
Pan & Manteca
El fotógrafo Fernando de la Orden publicó un libro que es, al mismo tiempo, un ensayo fotográfico y una declaración de amor para una de las mujeres de su vida: su abuela Lola
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Hace frío. La sombra triste del invierno arrastra sus manos viejas por todo Ituzaingó.
La mujer levanta la vista de las hornallas, husmea a través del vidrio empañado de la ventana y lo ve: petizo, la nariz hundida en la bufanda, las manos en los bolsillos, el paso rápido. Ella se acomoda los anteojos, apura las tostadas, vierte leche en un jarro, saca manteca de la heladera. Una voz pequeña, desde la puerta de calle, grita: “¡Abue!” La mujer sonríe.
Y ésa es la única foto de este libro que no existe. La foto que nadie tomó, pero que la abuela hubiera querido tener.
La foto del nieto llegando a casa como si llegara para siempre.
La primera –chiquita– es una foto de roscas. Una sartén con aceite hirviendo, un plato hondo, una mano vieja. Roscas.
–Para todos los cumpleaños, hace rosquitas. Las famosas rosquitas de la abuela.
La segunda –un retazo más grande– es una foto del camisón. Una tela tierna mordida por un diente de sol.
En la tercera foto aparece la mujer. La foto es así. Hay dos portarretratos. Uno porta el retrato de una mujer joven. El otro, el de un hombre joven con gorra militar. Entre los dos una Virgen, tan blancota. Detrás, con la mirada perdida, el rostro de una mujer sobre la almohada.
–Mi abuela. Lola. De 85 años.
Fernando de la Orden tiene 26 años, es fotógrafo y durante cinco persiguió a su abuela, Lola, la de la foto, cámara en mano. La sorprendió tendiendo ropa, sirviendo la cena, descansando los pies como una diva fatigada. La retrató a contraluz y distraída, de espaldas e indiferente, en campera de lana y en chancletas, con sonrisa descapotable y remera requetebién en su cumpleaños número 80.
–Mi abuela no es la abuela piola. Mi abuela es la típica abuela-abuela y me malcrió como malcrían las abuelas. Fernando de la Orden vive en Ituzaingó desde que nació. Hijo único, padre no hubo, pero hubo la madre (Lolita) y hubo la abuela (Lola). Un día, después de mucho tiempo y muchas fotos de algo que había empezado sin intención, se dio cuenta de que su abuela podía ser un libro. Seleccionó, entonces, y publicó en Colección Orbital un volumen de fotos: Pan y manteca.
–A veces pienso que mi relación con ella es tan fuerte porque me ayudó a soportar esto de crecer sin padre. No tuve papá, pero tuve la suerte de vivir malcriado de esta manera.
Lola, de Logroño, conserva muchas cosas, pero sobre todo dos: el acento español y el amor por Gerardo, el marido del que es viuda hace años y al que todavía extraña. Con él tuvo cuatro hijas, tres españolas, una argentina. Por él llegó a la Argentina con espanto por todo ropaje y esperanza por toda bandera, y salió a planchar las ropas ajenas para parar la olla. Tanto sacrificio y Gerardo, un día sin piedad de 1977, se murió. Un año antes había nacido Fernando.
–Un día... yo tendría 12 años... y estábamos discutiendo con mi abuela. Nos pusimos mal los dos y en un momento me abrazó y me dijo que yo le había ayudado mucho a soportar la pérdida del marido. Del abuelo. Yo no sé qué le habré dicho. Que la quería mucho, supongo.
Fernando, el nieto, aparece una vez en el libro. Es una foto tomada durante una cena.
Ella lo está alimentando. El, con la vista mansa, come del pan que le sirve su abuela como si fuera del cielo todo el maná.
Un disparo en la noche
Hay fotos que tienen banda de sonido. Fotos a las que se les puede inventar el horario y el olor y la historia.
Hay una foto así y es la foto de un pedazo de papel. El papel dice: “Fernando en la Eladera tienes pan y fianbre y tanbien salchichas Cariños la Abuela”. El papel está apoyado contra un electrodoméstico. En el cuadro entra, también, parte de la caja de un remedio para la garganta.
La cocina está en silencio. El nieto llega tarde, se acerca a la mesada, ve el cartel, saca la cámara. Se agacha.
Dispara. Antes y después, silencio. La heladera zumba. Todos duermen. Hace frío. El piso es de baldosas. Pleno invierno.
Hay olor a enfermos en el aire.
