
PARECIDAS, PERO DIFERENTES
Las unen ciertas actividades ajenas al mundo del espectáculo. Una tiene un taller para gente diferente. La otra ejerce su profesión de psicóloga. Las separan cien kilos, y de eso se habla en esta nota
1 minuto de lectura'
Llamativamente igualadas en sus diferencias, empecinadamente parecidas en sus distancias, Ana María Giunta (actriz, docente y asistente social) y Verónica Lozano (actriz, modelo y conductora de televisión y radio) mantuvieron un encuentro en el taller-estudio que Giunta tiene en Callao, muy cerca del Congreso. Se elogiaron, descubrieron que tienen un sentido del humor muy parecido y prometieron seguir visitándose.
El gran tema de toda la charla fue, por supuesto, el del peso. Y la discriminación que sufren los gordos. Giunta la sufre, y ha resuelto enfrentarla por la mejor vía, la de transformar el sufrimiento en energía positiva, la de tratar de ayudar a los diferentes. Lozano no tiene excesos, pero también sabe lo que es ser mirada como bicho raro por no ser idéntica a los otros.
-Ana María, decías que quisiste ser monja, pero terminaste inventando un cabaret intelectual en Mendoza. Verónica: un rato del día ejercías de psicóloga y otro rato trabajabas de modelo. ¿Tienen otras contradicciones rutilantes en este estilo?
VL: -Yo debo de tener millones, porque la contradicción es mi esencia. No me da lo mismo cualquier cosa, pero me abro al mundo de las posibilidades. Me permito ser psicóloga y al mismo tiempo me permito tener un programa en la tele y otro en la radio. No me limito, aunque tengo limitaciones, porque verdaderamente lo que me hubiera gustado ser es bailarina.
AMG: -Como a mí cantante... Advierto un punto en común entre ella y yo, que es estar abiertos y saber soportar que los seres humanos somos contradictorios y que llevamos adentro el ángel y el demonio. Doy mis clases desde un lugar en el que me permito muchas cosas: reír, llorar, contar mis recaídas cuando, por ejemplo, esa semana no cumplo con mi dieta y eso me lleva a aumentar de peso.
-La psicóloga Lozano recibe en su consultorio como paciente a Ana María. ¿Qué es lo primero que piensa o que dice?
VL: -Primero, para ser sincera, creo que me llamaría la atención su tamaño. Diría: qué gorda.
-¿Dirías o pensarías?
VL: -No, tal vez pensaría. Si lo dijera, probablemente todo se iría al demonio. Pero inmediatamente trataría de abrirme con el mayor amor, interés y capacidad de escucha, como siempre hago. Y le diría: siéntese.
AMG: -Y yo te preguntaría: Perdón, ¿es una silla especial ? Mirá que con mi peso yo necesito sillas reforzadas...
-La asistente terapéutica Giunta recibe en su taller para personas diferentes a Verónica. ¿En qué discapacidad diferenciadora de ella repararías primero y le marcarías?
AMG: -Yo no marco. Recibo y abro los brazos. A ella le sugeriría venir los sábados a la tarde a los talleres de arte para la vida, pero le advertiría que si lo que está buscando es una salida laboral o convertirse velozmente en actriz, éste no es el lugar.
-¿Cómo se llevan con sus cuerpos?
AMG: -Hasta los 17 años yo amaba mi cuerpo, porque pesaba 51 kilos, era muy bella y salía a la calle y todos me miraban. Aunque no lo supiera, era una provocadora. Usaba mi cuerpo como arma y la seducción, a modo de lenguaje. Luego se desarrolla mi enfermedad, me transformo en obesa, cuyo síntoma es la gordura, e inicio una lógica etapa de retracción. Voy engordando de a poco. Cuando mi mamá observa que llegué a los 70 kilos me manda a Entre Ríos, a lo de unos parientes, y ya de allí regreso pesando 102 kilos, siendo otra persona. La respuesta social en la calle era de codazos, asombro, agresión, violencia. Mis compañeras de colegio, que me amaban, ya no querían salir conmigo, porque a cualquier fiesta que íbamos nadie me sacaba a bailar. Ahí empecé a vivir mi cuerpo con mucho dolor.
