Otro modo de llegar al paraíso

Visitar un archipiélago del mar de Java en compañía de viajeros locales puede ser –además de un deslumbrante contacto con lo más benévolo de la naturaleza– una magnífica excusa para sumergirse en las aguas del intercambio cultural
Visitar un archipiélago del mar de Java en compañía de viajeros locales puede ser –además de un deslumbrante contacto con lo más benévolo de la naturaleza– una magnífica excusa para sumergirse en las aguas del intercambio cultural
Aniko Villalba
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13 de enero de 2013  

Cuando vi la lista de participantes supe que recibiría un tratamiento distinto al del resto del grupo: mi nombre aparecía escrito a mano, en el extremo de una flecha que salía de la palabra bule. En Indonesia, el término bule (pronunciado bulé) se usa para referirse a los extranjeros, especialmente a los occidentales de piel clara; la palabra puede ser escuchada en oraciones como ¡Miren: bule! ¡Foto, foto! o ¡Esa bule es como las de la tele!. Es muy difícil ser extranjera y pasar desapercibida en Indonesia, especialmente cuando sos la única bule en un barco con 50 mochileros indonesios.

El que me había convencido de unirme al viaje a las islas Karimunjawa había sido Rheden, un indonesio de Couchsurfing que estaba alojándome en su casa de Yakarta. No necesité que me insistiera demasiado: en las fotos, el archipiélago parecía un paraíso inexplorado. El plan era pasar cuatro días en las islas con un grupo de viajeros locales: la experiencia me intrigaba y el precio era muy barato –unos 10 dólares por día con alojamiento, comida, traslados y snorkeling incluido–, así que acepté creyendo que serían cuatro días típicos de playa.

El itinerarioque nos dieron en el puerto de Jepara, desde donde saldría el barco, decía que el plan para el día 1 era el siguiente: 9 am, salida del puerto; 3 pm, llegada a Karimunjawa; 4 pm, tiempo libre; 9 pm, cena. Algo simple y esperable. Pero durante los cuatro días de viaje descubrí que el itinerario bule no tenía nada que ver con el oficial, y que lo que se considera normal de un lado del mundo puede resultar cómico (o muy raro) en el otro.

Una vez arriba del barco hice un estudio demográfico de los pasajeros: de los 50 viajeros (edad promedio, 24 años), 48 debían ser indonesios porque solamente conté dos bule (conmigo incluida). Cuando zarpamos, un grupo de chicas me preguntó si se podía sacar fotos conmigo. Era mi primera vez en Indonesia y todavía me causaba mucha gracia (y asombro) que la gente quisiera sacarme fotos todo el tiempo. El viaje se hizo largo: el calor era insoportable, y como viajábamos en la cubierta tuvimos que improvisar un techo de lona para refugiarnos. Rheden –que además de amigo ofició de traductor cultural– me explicó que, en general, los indonesios no quieren quemarse con el sol, por eso usan ropa de manga larga y crema blanqueadora. Tenía hambre, así que ataqué la reserva de snacks: nada de sándwiches de jamón y queso, me llené de onde-onde (bollitos rellenos de pasta dulce de lenteja negra, cubiertos de semillas de sésamo), lemper (arroz pegajoso relleno de pollo y envuelto en hojas de banana) y pan relleno (que podía ser, al azar, de banana, salchicha o chocolate).

Apenas desembarcamos en la isla principal nos pasó a buscar el Trencito de la Alegría –con música y dibujos de Disney incluidos– para llevarnos a la casa donde nos alojaríamos. Cuando le conté a Rheden que en la Argentina ese mismo trencito (que parecía tan inocente) se usaba para hacer la previa de las fiestas de egresados, no lo podía creer. Una vez que nos instalamos, decidí aprovechar el tiempo libre para nadar, pero lo mejor que encontré cerca de la casa fue el puerto, que de paradisíaco no tenía demasiado. El calor era insoportable, así que decidí nadar ahí igual. Al parecer en el puerto se corrió la voz de que una bule se había metido al mar, porque decenas de cabecitas comenzaron a asomar de los barcos. Marineros, capitanes y pescadores salieron de sus embarcaciones y se sentaron en la costa para mirar el espectáculo. Por suerte había decidido meterme al agua al estilo asiático/musulmán (con ropa), por respeto y porque me daba muchísima vergüenza nadar en bikini frente a un montón de hombres que seguramente no estaban acostumbrados a ver bules nadando en bikini. Algunos me sacaron fotos con el celular, otros me saludaron y me piropearon en indonesio (siempre con respeto), todos miraron el bule-show. Cuando salí del agua, el grupo de hombres (que serían entre 30 y 40) se dividió en dos y se formó una pasarela para que yo caminara entremedio. En la Argentina esas cosas no pasan.

