
Operar fantasías
La cirugía plástica, que tan buen servicio brinda en casos que la justifican -tanto en función reparadora como estética-, puede ser un arma destructiva con el abuso insensato
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Luego de ingerir decenas de antidepresivos disueltos en un litro de vodka, Lolo Ferrari acabó con su vida el 5 de marzo del año último, a los 37 años. Siempre había dicho que se iba a morir antes de los cuarenta, y que en vez de un entierro deseaba ser incinerada, cosa de abandonar este mundo lo más pronto posible. Pero la justicia puso en duda el suicidio y decidió someter el cadáver a numerosas pruebas toxicológicas durante casi tres meses. Mientras esperaban el veredicto del juez, los familiares la depositaron en una funeraria modesta de las afueras de Cannes, en un ataúd blanco con volados de satén rosa fabricado especialmente para que entraran los senos de Lolo, dos bolsas de seis kilos de silicona no biodegradable diseñadas por un ingeniero aeronáutico.
Aquellas prótesis descomunales que cargó a expensas de su talla más bien pequeña, le valieron media página en El libro de los récords Guinness y una estada muy fugaz en el firmamento del porno europeo. Y fue altísimo el precio que pagó por esa fama tan absurda: en menos de una década se sometió a 20 cirugías estéticas, porque se había empeñado en tener una cara a lo Ursula Andrews, o cualquier otra que no fuera la suya, a la que consideraba llena de defectos. Seis cirujanos le fueron moldeando el semblante hasta no dejar ni rastros de su belleza original, que fue extraordinaria hasta cumplidos los 20 años, cuando en medio de una profunda depresión comenzó a creer que se le estaba encogiendo la boca. Sin embargo, los desbordes de Lolo -que en realidad se llamaba Eve Vallois, y era la segunda hija de un matrimonio acaudalado de Clermont, Francia- eran tomados por su entorno con una escalofriante ligereza, e incluso la televisión aprovechó para alimentar el morbo con series de treinta minutos donde el único argumento era mostrar cómo se las arreglaba la pobre mujer para hacer las faenas domésticas. Pocos sabían que detrás de ese cuerpo metamorfoseado se ocultaba la historia de una criatura maltratada por sus pradres, y que andaba por la vida con el alma hecha pedazos. Su caso, con más o menos matices, podría ser el de muchas mujeres que intentan saciar en el espejo al monstruo insobornable de la tristeza. Estudios recientes indican que el 7% de los que recurren a una cirugía estética (no a la reparadora) padece el llamado síndrome dismórfico, una afección neurótica típica de las sociedades contemporáneas y acerca de la cual los expertos en salud mental han alertado. La distorsión de la imagen corporal empieza frente al espejo con la intolerancia hacia rasgos físicos que, a los ojos de quien se mira, aparecen como deformidades o defectos repulsivos. Esa sensación se origina en pensamientos o experiencias dolorosas y con el paso del tiempo suele transformarse en una obsesión, algo corriente y notable en ciertas damas que ostentan atributos faciales y sexuales un tanto exaltados, a veces hasta lo risible.
Aunque no lo confiesen, muchas hallaron en el bisturí el camino para corregir o modificar esa parte del cuerpo que consideraban de tamaño, forma o apariencia distinta de cómo es percibida por quienes las rodean, incluso por los pocos profesionales que, con buen tino, se niegan a operar sus fantasías.
Pero los ideales culturales en boga, sumados a la tendencia natural de las personas a compararse sistemáticamente entre sí, obran poderosamente sobre la percepción de la propia imagen corporal. Y el problema, según Ted Grossbart y David Sarwer, del departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de Harvard, en su ensayo Cirugía estética: instrumentos quirúrgicos, metas psicosociales, es que la insatisfacción corporal puede oscilar entre un razonable disgusto con un rasgo en especial hasta una insatisfacción patológica, donde la preocupación por el aspecto acaba angustiando al individuo.
