
Orejas: también víctimas de la moda
Por Eduardo Tarnassi
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Jean de la Fontaine, el fabulista francés del siglo XVII, evocó en sus Fábulas (1668) la historia del perro al que le cortaron las orejas.
Tal como era la costumbre del escritor, en sus relatos las bestias hablaban. En la que citamos aquí, el animalito decía: ¿Qué hice yo para mirarme mutilado por mi dueño?/¡Vaya un estado gracioso en que por mi mal me encuentro!/¿Me atreveré así a ponerme ante los otros perros?/¡Oh, monarca de las bestias, o más bien su tiranuelo! /¿Por qué cosas semejantes habéis con nosotros hecho?/Así Muflar exclamaba, Muflar un dogo pequeño; /pues las gentes sin cuidarse de sus agudos lamentos/le cortaron las orejas y no lo compadecieron.
Desde esta columna hemos hecho alguna que otra referencia al agudo sentido del oído que tienen los cánidos, pero hasta ahora nada dijimos acerca de sus orejas.
En la cinología se les otorga una gran importancia, por cuanto para los especialistas forman parte de la estética del cráneo.
El perro, sostienen los cinólogos, tiene una buena o mala presentación (entre otras cosas) según sea el aspecto que haya adoptado la inserción de sus orejas.
Estas pueden ser rectas e isoscélicas, como las del ovejero alemán; puntiagudas, como las del ovejero belga; rectas y equiláteras, como las del chow - chow o parecidas a las del murciélago, como en el bulldog francés. También pueden ser semicaídas, en forma de tirador o en V.
Ocurre, por último, el caso de los que las tienen completamente caídas, en forma de corazón, como el pequinés; de lóbulo, como los cockers; en tirabuzón, como los bassets y planas, como los pointers.
Las orejas caídas o semicaídas en las razas de orejas erectas, o la inversa, como en el collie, son defectos que tienen en cuenta los jueces en las competencias y concursos. En algunos casos, el problema es subsanable quirúrgicamente.
Resta referirse al corte (prohibido en casi toda Europa y en parte de los Estados Unidos) que establece el estándar o descripción oficial de cada una de las razas caninas. De este modo, podremos volver a la fábula que dio inicio a esta nota.
La condrotomía u otomía es el corte de las orejas para adaptarlas a los requisitos del estándar, lo que constituye una práctica bárbara e inútil. En 1867 fue justificada por un cinólogo de apellido Hering, que sostenía que de ese modo se las protegía en caso de peleas.
Lo cierto es que para seguir el dictado de esa moda, generalmente aplicada a buena parte de los que integran el grupo de los guardianes, como el boxer, dobermann, gran danés y otros, se cortan para que permanezcan siempre derechas, en armonía con la línea de la cabeza y el cuello. La intervención, que requiere anestesia total, se practica entre los dos y tres meses, ya que más adelante su resultado es incierto.
Por otra parte, es bueno advertir (por si alguien que nos esté leyendo va a cortarle las orejas a su perro, aunque no compartamos la decisión) que se debe recurrir a un veterinario que conozca la raza en la que se va a practicar la intervención ya que, si no sabe hacerlo, el animal no quedará bien. Entonces, nada mejor que apelar al criador para que aconseje con qué profesional realizar la cirugía.
Afortunadamente, día a día verificamos por la calle que cada vez son menos los pichichus que presentan las orejas operadas. Además, el aspecto feroz de algunas razas se suaviza notablemente sin esa cruel e innecesaria mutilación. Práctica que, insistimos, responde únicamente a una cuestión estética, pues ni siquiera contribuye a mejorar la capacidad de audición del perro.
Por eso se entiende la pregunta que tan angustiosamente se formulaba el pobre Muflar en el relato con el que iniciamos la columna.
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