
Paloma Herrera: la gracia y el rigor
De niña prodigio a estrella del American Ballet, la bailarina hace en esta nota un balance en el que la dura disciplina profesional y el mundo de las emociones se dan la mano
1 minuto de lectura'
Posee la suavidad y la gracia que indica su nombre. Pero también el rigor que sugiere su apellido. Es Paloma, la de la grácil figura y la voluntad de hierro. Una particular aleación destinada a forjar una historia a medio camino entre el mito y la crónica artística: la de la niña prodigio que con apenas 9 años ya triunfaba en competencias internacionales, a los 14 deslumbraba a la bailarina Natalia Makarova, a los 15 ganaba una audición para ingresar al prestigioso American Ballet Theatre (ABT) de Nueva York y, cuatro años después, se convertía en la primera bailarina más joven en la historia de esa compañía.
"Está conquistando el mundo de la danza", dijo la revista Life cuando una veinteañera Paloma ponía a sus pies al público neoyorquino. "Ella come, respira y vive danza. Es algo más allá de la técnica", aseguraba por esos mismos días David Richardson, uno de sus maestros del ABT. Hoy, a los 30 años, no sólo es una de las grandes figuras del ballet internacional, sino que hasta se permite el lujo de participar como invitada en el New York City Ballet (NYCB), tradicional rival de la compañía a la que pertenece. En 1999 fue votada entre los 10 bailarines del siglo por la revista Dance Magazine y elegida Líder del Milenio por Time y la CNN. Vive subiendo y bajando de aviones que la llevan a Tokio, Moscú, Amsterdam, México, Cuba y muchas otras ciudades donde ofrece esa magia que viene dejando boquiabierto al público desde hace más de una década.
Regularmente, alguno de esos aviones la acerca a su Buenos Aires definitivamente querido. Aquí se encuentra con familiares, amigos y el Teatro Colón, ese lugar donde una diminuta Paloma de siete años abrió la puerta para jugar el juego que definiría su vida. "Es mi segunda casa", confiesa, palpitando ya su próximo encuentro con el público argentino, en septiembre, cuando el telón del Colón se abra y se escuchen los primeros acordes de El lago de los cisnes, de Tchaikovsky.
Justamente es a metros del Colón, en uno de los tantos barcitos que abundan por la zona, adonde se dirigen la cronista y Paloma. Al ingresar, se perciben las miradas admirativas de los mozos. ¿Reconocieron a la bailarina que desvela al público neoyorquino? ¿O simplemente aprecian el andar suave de esa morocha de ojos intensos y figura esbelta? Como quiera que sea, a ella parece no importarle. Avanza como un ave hacia la mesa donde, en minutos, hará la pregunta de rigor:
–¿Tienen leche descremada?
–No.
–Entonces, café doble. Negro.
La muchacha de aire lejanamente frágil cedió paso a la mujer de hierro. Hay deslices que una bailarina no se puede permitir. Ni siquiera mientras toma una inocente taza de café.
"Siempre, desde chiquita, tuve una personalidad muy fuerte –comenta–. No me guío ni por cosas superficiales ni por lo que digan los otros. Me fijo en lo que realmente me pasa a mí. Por eso no sigo las modas. Desde cómo me visto hasta lo que pienso o digo, soy siempre yo misma. Transparente."
La postura quedó clara horas antes, durante la producción fotográfica ambientada en su adorado Teatro. Fueron varias las opciones de vestidos y conjuntos de gala que desfilaron ante sus ojos. Pero a ella sólo le gustaron tres. Y con esas tres variantes posó. No hubo razones, opiniones ni sugerencias que la persuadieran. "Nunca me visto de lo que no soy", afirma, con voz tranquila y segura. La misma tranquilidad con la que se negó a usar los zapatos provistos por la productora de modas, para ponerse el par que ella misma había traído de su casa. Los zapatos con los que se siente cómoda, los que conoce. Los que deben ser. Como la dieta, los ensayos, la proverbial disciplina que exige el ballet. El universo de Paloma posee demarcaciones muy precisas, y ella las acepta. En esa aceptación –se podría suponer– reside buena cuota de su fortaleza. Incluso de su felicidad.
"Hay gente que ama las funciones, el escenario y nada más. Detestan el trabajo de todos los días –dice–. Por el contrario, eso es lo que a mí más me gusta. Me encanta saber que, después de una función increíble, hay que volver a la barra, a la clase, una y otra vez. Hacer los mismos ejercicios, exactamente los mismos, que hacía a los siete años, cuando empecé."