Quienes sólo pretenden, por ejemplo, afilar una nariz en gancho, resultan beneficiados por la cirugía plástica. Al contrario de los que viven pendientes, pues nunca ven cumplidas sus expectativas quirúrgicas, ya que en realidad requieren un tratamiento psicológico profundo. En Francia, varios cirujanos detectaron estos casos en la puerta del quirófano, cuando los pacientes con pánico a la anestesia confesaban el consumo de antidepresivos. Las sociedades científicas propusieron la consulta interdisciplinaria previa con el fin de conocer los verdaderos motivos por los cuales alguien elige alterar su fisonomía, y si eso es o no un remedio adecuado. Pero el intento apenas prosperó. Ante la presión de ser alguien socialmente aceptable en este mundo cada vez más competitivo, los pacientes no miden riesgos ni aceptan negativas. Al contrario, insisten peregrinando por los consultorios hasta dar con el corujano plástico que acepte aplicar otra sobredosis de colágeno en los mofletes, o respingarles aún más la nariz. En ese sentido, los organismos de salud pública no intervienen. Y de ese descontrol viven cientos de galenos, embolsando buena parte de la fortuna que mueve el negocio de la autoestima. Amén de las reglas éticas de algunos colegios médicos, en la Argentina (y a no alarmarse, pues en los países desarrollados también ocurre) la falta de normativas o códigos de procedimientos que regulen la práctica de esta disciplina -que aún está considerada por las obras sociales como un gasto suntuario y no un tratamiento necesario, es decir, no cubren sus costos- devino en un sálvese quien pueda. Cada día surgen nuevas ofertas de técnicas indoloras y rápidas (lifting de fin de semana, vaporice arrugas en media hora), y hasta hay médicos que operan ante una cámara de televisión para demostrarles a los incautos cuán sencillo es el trámite. Proliferan consultorios con quirófanos no habilitados, y los habilitados nunca se inspeccionan. Hay médicos que infringen la ley 17.132 de ejercicio profesional, donde se les prohíbe anunciarse como especialistas si no lo son, y por si todo esto fuera poco, cada vez es mayor el número de adolescentes en desarrollo que accede a un par de siliconas.
No existen estadísticas confiables sobre la materia, pero según el Wall Street Journal en un artículo publicado en 1998, la Argentina lideraba el ranking mundial de cirugías por población: 250.000 operaciones al año. Brasil contaba con 120.000 en el mismo período.
El auge de la belleza artificial atrajo los intereses de una fábrica de siliconas brasileña, que ya inauguró su planta en el Gran Buenos Aires, y también la curiosidad de una periodista del Chicago Tribune, que por estos días prepara su tesis doctoral en la Universidad de Boston sobre la adicción de los argentinos al bisturí.
Los Franklin administran una clínica de estética cerca de Londres, y en enero último obsequiaron a su hija de dieciséis años con un implante de senos. Para echar más leña al escandalete público desatado a su alrededor, la chica confesó que, de haber podido, se los hubiera puesto a los 12 porque ya no soportaba las burlas de sus compañeros de escuela, y que bien vale la pena tener delanteras vistosas si eso habrá de procurarle éxito en la vida. ¿Qué hará la próxima vez que tenga un problema?, se preguntaron los psicólogos ante el desparpajo de la mujercita.
"A mi consultorio llegan constantemente nenas con trenzas y uniforme escolar a preguntar precios de liposucciones, implantes, reducciones y rinoplastias -asegura Alfredo Roncatti, cirujano plástico del Hospital de Clínicas-. En lo personal no atiendo adolescentes, salvo que sea una malformación, pero con o sin el consentimiento informado de los padres es posible que alguien las atienda. Quizás el cirujano no las interne en sanatorios de prestigio, aunque de todos modos ninguna institución le pregunta a uno cuántos años tiene el paciente que trae. Cualquiera reserva una cama con sólo levantar el teléfono y decir: rinoplastia para tal fecha, fulanita de tal, etc. Cuando las ingresás, mientras paguen, nadie pregunta nada. Es terrible, con este tipo de procedimientos corre riesgo toda la comunidad".
