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Es doctor en Matemática, profesor y uno de los periodistas más serios de la televisión
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En la tele hay muchas cosas. Tantas. Y también está este hombre extraño, de modos suaves.
Este hombre que, primero, llegó al Olimpo, y una vez ahí se enemistó con el monopolio mediático deportivo más grande de la Argentina, se quedó sin empleo y volvió, tiempo después, mutado en periodista de denuncias, de análisis político y económico.
Esta elipsis rara –por estar tan a contrapelo del gusto nacional por personajes fácilmente clasificables– es la suma de muchas capacidades, un par de oportunidades bien puestas y una convicción acerca de los beneficios que se obtienen por saltar al vacío, cuando hubiera sido tanto más cómodo quedarse quieto, simulando que no pasaba nada.
Pero si Adrián Paenza se hubiera quedado quieto, la mitad de todo lo que le pasó no le hubiera sucedido. Porque además de ser periodista es doctor en Matemática, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, y sí, toca el piano. Nació en Villa Crespo, hijo de madre judía y padre católico, ambos lo suficientemente ateos como para no dar explicaciones por esta afrenta doble de casamiento mixto y de no creer en nada.
–Es en el único sentido en el que recuerdo haberme sentido desplazado. No iba a catecismo ni a estudiar hebreo, y mis amigos eran o judíos o católicos. No entendía por qué no creíamos en nada.
Quizá, dice, fue por una sana deuda pendiente de su padre (que tuvo que preocuparse por trabajar demasiado antes de terminar la Facultad) que él y su hermana llegaron en forma natural a este amor furibundo por el estudio en todas sus formas.
–Estaban sobre la mesa todas las alternativas: inglés, patín, dactilografía, todo. Algo iba a elegir. Esos chicos que ahora limpian parabrisas a lo mejor en potencia son Mozart, pero nunca lo vamos a saber. Un hogar como el mío, donde no vivíamos en la abundancia, pero siempre quedó claro el valor de la cultura, es un gran privilegio. Hice primero inferior libre, y entré con 5 años a primero superior. Cuando estaba en quinto grado, se podía entrar con quinto grado al Nacional de Buenos Aires. Me preparé para dar el ingreso, pero no me dejaron dar el examen porque era muy chico. Tenía 9 años. Entonces, mientras hacía sexto, me preparé para dar primer año libre, cosa que hice. Entré a segundo año del colegio Belgrano.
En ese momento, Adrián Paenza tenía 11 años y estaba en segundo año de un colegio donde todos, a su alrededor, tenían 14. Eso fue sólo el comienzo de una larga carrera que hizo a su modo: adelantándose.
–Cuando estaba en quinto año, empecé a preparar el ingreso en la Facultad y entré, a los 14. Tengo recuerdos muy lindos. Supongo que debía poder, porque si no podés, no podés.
Terminó la Facultad a los 19. Además era, desde los 16, lo que siempre había querido ser.
Fue así. Paenza vivía cerca de Radio Rivadavia, y veía pasar todos los días a José María Muñoz, que era como decir Gardel.
–A veces lo paraba y le pedía que me tomara una prueba, que quería ser periodista. Yo jugaba a la pelota con mis amigos, pero como no podía jugar tan bien como ellos, se ve que busqué contar lo que hacen otros. Un día llamaron a casa desde Radio Rivadavia para que fuera a hacer una prueba. Salí volando. Entro al estudio y estaba Muñoz haciendo La oral deportiva. Me senté, y me dijo: “¿Cómo te llamás vos?” Le digo y dice: “Acá fulanito les va a leer los resultados del fútbol de Italia”. Me dio un papel y empecé a leer los resultados. Terminó el programa y él dijo: “Bueno, tenemos un nuevo compañero”. Yo tenía 16 años.
Así, al natural, Paenza mezcló sus dos pasiones. El fútbol y las altas matemáticas. Como si nada.
Loco por ti
Para Adrián Paenza, las matemáticas son una forma de las bellas artes, pero antes estaba convencido de que lo suyo era la química. Hasta que en el curso de ingreso topó con la estructura dadá de la lógica matemática.
–Se me proponía pesar silogismos en los que los argumentos en sí mismos no tenían sentido: si las vacas fueran cartones, como todos los cartones vuelan, entonces las vacas volarían. No importaba si tenía sentido vacas, cartones y volar. Eso me rayaba. Vos generás una estructura y la rellenás con cualquier cosa. A mí me rayaba que alguien hubiera pensado en abstracto eso. Si eso era estudiar matemática, yo quería estudiar eso.