–Te gusta ser alumna.
–Me encanta. Es mi momento para seguir perfeccionándome. Además, cuanto más segura estoy con la técnica, más libertad tengo en el escenario. Así puedo disfrutar profundamente las funciones, la actuación. Me puedo conectar mejor con la música, con el espacio, con mi partenaire.
–¿Qué pasa cuando algo no sale tan bien como querías? ¿Te enojás con vos misma?
–Son muchos años. Estoy en esto desde muy chica. Entonces, todo puede elaborarse cada vez mejor.
Estamos en uno de los camarines del Colón. Más exactamente, el mismo camarín donde se cambia Paloma cada vez que actúa en Buenos Aires.
–¿Siempre se vuelve al hogar?
–A veces vengo solamente a tomar clases, aunque no tenga pautadas funciones o esté en Buenos Aires sólo durante un fin de semana. Siempre me abren las puertas del teatro. Hice toda la escuela acá. De chiquita vivía dentro de este lugar: venía a clases, me quedaba para los ensayos, asistía a las funciones, hacía de extra en óperas y en ballets.
–¿Tenés alguna expectativa en particular sobre el espectáculo que vas a dar en septiembre?
–Forma parte de mi continuo reencuentro con este teatro. Trato de bailar en Buenos Aires por lo menos una vez al año. Siento que eso me permite brindar al público argentino algo de lo que hago afuera. No es lo mismo contar que mostrar; por eso es tan importante compartir desde el escenario mi experiencia en el exterior.
En ese momento se asoma Rosa, una camarinera que trabaja desde hace 30 años en el teatro. Ella y Paloma se funden en un abrazo. Se apartan un poco, charlan entre ellas. Del mismo modo que las encargadas de vestuario, los porteros y demás empleados de la institución, Rosa forma parte de la particular familia a la que ingresó Paloma a poco de empezar la primaria y a la que, como digna hija pródiga, regresa siempre. "La gente del teatro es muy buena onda", asegura, radiante.
–¿Sentís la misma familiaridad con la gente de Nueva York?
–Hace quince años que estoy en el American Ballet. Toda una vida. Realmente me siento en casa allí también. Me encanta saber que tengo un lugar donde estar. Es una base para viajar y participar como invitada en otras compañías.
–¿Cambiaste mucho en el lapso que va de los 15 a los 30 años?
–No. Mi carrera es lo que soy. A mí nunca me importó el dinero: amo lo que hago. No lo cambiaría por nada en el mundo.
–Antes de Nueva York, durante la infancia, ¿tomabas la danza como un juego?
–De ningún modo. Hace poco vi unos videos en los que estoy bailando a los 12 años, y me sorprendí al ver lo bien que lo hacía a esa edad. A veces mi carrera parece una sucesión de azares. Pero, en realidad, me implicó muchísimo esfuerzo.
–¿Sólo esfuerzo?
–Para dedicarse a esta profesión, uno tiene que nacer con pies, extensiones, un físico, una cara. Pero eso, sin formación ni gente que te apoye, no sirve de nada. Y, además de todo eso, hay que tener algo especial. Como Baryshnikov, por ejemplo. Se para en el escenario sin hacer nada, y todos los ojos van hacia él.
–¿Nunca dudaste?
–Jamás.
Es Paloma, la de hierro, la que contesta. Los labios firmes, la mirada severa, el tono enfático; para que no queden dudas. Sin embargo, la cronista insiste.
–¿De verdad?
–Jamás.
–¿Y nunca te hicieron dudar?
–Jamás.
–¿Lo intentaron?
Entonces, finalmente, se afloja y lanza una estruendosa carcajada.
–Siempre se les cruza por la cabeza, pero no se animan a decirlo.
A centímetros de su mano está el celular. Un objeto con el que no se lleva demasiado bien ("Soy lo antitecnológico", explica). Del mismo modo, es renuente al uso y abuso de Internet. "Prefiero las cartas, las tarjetas postales, el papel. Aunque reconozco que la tecnología sirve para acortar distancias", comenta. Entonces lo menciona a él, su novio actual, un abogado argentino de 35 años con el que empezó a salir en diciembre. Del que no dará más datos, en honor a una privacidad que defiende a capa y espada.
