Nadie sabe quién fue el primero al que se le ocurrió segar el trigo, hacerlo harina, mezclarlo con agua, agregarle sal y convertir el producto obtenido en fuente de toda razón y justicia. El resultado de aquella receta representa nada menos que al cuerpo de Cristo, o lo que es lo mismo, a Dios, para quienes creen en él.
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Además de fuente mística, el pan es un alimento y, además un compañero, capaz de ir de mano en mano sin negarse a nadie. El pan es, además, un negocio tan amplio que lo invita a multiplicarse en diferentes mercados, con diferentes recetas para diferentes productos y así reinar entre nosotros, ricos y pobres, en todas las comidas, a todas horas, para siempre, aunque no lo veamos. Simple como todo lo que es perfecto e importante, tres letras alcanzan para marcarle el camino a las necesidades del humanidad. Ahora, pruebe el que tenga a mano.
Por <strong>Por Mariano Melamed</strong>
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