El año último en los Estados Unidos, unas 1645 pacientes menores de 18 se sometieron a liposucciones y otras 1840 a implantes de senos, según datos estadísticos de la Sociedad Norteamericana de Cirujanos Plásticos. En rigor, esas cifras no son lo suficientemente significativas como para hablar de una tendencia. Pero la cantidad de consultas de adolescentes aumentó, estimulada por la expectativa de imitar modelos famosas o a sus propias madres que, si pasaron los cuarenta y no piensan envejecer, integran el 40% del mercado consumidor de cosmética quirúrgica.
En ese intento por corregir defectos o rellenar allí donde la naturaleza olvidó hacerlo, el mayor riesgo para grandes y chicas lo constituye el caer en manos de quienes dicen ser especialistas cuando, en realidad, son gastroenterólogos, cardiólogos o ginecólogos, porque, en cualquier parte del planeta, cualquier médico matriculado puede empuñar un bisturí. En su libro Cirugías estéticas: verdades y mentiras, la periodista Mariana Carbajal señala que en las últimas décadas aumentó en un 300% el número de miembros de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora, y que sólo un tercio del total de especialistas autóctonos (en Capital federal estima 1300) posee el título oficial, que en la UBA, por ejemplo, implica tres años más de carrera.
Odontólogos, nefrólogos, cardiólogos y hasta obstetras emigraron hacia esta área atraídos por los jugosos dividendos y frustrados por la poca rentabilidad de las prácticas controladas. Y para muchos bastó con cambiar la placa del consultorio, pues a menos que una prepaga seria lo incluya en la cartilla, nadie exigirá el diploma.
Pero ser urólogo y estirarle la piel a una señora son dos cosas muy distintas. Al menos, en cuanto a resultados. Tal vez por eso, en la Argentina, la cirugía plástica es la segunda especialidad (primera es la obstetricia) con mayor cantidad de juicios por mala praxis (ver recuadro).
En la Dirección Nacional de Registro y Fiscalización de Recursos de Salud dicen no estar bien informatizados, por eso al cierre de esta nota, Jorge Antoniak, su titular, no pudo contestar ni a ciencia incierta cuántos quirófanos montados en los consultorios particulares existen en Capital Federal. De todos modos, explica, una vez autorizados, jamás se inspeccionan. En otras palabras, si a un médico le dieron permiso para sacar lunares en una sala, quizás hoy la esté usando para intervenciones con anestesia general. Y por mínimo que sea, el corte tiene riesgos. "Cuando usted hace la habilitación -asegura el funcionario- está nombrando responsable a quien va a dirigir el quirófano. Uno delega la fiscalización del estado en esa persona que va a hacer uso y que, se supone, sabe que lo tiene que mantener siempre bien, pintado, limpio y con los adelantos técnicos. Mire, esta dirección no puede estar permanentemente fiscalizando: tenemos dos mil farmacias, herboristerías, ópticas, consultorios médicos, gabinetes, consultorios odontológicos, clínicas, sanatorios, hospitales..."
Desde hace seis años, el mismo Ministerio de Salud trabaja en un proyecto para normatizar el ejercicio de las especialidades en la Argentina, labor que concluirá, dicen, Dios mediante, dentro de unos meses. Según Guillermo Williams, responsable del Programa Nacional de Calidad de la Atención Médica, en cuanto al rubro cirugías sólo contemplarán formalidades relativas, por ejemplo, al equipamiento obligatorio de una sala, recursos humanos del servicio, planta física, limitaciones funcionales del quirófano, etc. Las cuestiones de otra índole, a juzgar por las autoridades de la Comisión de Etica del citado organismo, exceden el control del estado pues ningún profesional está obligado a ejercer una moral intachable.
