
Oterodoxia: original sin estridencias, Vicki Otero hace una moda con estilo de verdad
Hay en Vicki Otero, la mujer, una sinceridad, una sencillez y una delicadeza netas y genuinas que traslada a las prendas que ella diseña y realiza; prueba de gran carácter, si las hay, o en términos de moda, de mucho estilo.
Muy lejos de los artificios obvios de la moda carísima o de la banalidad deportiva de la moda urbana, la suya aparece atemporal, despojada, diferente, apta para cuerpos de todos los tipos. Sus referencias al repertorio de ropa de nuestra modernidad remontan hasta los inicios del siglo 20, aunque no evoca los caprichos y los lujos de la moda oficial, sino el más pausado y discreto, pero no menos rico, itinerario de la ropa de todo uso de la gente de todos los días.
Hay una profunda raíz familiar en su visión del vestido. La inspiraron sus abuelas y sus bisabuelas, mujeres de aldea, y, primordial, su madre, llegada de España a Buenos Aires en 1958, para iniciarse como aprendiz de un sastre italiano: "Aunque seguí muchos cursos de sastrería y de moldería, mi madre me enseñó secretos que no podría haber aprendido de ninguna otra persona".
Esa herencia estética y técnica se evidencia claramente en su colección actual, que despierta recuerdos de álbumes de fotografías argentinas, o puede leerse como un Sueño de una noche de verano entre rural y de pueblo, natural, sereno y entre sol y luna.
Se adivina que lo que atrae al círculo de sus fidelísimas clientas –"mujeres de los 30 en adelante, independientes, seguras, que saben lo que quieren"– es la garantía de encontrar chez Otero unos básicos clásicos diferentes, sin edad, actualizados con soltura, elaborados con fineza, con aires poéticos y que, además pero esencial, son "portables, funcionales y atraviesan las temporadas".
Otero ofrece aquello de lo que, a mi juicio, las modas hoy más carecen: una identidad claramente orientada, inmune a los vaivenes –"desconozco totalmente los trends y no sigo las modas del mundo"– y original en todo.
Sin honestidad, hacia uno mismo en primer lugar, no hay estilo auténtico. "Trabajo con ideas que nacen de mis vivencias, de donde vengo y de lo que soy hoy, esto es lo maravilloso para mí", dice Vicki Otero.
Y así se procura telas –muy buenos linos y algodones, este verano– para las que encuentra sus propios colores –un champagne, un maíz, un mostaza, un uva oscuro– y sus estampados serigráficos personales –esta vez, las imágenes de un libro francés del siglo 19 sobre el oficio de la sastrería.
Y así ha regresado a una estructura de producción y venta "pequeñísima", lejos de toda constricción mercantil, que le permite "paladear el trabajo, estar mas cerca de la prenda y de quien la llevará".
Sus toques ornamentales son siempre funcionales a la prenda, tal la partida doble de tela que asegura la forma y el volumen de un remate de manga en flor o ciertos efectos de arremangado o de frunces.
Sus variaciones sobre la bombacha de campo, en pantalón ancho y a la pantorrilla para hombres o en falda pantalón para mujeres, cuentan la vida de hoy. Sus faldas, ya sea aquellas rectas que vuelan en evasé después de la cadera, u otras en doble campana de amplitud espléndida y seductora, dan prueba de su sentido muy sutil de la sensualidad.
Son pìezas abiertas al sentido que quieran darle quienes las lleven. Entusiasman y a la vez sosiegan. Crean una doble sensación de satisfacción, física y también mental. Es ropa con emoción y con inteligencia. Como su autora.






