
Ouro Preto: donde el brillo perdura
Fundada a principios del siglo XVIII, la Ciudad del Oro, que fue cuna de la independencia y el arte brasileños, hoy luce como en su época de mayor esplendor
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“La primera vista de Villa Rica u Ouro Preto es grandemente seductora –deslizó el comerciante John Luccock, probable espía de la corona británica, en sus notas de viaje–. Da la impresión de un agrupamiento de aldehuelas blancas y bien construidas, escalonadas sobre las puntas salientes de la montaña... Es, tal vez, uno de los lugares más extrañamente situados en el mundo entero y sólo el poderoso amor al oro podría haber dado origen a una ciudad en tal posición... Los edificios públicos de comercio y de diversiones están hechos de piedra, con algún derecho a ser calificados de bellos; algunos, de hecho, poseen un aspecto de grandiosidad desconocido en otras villas y ciudades de Brasil...”. Al sabio alemán Hermann Burmeister, que luego se radicaría en la Argentina, le impresionaron más las calles: “Suben y bajan con tal inclinación –escribió– que es tan peligroso descenderlas a caballo como penoso recorrerlas a pie”.
Así era Ouro Preto entrado el siglo XIX, cuando el fulgor del oro aún no se había apagado. Y así es Ouro Preto hoy, a 22 años de admitida por la Unesco entre las maravillas del Patrimonio Mundial. El tiempo no parece contar para esta obra maestra del barroco mineiro. Bandeirantes, esclavos, funcionarios reales y conspiradores cedieron paso a las bulliciosas repúblicas de estudiantes y los turistas de nuestros días. Pero el escenario de sus andanzas no cambió, está como hace dos centurias, cuando un arranca muelas encabezó el primer levantamiento independentista de Brasil y un tullidito genial inauguró el camino que conduciría a la Brasilia de Niemayer.
“Lo que permanece de las realizaciones humanas no es lo que sirve, sino lo que conmueve”, dijo Le Corbusier. Y Ouro Preto conmueve. Algunas razones están a la vista. Otras, en la historia.
Oro negro
Los bandeirantes –una horda poco escrupulosa de aventureros– fueron los primeros blancos en asomarse a la región. Se dedicaron a cazar indios para el mercado esclavista hasta que, a fines del siglo XVII, la sed de un mulato reveló un filón mejor. Cuentan que encontró un puñado de granos negros en el fondo del recipiente con que había recogido agua de un río serrano. Las piedritas terminaron en manos de Artur de Sá e Menezes, entonces gobernador de Río de Janeiro, que –mordisco mediante– advirtió que se trataba de oro de la mejor calidad, disfrazado bajo una fina capa de óxido de hierro.
El problema era dar con el sitio exacto del hallazgo en medio de una comarca selvática y escabrosa. Sólo se sabía que estaba al pie de un cerro coronado por una curiosa peña, llamada por los indios Itacurumim (piedra hija). Tras esa señal partieron innumerables bandeiras (expediciones). La suerte favoreció a la comandada por el paulista Antônio Dias de Olivera, que avistó el anhelado Pico do Itacolomi una brumosa mañana de julio de 1698. El privilegio de los pioneros no duró demasiado. La noticia del hallazgo se propagó y multitudes confluyeron sobre el lugar desde San Pablo, Río de Janeiro e incluso el lejano Nordeste. Los campamentos mineros se convirtieron de la noche a la mañana en extendidos arraiais (poblados), a despecho de hambrunas –nadie se ocupó de cultivar–, batallas y alzamientos ferozmente reprimidos por la autoridad real. En 1711, unificando algunos de ellos, el gobernador Antônio de Albuquerque Coelho de Carvalho creó Villa Rica de Albuquerque. Pero el pueblo la rebautizó Ouro Preto (oro negro).
De 1730 a 1760, la producción aurífera alcanzó su apogeo. Se extrajeron más de 35.000 kilos de oro puro, cuya quinta parte fue a las arcas de la reina de Portugal. Mucho, también, fugó de contrabando (los frailes dedicaban “más tiempo a traficar oro que a salvar almas”, ilustra Eduardo Galeano en Memorias del fuego). Aun así, Ouro Preto se volvió el lugar más rico de Brasil. Los señores de las minas levantaron mansiones, brotaron fuentes de piedra en las plazas, el mercado rebosó de paños de Manchester y porcelana china, y sobraba oro para reponer a los esclavos que trabajaban –y morían como moscas– en los lavaderos y las galerías subterráneas. Chico-Rei, uno de ellos, supo dar vuelta la historia. Con horas extras y alguna que otra picardía, compró su libertad, la de su entera tribu e, incluso, la mina de su amo. Y vivió el resto de sus días rodeado de una pintoresca corte, como correspondía al rey que había sido en Africa.
