
PARA ESCUCHAR JAZZ EN BUENOS AIRES
AL MARGEN DE LAS GRANDES VISITAS, HAY LUGARES PARA DESPUNTAR EL VICIO DE CADA SEMANA
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Contra una supuesta lógica económica o de marketing, el jazz tiene actualmente mayor presencia en los escenarios porteños que la que tenía, por ejemplo, en la década del 80.
Si bien la ciudad no puede compararse con metrópolis como Londres, París o Barcelona, ciertos destellos, más bien señales, permiten albergar una justificable esperanza de parecernos jazzísticamente a esos centros de formidable ebullición.
Hoy, al menos, unos diez locales porteños tienen como protagonistas, en algunos casos sin compartir cartel con ninguna otra corriente, al jazz, en realidad, a músicos que hacen jazz.
Poco tiempo atrás, un par de años, eran pocos, si no ninguno, los clubes donde esta corriente musical que pronto cum- plirá su primer siglo de vida estuviera representada. El interés parecía dormido, aunque cada vez más músicos se inclinaban por hacer jazz, y elegían así una libertad que no existe en otros estilos. La creatividad, ese don que pone tan orgulloso al género humano, carece de fronteras en la música que catapultó el trompetista Louis Armstrong.
Así, Buenos Aires, con una crisis económica golpeando la puerta de cada local, parece estar despertando al jazz en vivo, en escena. Un puñado de bares está generando un persistente interés por él.
Ese calor nocturno logra ir lentamente cocinando a una camada de músicos que muestran talento e inspiración.
Como nunca antes, las filas del jazz tienen más materia prima. Músicos que deciden recorrer los caminos de la blue note, característica del bebop en la década del cuarenta y hoy, de todo el jazz.
El circuito jazzístico de la ciudad tiene dos zonas, la del Centro y, un poco más pequeña, la de Belgrano. Después, poco y nada.
La bandera en este asunto del jazz en vivo, la lleva el Jazz Club, del Paseo La Plaza, Corrientes 1660, con unos 24 shows por mes. Berenice Corti, que está a cargo del local, hace hincapié en el público que fielmente asiste. "Tenemos una audiencia estable que permite mantener activo el club", dijo. De todos modos, la lucha es cruel y es mucha, pues la crisis no respeta ni siquiera a los dioses de la síncopa y el swing.
"Hay gente que sigue esta música. Aquí, al menos, vienen a veces sin saber quién actúa. Es decir, confían en nuestra selección y nos transmiten además una responsabilidad, saber elegir", expresa Corti, que dio los primeros pasos en su oficio actual en el Café Miró, que ya no existe. Es cierto que el escenario del Jazz Club tiene una exigencia adicional.
"Aquí vienen muchos músicos. No hay show donde alguno no esté entre el público y a veces es casi como un examen. El auditorio entiende y, entonces, no hay mucho margen para el camelo", comenta Corti, que estudia, aunque quizá no lo suficiente, el clarinete. En promedio y por persona el gasto de una noche con show incluido alrededor de los quince pesos, aunque siempre depende del nivel de consumo. Los sábados hay doble función, una a las 22.30 y otra a la 1.
Enfrente del Jazz Club, tan sólo cruzando la avenida, está El Gato Negro, Corrientes 1667, una tradicional especiería que se convirtió, además, en bello bar, en café concert con aroma a pimienta. Para que el clima picantito no se diluyera, se dedicó sobre todo al jazz.
Es un local fuera de lo común, pues allí se escucha jazz en medio de exóticas especias. Ya al atravesar la puerta se puede llegar a vivir una sensación extraña , pues se está rodeado de un ambiente multicolor, clásico y a la vez extravagante.
Camila Ferro, directora artística de la casa y pianista, expresa que la idea se puso en marcha en septiembre último, "cuando se decidió aprovechar este espacio".
Aunque la cartelera se comparte con folklore y tango, los espectáculos de jazz parecen atraer más, según Ferro.
"Por lo que se ve desde El Gato Negro, el jazz tiene muy buena receptividad. Encontramos que el público regresa; una vez que se siente cómodo con el estilo de los grupos que transitan por acá, vuelve", comenta esta pianista que espera, pronto, expandir las actividades a clásicos conciertos de música de cámara y hasta, quizás, a espectáculos de danza.
Como ocurre en el local de enfrente, Camila Ferro comenta que el gasto promedio no excede los quince pesos, con show.
A pocas cuadras, Oliverio, en Corrientes y Callao, está en los bajos del hotel Bauen y es ya una tradición en el circuito jazzístico, aunque con menos actividad que años atrás.
Su propietario, Roberto Menéndez, sostiene que la situación económica, junto con la falta de sostenes o sponsors, complica la contratación de buenos shows.
"Diría que tratamos de organizar espectáculos de alta calidad. De ahí que hayamos traído al baterista Dave Weckl y luego, al guitarrista Philip Catherine, o a Luis Salinas; éste es el perfil que queremos darle a Oliverio. Menos, debido a la crisis, pero siempre de muy buena calidad", explica Menéndez, que produjo el encuentro en Buenos Aires de nada menos que João Gilberto con Caetano Veloso.
Cerca, en Callao 892, Clásica y Moderna tiene un espacio dedicado al jazz. Ciclos del legendario trompetista Fats Fernández y actuaciones de músicos como el contrabajista norteamericano David Friesen. Es también el paradero habitual del guitarrista Pino Marrone, vecino de Los Angeles, cuando está de visita en Buenos Aires.
