
Padres, hijos y drogas: crónica del encuentro
No es imposible alejar a los adolescentes de las adicciones. Los familiares pueden actuar a tiempo –con ayuda de instituciones– y los chicos pueden hacer pie en nuevos centros de interés para sus vidas. Crónica de una reunión semanal de padres preocupados y la autorizada opinión de un especialista
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El escenario: una institución dedicada a la prevención y asistencia ambulatoria de adicciones en el barrio porteño de Palermo. El motivo: la habitual reunión de los miércoles, donde madres y padres de los ex adictos internados abordan –con la ayuda oportuna de psicólogos y coordinadores– la difícil pero perceptible evolución de sus hijos en camino hacia la buscada recuperación. Por razones obvias, no se brindan aquí nombres ni señas que permitan identificar a tal o cual. Tampoco hacen falta en este caso. Lo importante es, por ejemplo, la palabra de una madre que hoy está particularmente preocupada. “Es cierto –dice ante la mirada atenta de los demás–. Desde que viene aquí mi hijo ya no fuma cigarrillos de marihuana. Ya no se ve con esos amigos de la esquina que pasaban el día entero en el parque fumando porros o tomando cerveza. Pero ahora, fíjense ustedes, se le dio por el chat. Está el día entero agarrado a la computadora como si fuera un salvavidas. No saluda a nadie, no viene a comer, no ayuda en la casa y descuida la escuela; se pasa horas y horas encerrado con llave en su cuarto. Un día, desde el otro lado de la puerta, le dije que apagara la computadora. Pero él se negó. ¿Quién te creés que manda en esta casa?, le respondí casi gritando. Nadie, me dijo con total despreocupación, mientras seguramente continuaba mirando fijamente la pantalla”.
Cuando no manda nadie en una casa cualquier cosa puede suceder. Los padres presentes intervienen, primero con timidez y luego casi con fervor. Uno propone que se le prohíba al chico el uso de la computadora. Una mamá sugiere la imposición de horarios. Otra habla de llaves, contraseñas y otras formas de bloquear el acceso del joven a la pantalla. Todas las ideas, aun las más exageradas, parecen razonables en el contexto donde son planteadas. “Como quiera que sea, hay que ponerle un límite a esta nueva adicción –resume el psiquiatra Hugo Mayer, director del centro aludido y autor del libro Drogas, hijos en peligro, de reciente aparición–. Pero hay que hacerlo de una manera fundamentada –sugiere–. Como quien forma parte de una difícil negociación”. Los casos se van sucediendo y los participantes se convierten, de pronto, en imprevistos voyeurs de vidas ajenas y en general bastante complicadas. “Mi hija tuvo una recaída”, admite un padre con dolor. El episodio, luego ampliado en sus detalles cotidianos, es comentado como parte de un paisaje familiar delicado; en la casa hay discusiones de pareja, poco diálogo, mucha televisión a todas horas, alto nivel adquisitivo, bajo nivel afectivo, etcétera.
Mayer cuenta una experiencia reciente que tiene que ver con Juan Pablo, uno de los chicos internados en este lugar que, en los hechos, funciona como hospital de día. Los chicos entran y salen, permanecen algunas horas en el sitio y no se los contiene mediante ningún recurso de tipo carcelario. Juan Pablo es un joven de 16 años; su madre lo llevó al centro de recuperación porque lo encontró en el living consumiendo cocaína. Eso no era todo: su hijo tenía problemas en la escuela, se mostraba cada vez más agresivo, despertaba de noche y dormía durante el día. Apenas entró en tratamiento dejó de consumir y, por suerte, empezó a progresar en varios sentidos. Sorprendido por un cambio tan repentino, el psiquiatra le preguntó a él mismo por qué creía que había cambiado tanto en tan poco tiempo. “Es que acá me siento valorado –resumió Juan Pablo, en referencia al centro ambulatorio al que concurre–. Usted ya sabe: mi viejo no existe, se fue a Europa cuando yo era chico; mi vieja trabaja todo el día en la portería de un edificio. Con mis hermanos todo bien, pero... ni bola entre nosotros. En el colegio no hay con quién hablar. Vos le preguntás algo a un profesor y te dice cualquier cosa, no le importás en lo más mínimo. Mi mamá es la única persona con la que puedo contar, pero, bueno, está claro que no puedo depender de ella toda la vida. Así andaba medio perdido y bajoneado, cuando un amigo me hizo probar la pasta. Y la verdad es que me gustó, me levantaba, me hacía sentir más importante...”.
