60 años después: hicieron un pacto al egresar del colegio y hoy lo siguen cumpliendo
Cada año, las ex compañeras de secundaria hacen honor a lo que prometieron al salir de la escuela
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Era su último día de secundaria en la Escuela Nacional de Comercio N 2. Las 41 compañeras de la promoción 1961 se reunieron en el patio, y, colmadas de emoción por haber finalizado su etapa escolar, decidieron sellar un pacto para toda la vida. Se comprometieron a juntarse todos los 17 de agosto a las 17 en la confitería St. James, ubicada a pocas cuadras del colegio. Sin organización previa, sin cartas de invitación. Cada año, simplemente llegarían por su cuenta al lugar en la fecha y en el horario estipulado.
Cualquier persona mayor -un docente o un padre- que hubiera pasado por ahí y escuchado lo que las adolescentes estaban prometiendo habría pensado que la idea era ridícula, que con suerte lograrían juntarse el primer año, quizás también el segundo, y que luego el pacto quedaría en el recuerdo. Pero no fue así.
“Nosotras nunca fallamos. Salvo el año pasado por la pandemia”, dice Norma Bonvillani, de 78 años, mientras ingresa con una sonrisa al restaurante donde ella y sus compañeras de secundaria se reunirán a festejar sus 60 años de egresadas. Sobre la ventana, se extiende una mesa larga con 19 cubiertos, reservada para ellas.
El resto del grupo comienza a llegar de a poco. Algunas se desplazan con agilidad hacia la mesa; otras se ayudan con bastones y andadores. Ya no son 40, como en un principio, sino 19. Siete han fallecido en los últimos años, dos viven en el exterior y las restantes no asistieron por diferentes razones.
Es 23 de octubre, no 17 de agosto. Como excepción, este año decidieron retrasar la fecha de encuentro por la situación epidemiológica. El restaurante también es distinto al pactado en 1961. La confitería St James cerró hace varias décadas y desde entonces no volvieron a tener una locación fija para sus encuentros anuales, que ahora organizan por Whatsapp.
“Las vi crecer, casarse, tener hijos, nietos. A algunas, también, perder a sus maridos en los últimos años. Nos fuimos acompañando y conteniendo unas a otras a lo largo de la vida. Es lindo, porque nunca estuvimos desunidas. Sabemos si una está enferma, si cumple años, si necesita algo”, cuenta Teresa Vincieri, ya sentada en la mesa junto a sus compañeras de secundaria.
-¿Cómo hicieron para lograr juntarse todos los años durante 6 décadas?
Desde la esquina de la mesa, una de ellas responde enseguida: “Compromiso y amistad”. Begoña Uriarte, sentada a su lado, lo relativiza: “Si, por supuesto. Pero también gracias al especial esfuerzo de dos compañeras: Marité, la que hizo los souvenirs de hoy, y Liliana, que falleció en 2019. Ellas fueron el motor”, explica.
Lejos del Whatsapp y las pioneras del viaje de egresados
Cuando egresaron, las adolescentes no tenían teléfonos fijos en su casa. Por eso, para no necesitar una organización previa, decidieron fijar la fecha y el horario de los encuentros anuales. Pero, años después, cuando las jóvenes empezaron a tener una línea telefónica a mano -no en sus casas, pero sí en sus trabajos y en otros lugares de concurrencia-, Marité Porrero y Liliana Taladriz, mejores amigas, empezaron a ocuparse de la organización del evento. “Nos empezaban a llamar en junio para hacernos acordar de la juntada de agosto. Si no hubiera sido por ellas, no se si lo hubiéramos logrado”, suma Uriarte. Las dos amigas también preparaban sorpresas y souvenires.
Dina Galván recuerda las primeras juntadas con cariño. “Yo salía del conservatorio para intentar llegar a St James, pero no siempre lo lograba” , rememora la ya jubilada profesora de guitarra. Las carreras universitarias, terciarias y los bebés complicaban las reuniones. “Me acuerdo que Gamis, que tuvo hijos muy jovencita, caía siempre a la confitería con alguno de los nenes colgando. Primero los llevaba a la plaza y después venía”, recuerda, con una sonrisa, Delia Santin.
Su promoción, la ‘61, fue una de las primeras de la ciudad en irse de viaje de egresados, una novedad para la época. La mayoría de sus padres consideraban que este tipo de viajes eran sumamente transgresores, por lo que no permitieron que sus hijas fueran. De la camada de 40 adolescentes, solo viajaron 12.
“Fuimos a Bariloche en un tren con vagones de madera. Tardó una barbaridad, casi dos días”, recuerda Marta Lucero. “Fuimos con dos padres. Íbamos a excursiones, al lago. Nada de ir a bailar. Nos divertimos muchísimo. Nos ayudó a unirnos mucho más como grupo”, cuenta Elida Villa.
Ella y Marta volvieron a viajar juntas en 2011. La idea surgió en uno de los encuentros con el grupo de la secundaria. “Yo había quedado viuda hace poco. Y Marta, que ya era viuda, contó que se iba a ir sola a Italia, y me dice: ¿no querés venir? Y le dije que sí. La pasamos de diez”, rememora. Marta también ha viajado en los últimos años a Aruba y Machu Picchu con Delia Leal, otra de sus amigas más cercanas de la escuela.
Las compañeras también han compartido a lo largo de sus 60 años de amistad invitaciones a sus casamientos y, décadas más tardes, a los casamientos de sus hijos. En el álbum que guarda Norma Bonvillani, hay fotos de muchas de estas fiestas compartidas, y también de los encuentros anuales. Hoja a hoja, se puede notar como las compañeras fueron envejeciendo de a poco.
-Me imagino que, además de fiestas y momentos lindos, deben haber compartido momentos difíciles
-Teresa Visieri: Hemos perdido compañeras. Eso es muy duro. Tuvimos que acompañar a Liliana, la íbamos a ver. Tuvo un problema en la pierna que terminó en una infección en los huesos. Fue terrible, la verdad. Terminó falleciendo por eso. Muchas veces íbamos a visitarla a la casa. Durante un tiempo, nos reuníamos ahí porque ella ya no se podía movilizar.
A Marité se le humedecen los ojos cuando habla de su amiga del alma, Liliana, con quien se ocupaba de organizar los eventos de la camada. Este año, debió preparar los suvenires sola. Para cada compañera, preparó un sobre con una tarjeta conmemorativa de los 60 años de egresadas, una pequeña suculenta en una maceta y un calendario con fotos de ellas, algunas del colegio y otras de los últimos años. “En cada mes, están anotados los cumpleaños de cada una”, muestra, con orgullo.
Y agrega: “a Liliana le hice un sobre también, aunque haya fallecido. Fue ella la que inició todo esto. Ella era la gran promotora de los encuentros. Yo la ayudaba. Después de la reunión de agosto, Liliana acostumbraba a hacer una o dos reuniones más antes de diciembre en su casa o en alguna confitería, y varias se sumaban”, cuenta Marité.
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