–Complicado el noviazgo a distancia...
–Sí, es un tema. Para mí, un drama. Mis novios siempre fueron argentinos.
–¿Cómo lo conociste?
–Casualmente. El nunca había tenido contacto con este mundo. Es más, no tenía ni idea de lo que soy (Paloma acompaña la frase con una sonrisa tan plena que no deja dudas: debe de haber algo muy positivo en la distancia entre universos). Para él, el ballet es algo totalmente nuevo. Los artistas tenemos una sensibilidad muy especial con algunas cosas, experiencias diferentes. Uno se expresa de modos distintos, alejado de las palabras, de lo que hace el resto de la gente.
La criticada tecnología del celular se hace notar. Resuena el teléfono de Paloma; ella se excusa, mantiene una breve charla. Mucha sonrisa, mirada dulcificada. Se intuye con quién está hablando. Se intuye agradable.
–¿Hay algún problema si mi novio pasa un rato por acá?
Ninguno, claro. Minutos después, cuando él llega al teatro, Paloma está en plena sesión fotográfica. Tiene puesto el más vaporoso de los vestidos que tan arduamente eligió horas atrás. El se acerca muy despacio, la sorprende, elogia largamente el magnífico atuendo. "Aunque lo parezca, mi vida nunca fue un cuento de hadas", afirmó ella alguna vez. La mirada del joven abogado delata que, por el contrario, él siente que está saliendo con una princesa de cuento.
Otra vez a solas, viene la pregunta obligada:
– ¿Soñás con formar tu propia familia?
–Sí, obviamente. Siempre lo pensé. Hay muchas bailarinas que se han casado, que tuvieron hijos, y siguen bailando. Sé muy bien que una cosa no quita la otra. Para mí siempre fue muy importante la familia. Así que es natural que sueñe con algo así. Justamente, porque no pertenezco a una familia en la que todo es una "zapatilla de baile", como digo yo. Ese tipo de familias de bailarines frustrados, donde los padres influyen para que las hijas sean también bailarinas y construyen una burbuja que se instala cada vez más. Por el contrario, a mí nadie me presionó. Tengo una familia normal, un ambiente de amistades y afectos también normal. De ningún modo soy una bailarina que nació de un repollo de madre y padre bailarines.
–¿Cómo proyectás tu futuro profesional?
–Me sorprende ver todo lo que logré en estos años sin haber planificado nada. Es que siempre hay nuevos papeles para interpretar, nuevos coreógrafos con quienes trabajar, teatros donde bailar, repertorios. Siempre hay un desafío esperándote.
–¿Pensás que existe una edad para dejar el ballet?
–Sé que quiero disfrutar hasta el final. No pienso seguir si pierdo esa sensación. Supongo que va a ser muy difícil bajar del escenario. Soy de la idea de que si uno disfruta día a día lo que hace, desaparecen las cuentas pendientes. No hay de qué arrepentirse. Cada vez que subo al escenario soy consciente de lo que tengo y de lo que puedo brindar. Y lo disfruto.
–Cuando bajes del escenario, ¿dónde te imaginás que vas a estar?, ¿en el exterior o en la Argentina?
–Yo estoy allá por mi carrera. El día que no baile más, me vengo. Mi carrera me dio todo. Pero mi formación es argentina.
–¿Te imaginás siendo alguna vez maestra de bailarinas?
–Creo muchísimo en la disciplina. En el trabajo auténtico: no el del látigo o el sufrimiento. Sé que un maestro te puede poner un sello de por vida y anularte. O, en cambio, te lo puede dar todo. Yo fui muy afortunada en ese sentido. Por eso creo que podría ser maestra alguna vez. Viví muchas experiencias, aprendí muchísimo; me gustaría compartir alguna vez todo ese bagaje. Es que no todos los bailarines son buenos coachers; algunos quieren ser siempre la estrella; no pueden dejar espacio a otra persona.
–A propósito de eso: de vos se dice que, además de lucirte en el escenario, permitís que quien te acompaña brille más.
–Porque yo no bailo para ser la estrella. Me importa la totalidad, entregarme, dejar el alma en el escenario. Bailo porque hay una conexión; si me conecto con mi pareja, todo fascina mucho más.
Agradecimientos: Jorge Ibáñez, Celedonio, Natacha.
