
En tono de comedia, George Clooney revisita la Segunda Guerra Mundial a partir de una pregunta: ¿por qué los nazis eran malos? Por ahí va Operación monumento, la nueva apuesta del actor-director más progre de Hollywood.
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En estos tiempos difusos, si tuviéramos que definir ideológicamente a George Clooney, lo podríamos llamar "progre" sin ningún reparo. En los Estados Unidos –paradojas del lenguaje–, lo llaman "liberal", lo que en nuestro país sería lo contrario de un progre. Eso sí, hay algunas diferencias importantes entre los actores y artistas "progres" de los Estados Unidos respecto de los de cualquier otra latitud: creen absolutamente en el valor del espectáculo como herramienta.
No es que Hollywood les haya lavado el cerebro, sino que Hollywood se construyó a partir de la idea de que un gran espectáculo no adormecía a las masas, sino que agigantaba, como una lupa, los grandes temas para que las masas los comprendieran y jugaran con ellos. Clooney, un realizador sumamente politizado y político, un tipo que viaja de incógnito con su padre -un periodista importante- a Darfour para registrar un genocidio, por ejemplo, también sabe que el humor es un arma de reflexión poderosa.
La Segunda Guerra Mundial es "la guerra que había que pelear", "la guerra justa" por antonomasia, y así ha ingresado en el acervo universal: salvo que uno sea nazi, es un insulto que le digan a uno "nazi". Pero pasa algo más: ya nadie sabe bien qué era ser "nazi", salvo que significaba ser malo. Las películas sobre la cuestión, incluso aunque se hayan vuelto más reflexivas (digamos, Rescatando al soldado Ryan ), dan la maldad nazi como un hecho. Pero lo más interesante para que tal aberración no se repita es preguntarse por qué eran malos. Pues bien, aquí esta Operación monumento, una película de George Clooney basada en una historia real. Y una comedia. Y una película de guerra. Y el intento, honesto, de responder por qué los nazis eran malos.
El film cuenta la historia de un militar (Clooney) que forma un batallón de expertos en restauración de arte, cuya misión es rescatar obras robadas por los nazis antes de que estos se las lleven a sus refugios fuera de Europa o las destruyan. Como Clooney no es tonto, plantea cierto aire de comedia (que incluye, además de a Cate Blanchett, a Matt Damon, Bill Murray y John Goodman, tres muy buenos comediantes) y parte de la idea de que al espectador tal cosa le resultará absurda, que pensará que está ante una farsa como El botín de los valientes o Trampa 22, también ambientadas en la Segunda Guerra. Pero no: por el camino, Clooney va mostrando lo difícil que es ser soldado, lo mucho más difícil que es aceptar que se ha de matar o morir, lo muchísimo más difícil que es comprender que existen personas que solo quieren ver que el mundo arda, que muchas veces la política o la ideología no son nada al lado del ejercicio destructivo y autodestructivo del poder.
Clooney ya estuvo antes en este escenario histórico, con un largometraje de su compinche Steven Soderbergh llamado El buen alemán, que en la Argentina no se estrenó en cines, y menos mal, porque es pésimo. En aquella película, Soderbergh "jugaba" a hacer un film clásico (más o menos a la manera de El tercer hombre, una referencia obvia) para señalar los males del mundo con el dedo y un resaltador fluorescente (o sea, no era como El tercer hombre). Da la impresión de que de aquella experiencia a Clooney le quedó algún deseo. Después de todo, si vemos su filmografía como director (Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches, y buena suerte, Secretos de Estado), notamos cómo todas sus películas giran alrededor de lo que el Estado -o, más bien, el Gobierno- les oculta a sus ciudadanos. En el mundo de Clooney hay facciones en guerra: el autoritarismo y el mal, por un lado, y la democracia y la moral, por otro. Pero también descubrimos que no hace "cine de denuncia", sino que sabe que el mejor vector para el mensaje es el entretenimiento. Aunque Secretos... es bastante fallida (por el hecho de que en muchas secuencias, justamente, se queda en la denuncia), la obra de este amigo de los creadores de South Park es divertida y vibrante.
Operación monumento es el primero de estos films con presupuesto enorme, registros de locaciones grandes, sets abundantes y reconstrucción de época. Y todo para decir que no vale la pena una guerra si no se piensa, además de en el día a día de la batalla y en los crímenes inhumanos del enemigo, en el arte. ¿Para qué vivimos si no? ¿No somos mucho más que máquinas de comer y fornicar? Pues bien, Clooney responde que lo malo de los nazis era que solo les importaba (¿importa?) una humanidad que comiera y fornicara (si escribo "coger", lector, la frase quedará simpática y no es el hecho: tiene que sonar mal, eso es "espectáculo"). Y que la democracia fuera, también, una humanidad que pintara y gozara con las pinturas, que luchara una guerra pero no se privara de la sonrisa. Veremos cómo le salió de divertido.