La palabra no
En su último libro –dirigido especialmente a padres y docentes–, Hugo Mayer habla mucho sobre estos temas. Y cuenta muchas historias vividas como parte de su amplia experiencia clínica. ¿Cómo hacer para que los hijos cuenten con límites apropiados y no dejen por eso de tener un buen espacio para desarrollarse sin sentirse asfixiados? Ante esta pregunta típica de los padres de jóvenes transgresores, Mayer responde indirectamente, a la manera de los viejos maestros, echando mano al relato de otro caso. Una mujer separada de 42 años, inteligente y afectuosa, intentó compensar la ausencia del padre con una gran protección hacia su hijo adolescente. Este no estaba mal, en apariencia, pero algo lo llevó a fumar su primer porro a los 13 años. La situación se fue complicando posteriormente con lo de siempre: problemas serios con el estudio, aislamiento creciente, entrada abrupta en una zona de peligro que sólo unos pocos percibían a su alrededor.
Los intentos que hizo el padre –separado de la madre desde hace años– en el sentido de poner las cosas en su sitio fueron infructuosos. El hijo lo trató de facho, le dijo que era un violento sin remedio, que no quería hablar más con él y cosas por el estilo.
¿Hay, entonces, que callar para asegurarse el cariño de los hijos? ¿La mejor opinión, en ese afán, es el silencio? Mayer, para el que las adicciones constituyen un mal típico de la posmodernidad, admite que decirle no a los hijos es más trabajoso que decirles que sí. La palabra no señala una diferencia, impone una distancia; puede, incluso, desencadenar un severo enfrentamiento entre las partes. “Con todo –insiste con firmeza el especialista–, el límite aplicado oportunamente es la premisa de un sano desarrollo, la condición básica para crecer y vivir en libertad”. ¿Acaso puede una persona que no acepta límites disfrutar de la vida en plenitud?
La reunión de padres está en un su apogeo. Cada historia parece superar a la anterior en complicaciones y detalles. Las drogas son un tema recurrente. Pero el trasfondo de todas las historias parece tener que ver, más en general, con la cuestión del límite y su carencia. Un papá le dice a otro: “Parece que estuvieras hablando de mis hijos”. Una mamá se siente tan identificada con otra que, a medida que escucha, no hace más que asentir con la cabeza. Una pareja de padres trae al ruedo los problemas que se les plantean con una hija de 17 años. Hasta hace poco, la chica fumaba hasta diez cigarrillos de marihuana por día. La madre trata de contenerla, pero el padre no puede negarse a sus múltiples demandas. La mamá se queja con razón: “Ya ni lava su bombacha –ejemplifica–. Y cuando se le acaban las de ella usa las mías, al igual que el resto de mi ropa. Y después deja todo amontonado al costado de la cama”. Padre y madre, en realidad, admiten que de una manera o de otra sobreprotegen a su hija. Ahora, la adolescente acaba de iniciar un tratamiento que posiblemente le permita recuperarse en un corto período. Pablo, uno de los operadores presentes en la reunión, intenta ahondar en la cuestión. “Un adicto presenta, sin duda, problemas individuales –dice–. Pero en su acción autodestructiva y en su marginación progresiva no podemos dejar de escuchar un mensaje dirigido a su familia y a la sociedad: ¡No quiero ser como ustedes! ¡No me interesa el lugar que tienen reservado para mí! Saber escucharlo puede ser un estímulo que promueva la búsqueda de nuevos y mejores caminos de comunicación y rebeldía”.
La palabra sí
Hugo Mayer cree que es mucho lo que puede hacerse para prevenir un mal que ataca la identidad de las personas, que destruye poco a poco la médula de la familia y, a la larga, de la sociedad entera. Y si bien es partidario de imponer límites, no acuerda de ningún modo con el recurso burdamente represivo. “La batalla contra las drogas no podrá ser ganada con balas ni con cárceles para consumidores –opina–. El mejor camino pasa, a mi entender, por la educación, la disciplina, la responsabilidad, la capacitación y el amor. Lo ideal sería forjar en los chicos ideales que alimenten proyectos, que promuevan la solidaridad y estimulen las fuerzas creativas de cada joven”.