Se recibió en 1970 y, después, se doctoró. La tesis de doctorado de Adrián Paenza se llamó Propiedades de corrientes residuales en el caso de intersecciones no completas. El dice que, cuando le dieron el problema, él ni siquiera entendía el enunciado. Trabajó en su doctorado desde 1976 hasta 1979. Y entonces se transformó en el doctor número 22 de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Y, desde 1964, en que entró como alumno, hasta hoy, en que es profesor, la Universidad pública, laica y gratuita es su filosofía de vida. Su causa personal.
–Yo escuché una vez a uno de los matemáticos más importantes de la Argentina decir: “Voy a decir algo, pero no sé si voy a estar de acuerdo con lo que voy a decir”. Me encanta vivir en un ambiente así, donde no hay solamente inteligencia, sino duda permanente, discusión. La matemática te da una red lógica, y vos podés hacer piruetas, pero sabés que abajo tenés una red, y eso te permite, frente a determinadas situaciones, tener más resueltas determinadas cosas. Te acostumbra a disfrutar de poder pensar, de tener un problema y de sentir el placer de poder resolverlo. Claro que con la matemática todo el mundo tiene problemas. Hay algo que hacemos mal quienes la difundimos, porque en el imaginario social termina siendo la materia más temida. Creo que esto es así porque damos respuestas a preguntas que la gente no se hizo y eso de entrada es muy aburrido. Si agarrás a una criatura de 3 años y le contás cómo se concibe un chico, se va, porque es algo que todavía no se preguntó. Pero si agarrás a un chico de 8 años y le contás lo mismo, te va a escuchar porque es una pregunta que ya se hizo. La tarea del docente es generar preguntas, no dar respuestas a preguntas que todavía nadie se hizo. Habría que revisar muchas cosas de la educación. Si uno piensa en todo el tiempo que le dedica a la escuela primaria y secundaria, y lo compara con el quantum de información que uno recibe en esos doce años, bueno, no sé si se corresponden.
{Subtítulo} David v. Goliat
Era 1995. Adrián Paenza ya tenía una larga carrera y, junto a Marcelo Araujo y Enrique Macaya Márquez, hacía el programa Fútbol de Primera. Era el anteúltimo programa del año y Hueso, un personaje virtual, hizo un chiste. Dijo que a los jugadores de San Lorenzo les decían Panchos “porque se venden más que las hamburguesas”, haciendo una alusión obvia a que se habían vendido en un partido contra Vélez. Durante el programa siguiente, el plantel de San Lorenzo se presentó a pedir derecho a réplica. A Paenza le pareció justo. A las autoridades de TyC, no. Era un no fuerte: Carlos Avila es el dueño del deporte televisado y todo lo que con él se asocie de la República Argentina. Paenza es un profesor de matemática, un hombre que toca el piano.
–No los querían dejar pasar y yo hice lo imposible para que entraran. La única condición que puse fue que no insultaran, y cumplieron. Hablaron mal de Avila, del hijo de Avila, de mí, de Araujo, de Macaya, del canal, de TyC, de todos. Pero no insultaron. A mí me decían todo el tiempo: “Cortalo, cortalo”. Y yo no lo quería cortar. Terminó el programa, y al domingo siguiente me echaron. Volvería a hacer lo mismo. Pero yo tengo el privilegio de poder hacerlo. En la Argentina hay personas que están sufriendo el avasallamiento y no pueden reaccionar porque tienen que mantener a la familia, pero si las personas que lo podemos hacer no lo hacemos, quién lo va a hacer. Las personas que tenemos resuelto el tema del trabajo y la vivienda, tenemos un compromiso mayor.
Después de eso, su universo laboral se redujo a unas pocas opciones. No es fácil trabajar si uno es periodista deportivo y acaba de ser expulsado del multimedio del rubro más poderoso del país. Hoy Paenza trabaja en América, canal que, ahora, es propiedad de Avila.
–Creo que si Avila hubiera podido elegir no hacer lo que hicieron, no lo hubiera hecho. El tiene conmigo una buena relación, y creo que en alguna parte valoró que yo hiciera lo que hice.
El Día D
Hubo nombres importantes en la vida de Adrián Paenza, y uno de esos nombres fue el de Jorge Lanata. Un día Paenza miraba la tele en su casa y se enteró, en vivo y en directo, que a Jorge Lanata estaban levantándole el programa Día D, por América.
–El contó que lo iban a levantar, y yo estaba en casa mirándolo. Me fui al canal para mostrar mi solidaridad, y pensé que iba a haber cuadras de gente. No había nadie. Lanata ni sabía quién era yo, y alguien le dijo: “Este tipo es tal”. Vino, me saludó, y después hablamos cada tanto y yo siempre le decía que se notaba la presencia de la ausencia de su programa. Un día, me llama Claudio Martínez, en ese momento productor de Lanata, y me dice que necesitan a alguien que escriba sobre fútbol para una revista que van a hacer. Y esa revista era XXI. Empecé escribiendo de fútbol y después Jorge me decía: “Vos escribí de lo que quieras”. Es una persona a la que le debo muchísimo. Es un tipo extraordinario, fuera de lo ordinario. Hizo radio, una revista, un diario a los 26 años, un programa de televisión y en cada cosa que hizo cambió la noción que había hasta el momento sobre eso. Con Jorge, si tengo algo, es mucha gratitud. Esa posibilidad de insertarme en los medios desde otro lugar es algo que le debo a él.