Un reconocimiento especial al Teatro Colón por su colaboración para la realización de esta nota
Para saber más
www.palomaherrera.com
La maestra
Cada vez que tiene oportunidad, Paloma recuerda que su formación inicial estuvo a cargo de Olga Ferri. Efectivamente, desde los siete años asistió a las clases particulares de esta gran maestra, conocida por su sagacidad para descubrir futuras estrellas del ballet. Fue la propia Ferri la que la llevó a Europa y la presentó en los concursos que luego le cambiarían la vida:
–¿Cómo fue su relación con Paloma?
–Algo mágico. He tenido excelentes alumnas, pero con ella pasó algo especial. Lo mismo con sus padres, que depositaron una gran confianza en mí. Me dieron la Patria Potestad de Paloma, lo que nos permitió viajar a Varna (Bulgaria) y a Londres cuando ella sólo tenía 14 años.
–¿Qué la distinguía?
–Era enormemente intuitiva; entendía inmediatamente lo que uno le explicaba. Tenía unos ojos que lanzaban llamas, una mirada profunda. Desde el primer momento supe que iba a llegar lejos.
–¿Cómo soporta alguien tan joven un sistema tan riguroso de trabajo?
–Las niñas que quieren ser bailarinas nacen con ese deseo; luego aprenden a incorporar la disciplina. Mis alumnas están dotadas, aman lo que hacen. Saben, además, que la suya es una carrera breve, como la de una mariposa.
–¿Qué es lo que más ama de las danzas clásicas?
–Es un mundo mágico. Los argumentos de nuestros ballets están sacados de cuentos de hadas; un universo de sílfides, unicornios, seres maravillosos. Cuando uno sale de ese mundo, lo que ve es tan feo y frívolo que sólo dan ganas de volver al ballet.
En agenda
Paloma en Buenos Aires
- Con el apoyo y la gestión del Banco Galicia, Paloma Herrera se presentará como pri-mera bailarina en El lago de los cines, de Tchaikovsky. Bajo la dirección de Oscar Araiz, la acompañarán Guillaume Côte, primer bailarín del Ballet Nacional de Canadá, y el Ballet Estable del Teatro Colón junto a la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.
- Cuándo: 15, 16 y 19 de septiembre, a las 20.30. donde: Teatro Colón, Cerrito 618. Localidades en venta, en Tucumán 1171.
En sus pies
La foto salió en Life, dentro de un artículo que la revista dedicó hace unos diez años a la bailarina argentina. No muestra ni el rostro, ni las piernas ni las piruetas de Paloma. Sólo se ven, asomando por fuera de las zapatillas, sus pies. Lastimados, con ampollas, tomándose un respiro entre tanto ensayo y tanta función. La imagen es conmovedora. Sin embargo, ella la detesta. "Esa foto la sacaron sin mi permiso. Yo odio que saquen... Me encantan mis pies, pero con zapatillas de punta. No me gustan desnudos o con zapatos".
–¿Por qué?
–Los pies de bailarina son lindos cuando están en punta, estirados. De otro modo no son muy estéticos. Suelen tener ampollas, callos, se lastiman. Son nuestra herramienta de trabajo.
–¿Y las zapatillas de punta?
–Las amo. En la escuela, siempre nos decían que, al principio, una siempre quiere pasar de la zapatilla de media punta a la de punta. Pero que cuando eso se logra, es tal el esfuerzo que implica, que se las termina odiando. A mí eso no me pasa; las siento parte de mi pie. Siempre hay un dolor. Los bailarines exigimos al máximo nuestro físico: buscamos más elongación, más empeine. Uno se acostumbra al dolor. Hasta que llega un momento en que ni se siente.
–¿Cómo te llevás con el resto de tu cuerpo?
–Lo bueno de esto es que llegás a conocerte mucho. Si me duele algo, trato de mejorarlo. Por eso me encanta hacer yoga. Practico los domingos, que son mi día libre. Me permite conectarme con el cuerpo de otra manera. También hago Pilates y tomo sesiones de masajes. Para muchos, semejante agenda convierte al domingo en un día más de trabajo. Pero para mí es un placer. Una adicción.
1
2El dolor de la muerte la hizo acompañar, con yoga y alimentación, a mujeres en su fertilidad: “El camino de cada una no lo podemos saber”
3El dolor de dejar Italia y la manera de hallar el camino para no caer en el olvido: “Argentina fue oportunidad y futuro...”
4El calendario lunar de marzo 2026 en la Argentina