Paco Poblet dice: "Clásica comenzó con jazz, hace más o menos diez años, y mantiene ese espacio". Sin embargo, no todo lo que suena en la librería es para llevar el ritmo con todo el cuerpo. "Nuestro público busca variedad, no es el típico auditorio de jazz, y gusta de las combinaciones. Una semana tango, la siguiente otra cosa, y así...", agrega Poblet.
A metros, en Callao 966, está Notorius, una casa de discos que abrió el juego a la música en vivo. Su cartelera no tiene quizá la continuidad necesaria para imponer el local, pero es fresquita y sigue creciendo. Muchos aficionados al jazz se dan cita en Notorious, aunque no haya concierto, dado el original sistema del local: allí se puede escuchar un disco, sentado a una mesa y tomando un café, sin necesidad de comprarlo. Lo único que se paga en ese caso, claro, es el cafecito.
Por Santa Fe, llegando a plaza San Martín, el Club de Jazz funciona en el tradicional snack bar Queen Bess. Poco difundido aún, el local tiene como músico clave al pianista Oscar Maffeo. Los sábados hay doble función, una a las 22 y otra a medianoche. Ahí nomás, bien cerca, en San Martín 979, se llena de público el renovado Downtown Matías, un sótano ambientado como un pub donde el jazz gana la escena los jueves. Para Roberto Aidenbaum, que lleva adelante el ciclo en ese local, la respuesta es muy buena. "En Buenos Aires hay un público latente que busca jazz", explica.
El pub se identifica con un espíritu jazzístico abierto. "Por aquí desfilan todos los estilos. A veces se oyen grupos de swing, otras veces hay free y otras fusión", sigue diciendo Aidenbaum.
Los lunes por la noche, casi nadie transita por la city porteña, pero el restaurante Clark´s está de bote a bote. El cuarteto de bebop de Hugo Pierre, los Cirigliano y Alfredo Remus, junto con un menú gastronómicamente interesante, despiertan el interés de un público diferente.
Clark´s es algo así como la perla del circuito jazzístico. Logró en un contexto cuasi formal juntar la corbata con el jazz, algo poco visto por estos lares.
Para Amelita Silveyra Reyes, que regentea la parte artística de este local, Clark´s atrae por su propio nombre. "Es un restaurante con una historia detrás y buscamos con estos espectáculos generar un estímulo adicional, ligado fuertemente con lo cultural", estima.
Buen jazz y calidad gastrónomica ubican a Clark´s como el príncipe de los locales. El show y la cena (menú fijo, con algunas opciones, y vino a discreción) tienen un costo de 28 pesos.
Belgrano es un país, o casi. Y en cuanto a jazz, ocupa un digno segundo lugar dentro de la ciudad capital del país que lo contiene.
Dos locales, Tobago y Jazz & Blues, reúnen cada semana una cartelera bien interesante para un barrio donde la inquietud musical es notoria.
Diana Glusberg, la directora artística de Tobago, Cigar & Ats Caffe (Alvarez Thomas 1368) comenta que el local tiene un público que sigue fielmente todo lo que suene a jazz.
"Hay consultas sobre quiénes actúan permanentemente. Así como el tango aún no funcionó aquí, el jazz genera mucha atracción", explica Glusberg.
Más allá de la calidad de los espectáculos de viernes y sábados, Glusberg hace hincapié en las jam sessions de los domingos. "Tobago se llena, hay un interés muy claro por estos domingos, en los que no cobramos entrada. Actúan músicos de altísimo nivel junto a las visitas que participan en estos encuentros", concluye Glusberg.
Una noche con show incluido puede estar en algo más de 15 pesos por persona.
Típica calle de Belgrano, arbolada y con movimiento. Tres de Febrero 1167, Jazz & Blues quiebra la monotonía de la cuadra.
Aquí, el jazz y el blues tienen una rica convivencia. "Una noche modelo es: primero, jazz, y de trasnoche, blues. Y todos contentos", sentencia Gustavo Firmenich. Sin embargo, el comienzo fue diferente. "El local lo abrimos con la propuesta de rock y blues, pero se transformó en jazz y blues", dice Firmenich, para quien el barrio tiene un público fijo.
"Por aquí, la gente sale mucho y gusta de sentarse a escuchar jazz", añade este saxofonista profesional.
Comprender al público de jazz parece ser un requerimiento sine qua non para el éxito del local. Un experto en este tema es Guillermo Hernández, de Mintonís, en la Galería Río de la Plata, Cabildo 2280, una disquería especializada realmente en jazz.
"En Buenos Aires, los amantes del jazz prefieren, por lo general, un disco a un show (los precios no son muy distintos), y de ahí que las propuestas de espectáculos tienen que tener atractivo, pues si no la gente se queda en su casa", dice este experto en las costumbres domésticas de quienes siguen esta música.
Al parecer, algunos de los locales consiguen despertar ese interés tan selectivo. La exigencia es grande, porque sacar a semejantes entendidos de sus respectivas discotecas es una tarea difícil y que hay que encarar cada fin de semana.
Un género, muchos estilos
La palabra jazz es una capa ancha: cobija una enorme cantidad de música que tiene rasgos de parentesco, pero suena ciertamente diferente. Desde las raíces del estilo Nueva Orleáns (esas bandas en las que dominaban las trompetas y los arreglos se iban haciendo mientras tocaban) hasta el swing a lo Benny Goodman, el bop a lo Charlie Parker, la aparente frialdad del cool de Miles Davis, la ruptura con la armonía tradicional que propone el free de Ornette Coleman o la fusión con sonidos latinos. Grandes artistas de hoy, como Wynton Marsalis, son capaces de transitar por todos estos estilos, pero cada uno de ellos tiene aquí sus cultores.