-¿Dolor por la vergüenza?
AMG: -No, no, dolor físico. Era la época en que las chicas nos vestíamos con corpiños armados, cinturetes y tacos altos. Todo se me clavaba en la carne y me provocaba un dolor espantoso. Claro que había otra clase de dolores: mi vieja me llevaba a todo tipo de médico que aparecía prometiendo una solución, aunque fuera un trucho. Perdón por toda esta introducción para decirte que a mi cuerpo primero le decía: - Sos muy lindo y a partir de un momento tuve que empezar a decirle: Che, cuerpo, me dolés mucho.
VL: -Yo casi siempre tuve buena relación con mi cuerpo. Soy de contextura pequeña, a veces jorobo diciendo que no tengo tetas. Lo que más me costó fue conectarme con el tema de la seducción típicamente femenina y nunca me vi, tampoco hoy, como un prototipo sexual.
AMG: -Después vino para mí una etapa larguísima donde, con felicidad, me quité las opresiones y dije: Esta es mi panza, éstas son mis piernas. Ahora, lamentablemente, esa etapa se acabó, porque mi cuerpo me duele mucho. Me cuesta mucho caminar. Recibo una presión tremenda de mi marido, de varios médicos que me atienden y me dicen lo mismo: Ana María, si no adelgazás te vas a morir. Por primera vez, yo misma me estoy diciendo: ¿Por qué tengo esta enfermedad? Y la respuesta es simple. Por un lado, soy nieta y sobrina de obesas, o sea que tengo una parte genética innegable. Después, habría que encontrar en un código de psicología simple qué me pasó cuando, pac, empecé a comer. ¿Una frustración? Puede ser. Y aquí me quedé, porque me resultó cómodo desarrollarme como una mina diferente. Hasta me volví más segura de lo que era.
-¿Qué parte tuya advertís diferente, en el mismo sentido que lo que acaba de decir Giunta?
VL: -Lo que a mí siempre me costó fue mezclar lo intelectual con lo frívolo. Ahora, orgullosamente, me acepto. Pocas veces fantaseé con engordar, pero sí con otras enfermedades. Tuve a mi madre mucho tiempo postrada, sufriendo tantísimas operaciones, hasta que murió, hace cuatro años. Tenía artritis reumática. En eso pienso a veces. ¿Y si me pasa lo mismo? Ella había hecho mucha actividad física, yo soy una negada para mover el físico.
-¿Cuándo pesaron menos?
AMG: -Yo... cuando nací ( risas .) Tres kilos doscientos cincuenta.
VL: -Uy... yo pesé un poco más. Hace unos tres años llegué a 56, pero nunca pasé de eso.
AMG: -El año último me interné en la clínica de Cormillot pesando 171 kilos. Después bajé a 134. En los primeros seis meses de este año subí a 158; ahora acabo de bajar ocho kilos, pero me está costando más que nunca. Porque estoy enojada y no quiero hacer dieta.
-¿Con quien es el enojo?
AMG: -Primero que nada, conmigo. Pero también con esos médicos o psicólogos de pacotilla que dan diagnósticos ridículos: En el fondo, no te querés. Vos te estás queriendo suicidar ¿Por qué te castigás tanto? No sabés comer... ¡Por favor! ¿Sabés cómo me amo? Sentate a comer conmigo y compartiremos exquisiteces. Siempre les digo a algunos médicos: pero, ¿a quién quiere convencer con eso de que la gelatina es más rica que un flan con crema? Por lo menos, el médico actual me dice: Vos tenés razón, pero ésta es la porquería que tenés que comer para no morirte.
-¿Cocinan bien?
VL: -A mí me gusta. No hago platos sofisticados, pero lo que hago me sale rico.
AMG: -En casa, el que maneja todo y también cocina es mi marido. El me espera con la comida.
-¿En qué circunstancias se sintieron discriminadas?
AMG: -En una ocasión, un director del Teatro San Martín reconoció mi capacidad profesional para integrarme al elenco estable, pero puso como condición que tenía que adelgazar. Y yo pensé: ¡Qué vivo este tipo! ¡Como si fuera tan sencillo! Pero la verdad es que me quedé afuera, no me contrataron.
