
Norma Aleandro. Estados del corazón
La gran actriz argentina volvió al teatro con Mi querido mentiroso. En esta charla, habla de su vida, de sus afectos y de los matices de su profesión
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Camarín subterráneo del teatro Maipo, después de recorrer con breve melancolía las calles destruidas del Centro de la ciudad de Buenos Aires.
Allí está Norma Aleandro, bata –¿se dice bata?– con flores que arregla y acomoda casi en un tic pudoroso porque, probablemente, no lleve gran cosa debajo. Se prepara para una función de Mi querido mentiroso, con Sergio Renán. La actriz, de grandes ojos castaños que oprimen y reprimen una sensibilidad tal vez tiránica y peligrosa que surgirá en destellos húmedos de tanto en tanto, se maquilla y habla. Como se sabe, tiene una voz de sonido muy hondo, con notas de instrumento de viento y de madera.
–No acostumbro a quejarme de la vida. Ni aun en las malas. Nadie tiene la culpa de las cosas que le suceden a uno. La frase es vieja: en la naturaleza no hay premios ni castigos, sino consecuencias. Y yo, en general, he visto consecuencias. No quiere decir que, porque hagas cosas buenas, te ocurran cosas buenas. No tanto. A veces las consecuencias son catastróficas. No estimulo la queja ni la autocompasión. No es orgullo, es salud. Busco la salud, el equilibrio. Muchas veces sentí que perdía el equilibrio. No preguntes cuándo: en mi infancia, en mi adolescencia, en los primeros años de juventud, más tarde, ahora. Es un chiste. Y no lo es. Por eso me he preocupado por buscarlo, que es lo que pasa cuando se pierde. No te cuidás de ciertas cosas si no las has pasado. Me costó muchísimo.No es que ahora tenga un equilibrio absoluto, pero he ido consiguiendo cierto equilibrio que me permite vivir de otra manera.
–Las circunstancias así, de aflicción, de falta de sentido y de dolor han sido varias, desde luego. Los males de amor se sufren mucho, y a mí me han tocado. Mal de amor no es sólo querer sin que te quieran, porque en ese sentido he tenido bastante suerte y me ha querido la gente que yo también he querido. En general. Hablo de que lo que parecía que iba a estar en sintonía se desarmonizaba, digamos. Un brillo ocasional podía confundirse con un amor más profundo. No hay una sola persona con la que haya vivido un amor con la que no haya seguido más tarde como amiga. Esa es una de las florcitas de mi jardín. Cuido esa flor.
–Con Alfredo Alcón sigo siendo amiga. Anoche salimos a comer juntos, con él y mi marido. Fue mi primer novio cuando yo tenía 14 y él, 20. Sí, 14, ¿te das cuenta? Nos conocimos en Radio del Estado. Después se fue a España, se casó, toda una historia. Cuando volvió, seguimos amigos. Añares. Yo ya había tenido a Oscarcito, con Oscar Ferrigno. Tendría yo 27, 28 años. Estuvimos juntos cuatro. Llevamos muchos de amistad, y de pareja muy poquito. Hemos trabajado también poco juntos. Los siete locos y La tierra en armas, en cine. En teatro, después de muchos años, inauguramos el Maipo en esta etapa con Escenas de la vida conyugal. En radio, yo de 14, 13 años y medio, en el auto sacramental El hospital de los locos, de Valdivieso, una obra del Siglo de Oro español. Después nunca más, hasta Escenas de la vida conyugal. Pasó mucha agua, verás. Fueron años felices con Alfredo, con nuestras diferencias: de lo contrario no nos habríamos separado. La amistad es tan grande que arrolla esos cuatro años. Tenemos la gracia, venida del cielo, de la amistad. De la que tienen Alfredo y Eduardo (Le Poole), por ejemplo. Eduardo es médico. Nuestro matrimonio lleva ya más de 30 años. Sí, como suena. Es la persona más buena y más inteligente que conozco. Mirá que suerte.
–Médico. Primero, clínico. Hizo grandes diagnósticos, porque es un médico excepcional. Más tarde pediatría, y ahora psicoterapia. Es de origen holandés, de madre rusa, traductora de Chéjov. De ahí que su madre y la mía resultaran amigas antes de conocernos nosotros: por Chéjov, que mamá interpretó en su traducción. Es todo tan raro. Con Eduardo hemos sido amigos doce años, antes de unirnos. Bueno, sucede. Un buen día cambia la situación. Pasás de amigo a, se diría, otra manera, ¿no? De todas mis parejas he sido siempre amiga, primero. Y después. Eduardo tiene una mirada como si fuera la primera sobre los hombres, las cosas y los hechos. No hay fritura intelectual, no hay velo. Eso es muy bueno, en la vida, en su trabajo. Me acompaña, me da consejos cuando se los pido, pero no es un marido que participa de todo. Le leo lo que escribo antes que a nadie, por ejemplo, ¿ves? Son mundos diferentes que se respetan y se juntan. Hago ciertas cosas sólo porque él me apoya. Pintar, es una.
