
En José León Suárez funciona la única fábrica de fósforos de la Argentina, que produce 200 millones de unidades por semana.
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Por Cecilia Acuña / Fotos de Flor Cosin
Dicen que sin el fuego el ser humano no hubiera llegado demasiado lejos. Lo interesante en este derrotero es que junto con su propia evolución, la humanidad también provocó la evolución del encendido del fuego, que pasó de los chispazos entre dos piedras a la maravilla de los fósforos de madera, que todavía hoy ocupan un lugar privilegiado en la cocina de nuestros hogares.

El proceso de fabricación comienza en el bosque de forestación de álamos que posee la Compañía General de Fósforos Sudamericana en la localidad de Campana. Allí, con un período óptimo de crecimiento de 15 años que permite aprovecharlos mejor, los árboles se talan y se trasladan a José León Suárez, donde se encuentra la única fábrica de fósforos del país que todavía sigue en funcionamiento.

Cada uno de los troncos es cortado en segmentos de 60 centímetros que luego son cilindrados. Es decir, un torno les quita la corteza y prepara la superficie para su posterior laminado. Estas láminas de madera son guillotinadas en dos sentidos para obtener cientos de miles de palitos que caen en bachas como un festival de papas pay.

Antes de llegar al momento clave del proceso –el del encabezado–, los palitos son sometidos primero a un baño químico que evita que se hagan brasas con el encendido y después a un pulido que elimina las astillas. Un sistema automatizado los clava por unidad en una enorme cinta transportadora, donde serán sumergidos en parafina, una sustancia que permite que la llama dure lo suficiente como para que el fuego pueda tomar la madera.

Como si fueran los participantes del Juego de la Vida, los palitos avanzan hacia el destino inminente que les cambiará la esencia: el sumergido en la pasta fosfórica y su característica cabeza de color. Lo que sigue son 40 minutos de secado y el llenado de las cajas de 400, 220 y 30. Desde hace décadas, el fósforo, en realidad, no se encuentra en las cerillas, sino en las raspaditas laterales de las fundas para evitar que puedan encenderse de la nada dentro de las cajitas.

Las bandas laterales se pintan con una tinta que contiene los químicos combustibles, gracias a los cuales se produce el fuego sagrado.




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