El itinerario oficial de los días 2 y 3 indicaba: 4.30 am, rezo; 7 am, desayuno; 8 am a 4 pm, tour de snorkeling por las islas; 5 pm, rezo y tiempo libre. Pero en el itinerario bule las cosas fueron un poco distintas. A las 4.30 am me desperté con el llamado al rezo de la mezquita vecina. Seguí durmiendo. A las 5.30 me desperté con el canto del gallo al lado de mi cama. Seguí durmiendo. A las 6.30 no soporté más el calor y me desperté. El desayuno nos esperaba: nasi goreng ikan (arroz frito con pescado, extra picante). Yo no me sentía muy bien por el calor y, como mi viaje por Asia recién empezaba, todavía no estaba acostumbrada a comer pescado frito tan temprano. La dueña de la casa se sintió un poco ofendida. ¿Cómo explicarle en bahasa indonesio que no me sentía bien como para comer pescado? Por suerte, Rheden tradujo y la señora no solamente me entendió, sino que al día siguiente me preparó un desayuno especial para bule: mie telur rebus (sopa de fideos con huevo).

A las 9 salimos en barco hacia otra de las 27 islas del archipiélago y, ahí sí, el mar fue tal como lo imaginaba: un arco iris de azules, celestes y turquesas. Si bien me parecía un poco incómodo, volví a nadar con ropa (pantalón y remera de manga corta), esta vez por respeto hacia mis compañeros de viaje, todos musulmanes. Equipados con las máscaras de snorkeling, nos sumergimos y nadamos entre peces naranjas, negros, amarillos, violetas. Y, para coronar el pequeño tour, caminamos con el agua por la cintura hasta un pedacito de arena perdido en medio del mar. Después, sesión de fotos. Los indonesios tienen una relación muy estrecha con la fotografía: el país es extremadamente fotogénico (por sus colores, sus texturas, sus comidas), los indonesios aman posar para las fotos y aman, aún más, sacarse fotos con cuanto bule encuentren.

Esa noche caminamos por el pueblo y compramos comida en la calle —una costumbre muy común en Asia—. Más tarde, un grupo de indonesios que se quedaba en la misma casa que yo me invitó a jugar a las cartas: esa fue, en realidad, la excusa para convertirme en el centro de atención y hacerme el interrogatorio bule de rigor. ¿Estás casada? ¿Tenés hijos? ¿Extrañás Argentina? ¿Qué te parecen los indonesios? ¿No te da miedo viajar sola? ¿Tenés Facebook? Mientras ellos preguntaban, Mel, una indonesia que hablaba inglés, traducía. Y yo me reía, incrédula: "¡Esto me pasa por ser bule!"

Al día siguiente había pasado de ser una simple bule a reina del barco: todos me conocían y sabían todo de mí. Descubrí que, además de simpáticos, los indonesios son muy chismosos, más cuando hay bules de por medio. Mel –quien rápidamente se convirtió en mi amiga e informante– me contó que los chicos del interrogatorio me habían apodado onde-onde girl (porque me habían visto comer ese snack en el barco de ida) y que dos de ellos estaban compitiendo por mi amor (uno, incluso, se estaba haciendo llamar Alex para que su nombre sonara a extranjero). Insólito, cual comedia romántica en playa paradisíaca.

Ese día nadé en el mar más transparente de mi vida, cené gado-gado (un plato típico de verduras y salsa picante) y volví a someterme al interrogatorio (parte 2) de los chicos. A la mañana siguiente el barco volvió a Jepara y Karimunjawa quedó atrás. Allá quedaron las supuestas historias de amor, los chismes de colegio secundario, los pescadores mirándome nadar, los interrogatorios nocturnos, los desayunos con pescado, las miradas y risitas, la natación con ropa, el onde-onde, las fotos posando cual bule. Y si bien ser extranjera en Indonesia puede terminar siendo un poco cansador –imagino que así se siente una persona famosa cada vez que sale a la calle–, la experiencia en Karimunjawa no hubiese sido memorable si yo no hubiese sido la única bule infiltrada en el viaje. Las mejores historias surgen cuando lo normal deja de serlo.

¿QUERÉS IR?

  • El viaje se puede hacer de manera independiente, aunque suele resultar más barato contratar un paquete a través de alguna agencia orientada a viajeros jóvenes.
  • Alojamiento : hay hoteles, casas de familia y camping. Recomiendo quedarse en una casa de familia para conocer más de cerca la cultura local.
  • La comida indonesia es muy picante , así que aquellos que no la toleren deberán acordarse de pedir que sea tidak pedas (sin picante).
  • Los barcos salen del puerto de Jepara y de Semarang todos los días. Para ir de una isla a la otra lo mejor es usar lanchas o botes locales.
  • ANIKO VILLALBA

    Tiene 27 años, es fotógrafa y escritora, y desde 2008 se dedica a recorrer las más diversas geografías y escribir. Una viajera profesional, empeñada en descubrir la belleza que encierra cada rincón del globo.

    Más sobre ella en su blog, viajandoporahi.com

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