Ciertos miedos
–Siempre siento inseguridad cuando estreno algo, en teatro, en cine. Te pasa. No acepto que yo sea excepcional, no me gusta. Sé que hago las cosas bastante bien y que quiero hacerlas cada día mejor. No he perdido esa parte, la de la vocación. Mejorar, pulir y, sobre todo, inventar personajes nuevos que no se parezcan a otros ya hechos. Borrar mi personalidad para construir un personaje, ésa es la cuestión. No te basta con tener una técnica. La necesitás, y cuanto más refinada mejor. Después hay que tocar Beethoven, imaginemos. Vos podés tocar Beethoven de una manera y yo de otra. Con buena técnica y la misma partitura. ¿Cómo es? Te vas a un lugar lejano. Eso es lo que hace que mucha gente piense que el actor se puede volver loco y, en efecto, hay actores que han padecido mucho por llevarse el personaje puesto. Es una situación que te obliga a irte a otra realidad, que no es la realidad ordinaria que estás viviendo. No tiene que ver nada con mentir.
–No soy mentirosa, ya que lo preguntás. O lo soy si lo necesito. He visto hasta hace poco a una amiga muy enferma y le he mentido para que no supiera cuánto. A un señor amigo y marido de una amiga, lo he visto en un bar con otra señora, y no mentí, pero resolví omitir. Hay cosas que tienen que ver con la dignidad, y puede haber mentiras que te salven la vida. Me ha pasado alguna vez . Lo he hecho, y estamos aquí, por lo visto. Amenazas. Decís que estás en un lado cuando estás en otro. Amenazas contra tu vida, como en aquella ocasión.
Miedos inciertos
–Está el día de las bombas, en 1976. El otro día estábamos recordándolo. En junio pusieron la primera, una bomba lacrimógena en el teatro, pequeño, en el que estaba actuando. Un teatro de trescientas personas. Estaba lleno. El amor y otros cuentos sobre el amor era el espectáculo, que he seguido haciendo, remozado con una cosa y otra. Veinte personas, un comando, entran y tiran una bomba en el escenario. Salen, dejan panfletos y cierran al mismo tiempo la puerta, la única. Se produjo un momento de terror intenso. Trescientas personas que no podían salir. Y la bomba que daba vueltas, sin que supiéramos que pasaba, si íbamos a volar y morir. Fue hinchándosenos la cara: era una bomba lacrimógena por entonces muy moderna, supongo. Les dije que siguieran para el lado del camarín, que estaba en los fondos. Me calmé, por quién sabe qué milagro y qué razón, y me llevé trescientas personas. De pronto tuve una serenidad extraña. Me sentí responsable, porque la bomba me la habían tirado a mí. Cuidé que no se pisotearan, que no se dejaran llevar por el pánico. Fuimos con encendedores, hasta que salimos a un sótano y vimos luces como de calle. Era la calle Corrientes. Rompimos una puerta y salimos. Corrí a mi casa. Me tomé un taxi, vestida de largo como estaba, le conté a Eduardo, me dio dos valium y me dormí hasta las dos de la mañana, cuando explotó la otra bomba, que destruyó toda la planta baja y estuvo a punto de matar a la señora que vivía allí. Dejaron unas cartas, me dieron veinticuatro horas para irme. Yo, en realidad, no tenía una actuación política sostenida. Había dicho algunas cosas. Nos fuimos a Montevideo al día siguiente. No tenía el pasaporte en regla. Estuvimos un año sin que lo renovaran. No volví a Buenos Aires. Luego, a España. Me cambió la vida, de la peor de las maneras. No sentí odio ni rabia: la tristeza ocupó todo el lugar. En cinco de exilio, morí de tristeza. En Uruguay encontré a muchos que ya eran amigos y a otros que lo fueron desde entonces y para siempre. Terminó siendo mi tierra. Tanto como la Argentina. Y los uruguayos, mi gente. En esas malas es donde encontrás algo formidable. Cuando uno está herido, lo mejor que puede hacer es irse a Uruguay. En mi tierra no digo que no encontrara comprensión, pero todo el mundo estaba aterrado y en el trabajo de salvaguardar su vida.