Mientras tanto, las ermitas construidas por cada agradecido arraiai ascendieron a iglesias de imponente fachada y un interior desbordado de trópico. Sus altares dorados a la hoja, sus magníficas tallas y su énfasis ornamental eran fruto del barroco mineiro: un estilo mestizo, nacido en el aislamiento de las sierras. El arquitecto, escultor y tallador Antônio Francisco Lisboa, más conocido como el Aleijadinho (el Lisiadito), otorgó grandiosidad definitiva a esta expresión regional, hizo de ella uno de los fenómenos artísticos más originales de la América colonial (ver recuadro). Con su obra arrancó un arte auténticamente brasileño. Ese que, siglos después, daría al mundo los palacios de Brasilia y las vigorosas telas de Candido Portinari.
Independencia
Hacia fines del siglo XVIII, el oro –que parecía inacabable– comenzó a agotarse. La corona respondió aumentando los gravámenes. Y el descontento se agudizó. Era la oportunidad esperada por dueños de minas y haciendas, contrabandistas, magistrados, frailes, militares y poetas como Tomaz Antônio Gonzaga (autor, según Manuel Bandeira, del “más bello y célebre poema de amor de la lengua portuguesa”: Marília de Dirceu). Cansados del parasitismo portugués, ahítos de Rousseau y Voltaire, se proponían hacer de Brasil una república independiente e igualitaria. Pero una delación abortó el alzamiento antes del primer tiro.
Los conjurados acabaron en prisión, salvo el alférez y dentista ocasional Joaquim José da Silva Xavier, alias Tiradentes (Sacamuelas), que resistió el tormento sin abjurar de sus sueños ni echar la culpa a otros. Es más: asumió toda la responsabilidad del movimiento. No le perdonaron tanta entereza. Fue ahorcado el 21 de abril de 1792. Ensañado, el gobierno mandó descuartizar su cadáver para escarmiento. Los quartos se exhibieron a lo largo del camino que conducía a Villa Rica. Y la cabeza –enjaulada, por las dudas–, colgó durante días del poste de la vergüenza, en el centro mismo de la ciudad. La Inconfidência Mineira (Conjura Minera), sin embargo, acabó abriendo las puertas al emancipado –aunque imperial– Brasil de 1822.
En 1823, intentando frenar su decadencia, el emperador Pedro I promovió Ouro Preto a capital de la provincia de Minas Gerais. Pero el oro ya no estaba. Y la capitalía pasó a la flamante y mejor comunicada Belo Horizonte.
El antiguo enclave minero entró al siglo como reducto estudiantil. Esto y un organismo creado en 1937, cuando el Estado Novo de Getulio Vargas procuraba construir una identidad brasileña –la Dirección de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional–, preservaron su arquitectura. La dirección, con ayuda de la Unesco y el ojo puesto en el turismo, emprendió en los años 70 un programa de recuperación que hasta logró esconder el cableado. El premio fue entrar, en 1980, en el selecto club del Patrimonio Mundial.
City tour
Ouro Preto es hoy una ciudad ganada por los estudiantes, cuyas repúblicas le contagian una atmósfera bulliciosa. Todo invita a caminarla. Montada sobre colinas, ofrece a cada paso magníficas perspectivas. Guarda detalles arquitectónicos y rincones espléndidos. Y goza de una seguridad rara en Brasil. Además, manejar por sus estrechas y empinadas calles –disputando el paso con transeúntes y animales de tiro– no es una aventura para visitantes.
Plaza Tiradentes, el corazón ouropretense, es un buen punto de partida. Al centro, donde estuvo expuesta su cabeza, se alza una vigorosa estatua del mártir de la conjura mineira. Sobre los flancos aparecen las dos sedes del poder político. El Palacio de los Gobernadores, con sus aires de fortaleza, hospeda las aulas de la Facultad de Minas y Metalurgia y un museo de mineralogía de renombre mundial. Y en la Casa de Câmara e Cadeia (Cabildo y Calabozo) funciona desde 1944 el Museo da Inconfidência, que guarda objetos y documentos de la célebre conspiración, los restos mortales de sus protagonistas y una muestra del arte del Aleijadinho.
