
Pablo De Santis: El padre que se siente un par de sus hijos
Es escritor, trabaja en casa, hace la compra con los chicos y es papá desde siempre, de modo natural
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Pablo De Santis es escritor. Tiene 37 años, tres hijos, dos de su primera pareja -Paulo, de 17, y Francisco, de 13- y uno con la periodista de Clarín Ivana Costa, Octavio. Octavio, una persona de un año y medio. Cuando nació Paulo, De Santis tenía 20 años y trabajaba en la revista Salimos, además de escribir -novelas- y estudiar -Letras-. Inconsciente o atrevido, era padre, periodista, estudiante y escritor, todo al mismo precio.
-Tener hijos joven te da otro tipo de relación. Yo escribía, estudiaba y trabajaba, pero hay un montón de cosas de haber tenido chicos que me marcaron el modo de trabajar. Por ejemplo, para optimizar el tiempo empecé a tener todo armado en mi cabeza antes de escribir. No esperaba a sentarme para decir: "A ver, qué voy a escribir". Ahora, aunque los chicos más grandes viven con la mamá, tres días a la semana se mudan a la casa de Pablo, que todavía les cuida devotamente los juguetes para que no se los destartale el más chico.
-Los más grandes son de la generación de los muñecos, los Cazafantasmas, esas cosas. Si se les rompe algo, yo se los pego. A mí me encantan los juguetes. Después de la separación, el no estar todos los días con ellos hizo más intenso otro tipo de actitud. Empecé a contarles más cuentos, a tener un mundo en común más rico. Un día, De Santis dejó de trabajar en las redacciones y trasladó el trabajo a casa. Ahora su mujer va a la redacción y él se queda paseando con Octavio, haciendo las compras con donaire y trabajando en el hogar. -Hay una señora que lo cuida, que viene cuatro días por semana, pero igual paso mucho tiempo con el nene. Sentí mucho el cambio cuando dejé de trabajar en una redacción. Empecé a tener una relación cotidiana con los chicos muy distinta. Es bueno no tener para ellos solamente ese horario de la noche, que llegás cansado, y estar en tu casa durante el día.
De Santis no ha sido un padre paranoico ni represivo. Habla de sus hijos como de pares que lo enternecen.
-Los hijos siempre son un misterio. Uno los mira con curiosidad, preguntándose a qué se van a dedicar. Cuando eran chicos, los dos más grandes salían conmigo y tenían que bancarse ir a las librerías, pero nunca los presionaba para que se interesaran por lo que a mí me interesaba porque sé que ese camino no va.
Francisco, de todos modos, le salió adicto a la literatura. O más bien, a una parte muy específica de la literatura: Tolkien.
-Y yo que jamás leí a Tolkien.
Dice De Santis, antes de explicar que el más grande no, que al principio le gustaba la historieta, pero que ahora está entre los amantes de la música.
-Paulo empezó a salir de muy chico. Me acuerdo que me asustaba, pero una vez lo llevé al recital de Los Ramones. El tendría 12, 13 años. Ahí pensé: "Yo ya no puedo seguir este ritmo". No podía volver a hacer horas de cola en un estadio, todo eso. No. Y empezó a salir solo, con los amigos. Me asustaba, porque a los chicos los roban mucho, pero nunca le dije: "No, no salís". Hay un momento en que uno a los chicos los cuida, sabe adónde van, quiénes son los amigos. Después empiezan a tener su mundo y ya no sabés nada. Eso creo que es lo más duro porque no tenés ningún control.
Sospecha que a los más grandes los crió "más a los ponchazos", y que con Octavio ya es todo un neurótico experimentado.
-Con la madre tiene una relación más pasional, le hace más caprichos. Claro que nuestro caso es al revés. Ella se va a trabajar y yo me quedo en casa con el nene. Yo hago las compras, sí. Ir al supermercado con Octavio me encanta. Con Ivana no, porque se detiene en todas las góndolas, todo le parece entretenidísimo. Y a mí me gusta ir con Octavio porque hago un recorrido rápido, a toda velocidad. Antes cocinaba mucho, pero ahora no. Es que un chico te da mucho trabajo. Hay que mirarlo todo el tiempo. Es agotador, pero tiene su recompensa.
Y le gusta encontrar, sin esperarlos, a sus hijos por la calle. -Es una alegría. Es una cosa menor, pero es una alegría ver a los chicos. Encontrarlos de golpe en la calle, verlos y que no me hayan visto y la sonrisa cuando me ven. Porque siempre les gusta verme. Eso es una cosa linda. Sí.
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