VL: -Probablemente, en alguna ocasión la psicología, o los psicólogos como entidad, me discriminaron, me estigmatizaron como modelito tonta. ¿Qué diablos hacés estudiando psicología? Pero eso, por suerte, casi no ocurre ahora, en especial porque yo me pongo en un lugar distinto.
-El hecho de ser mujeres públicas, con un grado de exposición y de reconocimiento, ¿permite que sean vistas de un modo especial?
VL: -Sí, muchas veces. Ser la de la televisión perdona o disimula muchas cosas.
AMG: -En mi caso, acepté desfilar como modelo de Roberto Piazza con un vestido de novia color rosa para dar un mensaje. El mensaje era que nosotras las petizas, gordas, panzonas y culonas, de cualquier edad, tenemos derecho a sentirnos hermosas. Trabajar en estos talleres fue para mí una bendición, porque al ser como soy me podría haber convertido en una persona resentida y en cambio pude aprender a transmitir una experiencia, la de alguien diferente. Pude empezar a decirles a los demás que nadie debe sentir vergüenza por ser diferente de mente o de cuerpo, que lo desgraciado es tener una discapacidad en el alma.
-Ese mensaje de reparación, ¿cómo es recibido por alguien que se siente desvalorizado?
AMG: -Es muy bien recibido. Porque yo jamás dije: sean gordas y coman hasta matarse. Lo que la gente agradece de mí es el mensaje de dignidad. Yo estoy diciendo: A pesar de mis ciento y pico de kilos, me siento una persona digna de ser respetada, reconocida, amada.
-¿Los sentimientos de una persona obesa son diferentes de los de una persona delgada?
VL: -Pienso que tienen otro tipo de sensibilidad, de capacidad de observación, hasta una posición distinta en el amor, en las elecciones de vida...
AMG: -Según qué gordo sea y de qué flaco se trate. Así como es un mito que todos los gordos son buenos y alegres, también hay flacos con la autoestima por el piso o depresivos.
-¿Existe algún papel soñado que no hayas podido hacer?
AMG: -¡Son tantos! ¡Es tan poquito lo que he trabajado! Soy una mujer que está permanentemente en los medios, pero no como actriz, sino hablando y opinando sobre la gordura y sobre las personalidades diferentes. Yo soy una buena actriz, y si no estoy tanto es por una cuestión discriminatoria. Hace poco tuve una intervención en Campeones . Yo misma le propuse al director que en una escena de amor mi novio no me dijera Petunia, como habían puesto los autores, porque me hacía evocar a la cochinita de los Muppets. Y porque mi marido, que me ama, nunca me dice así. En los ensayos le pedía al actor ( N. del R.: Jorge Paccini): Por favor, Jorge, hablame desde el hombre que hay en vos. Emocionate y hablame como le hablás a cualquier mujer, no a una gorda. Después hubo otra discusión en el momento del beso. Conseguí que nos diéramos un beso en la boca, muy tierno. Luché por hacer esas escenas como yo las sentía y como mi ideología me lo dictaba. ¿O porque soy gorda tengo que dar besos tipo trompita? Cuando tuve que llorar, lo hice de verdad, como cuando tengo una discusión con mi marido. Te voy a contar algo. En 35 años de carrera, debo reconocer, y se lo agradezco a los autores, que es la primera vez que me escriben una situación de amor verdadera. Resulta difícil hacer entender que las personas diferentes aman, lloran, sufren en serio. ¿Puede ser que en 35 años sea la primera vez que me ponen al lado a un lindo actor para que me bese en la boca? Mis papeles han sido siempre de espectadora, de merodeadora del amor de los otros o de esposa cornuda, de mala, de tonta o de fastidiosa, y mis galanes, petizos, pelados y disparatados. En un tiempo tenía un programa de radio por FM Palermo y las movileras preguntaban en la calle si vivirían una historia de amor con un gordo. Te asombrás con las respuestas que la gente daba: No, por Dios, antes me muero, prefiero matarme, qué asco...