Cerca de la plaza aguarda una verdadera orgía del barroco: la iglesia Matriz del Pilar (1733). Y colina abajo, en el distrito Antônio Dias, la mina de Chico-Rei –cuyas galerías están abiertas a la curiosidad– y la otra iglesia madre de Ouro Preto: Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción (1746), proyectada y construida por Manuel Francisco Lisboa, padre del Aleijadinho. Ambos están sepultados bajo sus losas.
La iglesia de San Francisco de Asís –con sus torres cilíndricas y su impar fachada– muestra a Aleijadinho por entero. No sólo hizo los planos. También ejecutó el relevo de la portada, el retablo, los altares laterales. Y esculpió en pedra-sabâo (esteatita blanda) los medallones de la fachada, los púlpitos y la magnífica pila bautismal. Para terminar de conocer la producción cumbre de Antônio Lisboa, se impone un viaje de 66 kilómetros hasta el Santuario del Bom Jesús do Matozinhos –otro integrante del Patrimonio Mundial–, en Conghonas do Campo. Allí predican sus atormentados Profetas, el mayor tesoro escultórico de Brasil. Los realizó entre 1796 y 1799, con más de 60 años y sus manos ya desechas.
De regreso, queda aún mucho por ver: los panoramas que regala la capilla del Padre Faría o la enaltada iglesia de San Francisco de Paula; la Casa dos Contos –donde antaño se guardaba el oro– y la Casa da Opera –el teatro en funcionamiento más antiguo de América latina–; los ornatos africanos de la iglesia de Santa Efigênia –que levantaron Chico-Rei y su tribu–, los azulejos portugueses de Nuestra Señora del Carmen y el bello cincelado de un puñado de fuentes; las 7543 hectáreas del Parque Estatal do Itacolomi, donde pervive el paisaje que encontraron los pioneros. Además, es imperdonable partir sin haber probado un feijao-de-tropeiro, una galinha caipira com quiabo o alguna otra delicia de la cocina regional. Y, con tanta estudiantina suelta, sobra animación.
Los bandeirantes no erraban: bajo el Pico do Itacolomi palpita Eldorado.
Para viajeros
Ubicación: centro-sur de Brasil, en el Estado de Minas Gerais. Cómo llegar: en avión hasta Belo Horizonte, vía San Pablo, y desde allí en ómnibus o automóvil de alquiler (100 km). Alojamiento: al Grande Hotel da Hidrominas que proyectó Niemayer –una de las contadas intromisiones contemporáneas– se suman numerosas posadas de fachada colonial y, en las afueras, el espléndido Hotel da Estrada Real. Comida: cocina regional e internacional, para todos los presupuestos. Qué comprar: oro y piedras preciosas a buen precio, artesanías en pedra sabâo y algunas antigüedades de interés. Recomendable: por la altura, las mudanzas del clima requieren llevar paraguas por más que el sol brille. Temporada propicia: fin de otoño y principio de primavera.
Francisco Lisboa, el Aleijadinho
Hijo de un arquitecto portugués y una esclava, Antônio Francisco Lisboa nació el 9 de agosto de 1738 en un arrabal de Ouro Preto. Inició su aprendizaje en el taller del padre. Pero no tardó en transitar un camino propio, reinventando el barroco europeo con el espíritu y los materiales de la comarca del oro. A los 47 años –cuando ya era un artista de renombre– contrajo la enfermedad a que adeuda el mote de Aleijadinho (Lisiadito). Algunos dicen que fue lepra. Otros se inclinan por la artritis deformante o la sífilis. Lo cierto es que el mal lo devoró impiadosamente, otorgándole un aspecto espeluznante. El genial mulato debió ocultarse bajo un capote de lana, trabajar a escondidas y hacer que sus esclavos le ataran la maza y el cincel a las arrasadas manos. Así forjó las vigorosas figuras que, en Le Musée Imaginaire de la Sculpture Mondiale, André Malraux colocó entre las obras más conmovedoras de la historia del arte. La parálisis y la ceguera se adueñaron del tramo final de su vida. Pasaba los días sobre un pequeño estrado, rogando que el Señor posara sobre él “sus divinos pies”. Dios lo escuchó una tarde de noviembre de 1814.