Puertas adentro
–No ocurrió tanto con España, aunque me sentí muy bien allí y hubo gran generosidad. Fue así, aunque mi madre es española, y mi hermana (María Vaner) también. Mi padre fue argentino de primera generación, hijo de italianos. Estaban con la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron.Tuvieron a mi hermana, y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires. Mi padre era un ángel laico, uno de los hombres más bondadosos que pueda cualquiera imaginar. Vivía de acuerdo con lo que pensaba. Era socialista de alma. Le importaba mucho más cómo estaba la gente que cómo estaba él. Mi madre era más realista, pero también amaba su profesión como un sacerdocio. Si había que hacer algo para ganar plata en un escenario con algo que no fuera digno, no lo hacían. Yo tampoco lo he hecho, por suerte. Lo aprendí de ellos. Andaban un camino más complicado. Vivíamos muy humildemente. Nací en la Avenida de Mayo, en el Palacio Vero. Luego el departamento, chico, donde no faltaba la comida, pero un guardapolvo para todo el año, y al siguiente el mismo, alargado. Sin vacaciones. Mis padres hacían muchas giras para mantener la casa. Nosotras, con mi abuela. Estar un año afuera haciendo teatro era bastante común. Mi madre (María Luisa Robledo) sigue estudiando. Tiene 90 años. Mi padre era celoso. Mi madre también. Mi padre era pícaro. Le gustaban mucho las mujeres. Peleaban a veces por celos. Siguieron juntos. Se quisieron mucho.
–No hablaré, no lo pidas más, de mis problemas con María, con mi hermana. No quiero hablar. Se supo que hay algo, opiniones, no quiero hablar. Me duele enormememente. No quiero decir nada, porque sería peor. Ya está. No hablaré. Sí, es un triste asunto. Pero los hay más alegres: tengo un marido maravilloso, un hijo maravilloso, un nieto maravilloso.
–Ferrigno. Fue el padre de mi hijo. Sabía mucho de teatro. Un gran maestro. Era también un hombre a veces oscuro, con un carácter áspero y amargo. Quizá nuestro amor debió ser fugaz –el hijo–, pero no debimos vivir juntos. Era a veces agresivo, irritable. No conmigo, pero se podía ver en sus actitudes con otros. Estela Obarrio, que fue mujer de él antes que yo, escribió una biografía de Ferrigno muy notable.
–Cierto: le digo Ferrigno. Oscar es nuestro hijo, en mi vocabulario.
–Nunca he sufrido violencia física, ni lo hubiera permitido. Aborrezco la violencia. Me espanta. Ni siquiera puedo pensar en la posibilidad de la proximidad de un hombre capaz de violencia. La violencia es horrenda y debemos apartarla de nuestra vida . De nuestra vida personal y de nuestra vida social, política. Hay mucha entre nosotros.
Ligeros pies sobre la tierra
–Amo mi tierra. He nacido y me he criado en este lugar, que no caracteriza precisamente por la estabilidad. Me he acostumbrado, sí, a que nada dura mucho, lo que es esencia es así. Sobre todo en nuestro país. Por eso, a la situación que vivimos le veo un lado bueno. La solidaridad que se está dando, desde abajo hacia arriba. Es un no rendirse, no querer morir. Un país que está enfermo y nosotros, que no queremos que se muera. La mayoría. Hay una minoría, que lo único que hace es quejarse. No me interesa, la dejo de lado. Y hay quienes están tratando de sacarnos las últimas migajas que nos quedan. Tenemos que ocuparnos de impedirlo, como ciudadanos. Dentro de la democracia, lo que es difícil. La democracia es difícil, pero no podemos perderla. Ya hay mucha gente que sabe qué sabor tiene entregar la responsabilidad al autoritarismo. Trato de no confundir a la política con los políticos, y a ciertos políticos con otros políticos. Los más honestos que han estado cumpliendo labores de funcionario en un clima desastroso, asunto que habla mejor de ellos. Qué gente está empezando. Rodríguez Larreta, se me ocurre, que hace cosas interesantes, nuevas, pero también políticas desde el grupo Sophia. Es uno, al correr del pensamiento. No soporto más a la gente que habla: me interesan los que hacen. El que se vayan todos es llamar a la anarquía y después a la dictadura. No sirve. Hay que hacer algo mucho más reflexivo y adulto, tratar de votar lo mejor posible y después hacer un seguimiento de aquellos a los que hemos votado. Es reconfortante ver cómo no ha dejado de funcionar la ciencia a pesar de haberla tirado a la basura. Y las artes. Nuestros deportistas. Y lo que se esfuerzan, y van a entrenarse sin recursos y sin pesimismo. Conmovedores. Alimento de cuerpo y espíritu.
–A propósito de los alimentos: ¿te pido un sándwich de miga y un café? En diez minutos subo a escena.