-¿Te casarías con un gordo?
VL: -De movida, para ser honesta, tengo que responderte que no. Pero sí me podría enamorar. Y, seguramente, una gran parte mía lo enfilaría hacia la clínica de Cormillot, lo cual no sirve, porque pondría en duda quién es y cómo es el tipo del que me enamoré.
AMG: -Te cuento algo que hace unos años le respondió mi marido a un periodista que quería saber cómo se había enamorado de mí. Me parece que vos lo que preguntás es cómo me enamoré de la gorda. Y te contesto de este modo: yo me enamoré de Ana, de esta persona maravillosa, que casualmente es gorda.
-¿Tu marido te quiere cambiar?
AMG: -No. Lo que él dice, y le creo, es que le gustaría que yo adelgazara porque le encantaría verme con jeans (una ropa que a mí me encantaría usar), o correr por una plaza y porque no quiere tener en la cabeza el fantasma de que esta enfermedad un día pueda matarme.
-Un cirujano, de esos que están tan de moda, se vuelve un poco loco y las elige a ustedes para hacerlas de nuevo con el bisturí. A vos Ana María, te dice: te saco todo lo que haya que sacar y a vos, Verónica, te pone lo que quieras ¿Qué responden a su oferta?
VL: -Pensarlo así da un poco de miedo. ¿El tipo da garantía? Si me animara, me haría poner un par de tetas divinas.
AMG: -No, no me lo haría. Porque primero tendría que adelgazar. Eso sería lo serio. Pero ahí también hay una cuestión. Si yo adelgazo, se me cae todo. Habría que ver qué tan loco está el doctor para colocarme rellenos en lugar de los cien kilos de pellejos que me tiene que quitar.
-¿Qué cosas se envidian?
VL: -Esa capacidad que tiene Ana María de permitirse cosas, de asombrarse, de jugar, de contar sus cosas sin el más mínimo empacho.
AMG: -A lo mejor no lo van a poder creer, pero lo que más les envidio a las flacas como ella es que puedan acurrucar sus cuerpo mientras conversan. ¡Ah!... y también le envidio que ella se pueda cruzar de piernas como está ahora. Porque yo no puedo. Hace mucho, mucho tiempo que no puedo.
Trabajos, oficios, profesiones
Ana María Giunta: Actriz desde hace 35 años. Intentó hacer en los años 70 en Mendoza el primer cabaret intelectual de la ciudad. Se llamaba Barrabás y por supuesto tenía coperas. Fue catequista de las Hijas de María. Es docente, asistente social, maneja un taller para personas con diferentes capacidades físicas y mentales llamado Todos en yunta. De uno de esos talleres salieron algunos actores discapacitados que actuaron en comedias y telenovelas de televisión. Su trabajo más reciente en la pantalla chica fue un breve papel en Campeones , por Canal 13. Actualmente estudia la carrera de Psicología Humanística en la Universidad Holos. En los días de la entrevista Ana María preparaba varios finales.
Verónica Lozano: Se recibió de psicóloga en 1993, en la Universidad de Belgrano y aunque declaró que siente estar alejándose de la profesión, todavía la ejerce una vez a la semana en el Hospital Naval. Se inició como modelo en 1987, mientras estudiaba, como una manera de ayudarse a costear la carrera.
Carnet de baile
Verónica Lozano
Edad: 29
Peso actual: 51 kilos
Estado Civil: Soltera, aunque con novio
Hijos: Ninguno
Hija de una profesora de danzas y de gimnasia (ya fallecida) y de un empresario en el ramo gastronómico (abastece comedores escolares y centros de salud).
Ana María Giunta
Edad: 55
Peso actual: 150 kilos
Estado civil: Casada con Ricardo Racconto (90 kilos y 9 años menor).
Hijas: Alfonsina, 26 años, madre de sus tres nietos: Nicolás, Camila, Anita. Alfonsina hereda su gordura. Pesa actualmente 110 kilos. Jimena , 21 años, es flaca, también está en pareja.
Hija de un suboficial mayor del Ejército y actor aficionado y madre ama de casa.





