oportunidad de salir a la aventura”
Al recordar ese punto de inflexión en su trayectoria de vida, la autora del libro Alicia en el país del estrés (Albatros, 2020), reconoce que tuvo la capacidad de superar todos los desafíos a los que se enfrentó en un momento tan crítico de la vida como es el de definir en qué adulto uno se va a convertir, al resignificar todas esas pérdidas como una oportunidad. “Creo que todos los adolescentes y jóvenes tienen que lidiar con el estrés. Todos lidiamos con el estrés a lo largo de la vida, Desde la niñez y en la adolescencia y en la adultez. En la adolescencia, particularmente, somos más sensibles al estrés. Se puede manejar si uno logra tener herramientas y la resiliencia como para salir adelante frente a los desafíos que le pone la vida”, explica la especialista en manejo del estrés. “Yo quería hacer el sexto año del colegio, me interesaban las materias. Pero entendí que mi padre estaba muy preocupado por la situación del país y al mismo tiempo muy entusiasmado por la muy buena oportunidad laboral que había conseguido en Brasil. Ahora, tantos años después, veo que pude reconocer y aprovechar las oportunidades que se daban en medio de tantos cambios”, analiza. Ya viviendo en San Pablo, se encontró con que iba a tener que revalidar todas las materias del secundario para poder entrar en la universidad. Alguien le mencionó la posibilidad de irse a estudiar a Francia y, definitivamente, esa opción la deslumbró.
“Francia era como un segundo país para mis padres, que habían vivido en París. Por eso me pareció cercana la posibilidad de estudiar ahí. Yo me quería ir a París, pero un compañero de trabajo de mi padre le dijo que era mucho mejor ir a Montpellier, una ciudad más chica, con una universidad histórica y más segura para una chica sola. En esa época no había email ni whatsapp, mis padres querían ciertas condiciones de seguridad. Me dijeron que si elegía París iba a tener que vivir en un internado de jovencitas. Yo no sabía cómo sería ese lugar, pero me sonó terrible la obligación de estar de regreso a las 8 de la noche, no podían entrar varones. Entonces, enojadísima, elegí irme a Montpellier”.
“Arranqué medicina en Montpellier y terminé en la UBA”

Montpellier es una ciudad del sur de Francia, capital de la región Languedoc-Roussillon. Tiene un clima espléndido, con trescientos días de sol al año que los habitantes y turistas aprovechan en sus playas a orillas del Mediterráneo. Tiene una de las universidades más antiguas, fundada en el medioevo, en el siglo XIII y una rica vida estudiantil. “Me terminé enamorando de la ciudad”, reconoce Laura. “Fue una etapa de mi vida que agradezco haber vivido, fue maravillosa. Además, cuando llegué a Francia, me encontré con que muchas hijas e hijos de los compañeros de mi padre iban a estudiar medicina. Así que en dos minutos me integré lo más bien”, rememora.
Al concluir el cuarto año de la carrera de medicina en Francia, sus padres le anunciaron que volvían a radicarse en Buenos Aires y que la esperaban. Otro difícil desafío fue superar la esperaba y, otra varita mágica le facilitó el curso de los acontecimientos. “Para poder terminar la carrera acá tenía que revalidar las materias aprobadas en Francia. Tuve la suerte de tener al Dr. Burucúa como Jefe de la Comisión de Reválidas, que era súper francófilo. ¡Así que metí los papeles un viernes, y el martes estaba todo aprobado! Rreacomodé las piezas para recuperar un año y, finalmente, terminé la carrera un año después de casarme”.
Ya graduada, cuando estaba terminando la residencia hospitalaria en endocrinología, Laura quedó embarazada de su primer hijo -hoy médico informático-. Había que encontrar un trabajo y, otra vez, aunque el embarazo parecía que iba a validar los temores de su madre -”Las mujeres no pueden ser médicas”, otra vez, los melones se acomodaban con el camión andando. “El mismo día en que fui a hacer la la primera ecografía de Martín, me enteré que había sido aceptada para trabajar como médica de cartilla en una empresa de medicina prepaga. Fue un gran logro para mí. Muchas de las médicas recién recibidas se orientaban a empleos en el área hospitalaria, sin animarse a abrir sus propios consultorios. Pero yo ya tenía la idea de hacer algo independiente. Desde los dieciséis años, el día en que mi papá le cuestionó a mi mamá un gasto de dinero, me prometí que siempre iba a ser económicamente independiente. Y enfilé por ahí.”, afirma Maffei, que actualmente dirige un centro con 45 personas a su cargo, y varias unidades de negocio. El centro abrió sus puertas en 1992 como una práctica privada de endocrinología clínica y, con los años, se sumaron varias disciplinas asociadas con más de 70 profesionales. Un día descubrió que, también, era empresaria. Y que eso estaba muy bien. Había desoído todas las voces que le dijeron que no iba a poder, centrándose siempre en ir por más. “Si tuviera que dar un consejo a los médicos jóvenes sería que siempre tengan, también, sólidos conocimientos en administración”, explica.
“La maternidad me reacomodó todos los neurotransmisores”
“Mi primer embarazo fue maravilloso. Mis hijos me cambiaron la cabeza, son lo mejor que me pasó en la vida. Se me reacomodaron todos los neurotransmisores, mi corazón se agrandó, se relajó, se incorporó un amor que era maravilloso sentir y disfrutar. Tuve la suerte de poder retomar el trabajo durante algunas horas porque iba haciendo consultorio y creciendo pero acomodándome para estar con ellos”, recuerda de sus inicios en paralelo en el mundo de la maternidad y de la profesión médica.

La endocrinóloga le atribuye gran parte de su crecimiento profesional al hecho de haber logrado acomodar las prioridades durante los primeros años de la crianza de sus hijos y eso fue porque eligió un camino de profesional independiente, en el que no tenía que cumplir horarios que la obligaran a alejarse de los hijos. “Mi ex marido, que es médico y es ocho años mayor que yo, ya había empezado a tener pacientes. Pero sentía la felicidad de no tener que trabajar ocho o nueve horas todos los días. Iba dos o tres mañanas al hospital y a la tarde tenía consultorio dos veces por semana. Eso me permitió pasar los primeros cinco años sin tener que sentirme tan tironeada entre trabajo y maternidad. Por eso, entiendo perfecto que una mujer prefiera no tener hijos en estas condiciones, pero yo pude descubrir todo lo que ocurre a nivel emocional y hormonal con la maternidad. Es tan lindo cómo cambia la cabeza, cómo nos volvemos un poco más flexibles en lo que aprendemos al jugar con nuestros hijos, comunicarnos con ellos. Para mí fue un crecimiento invalorable.
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