En las reuniones de padres de ex adictos se habla mucho de la necesidad de apuntar en esa dirección, aun sabiendo que la realidad argentina contribuye muy poco a estimular en la gente la generación de proyectos de futuro. “Mi hijo trabaja el día entero, y por un sueldo muy bajo, en una empresa de telemarketing –cuenta una mamá que esta tarde se muestra un tanto desanimada–. Casi nunca podemos vernos –constata–. Y cuando él vuelve, tarde en la noche, sólo piensa en dormir y en encerrarse como siempre en su cuarto”. Por lo general, el aislamiento es un síntoma que puede resultar riesgoso. La mayoría de los adictos a sustancias psicoactivas –ya se trate de drogas o alcohol– comenzó en algún momento por quebrar los puentes que los unían con el mundo. El consiguiente escapismo frente a los conflictos parece ser un motivo reiterado. ¿Enfermedad individual o problema social y cultural? Es indudable que todo tiene que ver. El sujeto contemporáneo –como afirma el filósofo Paul Virilio– vive sumergido en un estado de sobreexitación y stress permanente; está rodeado de soledad, de incomunicación, de objetos de consumo, y soporta una frustración cotidiana esencial en lo que respecta a relaciones amorosas y a realizaciones sociales. En este caldo de cultivo, la droga aparece como un alivio de alcance obviamente limitado. ¿Cómo combatirlo? La información detallada sobre las consecuencias del consumo de drogas puede ayudar. Pero no es todo. Eso es como contarle a un fumador con pelos y señales todas las probabilidades, científicamente comprobadas, de que tarde o temprano contraiga alguna variedad del cáncer. Tampoco sirve mentir, aunque el engaño se revista de buenas intenciones. “No me parece aconsejable desalentar el consumo diciéndole a los chicos que las drogas no les producirán ningún placer porque eso no es cierto –advierte Mayer con franqueza–. Más importante es insistir en los costos que supone elegir la vía química como sustituto de las relaciones afectivas y de las realizaciones sociales”.
Todo puede hacerse, en definitiva, si existe la voluntad. Desde consultar sin dilaciones a los especialistas –sobre todo cuando se va perdiendo el control sobre la propia vida de los hijos– hasta buscar, aun en las difíciles condiciones actuales, una consolidación del núcleo familiar en un nivel superior. Nada exterior a lo simplemente humano y afectivo, ningún objeto de consumo, ni siquiera un viaje maravilloso, puede reemplazar el intercambio real y sincero entre padres e hijos. “Ayer tomé un mate con Paula –sonríe, al terminar la reunión, una de las madres convocadas–. Fue el primer encuentro relajado que tuvimos juntas después de mucho tiempo. Ella me contó cómo le había ido en el tratamiento, me habló con entusiasmo de un chico que le gusta y me dijo que tenía muchas ganas de que saliéramos a pasear el fin de semana. Yo le dije que sí, claro. Le dije que yo también tenía muchas ganas de compartir cosas con ella después de tanto tiempo y de tanto sufrimiento”.
Como al pasar, uno de los coordinadores del encuentro celebró la anécdota. “A veces –dijo a modo de cierre de este encuentro–, la palabra sí cura tanto a un adicto como la palabra no”.
Algunas sugerencias
No existen fórmulas ideales que le aseguren a un padre la formación y la educación de un hijo libre de drogas. En su libro dedicado al tema, sin embargo, el psiquiatra Hugo Mayer propone –entre otras– algunas actitudes básicas que pueden ayudar, y mucho, en esa dirección. A saber:
- Hablar y compartir actividades con los hijos. Todo lo que haga al respecto resulta favorable. Hay que tener en cuenta que las drogas tienden a ocupar el lugar vacío de la comunicación y comprensión familiares.
- Educar con amor y tolerancia, pero con límites. La frustración inicial que produce el límite –el simple uso de la palabra no frente a las demandas– es condición del deseo y da sentido a la libertad en otras áreas y momentos.
- Restablecer las comidas como lugar de encuentro. Ya sean los almuerzos, las cenas o, incluso, el desayuno; se trata de buenas instancias para el intercambio afectivo y de experiencias. Claro que esto funciona siempre y cuando no se produzcan interferencias del televisor, la radio, el equipo de música, el diario o el celular.
- Mantener una figura paterna respetada. Esto crea confianza en los chicos. La actitud de la madre es, en este sentido, fundamental. Su mirada respetuosa, indiferente o despreciativa hacia su pareja es la primera gran influencia que los hijos recibirán.
- Evitar el consumismo sistemático. Es importante transmitir a los hijos la idea de que ningún objeto o sustancia pueden sustituir la plenitud de una relación afectiva. En este sentido, nada enseña tanto como el ejemplo.
Privilegiar el amor y el deporte. Tanto las relaciones amorosas como la actividad física –en el marco de una red amplia de relaciones familiares– son buenos antídotos contra el consumo de drogas. Esos vínculos y actividades producen sustancias naturales (llamadas endorfinas) que las drogas pretenden imitar con consecuencias desastrosas.
- Tolerar las rebeldías y diferencias. Sin tomarlos como una afrenta o una deslealtad, los actos de rebeldía de los hijos deben ser admitidos con altura, integridad y sin soberbia. Esto contribuye de manera decisiva al proceso de afirmación personal de los adolescentes. En este rubro, cabe incluir la necesidad de reconocer y respetar la singularidad de los hijos. Los padres deberían respetar sus opiniones, sus gustos, sus amistades, sus ideales y sus preferencias, siempre que éstas no sean ostensiblemente dañinas.