Pero el quedar bajo la oscura garra de la oferta y la demanda como, por ejemplo, cualquier supermercado, implica consecuencias no poco fatales para la salud pública. Sin ir más lejos, aunque la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) vigila el ingreso de sustancias y documenta cada prótesis colocada en el país, su alcance sigue siendo bastante limitado. Quienes desean darle volumen a sus formas y no cuentan con dinero para pagar los honorarios de un médico suelen recurrir a enfermeras que, por cien pesos, disuelven en baño de maría la silicona semilíquida usada en la industria frigorífica para envasar mortadelas y salchicas y la inyectan en pechos y glúteos. El producto está a la venta en cualquier droguería. Es común ver a jovencitas y transexuales en los hospitales públicos con cuadros infecciosos causados por el implante que, por ejemplo, aplicado en las nalgas tarde o temprano se desliza hasta las rodillas.
Una señora le consultó al doctor Roncatti por el precio de un lifting completo, pues pensaba vengarse de su ex marido que estaba postrado en un geriátrico del PAMI y que la había dejado por otra, hacía 50 años. El cirujano Jorge Pedro, que, como nunca, este verano colocó en promedio cuatro implantes por semana, meditó bastante antes de plancharles las arrugas a dos septuagenarias. "La cirugía plástica, cuando es realmente aconsejable, resulta beneficiosa para las personas que sufren un complejo o simplemente quieren verse mejor -explica Pedro-. A mí me da mucha satisfacción operar chicas que no pueden llevar una vida normal porque tienen demasiado busto, o al revés. El problema es que muchos médicos han desprestigiado esta disciplina, que históricamente ha cumplido un rol terapéutico".
Según la investigación de Grosbart y Sarwer, el rol social del cirujano plástico ha ido modificándose a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de soldados quedaron desfigurados por las heridas causando gran impacto en sus familiares y en los empleadores que debían incorporarlos en el mercado laboral. Aquella primera camada de especialistas puso manos a la obra aun sin demasiados recursos técnicos, pero la experiencia alentó el perfeccionamiento y también los primeros debates públicos acerca de la catadura moral de la disciplina.
En 1926, el cirujano John Davis salió al cruce de las diatribas declarando que la "plástica es incuestionablemente diferente de lo que se conoce como cirugía cosmética o decorativa".
En 1958, el papa Pío XII llegó a decir que aunque la especialidad tenía muchos usos legítimos, si se usaba para "aumentar el poder de seducción, conduciendo así al pueblo al pecado, o para satisfacer la vanidad o el capricho de la moda", se convertía en algo ilegítimo.
Durante el período de entreguerras, la necesidad de diferenciar la categoría correctiva y del agraviante título de doctor en belleza hizo que los profesionales extendieran el significado de la palabra deformidad, cosa que, al fin de cuentas, no logró sino estimular a los mortales a pararse frente al espejo y comprobar si su mentón o nariz calificaban dentro de tales definiciones. Narices bulbosas, en gancho o jorobadas; papadas dobles, pechos pendulosos, frentes arrugadas, párpados bolsudos, etcétera, comenzaron a considerarse deformidades y, lo peor, a diagnosticarse y recibir tratamiento especial. Con ese simple juego de palabras que asoció la cirugía cosmética a la reconstrucción de monstruosidades, los galenos lograron calmar a sus acusadores. Y el boom se produjo cuando la depresión norteamericana de 1933 dejó en la calle a una cuarta parte de los ciudadanos de los Estados Unidos y los publicitarios salieron a vender productos cosméticos argumentando en los slogans que una buena presencia sería la clave para conseguir trabajo y salir de la pobreza.
También Sigmund Freud y Carl Joung habrían agregado su granito de arena a la sensación de miseria que reinaba en el país del norte, introduciendo en la masa popular el concepto de "complejo de inferioridad", que en medio de esa confusión -sostienen Grosbart y Sarwer- acabó por consagrar al plástico como un auténtico sanador de almas en desgracia. En 1932, un doctor llamado Straastsma ya se había atrevido a afirmar que el objetivo de la ciencia cosmética debía ser "aliviar o remediar enfermedades en muchos casos más graves que las corporales, como por ejemplo, la angustia mental debida a la consciencia constante del defecto que es causa de un complejo de inferioridad".