Cuando Lanata volvió a la televisión con Detrás de las noticias, Paenza volvió al ruedo como un periodista de investigación, análisis, entrevistas, y llegó a conducir el programa cuando Lanata no estaba en el piso. Fue en este ciclo que Paenza acusó a Ramón Díaz, director técnico de River, de cobrar dinero a jugadores del equipo para continuar en el club. Díaz le inició un juicio por injurias. El año último, después de ir a conciliación, no conciliaron.
–Porque para eso yo tendría que haberme desdicho de lo que dije, y no lo hice.
Después de varios rumores presentes y de un pasado común, este año el equipo de Detrás de las noticias vio partir a algunos de sus pilares: Adrián Paenza, Marcelo Zlotogwiazda, Ernesto Tennembaum y el productor Claudio Martínez. Los tres iniciaron programa propio: Periodistas, los domingos a la noche, por América.
–Jorge no quería hacer el programa todos los días, porque eso provoca un desgaste, y yo lo entiendo. Nosotros nos preparamos para seguir haciendo Detrás de las noticias, diariamente. En el medio se produjo el lío de De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saá, Camaño y Duhalde, y Jorge quería volver a hacer el programa todos los días. Más allá de las discusiones, decidimos que él siga con Detrás de las noticias, y nosotros nos fuimos a hacer esto.
El número de oro
Cree en la educación, en la divulgación científica, en encender el fuego de esta pasión en cerebros ajenos.
–Hace un tiempo les pregunté a los alumnos por qué seguían tal o cual carrera. Uno me dijo que iba a estudiar matemática porque hacía muchos años había visto a un hombre en televisión que había demostrado por qué no se puede dividir por cero. Yo me quedé helado, le pregunté cuándo había sido eso. Me dijo que él todavía iba al colegio primario, que debía haber sido alrededor de 1989. El caso es que eso lo había contado yo en un noticiero de Canal 11, en 1989, y tenía ese programa grabado. Le dije que me interesaba mucho que lo viéramos para ver si era yo la persona que él había visto. Lo vimos, y había sido yo. Para mí esa fue una de las cosas más impactantes de mi vida. Que un chico un día de su infancia vea a un loco a las ocho y media de la noche, en un noticiero, diciendo: “Voy a demostrar por qué no se puede dividir por cero”, y que siete u ocho años después ese chico, sin saber que era yo, me diga que eso tuvo tal impacto en su vida que estaba ahí por eso... bueno, quedé impactadísimo.
Por eso, por aquello de la divulgación, es que impulsó la idea de hacer, un viernes cada quince días, las Charlas de los viernes que consisten en que alguien –un profesor, un alumno, un cerebro curioso e inquieto– se plante frente a una pequeña multitud en un auditorio de la Facultad de Ciencias Exactas –un auditorio de público ignorante o informado, pero siempre curioso– y hable del objeto de su afecto.
–La idea es que venga un experto en algo para que le preguntemos. La primera charla la dio el doctor Diego Arari, sobre agujeros negros. Empezó la charla: “Bueno, el objeto de nuestro estudio son las estrellas que están a 5000 millones de años luz”. Yo pregunté : “Perdón, pero, ¿cómo saben?” Y nunca dio su charla. Se armó tal lío de preguntas que tuvo que venir otros viernes a contar lo que había preparado. Hay un clima bárbaro, porque no hay competencia, cada uno va ahí a preguntar sin problemas.
Una ración de lo más exquisito de la ciencia, ofrecida bajo la tentadora lupa de un discurso apto para todos: qué son los aminoácidos, la mecánica cuántica, los agujeros negros, ¿existen infinitos más grandes que otros?, ¿qué es la razón dorada?
–La razón dorada o número de oro es un número que es 1 más la raíz de 5 sobre 2. Dicho así no dice nada, pero es un número que conocían los griegos y que aparece en distintos lugares. Aparece en la arquitectura, en la biología. Aparece en las piñas y en los ananás, en la doble hélice del ADN, aparece en la música de Beethoven y en el Partenón.
Y así, enumerando la razón dorada, pensando en la maravillosa relación que hay entre 1 más la raíz de 5 sobre 2 y un ananá, es probable que Adrián Paenza pudiera pasarse, si no la vida, unas cuantas horas.