La abuela portátil
En la muestra que acompañó a la presentación del libro, y que se extendió desde el 1º hasta el 15 de noviembre último en el Centro Cultural Recoleta, estuvieron las fotos y la voz de la abuela. –La grabé. La grabé en un CD. Ella siempre canta. Cocinando, haciendo sus cosas. En la muestra puse el disco y fue increíble. Sé que cuando no esté más mi abuela va a ser escuchar el compact y ver el libro y llorar, llorar, llorar, pero tenerla. Tenerla siempre ahí. Es una de las cosas que me encantan del libro. Es como que me la llevo. Ahora me caso y me mudo, y es como que me la llevo.
A ella. A la mujer que (sin nada de espanto) está empezando a hacer planes a muy corto plazo.
–Ahora es medio terrible eso. Cada vez que hacemos planes para el año que viene ella está con eso de que no sé si el año que viene estoy, y bueno, yo trato de no pensar. Es horrible.
Chancletas, pelo corto, anteojos, saquito de lana, pollera a media pantorrilla, blusas, medalla al cuelo, aros discretos, delantal con moño. Carpetas al crochet, televisión a la tarde, la foto del abuelo sobre la mesa de luz. Eso es Lola. También, claro, le gusta Walker Texas Ranger, esa serie que protagoniza Chuck Norris, pero lo que más hace no es mirar televisión, sino jugar a que puede dominar el mundo, el pequeño mundo de la casa donde vive con su hija y su nieto. Ahora la cámara está en el cenit y Lola, los brazos abiertos como quien protege, tiende una sábana de paz sobre la cama revuelta del nieto. Una pátina de piedad sobre tanto desorden. Cuando el nieto era así de chico y dormía su infancia de hijo sin padre, ella entraba en el cuarto a la mañana y con un canto despacio cantaba aquello de: Despierta mi bien despierta. Mira que ya amaneció. Luego iba a la cocina, cortaba el pan, preparaba la manteca. Desde entonces, cada mañana y desde hace más de veinte años, el nieto sale del mismo cuarto en la misma casa de Ituzaingó y repite el rito circular del pan y la manteca.
–No tengo despertador. Me levanta ella.
“Con estos pelos, no”
Lola teje. Como un hámster voluntarioso y dedicado. Hierve en invierno la casa en el olor a lana, y ella teje en la cocina, el cuarto, el comedor. Lola, además, lava. Lava blanquísimo, blanquea la ropa al sol, y plancha como sólo merecen los reyes que les planchen. Y nunca se enferma. Y si se enferma, no le importa. En una de las fotos avanza por el patio de la casa de Ituzaingó, la boca tapada por una bufanda, la cabeza clavada en el pecho por el frío. Regresa de juntar ropa del tendedero. –Ese invierno le dio neumonía. Yo le decía que no saliera, que salía yo a juntar la ropa, y es tan cabeza dura que salió igual. Entonces él hizo lo que ningún nieto pero todo fotógrafo haría. No la ayudó a juntar la ropa, y disparó. Hay ropa, también, en la única foto del libro en la que la abuela está mirando al nieto. Es la terraza. Ella junto al lienzo blando de su camisón, sorprendida, la mano derecha aprisionando el broche, el brazo izquierdo conteniendo un tropel de sábanas inflamadas. La mirada a medio camino entre la sonrisa y la sorpresa.
–Al principio me decía: “Fer, con estos pelos no”. Después ya ni se daba cuenta de cuándo le sacaba y cuándo no.
Bonus track
Y al final, hay varios finales. Uno podría ser así. Una foto de la abuela, de espaldas, con una guirnalda enroscada al cuello. Está inclinada hacia un costado como una torre mal escuadrada, la cabeza hacia atrás, mirando el cielo. En el cielo nocturno, los artificiosos fuegos artificiales de los comienzos del año 2000. Lola, una mujer del siglo pasado, los mira. Y eso podría ser todo.
Si no fuera por el bonus track.
Una foto apaisada que empieza por Lola y termina un montón de años después. Ordenada por edades y generaciones se alinea toda la parentela que salió de Lola: sus hijas Pepita, Ana María, Lolita y Marisa, los nueve nietos, los diecisiete bisnietos, y los dos tataranietos, Tomás y Sheila, un bebe de 11 meses. Las caras apenas se adivinan porque lo que importa acá es la cantidad. La carne apabullante y viva de treinta y tres personas conectadas en línea directa con el vientre de Lola.
–Creo que para ella debe ser impresionante ver la foto, y saber que ella y el abuelo crearon toda esa gente, esta vida. En ese sentido, creo que no piensa en la familia que dejó en España, sino en la que está acá. Y somos todos tan unidos también por la abuela.
La última foto no la sacó el nieto. Es una foto vieja. La abuela Lola lo sostiene en brazos y él, un chico de muy pocos años, se tapa la cara con una mano.
El no parece asustado. La abuela parece feliz.
Ahora sí. Eso es todo.