En fin. Esa primitiva idea de que reciclando el talante se calmarán las penas, ha llegado intacta a nuestros días. Mientras algunos aprovechan esa debilidad, otros médicos no salen de su asombro ante la cantidad de mujeres deseosas de aumentar el talle del corpiño sólo para aliviar un divorcio traumático o una soledad asfixiante, como si entrar en el quirófano fuera lo mismo que ir a la peluquería o al diván del analista: "Ya no me tocan bocina en la calle." "parezco la abuela de mi hija." "dicen que tengo los ojos tristes". "se fue con la amiga de mi hija." A ese temor de quedar fuera del circuito sentimental se suma la presión laboral, pues el despiadado énfasis que ponen los empleadores en la apariencia obliga a muchas a sacar un crédito y pagar en cuotas el retoque, con tal de conservar el trabajo. "Algo sorprendente escuché en un programa de televisión hace unos meses -recuerda Gabriel Jure, psicoanalista miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina-. A una famosa vedette, que debe haber batido récords de operaciones, le peguntaron qué hacía cuando estaba deprimida: Voy al cirujano plástico, confesó. Porque además me queda a la vuelta de casa. En este sentido estamos en falta tanto los cirujanos plásticos como los especialistas en salud mental, en relación a buscar una salida que contemple esta patología en la que se corre el riesgo de creer que una vez lograda la perfección van a destacarse o alcanzar un estado ideal."
Leah Vors, del periódico Chicago Tribune, pasó unos meses investigando en Buenos Aires el impacto de la cirugía en la clase media y entre los testimonios encontró que todas sus entrevistadas coincidían en que la belleza es el único factor que le otorga poder al género femenino. Sin embargo, está claro que una apariencia de muñeca inflable no garantiza la felicidad a nadie, pues a la larga se hace inevitable el cancelar deudas pendientes con el pasado. Diagnosticada a conciencia por un profesional que sabe de antemano cuáles mecanismos mueven a su paciente a tomar la decisión de alterar un rasgo natural, la cirugía plástica ha demostrado ser exitosa y realmente balsámica. Es la única manera de contribuir a la ineludible tarea de separar la salud del negocio.
Por unos centímetros más
Le horrorizaba comprobar frente al espejo lo plano de sus glúteos. Guadalupe Fleicher es bibliotecaria en el Congreso de la Nación y antes fue modelo publicitaria, por eso a los 20 decidió que por cuestiones de competencia debía ponerse siliconas en los pechos. Estaba conforme con su vida y su apariencia, hasta que la muerte le arrebató a su sobrina preferida dejándole surcos de tristeza en la cara y más años de los que realmente tenía. Antes de cumplir los cuarenta cayó en manos del cirujano plástico Abel Chajchir.
El médico solía promocionarse en los programas de televisión diciendo que había operado al entonces presidente Carlos Menem, y no tardó demasiado en convencer a Guadalupe de que era experto en relleno de glúteos, eso que ella tanto creía necesitar. Y así fue. Ella se presentó en el quirófano a la hora convenida y en una tarde, el cirujano le practicó cuatro operaciones juntas: párpados, nariz e implante de pómulos y nalgas. Al día siguiente comenzó a sentirse un poco extraña. Un pómulo se le corrió debajo del ojo. Para volverlo a su lugar Chajchir tuvo que operarla otra vez, pero el plástico no se quedaba quieto y decidió asegurarlo al hueso con un clavo. Al cabo de unos días descubrió que no sonreía con naturalidad. El músculo elevador de la parte derecha de la nariz había sido cortado. Intentó tomar asiento y comprendió que, en adelante, ni eso ya le resultaría sencillo: el cirujano puso en cada nalga dos prótesis mamarias encimadas. Según el perito de la causa, el trasero de Guadalupe Fleicher parecía un huevo de avestruz.
Este es el primer caso en la Argentina en el que un cirujano testimonia contra otro ante la Justicia. Por la causa civil, el cirujano debió indemnizar a la paciente con 30.000 dólares. En cambio, de la causa penal Chajchir fue sobreseído y continúa trabajando. Sólo en el estudio jurídico del abogado Mauricio D´Alessandro llevan veinte demandas por el estilo, a cual más insólita: a una mujer le aplicaron siliconas de mamas para engrosar las pantorrillas, y a otra le estalló una prótesis del pecho migrando los restos al brazo derecho, donde quedaron enganchados a la altura del bíceps. Aún no han podido extraérselos.
Cómo convertir a otros en réplicas de famosos
El Dr. Nicholas Chugay, un cirujano plástico de Beverly Hills, ha esculpido a alrededor de veinte personas, convirtiéndolas en casi dobles de famosos. Muchas de sus creaciones ganan dinero por su semejanza con las celebridades.
En Las Vegas hay una Cher que nació de su cirugía. Su Elvis está, en este momento, de gira por Japón. Tiene un Michael Jackson y una Marilyn. Y muchos más que quieren llegar a ser alguien. Es un hombre de edad y origen indeterminados. Nació en China, de padres rusos, creció en Brasil, fue educado enEstados Unidos y ejerce en California desde 1977.
El procedimiento es así: alguien va a su consultorio y le dice: "Me gustaría ser como Cher, o como Madonna, o como Marylin". El pone el rostro del cliente y de la persona modelo en una computadora y comprueba ambos índices de belleza, comparándolos. Somete al paciente a un test para ver si es psicológicamente estable (algo discutible, porque es evidente que alguien que quiere cambiar su rostro por el de otro difícilmente sea estable). Chugay observa los rostros con precisión matemática, calculando geométricamente la manera de convertirlos en el de otro. El índice de belleza se obtiene tomando ciertas proporciones de la cara y comparándolas con una proporción de belleza preestablecida. Es una manera de cuantificar el atractivo.
"Digamos que la estrella modelo es un 10, y la persona solamente un 2. No es posible pasar de un 2 a un 10. Pero si ya llegan con un 7 y quieren llegar a un 10, es posible." Resulta desconcertante, pero dice que su preocupación fundamental es mejorar a las personas para hacerlas felices. Cuando empezó a ejercer, hace 24 años, el 80% de sus pacientes eran mujeres, pero ahora sólo el 55% pertenece al género femenino. Menciona como ejemplo a su Michael Jackson. Es dificil entender por qué alguien podría querer someterse a cirugía para parecerse a Michael Jackson, que pasó por tantas cirugías para dejar de ser Michael Jackson. Pero Steve Erhard es blanco y quería parecerse a Michael Jackson Es dueño de un salón de belleza. En una entrevista telefónica -no personal, porque estaba recuperándose de una última intervención- dijo que originalmente su mentón había sido hecho por el Dr. Hoffin, el cirujano de Jackson. "Siempre había admirado los rasgos de Michael, y fui a su cirujano porque deseaba lo mismo para mí -declaró-. El Dr. Hoffin también me hizo la nariz. Desde entonces, el Dr. Chugay me ha ayudado a mantener la apariencia. Me hizo un implante de mentón, un estiramiento, y algunos implantes en los labios". Y concluye afirmando: "La cirugía no me parece dolorosa. Sólo un poco molesta".
El modelo ideal más solicitado por las mujeres es Marilyn Monroe. Como ejemplo, Chugay menciona a su propia esposa. "Siempre había admirado a Marilyn, y cuando vino a verme para una estética de nariz, me trajo fotos de la Monroe. En esa época no estábamos casados. Primero, trabajé en ella, después nos casamos. Pero su personalidad no se parece a la de Marilyn", agrega.
¿Y cuánto cuesta? "La nariz de Marilyn puede costar unos 5000 dólares. Pero tal vez se necesiten cuatro o cinco intervenciones, así que podría costar entre 15.000 y 20.000 dólares. Algunos médicos me han criticado por decir que puedo lograr la semejanza. Pero en realidad no se trata de milagros, sino de métodos científicos."





